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viernes, 16 de mayo de 2014

Ojos amarillos

A la miserable especie humana


La memoria que me atormenta se inició cuando era un hombre joven y el arrepentimiento no pesaba en mi alma. Si me he decidido a expresar mi culpa por escrito es porque mis compañeros en la vergüenza ya partieron al último viaje y yo lo haré pronto, apenas se me conceda la liberación de un pesar que se prolonga demasiado tiempo, el que he vivido en este marasmo de lluvia en que ha convertido mi mundo. Como no podría ser de otro modo, mi narración se inicia la noche de finales de verano en que se vieron luces en el cielo, muy brillantes, al filo de la madrugada. Fueron breves destellos entre las nubes, tan intensos como la luna llena en una noche eclipsada por la tormenta. Después la lluvia fue perpetua, bajo un cielo plomizo que no cesaba de gemir. El bosque se inundó con un océano de hojas que caían pesadamente y se aplastaban en enormes dunas al arbitrio del viento. Los vecinos coincidimos en la sorpresa de que en nuestra comarca se adelantase el otoño, porque era soleada la mayor parte del año y habitualmente árida. La vida languideció a nuestro alrededor en el breve transcurso de dos semanas y todo se convirtió en húmedo y mojado.

El hombre de los ojos amarillos llegó a media tarde, protegiéndose de la lluvia. Se detuvo a la entrada de mi tienda y se limpió el barro de las botas, procurando no ensuciar más de lo imprescindible. El viento soplaba con fuerza en el exterior y arrastraba lluvia racheada, así que supuse vanos sus esfuerzos. Para mi asombro, se sacudió con una especie de estremecimiento que me recordó al secarse de los animales, y sus ropas parecieron desprenderse del agua. Vestía pantalones oscuros y un chaleco férreamente abotonado sobre su pecho, hasta confundirse con una especie de pañuelo, de una tela más fina y algo más clara, que se ajustaba a su cuello como una manga. Todas sus prendas de vestir eran de la misma tonalidad metálica, diría que cobriza, similar al barro que anegaba los senderos, y se habían confeccionado con una gabardina refractiva a la humedad. Las costuras parecían selladas con ceras que alejaban el agua de un interior que se presumía seco. El conjunto se remataba con una capa hasta media pierna, igualmente impermeable y más oscura, y unas botas que supuse a juego con sus otras prendas, pero no puedo asegurarlo porque el barro mudaba su color hacia el mismo ocre untuoso que se había adueñado de los caminos.

Poco más puede añadirse de una apariencia física velada por las ropas. Destacaré que era alto y desgarbado y que su presencia se remataba con unprográmalo sombrero de ala ancha que supuse un alivio a la lluvia en el rostro, lo único expuesto a la intemperie, y aún menos, porque bastaba embozarse para que únicamente quedara libre la mirada. Sus rasgos sobresaltaban por angulosos, ceñidos por un pasamontañas que le cubría las orejas y el cabello, para mejor protegerlo de la intemperie. La nariz era afilada, los labios casi inexistentes, los pómulos agudos y las orejas perdidas bajo la tela que envolvía su cabeza, permitiendo solo el espacio libre comprendido entre la frente y los labios. Apenas expuestas lo mínimo, las facciones se embozaban con tanta eficacia que podría decirse que mostraban el espacio imprescindible para sentirse cómodo. Presidiendo esta primera impresión, destacaban sus ojos, ambarinos, de un color dorado que según la incidencia de la luz, a veces eran amarillos y otras miel. Lejos de inspirar repulsa por el color inusual de sus iris, su mirada era plácida e invitaba a la serenidad, por lo que después de un primer rechazo, los inconvenientes de su apariencia perdían protagonismo ante una sonrisa tierna y la expresión de su semblante, que parecía esculpido para ser amable. Por lo demás, era un hombre como los que por allí abundaban, con la piel más cetrina pero similar a otros campesinos de los alrededores. Un labriego corriente, aunque, eso sí, con unos ojos peculiares.

Me tendió una lista de sus necesidades por escrito y reparé en la anormal extensión de sus dedos, perfectamente protegidos por los guantes, tan asombrosamente hidrófobos que no descubrí en su superficie ni una mancha que alterase el color de la piel. Salí de mi ensimismamiento cuando apuntó al pañuelo de su cuello, carraspeó suavemente, atipló la voz y pronunció un desagradable chirrido. Elevó los hombros, como resaltando una obviedad, y quedó establecida su disculpa, que una afección de garganta lo mantenía mudo. Después señaló su lista sobre el mostrador y me indicó con una sonrisa que ese era su pedido. Curioseó por la tienda y se interesó por algunos artículos, solicitó mi explicación por señas y a veces con alguna palabra que pronunciaba con esfuerzo. Le pedí que no hablase con una voz tan rota, sería contraproducente, y sonrió en agradecimiento a mi disculpa y me hizo señas para que me interrumpiese un instante. Entonces movió sus manos y entendí las aclaraciones que solicitaba de mí, porque sus guantes fueron tan elocuentes en sus ademanes y gestos que fácilmente entendí su significado. A veces el movimiento de los dedos era gracioso, otras cómico y en otras incluso didáctico. Justo era reconocer que el forastero sabía expresarse con soltura, con una gracia y una eficacia tan notable que quedé prendado de sus habilidades, circenses o al menos aptas para un espectáculo de prestidigitación. También me pareció cortés en sus maneras, impresión que remató dignamente pagando al contado y disipando así mi escrúpulo a su amistad.

La lluvia continuó interminable en toda la comarca. Al hombre de los ojos amarillos se le encontraba a veces en los caminos, por los que parecía transitar en horario fijo, ayudando y sirviendo a los viajeros en dificultades a cambio de la voluntad, o gratis si la avaricia o la pereza resultaban un inconveniente para quienes estimaran que no merecía su limosna. A nadie le constaba su llegada ni de donde procedía, se rumoreaba que llegó la noche de las luces y que había venido de muy lejos para hacerse cargo de una herencia. Pronto se supo que compró materiales en la carpintería y que también recaló en el taller del herrero, para reparar algunas herramientas y adquirir otras nuevas, que pagaba en efectivo porque decía que las deudas eran mala aventura para los pobres y que prefería limitarse a sus recursos, a la postre pocos. Se atrevieron a preguntarle y confirmó que había heredado una pequeña y ruinosa granja junto al arroyo viejo, y que subsistiría con los productos de la tierra, algunas tallas de madera que gozaban de mérito en muchas ferias lejanas, y trabajos eventuales que acometería según le brindasen la oportunidad y su destreza para devolver un carro a su ruta o desatrancarlo del barro. A veces recalaba en mi tienda, para comprar provisiones o algunos materiales necesarios para su granja. Aparecía como era usual verlo aquellos días, embozado en la capa y tocado con el sombrero, que anudaba al cuello para impedir que se lo arrebatara el viento. Después de sacudirse en la entrada y quedar seco, hacía sonar la campanilla con insistencia, para anunciar su llegada, y sonreía al verme como quien se encuentra con un amigo o un hermano largamente añorado. Respondía al saludo mientras sus ropas me causaban la misma impresión estanca, a prueba de inclemencias tormentosas e incluso maremotos o tifones. Parecía un hombre risueño y de alguna forma me inspiraba conformidad ante la lluvia.

El barro se hizo omnipresente mientras el musgo y los hongos tomaban los valles, el bosque vivía empapado en niebla y la caída de hoja inundaba el aire con un aroma de bayas tristes. Al hombre de los ojos amarillos se le vio faenando en sus tierras, arrastrando grandes piedras hasta los límites de lo que habría de ser un sembrado, roturando y arando sin animales, tirando de la reja con una fortaleza que parecía sobrehumana y mostraba el empeño de su voluntad. Después se le descubrió sembrando y se supuso que había traído consigo las semillas, quizás desde el mismo extranjero, porque no las había comprado en mi tienda ni en ninguna otra de los alrededores. Algunos vecinos, labriegos también, se acercaron hasta sus lindes para disuadirlo de sembrar en una estación tan ingrata. Los recibió a todos con una sonrisa y gestos que todo lo aclaraban, para desestimar sus consejos al instante, con el argumento de que sus semillas germinarían muy pronto. Por lo demás, nadie entendía que se empeñara en luchar contra aquella lluvia que convertía la vida en una briega contra las incomodidades del agua, ni que intentase obtener una cosecha de aquel barro de octubre, cuando los campos no pedían más que barbecho y reposo.

Una hierba desconocida comenzó a prender en sus tierras. Era áspera e invasiva como nunca vimos antes. Sucia, con un color apagado, entre gris y turquesa, y se adhería a los troncos de los árboles que flanqueaban su propiedad, como si se tratase de alguna especie parásita. Desprendía un olor entre urticante y dulce, que resultaba empalagoso y pronto suscitó numerosas molestias en el pueblo, acosado por un pestilente régimen de vientos. Una tarde entró en mi tienda, bromeó como siempre y compró varios rollos de alambre de espino, con la pretensión de vallar su parcela para impedir el paso de algunas alimañas que había detectado merodeando por sus tierras. También compró tela de gallinero y me confió que pensaba criar algunas aves, lo que siempre era un buen complemento a los productos de la tierra. Admití que la mayoría de los pobladores de la comarca se ganaban la vida así, exprimiendo una parcela y completando la alimentación con una ganadería doméstica de conejos, pollos, algunas cabras o una vaca. Insignificante pero válido para mantener a la familia. El sobrante se vendía en los mercados locales, lo imprescindible para contar con algún dinero con que satisfacer las necesidades más urgentes. Mi visitante aseguró que no era tan necesario para él, porque nunca tuvo familia y paliaba en parte su pobreza con la venta de algunas artesanías, meras insignificancias, como juguetes infantiles y otros utensilios de madera tallada, en su mayoría tan inútiles como decorativos. Los esculpía con una simple navaja y siempre habían encontrado buena acogida en las ferias. Además, era de complexión fuerte y no le arredraba el trabajo duro si era para favorecer a los demás, que solían premiar sus esfuerzos con discretas dádivas, casi siempre ínfimas, pero en conjunto suficientes para completar sus necesidades. Los caminos embarrados, no disimulaba su contento, le proporcionaban una fuente adicional de ingresos.

Durante casi un mes se le vio atareado en la construcción de un granero, para lo cual se aprovisionó de clavos, alicates, martillos, sierras y otros utensilios propios de esta labor. El herrero, la carpintería y mi tienda lo asistimos en su construcción y gozamos de sus visitas a menudo, cuando requería un suministro o un consejo para rematar alguna de sus tareas. Por mi oficio y porque me sentía en disposición y con buen ánimo hacia su persona, lo asesoré sobre los mejores materiales para cada empresa. Supongo que por medio del herrero y la carpintería se aconsejaba en lo relativo a su ejecución. Intentó alquilar un carro y dos caballos para arrastrar las vigas y los tablones que le proporcionaba el carpintero, pero los caballos se negaron a obedecer sus órdenes al asustarse de su voz, lo que no sorprendió porque también ladraban los perros del herrero, que era preciso mantener sujetos. Los carpinteros aseguraron que los gatos huían así mismo de su presencia, cuando lo usual era que se acercasen a ronronear ante los desconocidos. Reímos mucho de esas casualidades una noche que pretendimos invitarlo para celebrar la obra concluida de su granero, que había pagado con la diligencia de siempre. Nos hizo comprender por señas que prefería declinar nuestra invitación. Disculpamos su renuncia al intuir en su mirada que no era hombre bebedor y que prefería evitarse a los muchos borrachos que seríamos pronto.

Una mañana se supo que había parado su infatigable lucha contra los elementos y se había sentado a descansar en el porche de su cabaña, entretenido en arrancar la forma oculta de los tocones que recogía de la tierra cuando su aspecto natural le inspiraba una imagen que luego, en el sosiego de una mecedora, esculpía pacientemente sin más utensilio que una navaja afilada, tanto como precisaba su destreza. Compartía este arte con el desbrozado de las piedras pequeñas que aún encontraba de su campo, para lo que se asistía de una carretilla destartalada que me compró de saldo y reparó según las instrucciones de sus amigos, el herrero y los carpinteros, que lo asistieron en la limpieza y compostura de la carretilla hasta que retornó la juventud a unas piezas desahuciadas. No es preciso decir que la carretilla quedó impecable y que pronto lo acompañó a las ferias de los alrededores, presidiendo un puesto que establecía a primera hora, antes que ningún feriante, y que cerraba al inicio de la tarde, para envidia de los otros vendedores que bromeaban con la prontitud de su venta. No se achicaba ante las burlas de sus compañeros y respondía a sus bromas. Como por ensalmo hacía surgir entre sus ropas milagrosas una última talla, que había guardado para la ocasión, y la subastaba entre quienes admitían que era un buen regalo para los hijos o una enamorada. Sin más tregua, tomaba la palabra de cualquier interlocutor y por señas cerraba la compra, para regocijo de los espectadores, que habían presenciado un ejercicio de embaucar con gestos que ya quisieran para sí los mejores ilusionistas.

Ni que decir tiene que los niños disfrutaban en su puesto de figuras talladas, porque las bromas y trucos que destinaba a los mayores no eran nada en comparación en lo que esperaba a los niños, a los que refería historias por señas y deleitaba con fantasías incomprensibles para los adultos. Remataba su actuación ante la infancia con pasatiempos y una muestra de su habilidad, consistente en la talla de un modesto regalo, similar a los vendidos con tanto éxito, que esculpía allí mismo, para asombro y deleite de sus espectadores, alborozados asistentes al nacimiento de un silbato, una delicada mariposa o cualquier otra figura nacida de la madera con la celeridad y acierto que propiciaban sus dedos, siempre enguantados, siempre ágiles y precisos en su destreza con la navaja. Sus sonrisas, sus ademanes y sus regalos despertaban el regocijo de la infancia tumultuosa que remolineaba en su puesto, con tanta insistencia, con tanto ardor, que parecía imposible negarse a sus ruegos por esta o aquella nadería, prestamente servida y cobrada a sus tutores, que no sabían negarse a tanta insistencia infantil. Era, por así decirlo, la atracción principal de una feria en la que recogía los toldos el primero, para sorpresa de sus vecinos, que tardaban mucho más en vender sus mercaderías, si conseguían venderlas en su totalidad. Pronto se ganó el respeto de sus compañeros feriantes.

Pese a su éxito en la feria y a la jovialidad y el esfuerzo por agradar que desplegaba en cada una de sus apariciones, nuestro vecino adquirió fama de huraño, porque por entretener el tiempo acostumbraba a visitar el cementerio de la localidad donde recalaba con los feriantes, para sentir la melancolía de la lluvia y porque apreciaba la quietud de este espacio, que empleaba para reflexionar y a veces encontrar inspiración para sus figulinos de madera. Esta complacencia taciturna, sumado a que se le veía muy poco, solo en la feria, recorriendo los caminos y en la soledad de sus tierras, despertó una maledicencia que se preguntaba el porqué de aquellas extravagancias tan sospechosas. Circularon rumores sobre un pasado carcelario que nunca se comprobó, y se receló de que su ayuda fuera tan desinteresada como pretendía, porque quizás albergara una intención oculta. Luego, también había que reconocerlo, sacaba partido a unas tierras convertidas en ciénaga, donde trabajar era a todas luces imposible. Prosperaron algunas envidias acalladas por la evidencia de su auxilio en los caminos, que interesado o no era de gran mérito, pero otra vez se receló de tanta fuerza que competía con los mulos y de sus brazos tan largos, con esas manos enguantadas que se expresaban con tanta efectividad. También se especuló sobre al afección de su voz y se dijo que debía su causa a una herida de guerra, y en su versión siniestra a un ahorcamiento mal ejecutado, de ahí que ocultase su cuello con el pañuelo. Además, ni un solo instante había parado de llover desde hacía casi dos meses y sobre la tierra reinaba un fango impracticable, pero nuestro vecino recorría las trochas y los bancales con una fortaleza que despertaba el asombro del valle.

Continuó rastreando los senderos a la espera de un accidente donde ofrecer su ayuda y feriando en los pueblos vecinos, donde después de su jornada se retiraba al cementerio para meditar entre las tumbas de los muertos. Nadie creyó que fuera un hombre piadoso y aprovechase estos paseos para evocar a sus propios difuntos, así que pronto se receló de un chaleco tan efectivo para repeler el agua, del sombrero que acaparaba las lluvias destinadas a su rostro y del pantalón impermeable y las botas que parecían de puro barro. También se dijo que ni siquiera en mis mejores catálogos de prendas de labor se anunciaba una protección más adecuada, y que entraba en el taller del herrero, la carpintería o mi tienda, se agitaba a sí mismo con ese movimiento tan extravagante, y se hacía entender por señas, asintiendo, denegando o indicando, hasta que se establecía un diálogo conforme a sus intereses y los nuestros. Se alabó que pagara con un celo que ya quisieran para sí otros clientes, pero se justificó por su presencia en los caminos, donde no faltaba contratiempo donde se le echara en falta ni necesidad que no atendiera en la medida de sus posibilidades. Su fuerza, coincidían los testimonios, era descomunal, y se le había visto ayudar a un caballo o desatrancar un carro con las cuatro ruedas en una poza embarrada con una facilidad ajena a cinco mozos bien fornidos. Tanto tirar del arado le había proporcionado el vigor de una bestia. Su ayuda era estimada en su valía y se recompensaba según la generosidad del donante, suficiente para vivir y pagar las deudas.

El carpintero y el herrero me advirtieron que habían escuchado murmuraciones, que en las ferias los niños habían mudado su criterio por capricho infantil o quizás intuición, y se burlaban de él por sus ojos amarillos y por el modo desacompasado de moverse. Algunos adultos también recelaban. Pese a su amabilidad, su solicitud y el buen aprecio de su ayuda, había en su presencia algo extraño, algo que llegaba confundido entre el marasmo del paisaje, tan acaramelado por el barro y las hojas fermentadas que sorprendía verlo surgir de la nada como una aparición del otoño, como un espectro que sobresaltaba aunque luego fuera solícito y su ayuda resultase oportuna. Siempre en silencio, anticipándose con sus gestos a las explicaciones, requiriendo una leve ayuda por señas, con esas ropas extrañas que nadie había visto antes y que eran tan efectivas contra el agua que despertaban la envidia, al mismo tiempo tan cómodas, porque era imposible que se moviera con tanta soltura, con tanta eficacia entre en un barro que sofocaba todas las iniciativas y convertía cualquier minucia en proeza, pero para él todo era fácil cuando se materializaba de improviso, resolvía el inconveniente, cobraba su parte y desaparecía corriendo en la tierra de nadie, donde cualquiera se hundía hasta las rodillas, pero él no, él corría sobre los limos blandos con una facilidad que era incomprensible, inaudita, turbia, con algo oscuro en sí misma, algo sospechoso que era necesario investigar. Quizás era un criminal fugado, el proscrito de renombre o un asesino huido de su prisión.

La curiosidad de los vecinos delegó en mí para visitarlo en su domicilio y hacerlo partícipe de los recelos sobre su persona, algo que podría evitarse asistiendo a alguna verbena en las fiestas locales o dejándose ver algún domingo en la iglesia. Aunque no era labor que contase con mi simpatía, me supuse bien recibido y me armé de ánimo para satisfacer la confianza que se me había otorgado. Vestí mis mejores ropas y me protegí adecuadamente de la lluvia, con una larga capa con capucha y unos chanchos impermeables que me ayudarían a llegar hasta el arroyo viejo. Luego abandoné la comodidad de mi tienda y me resigné a las veredas pantanosas y los lodos nefandos, hasta que llegué a su granja después de muchas fatigas y avancé trabajosamente entre el barro. Un moho entre gris y negro había invadido su cosecha y la hierba se alzaba mustia y como sofocada por una pátina oscura. Pese a estos signos de podredumbre se vislumbraba una cosecha próxima bajo las enormes hojas grisáceas, de tubérculos como sandías o calabazas, aberenjenados en su color y acaso menos redondos, melones grandes tal vez. Un olor acre espesaba el aire, pero era soportable para mi olfato, acostumbrado al olor de los abonos. No así para mi vista, que rompió en lágrimas. Me pareció recordar un guano que había almacenado en mi tienda, de un olor más suave. Este era mucho más intenso y supuse que se debía a los efectos del moho y el encharcamiento de la tierra.

Alcancé a distinguir al hombre de los ojos amarillos bajo la lluvia y acerté a llamarlo, pero sin duda el viento debió arrastrar mis palabras. Cuando llegué al porche la lluvia había arreciado y resonaba con un estrépito que enmudecía cualquier grito. La puerta estaba cerrada, golpeé con los puños y escuché un ruido sordo, supuse que el agua había empapado la madera y por esa razón se ahogaban los golpes. Revisé alrededor de la cabaña, avanzando sin éxito por un lateral, en busca de una ventana que me permitiera atisbar en su interior. No tuve éxito, las había cegado con tablas y clavos, supuse que para anticiparse al perjuicio de los malos vientos. En la parte trasera encontré un respiradero, pero era demasiado alto para alcanzarlo. Regresé por el otro lado y entonces reparé en un pequeño tragaluz del que emanaba un olor que me recordó a los criaderos de gusanos de seda, aunque mucho más repulsivo e intenso, casi diría que sofocante. Me lloraron los ojos y me aparté para tomar aliento, asqueado por aquel miasma, y en ese instante sentí que alguien entraba en el cuarto. Decidí apartarme y volver unos minutos después, para preservar su intimidad. Me alejé unos pasos, dudando entre el pudor que me inspiraba mi intromisión y el acicate de desvelar un secreto. También yo sospechaba de su apariencia y temía que a la postre el carácter tan risueño, tan conciliador y diáfano no respondiese más que a la hipocresía y el cinismo. Pronto me decidí a volver y regresé sobre mis pasos, hasta que quedé paralizado sobre mis pies. Permanecí quieto, ausente, suspendido en mi estupor. Me agaché para ocultar mi presencia y observé a hurtadillas.

Nuestro vecino se había desprendido de su bufanda y mostraba extrañas heridas en el cuello, una serie de cortes oblicuos y profundos, igualmente espaciados entre sí y simétricos a ambos lados de la garganta. Me estremecí, no podía tratarse de una herida, ni siquiera cabía pensar en una operación quirúrgica. Era demasiado minucioso, demasiado preciso y natural, y los cortes parecían frescos y sanos a la vez, sin rastro de sangre y abanicados por un rítmico vaivén. Quedé petrificado por el espanto. Parecían branquias y sentí asco, supuse que por la visión y el hedor que emanaba el interior de la casa. Pensé en huir pero me lloraban los ojos y no quise delatarme con un ruido. Busqué una posición más cómoda para atisbar y de nuevo miré dentro del aseo. Apenas puedo describir lo que vislumbré entre las penumbras. El vecino se había retirado levemente de la ventana, sumergiéndose en una zona de sombras, y procedió a desnudarse con cuidado, como si se tratase de una operación delicada y precisara de gran concentración. Tras desprenderse de la capa, que colgó minuciosamente en un perchero, procedió a distraerse con el sinfín de botones y cuerdas que anudaban el chaleco en su lugares precisos. Pareció que se sentase entonces y procediera a librarse de sus pantalones impermeables, de las botas minuciosamente anudadas, de unos calcetines de tela brillante y de una ropa interior también brillante, que arrojó a un lado, al igual que había hecho con las prendas anteriores. Cesó todo ruido e imaginé que esperaba en la oscuridad, para reponerse del marasmo del barro antes de refrescarse en lo que parecía una tina junto a la puerta, supuse que pretendía tomar un baño. Escuché su voz desagradable, con el mismo timbre chirriante que escuché en la tienda. Parecía que hablase un idioma extranjero, aunque solo articulaba su ingrato sonido, que ahora me inspiró un mayor espanto. Después, dudo de lo que vieron mis ojos, su cuerpo se me mostró amarillento y como vencido por un terrible mal. Los brazos y las piernas eran anormalmente largos, y la espalda parecía deformada por gibosidades enfermizas, con nítidos músculos que parecían encontrarse en el lugar equivocado, y protuberancias óseas anómalas y ajenas a mi experiencia. Su cráneo, desprovisto de pelo y de apariencia coriácea, era también distinto a lo que admitían mis sentidos. Giró levemente y contemplé su pecho en forma de quilla, los segmentos de su abdomen y ese sexo enervado y doble, con una curvatura tan extraña que instintivamente comprendí que no pertenecía a un ser humano.

El hedor que salía por aquella pequeña ventana era indescriptible. Retrocedí con cautela, cegado por las lágrimas, sabiendo que el estruendo de la lluvia sobre el tejado ocultaría mis pasos. Cuando me sentí lejos emprendí una carrera que se tornó veloz en contra de mi voluntad, que hubiera deseado una huida más sigilosa y digna. Apenas superé su campo de hierba gris me oculté tras unos arbustos y miré hacia la casa. El vecino, otra vez vestido, parecía inspeccionar el porche, que recorrió varias veces en uno y otro sentido, deteniéndose para estudiar varios lugares que atrajeron su interés y que reconocía como los lugares donde yo me había detenido durante mi espera. Avanzó exactamente tras los pasos que yo había trazado y se detuvo junto a la ventana del aseo, donde sin duda halló mis huellas entre el barro. Miró hacia donde me encontraba y supe que conocía exactamente mi posición, como si lo asistiese una vista diferente, más precisa, inmune a la ceguera borrosa que la lluvia imponía en la distancia. Comprendí que sus ojos amarillos descubrirían mi presencia entre los arbustos apenas esbozara un movimiento, que para él era el reclamo de una presa en la distancia. Me mantuve inmóvil, sin respirar, permitiendo que me empapara la lluvia.

Regresé al pueblo y me encerré en mi tienda, sin saber qué hacer y aún aterrado por lo que había visto. La lluvia era menos fuerte, pero aún intensa. Tomé un arma de la trastienda y la cargué para sentirme seguro. Dos cartuchos en su cuna y algunos más que guardé en mis bolsillos. Permanecí sentado sobre unos sacos de harina, con la escopeta apoyada entre las piernas. Intenté tranquilizarme, me temblaban las manos y las sentía entumecidas. Moví los dedos enérgicamente, para que retornara la sangre. Intenté poner orden en mis ideas y cerré los ojos, pero los abrí porque sentía miedo de la oscuridad. La llama de la linterna de aceite oscilaba como las alas de una mariposa cuando supuse que debía advertir a mis vecinos. Muy pronto comprobé que mis palabras no encontraban el eco que había esperado, porque se me tildó de fantasioso y quizás alucinado por aquella lluvia que enloquecía a las gentes. Insistí mucho, pero se pensó que había visto mal y acaso hubiera exagerado por el miasma de aquel olor penetrante que saturaba los sentidos. Yo mismo reconocía que me lloraron los ojos en varias ocasiones al atravesar su campo, así que no era sorprendente que hubiera sufrido un espejismo. Concluyeron que se acercarían a vigilar con sigilo y que se precisaban nuevas pruebas antes de tomar una determinación.

En una semana el acecho rindió sus frutos. Lo vieron desnudarse dos veces y propiciaron un sinfín de encuentros donde se mostró tan encantador como siempre y exhibió sus bromas habituales, que solo pretendían una recompensa a sus servicios. Los testimonios sobre su anatomía completaron mis revelaciones y añadieron algunos datos significativos. Nuestro vecino tenía uñas retráctiles, de un color atezado sin brillo, que desplegaba como desperezándose. Al quitarse los guantes quedaban en libertad y se extendían en toda su longitud, que al final era una falange añadida a la envergadura de los dedos. Tampoco tenía orejas, que eran dos orificios algodonosos. Por supuesto eran ciertas las protuberancias anormales en la espalda, el abdomen segmentado y el sexo doble, lo que indudablemente correspondía a un insecto. El estupor se adueñó de mis vecinos, que veían confirmados sus terrores con una infinidad de pruebas. Nos despedimos en silencio, sin saber como enfrentarnos a lo incomprensible.

La criatura regresó pronto a mi tienda. Sonó la campanilla de la puerta y allí estaba él, con sus ojos amarillos y enfundado en su sempiterna gabardina, tan extrañamente plegada y protegida por esa capa negra y cerúlea, inmune al agua. Me sentí seguro junto a la escopeta y esperé a que hiciera un movimiento sospechoso. Se comportó con la cortesía de siempre y me tendió su nota, donde listaba los productos usuales para el mantenimiento de su granja. Dudé un instante antes de servirle el pedido. En contra de mi costumbre me giré lentamente, procurando no perderlo de vista. Hablé como siempre y me comporté como siempre, atentó a cualquier movimiento hostil. Afortunadamente, tomó sus mercancías, pagó al contado y se despidió como era habitual. Respiré con ansiedad, feliz de que no hubiera habido contratiempos.

Nuestro vecino continuó con sus ocupaciones habituales y frecuentando los mismos lugares solitarios, incluido el cementerio, que ahora se vigiló con detalle, porque lo imaginábamos el escenario de algún ritual execrable o la concreción de un espanto sin nombre. Continuó paseando distraídamente entre las tumbas, atisbando en el interior de los panteones que atraían su interés o entretenido en la lectura de cuantos epitafios suscitaban su curiosidad. A veces pretendía el saber del sepulturero y le preguntaba por tal o cual familia que había erigido una capilla tan vistosa, o por ese monumento que presidía la entrada al recinto santo y desafiaba al recuerdo de las gentes. Pronto se hacía entender con el ademán de sus manos y obtenía del sepulturero la respuesta a sus preguntas. Después vagabundeaba entre nardos y cipreses, recreándose en los parterres inundados, aparentemente ajeno a la lluvia y sus salpicaduras, como si compartiera la tristeza de los muertos. Por lo demás, vagó como de costumbre, atendiendo a cuántos reclamaban su asistencia, viajeros que aún ignoraban un secreto que habíamos preferido mantener en silencio, en parte por miedo y porque no sabíamos cómo enfrentarnos a nuestro horror.

Continuó ayudando a los carromatos que se averiaban en el camino, luchando contra el barro omnipresente que todo lo enlodaba, anticipándose al efecto del limo amasado tras tanta lluvia, un limo convertido en el azote de los carros, que bajo el pulimento de aquel légamo jabonoso desajustaba las piezas con una holgura que era el preludio de la temida avería. Entonces, apenas reventado un perno o un eje, la criatura de los ojos amarillos surgía de repente para apoyar su espalda hercúlea contra el lateral del carruaje o utilizar una pala para liberar la rueda atorada, y pronto volvía el carro a su ruta o el caminante a su sendero si se trataba de un extravío, con el agradecimiento y a veces la limosna por su servicio. Luego recogía su propina, ejecutaba una reverencia que pretendía ser amistosa, agitaba sus brazos desgarbados en el aire, un ademán de despedida, y desaparecía corriendo entre la espesura húmeda del bosque, como un fantasma que surgiese de la nada y regresara a la nada un instante después, porque en su presencia muda el tiempo parecía confundirse con el trance. Se dijo que quizás practicara una suerte de magia prohibida.

Todos nosotros, sus partidarios y detractores, coincidimos con él en distintas ocasiones, y con todos se mostró educado y correcto, sin que se observara ninguna modificación en su comportamiento. Se le vio en sus paseos y en las labores de la granja, recolectando el fruto de sus hierbas o que lo fuesen aquellos bulbos carnosos y aberenjenados, con olor a carnes podridas, que con tanto fervor cocinaba en el hogar de su chimenea y constituían la base de su alimentación. A dos labriegos ayudó a descargar forraje para alimentar a los animales, y no tuvo inconveniente en asistir al carpintero con unos maderos para los que requería ayuda urgente. Sin apenas esfuerzo situó los dos maderos donde el carpintero había deseado, sin que mediasen más aclaraciones.

Transcurrió otro mes de lluvias mansas y llegó la tarde de aquel domingo fatídico. Una niña se perdió y enloquecimos de repente. Se reunieron los vecinos y nos llamaron porque lo conocíamos más. El herrero, el carpintero y otros que yo tenía por su amigos coincidieron en que no quedaba más remedio, que lo peor era necesario, porque no se podía vivir con esta angustia, y que ahora esa pobre niña muerta clamaba desde su tumba, allí donde esta se encontrase, era mejor no saberlo. Coincidieron los vecinos y dije que yo también iría, aunque no deseaba participar. Personalmente no le debía ningún mal y lo de la niña aún estaba por esclarecer, así que no, debíamos esperar, quizás era inocente. A todos ayudó en los caminos y lo vieron jugar con los niños en las ferias, cuando se acercaban a su puesto interesados por las figuras. Me dijeron que sí, y que también paseaba por los cementerios y leía en las tumbas, y que lo habían visto desnudo varias veces, y que yo también lo había visto y no era de recibo negar la evidencia. La criatura era peligrosa y debíamos defendernos antes de que no fuera una niña sino muchas. No cabía la espera, era preciso actuar cuanto antes. Saldríamos inmediatamente.

Nos abalanzamos hacia el arroyo viejo, con antorchas, con escopetas, con bastones y cuchillos. Avanzamos en tropel y se nos unió gente durante la marcha, hasta que llegamos al campo de las hierbas grises y las pisoteamos para romperlas mientras los hombres de vanguardia incendiaban el granero y los más osados corrían en busca de la criatura, que esperaba en el comedor junto a la chimenea. Alcanzó al levantarse y sonreír con sus ojos amarillos a los visitantes, que nos detuvimos y aguardamos en silencio, sobrecogidos por nuestra irrupción en una morada ajena. Nos contempló un instante, carraspeó para endulzarse la voz y pronunció un bienvenidos chirriante y apagado que recordaré siempre. Resonó el tronar de una escopeta y después otros muchos truenos, hasta que solo quedó una pulpa sin forma esparcida entre la pared y el suelo. Aún veo los jirones de sus ropas tan impermeables y perfectas, mezclados con tanta sangre lechosa, como linfa vegetal con un olor distinto al nuestro, más urticante y ácido, acaso de otro mundo.

La niña resultó encontrada en el bosque al día siguiente y de la criatura ya no se habló jamás. Los vecinos suscribimos un pacto tácito, que compartimos con los animales, porque los perros del herrero nunca más ladraron ni los gatos corrieron a esconderse de los extraños. Un hondo silencio se extendió por la comarca mientras la lluvia continuaba cayendo, insistente sobre el terreno enfangando, convirtiendo nuestras vidas en el recuerdo de aquel otoño cuando brillaron las luces entre las nubes y se inició un agua tan mansa que recaló hasta el alma y me dejó perdido en mis visiones. Poco de queda que añadir a este crimen del que me siento culpable, con aquella criatura que siempre fue cordial y pagó al contado sus deudas, que vi ayudar a los demás sin exigir más que la voluntad, que vivió de su esfuerzo, jugó con los niños y honró a los difuntos. Nunca me abandona su presencia entre la niebla, ni cuando nos asalta el buen tiempo del verano, porque en mis sueños llueve siempre, con una lluvia mansa y apagada que me atormenta mientras la veo alejarse entre la bruma intensa, mirándome con esos ojos amarillos tan afables, con esa sonrisa que solicitaba una limosna y ese ayudar a todos sin demandar nada a cambio. Después la veo estallando bajo un vendaval de plomo y sus restos volando en la muerte, mientras resuena en mis oídos su frase simple de bienvenida. Me pregunto entonces porqué pertenezco a esta especie tan miserable y tan cruel, que no admite lo distinto y desprecia la vida ajena. Ojos amarillos invaden mis sueños.


Blas Meca, con licencia Creative Commons

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