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sábado, 14 de marzo de 2015

Kalhat XII

- XII -

Pocos días después, nuestra espera encontró su recompensa cuando una decena de jinetes nos despertaron con el alboroto de sus cabalgaduras. Resonaron unos golpes en la puerta. Abrí, todavía envuelto en sueño, y me encontré frente a Elm, que deseaba conocer a mi maestro. Era la primera vez que el tirano relegaba las formalidades del trono y descendía hasta sus súbditos.

―¿Vive aquí el extranjero que responde por Adsler Krockner? ―preguntó Elm con una cortesía que provocó mi estupor.

―Vuestras informaciones son acertadas. Aquí vive Adsler Krockner ―acerté a responder.

―Quisiera conocerlo.

―Señor, disculpadme, me ha turbado vuestra presencia ―me excusé en previsión de que un comportamiento poco solícito causase enojo. Sus ojos, tan negros, me parecieron extraviados―. Pasad a vuestra humilde posesión. Aunque no dispongo del espacio necesario para honrar a mi señor, procuraré atender vuestras necesidades.

―No os esforcéis en complacer mi capricho, solo deseo entrevistarme con Adsler Krockner ¿Es tu maestro? Me aseguraron que lo acompañaba un discípulo.

En ese instante, Adsler salió hasta el umbral de la puerta y simuló que me amonestaba por desatender las formalidades de la hospitalidad. Después sonrió al déspota y lo invitó a entrar en la vivienda.

Elm se acomodó en un asiento junto a la chimenea y aguardó a que mi maestro encendiese el fuego del hogar. Contempló la estancia durante unos instantes e inició la conversación expresando su gratitud.

―Me consta que sois el sabio más grande de nuestro tiempo. Sin vuestra intervención, me habría adentrado en el reino de los muertos. Sé que desdeñáis los cumplidos superficiales, por lo que no insistiré en mi gratitud. Estoy aquí para cumplir mi promesa y otorgaros una recompensa por vuestros servicios ―concluyó Elm con un estremecimiento de su rostro, aún consumido por la postración. Los huesos de sus pómulos resaltaban bajo las mejillas, el cráneo parecía recién afeitado y los arillos dorados de sus orejas continuaban reclamando mi atención. Su mirada me pareció perturbada.

―No merezco ninguna recompensa porque os traté como a cualquiera de mis pacientes. No guardé deferencias especiales ni protocolos extraordinarios. El antídoto que salvó vuestra vida es el mismo antídoto que erradicará el mal de la lluvia roja.

―Sin embargo, tan docta contribución al saber es digna de reconocimiento. Permitidme compensar vuestros desvelos. En mi nombre y como voz de los habitantes de Kalhat ―insistió Elm.

―Mi paso por la ciencia es demasiado torpe para merecer honores ―respondió Adsler―. Declino cualquier recompensa que enturbie el desinterés que rige mis estudios, y os ruego que no consideréis mis palabras como un agravio a vuestra persona.

Elm guardó un prolongado silencio. Me pareció que reflexionaba sobre la humildad de mi maestro. Tampoco yo comprendía las palabras de Adsler. Rechazar la invitación del tirano entrañaba un riesgo que admitiría el calificativo de temerario, pero la experiencia demostraba que las intenciones de Adsler no siempre eran sencillas.

―Quizás mi maestro no desea una recompensa material ―me atreví a sugerir.

―¡Eso es muchacho! ¡Ningún tesoro complace a quien obedece los dictados del espíritu!

Adsler me amonestó por mi intervención y supe que había acertado en mis suposiciones. En sus reproches no se ocultaba la censura sino el agradecimiento.

―¿No os opondréis a que complazca vuestras inquietudes inmateriales? ―preguntó Elm.

―Si os preocupaseis por el destino de Kalhat...

―¿El destino de Kalhat? ¿No os comprendo? ¿Acaso no depende el destino de Kalhat de mi voluntad? Yo la convertiré en la más envidiada de las ciudades, y el fulgor de su nombre resplandecerá en la historia de los pueblos.

―Sin duda que refulgiría por vuestros méritos ―y la adulación de mi maestro era preludio a sus críticas―. Pero, y no quisiera propiciar vuestra ira, me temo que nuestro destino se encuentra amenazado por un peligro que ni siquiera alcanzáis a sospechar.

―¿Un peligro? ―y la incredulidad afloró al semblante de Elm―. Mi tropa se enfrentará a cualquier peligro.

―Sospecho que fracasaría en esta empresa.

―Ya había advertido que mis soldados adolecen de una cierta relajación en la esencia militar. Siempre he considerado que la disciplina es la virtud que transforma a una horda de maleantes en el más eficaz de los ejércitos. Ordenaré a mis generales que practiquen las artes de la guerra con ejercicios gimnásticos y simulacros de lucha.

―Sin duda que tales medidas mejorarían la condición de los hombres, pero no existe ejército capaz de amenazar vuestros dominios.

―Mis generales corregirán estas irregularidades ―repitió Elm varias veces, mientras se acarciaba con ambas manos la cabeza, en un gesto que delataba temor y perplejidad.

―Vuestros soldados no tendrán que medirse con ningún ejército extranjero. Al menos, no un ejército en el sentido tradicional de la palabra.

―No os comprendo. ¡Explicadme!

―¿Conocéis la amenaza que pesa sobre Kalhat? ―preguntó mi maestro.

―La Muerte Negra solo es un desvarío que se transmite de generación en generación ―respondió Elm.

―Con el debido respeto a vuestra autoridad, lamento advertíos que la leyenda es tan cierta como que sois amo y señor de estas tierras.

―¿Y en qué consiste esa amenaza? ¿Por qué mi ejército no podrá vencer a sus enemigos?

―Vuestros soldados jamás podrán competir con las hijas de la Reina Negra. No se enfrentarán con un ejército de hombres, sino de bestias.

―Ninguna bestia conoce las artes de la estrategia, verdadera ciencia que alienta el corazón de un ejército.

―Las panteras de la meseta de Nom son criaturas racionales. Obedecen a su reina, la más cruel de las fieras engendradas por la naturaleza.

―Mi ejército es diestro en la caza de alimañas salvajes. ¡Será como si nos entretuviésemos en un juego de habilidad!

―¿Quién de vuestros hombres se enfrentaría a una pantera que alcanza la alzada de un buey? Y de estos valientes, ¿cuántos la vencerían si atacase por la espalda? ¿Y si no fuese una pantera, sino cientos de panteras, organizadas por una voluntad única? Desengañaos mi señor, no existe ningún ejército sobre la tierra capaz de enfrentarse con las hijas de la Reina Negra. Frum, Ashengold y Prim también eran ciudades que contaban con el mejor de los ejércitos. Su gloria se extinguió durante una madrugada.

―¿Acaso hemos de resignarnos a una suerte adversa? ¡Existirá un modo de contrarrestar tan terrible amenaza! ―exclamó Elm―. Quizás, aunque sea una respuesta vergonzosa al ataque del enemigo, convendría abandonar Kalhat hasta que se desvaneciese el peligro. O buscar una alianza con otras ciudades malditas.

―Huir no serviría de nada. Ni siquiera serviría que los habitantes de Kalhat se diluyesen en el olvido. Las panteras seguirían nuestro rastro hasta que ningún hijo de Kalhat hubiera sobrevivido a la maldición. Vuestra segunda idea es mejor, pero cada una de las ciudades escogidas se encuentra a muchas jornadas de cualquier otra ciudad. No tendríamos tiempo para enviar mensajeros, ni para entrevistarnos con sus mandatarios ni para convocar sus ejércitos.

―¡Es preciso que exista una respuesta a la amenaza! ¡Siempre hay una alternativa! ¡Sois sabio entre los sabios! ―y Elm me pareció temeroso mientras gesticulaba de un lado a otro.

―Vuestra consideración hacia un pobre anciano es desmesurada ―recalcó mi maestro―. Solo soy un aprendiz de los secretos de la naturaleza.

―Un aprendiz aventajado ―puntualizó Elm―. Sospecho que sabéis cómo derrotar a la maldición.

―Reconozco que me alientan algunas esperanzas, pero a veces sospecho que mis presunciones se encuadran mejor entre la demencia senil que entre la luz de la razón ―reconoció Adsler, y su modestia arrancó la sonrisa de Elm y la mía. Sentí un escalofrío al contemplar la dentadura rota del tirano y sus ojos extraviados, y recordé que había perdido dos dientes en un accidente infantil.

―Me sentiría honrado si compartieseis conmigo vuestros pensamientos ―admitió Elm, adoptando una expresión que me pareció falsa.

―Las fechas son las únicas armas que podrían contrarrestar el ataque de las panteras ―reconoció Adsler.

―¡Pero una fecha jamás será tan efectiva como una lanza o un hacha! ¡Sus heridas son insignificantes ante los destrozos de la espada! ―me atreví a discrepar.

―Una flecha puede envenenarse. Mi afición a la herboristería me ha conducido en numerosas ocasiones hasta los venenos de las plantas. Algunos de estos venenos son extremadamente rápidos. Y no olvidemos que la flecha permite que el ataque se efectúe a gran distancia.

―¡Un batallón de arqueros derrotaría a las bestias! ―exclamó Elm.

―Os equivocáis, mi señor. Sin duda porque no conocéis la naturaleza de nuestras enemigas ―corrigió mi maestro―. Las hijas de la Reina Negra eludirán el ataque de los arqueros. Su agilidad no es comparable a la de ningún otro animal. Causaríamos algunas bajas, pero habríamos perdido la batalla en cuanto los arqueros hubiesen disparado la primera andanada de flechas. El intervalo requerido para montar una nueva saeta bastaría para que las panteras superasen nuestras defensas. Su victoria se habrá consumado en cuanto alcancen las calles de Kalhat.

―¿De qué nos servirán entonces los arqueros? ―preguntó Elm.

―Mi señor, reparad en que yo no he mencionado a los arqueros, sino las flechas ―puntualizó Adsler.

―¡Explicaos! ―ordenó Elm.

―He diseñado los planos de una máquina de guerra que nos permitirá lanzar flechas de modo mecánico. Imaginad un arco que disparase quince, veinte o cincuenta flechas en el tiempo que un arquero prepara una flecha única. Imaginad después un centenar de estas máquinas y veréis los cielos cubiertos de muerte.

―¡La lucidez de vuestro intelecto deslumbra a cualquier eminencia conocida!― Y con esta frase Elm reconocía la superioridad de Adsler Krockner.

―Esas flechas se habrán envenenado con la oportuna mixtura de hierbas. Aún así, dificultaremos el movimiento de las panteras. ¿Cómo? Las espinas del zarzal de los pantanos es la respuesta a la pregunta.

―¿El zarzal de los pantanos? ―preguntó Elm―. ¿De qué nos servirá en la defensa de Kalhat? Es un buen material para fabricar piezas de carpintería, pero jamás había escuchado que se emplease en el arte de la guerra.

―No creo que se le haya encomendado tal utilidad ―convino Adsler―. Pero arrojad al suelo sus espinas tetraédricas, las únicas que cortan la piel por cualquiera de sus aristas. Después, descalzaos y andad sin las debidas precauciones. Suponed ahora que he impregnado las espinas con mixtura venenosa. Las posibilidades de supervivencia mermarían si además os encontraseis bajo una lluvia de flechas.

―¡Asombroso! ―y así se resumía la insignificancia de Elm ante el saber de mi maestro.

Confieso que también yo me sumaba a la admiración del tirano. En los labios de Adsler, aquel derroche de astucia no parecía el resultado de una mente preclara, sino las conclusiones de una lógica infantil. ¡Cómo si no tuviera mérito! ¡Cómo si cualquiera pudiese haber ideado sus estrategias! Siempre me ha sorprendido la pureza que se percibe tras los razonamientos más audaces.

―¡Vuestra valía es incalculable! ¡Merecéis todos los honores! Desde mañana, desde hoy mismo, os considero la única autoridad de mi ejército. Los generales obedecerán vuestras consignas como si las hubiera impartido yo mismo, y nadie se atreverá a discutir una orden rubricada con el nombre de Adsler Krockner. Abandonaréis esta cabaña y os instalaréis en las dependencias de mi palacio. Una legión de esclavos atenderá vuestras necesidades y disfrutaréis de cuantos placeres ofrece la vida. Las mejores comidas, las mejores bebidas, las mejores hembras. Y autoridad sobre vida y haberes. Sí, también os concederé el don de sentenciar o exculpar a los hombres. Vuestro discípulo podrá acompañaros si así lo deseáis ―ofreció Elm mientras yo reconocía en mi interior que hubiera admitido sus proposiciones sin demasiados escrúpulos.

―No aceptaré ninguno de esos honores que me brindáis tan generosamente ―se disculpó Adsler―. Solo, y si me lo permitís, consentiré en comunicaros mi parecer cuando así lo requiera vuestra dignidad.

―¡Desde este instante sois mi consejero! ¡Vuestra opinión es para mí la única opinión válida! Pero, trasladaos a mi palacio ―suplicó Elm.

―Perdonad mi atrevimiento si respondo con una negativa. Considerad mi edad y que aquí se encuentra mi laboratorio, y considerad así mismo que el bullicio palatino sería pernicioso para mis estudios. En este humilde lugar encuentro el sosiego que preciso para comprobar mis suposiciones. Además, los quehaceres de la inventiva requieren una disciplina austera ―se disculpó mi maestro.

―Sabed que mis oídos siempre atenderán vuestras sugerencias, y que las puertas de mi palacio se abrirán ante la visita de quien cuenta con mi estima y confianza.

―Quisiera, si me lo permitís, que os unieseis conmigo en una reflexión. Probablemente sea necesario que vuestros súbditos colaboren en la defensa de Kalhat. Un niño, una mujer o un anciano no sirven para las artes convencionales de guerra, pero sí valdrán para sembrar las espinas venenosas o dirigir una máquina. Si vuestra justicia se suavizara con caridad, quizás el agradecimiento infundiese valentía en el ánimo de los cobardes. Incluso el tarado y el inválido serán útiles a nuestra causa.

Comprendí que las sugerencias de Adsler nos habían salvado de la barbarie y el terror. La paz descendería sobre las calles de Kalhat.


Blas Meca, con licencia Creative Commons

lunes, 2 de marzo de 2015

Kalhat XI

- XI -

Mi restablecimiento fue rápido y completo. Muy pronto ingerí los primeros alimentos, estuve en disposición de caminar y me encontré entre los quehaceres cotidianos. Mientras tanto, Adsler había solicitado una audiencia con Elm, que antes de perderse entre las nieblas de la enfermedad, había impartido la orden de que lo visitaran cuantos médicos y alquimistas hubieran encontrado un remedio para el mal de la lluvia roja. El fracaso de las prescripciones, por imperativo de la excelsa gravedad de paciente, ya no se castigaba con la pena capital sino con un destierro de tres años, y el éxito, también en virtud de la misma urgencia, se premiaría con la satisfacción de un deseo. No importaba la naturaleza del deseo, Elm había jurado cumplirlo siempre que no excediese a la fortuna recaudada por sus hombres durante un año ni atentase contra su propia vida.

Entre quienes habían asistido al déspota, se encontraban reconocidos físicos y naturistas junto a otros que jamás habían sobresalido por méritos propios. Entre estos nombres ilustres y anónimos destacaba el reconocido Is de Ashengold, que avalado por la recuperación de varios reyes postrados por otras tantas enfermedades mortales, había acertado en sus prescripciones de hierbas y barros escogidos. Merced al concurso de sus saberes, la agonía de Elm se estancó en una duermevela de cuestionable desenlace. Is partió hacia el exilio, más apenado por el fracaso que por el castigo.

Adsler no esperó a que un soldado llamase a nuestra puerta para comunicarnos que se nos permitiría intentar la curación del tirano. En cuanto concluyó unas experiencias que corroboraban la efectividad de su antídoto, tomó un matraz con el destilado curativo y anduvo hacia el domicilio de una familia que había alcanzado notoriedad en la desgracia porque todos sus miembros habían enfermado simultáneamente. En la casa, el espectro de la desesperación inundaba las habitaciones. Aquí yacía el cuerpo casi exánime del abuelo, a una alcoba de distancia, el matrimonio que se disponía a perpetuar su enlace más allá de las últimas fronteras, y en otro cuarto cualquiera, tres hijos que no sobrevivirían a la madrugada. Adsler practicó una incisión en el brazo del anciano e inoculó el antídoto en su flujo sanguíneo. También lo suministró al matrimonio y los hijos. Tres días después, Kalhat clamaba por los servicios de mi maestro.

Adsler se consagró a visitar a los enfermos desde las primeras horas de la mañana hasta las últimas luces de la tarde. No importaba la estima social con que contase el paciente ni la fortuna que avalase su nombre. Mi maestro practicaba la incisión en el brazo, inoculaba el antídoto y delegaba los cuidados para el restablecimiento definitivo. Paños de agua para mitigar las últimas fiebres, infusiones de manzanilla para contener los vómitos y una dieta que se iniciaba con leche y harina de trigo, proseguía con la suavidad de los caldos de verdura y finalizaba con el retorno a la alimentación habitual. El nombre de Adsler Krockner se arropó con la gratitud de quienes habían salvado la vida.

El antídoto de mi maestro devolvió la salud a un soldado y, poco después, un emisario de Elm nos encontró mientras asistíamos a un labriego. Adsler pidió al emisario que esperase hasta que hubiesen concluido sus ocupaciones.

―¡Vuestra insolencia es intolerable! ¡Cómo os atrevéis a hacer esperar a mi señor!

―Si me obligas, iré inmediatamente contigo ―respondió Adsler sin apenas inmutarse―, pero al entrar en la residencia de tu amo, mostraré mi agradecimiento hacia ti por ofrecerme la oportunidad de tratar a un paciente tan ilustre. Después buscaré su muerte, y no dudes que sé encontrar una muerte. Serás mi cómplice en el magnicidio.

En el rostro del soldado apareció el asombro y después la indignación. Desenvainó una daga y avanzó unos pasos hacia quien así desafiaba su autoridad. En ningún momento temí por la vida de mi maestro. Me constaba que Adsler sabía defenderse eficazmente.

―Si derramas mi sangre habrás terminado con la última esperanza de tu amo. Deberás esperar a que termine mi visita a los enfermos. No solo Elm precisa mis servicios.

El mensajero nos acompañó hasta el declinar de la tarde. Después nos dirigimos hacia el Templo y un centinela registró nuestras ropas por si ocultábamos un arma que amenazase la existencia del déspota. Ya en el interior, observé las estancias que presidieron las pláticas del Predicador, ahora remozadas con la magnificencia de los países lejanos. Cortinajes de seda, suelos de mármol, teselados que facilitaban la ruptura de la luz en iridiscencias y un solio donde las gemas resplandecían sobre el oro. Siempre me sorprenderá la devoción de los hombres por el oro. Sostienen que es un metal noble, pero yo lo definiría mejor como un metal perezoso. Nunca encontré un arado de oro, ni un perno de oro, ni una espada de oro. Aunque confieso que recuerdo una espada de oro, pero sus pretendidas cualidades se desvanecieron en cuanto se enfrentó a un hierro bien templado. No insistiré en esta imagen, porque todavía es pronto para mencionar los aperos de guerra que Elm ordenó fraguar a sus artesanos.

Sorteadas las medidas de seguridad, Uk nos recibió en una estancia decorada con motivos militares. Lanzas, puñales, cimitarras y escudos se abigarraban sobre las paredes. La figura de Uk me pareció más animal que en otras ocasiones. No pude reprimir un escalofrío al aspirar su olor y demorarme en la visión de sus brazos, tan musculosos y largos, acordes con su espalda fornida y levemente encorvada. Me sentí transportado a la explanada del Templo, durante la madrugada que encontré el cuerpo del Predicador sobre la nieve. Otra vez me sorprendieron las sensaciones del licántropo y otra vez escuché la voz de Adsler. También percibí el olor acre que flotaba en el aire y recordé que las peculiaridades del crimen apuntaban al ataque de un animal, pero que la sagacidad de mi maestro había deducido que aquella muerte respondía a una mano humana. Súbitamente regresé a la realidad y me descubrí ante el asesino. Era el mismo olor de aquella noche.

Adsler presintió mi recelo ante la presencia de Uk y se apresuró a romper el silencio. Como de costumbre, los actos de mi maestro no obedecían al azar. Según me explicó más tarde, la naturaleza de Uk no pertenecía al género humano, sino que participaba de algunas cualidades del reino animal. No con la intensidad de quienes portan el estigma del licántropo, pero sí para que mi recelo lo condujese a la sospecha. Uk se enfrentaría al castigo por sus crímenes, pero por el momento no convenía distinguirse con su enemistad.

―Condúcenos hasta Elm ―pidió mi maestro.

―Yo soy quien imparte las órdenes ―respondió Uk.

―Ordena entonces que nos acompañen hasta el enfermo ―insistió mi maestro―. Dispongo de poco tiempo.

―Dispondrás del tiempo necesario. La recompensa por el éxito de tu tratamiento bien satisfará una demora. Recuerda que asistirás al más egregio de los enfermos ―advirtió Uk.

―Para mí, todos los pacientes son iguales, no hago distinciones entre enfermos.

―¿Te conozco? ―preguntó Uk.

―Sí, claro que te conozco. Sentiste la mordedura del lobo. Te lo advertí en el templo. Pero has cambiado, ya eres un hombre. ¿Por qué acompañas a un anciano?

―Este anciano es mi maestro ―respondí incómodo por las palabras de Uk.

―¿Tu maestro? ¿Qué puede enseñarte un viejo? ―preguntó Uk con la intención de provocar la ira de Adsler.

―Este viejo no ha venido a discutir ―respondió Adsler―. O atiendo a Elm ahora, o no lo atenderé nunca.

―Llamaré a un guardia para que te conduzca a sus aposentos― consintió Uk―. Él aguardará aquí ―añadió dirigiéndose a mí.

―¡Me acompañará! ―se opuso Adsler―. Es mi discípulo y debe estar presente mientras administro el antídoto a tu señor.

―¿Quién me impediría privarte del antídoto y suministrárselo yo mismo? ―amenazó Uk.

―Primero deberás arrebatármelo ―alegó Adsler en un tono de voz neutro.

―Eso me proporcionaría placer. No encuentro ningún escrúpulo en acortar tu vida ―sentenció Uk.

―Después vislumbrarás el punto exacto donde practicar la incisión y sabrás cuál es la dosis exacta del antídoto.

―¿No sé por qué disculpo tu insolencia? ¡Guardia! ¡Acompañad a este viejo y su discípulo hasta los aposentos de Elm! ―y con esta orden a un sirviente, Uk concluyó la disputa con mi maestro. Subestimar al adversario es un error común entre los hombres.

Apenas nos encontramos en el interior de la estancia donde agonizaba el tirano, Adsler propinó un golpe formidable al guardia que debía velar por la seguridad de Elm. Me alarmó aquella diligencia, que yo consideraba innecesaria, y me sorprendió la rapidez con que mi maestro se había librado de quien lo aventajaba en juventud y fortaleza. Antes de que yo preguntara el porqué de la agresión, comprendí que se me invitaba al silencio.

Adsler se acomodó junto a la cabecera de lecho y buscó en el brazo de Elm dónde inocular el antídoto. ¿Atentaría contra la vida de Elm? ¿Cómo escaparíamos entonces del Templo? Quizás nuestro deber fuese librar a Kalhat de la tiranía, o quizás tras la bondad de mi maestro se ocultaban intenciones más oscuras. Adsler inoculó el antídoto en el brazo de Elm y le dió a beber una infusión desconocida para mí. El tirano recobró el conocimiento y mi maestro susurró unas palabras.

―En cuanto despiertes de tu sueño, enviarás a buscarme y obedecerás mis palabras.

Elm regresó a la agonía, pero en su sangre germinaban las esencias de la salud. Inmediatamente, Adsler se dirigió hacia el soldado desvanecido y aproximó a sus labios la misma infusión que poco antes había bebido el déspota.

―No recuerdas nada que escape a la normalidad. Solo has sentido un desvanecimiento instantáneo. Me viste mientras practicaba la incisión en el brazo de tu amo y mientras le suministraba el antídoto. En ningún momento sospechaste de mi comportamiento.

El soldado despertó, todavía aturdido por el golpe, y mi maestro lo ayudó a incorporarse. Después le preguntó si sentía algún malestar.

―No, apenas un ligero vértigo.

―Me pareció que os desvanecisteis un instante ―replicó Adsler en un intento de sondear la consciencia del soldado.

―Agradezco vuestro interés, pero me encuentro perfectamente.

Salimos de los aposentos de Elm acompañados por el soldado, que no había percibido ninguna discontinuidad en el tiempo, y poco después nos alejábamos de la colina donde se alzaba el Templo.

―Maestro, permitidme una pregunta. ¿Qué bebió el tirano?

―Hierbas de la conformidad. Una pócima que estimulará su obediencia, la misma que bebió el soldado. Supongo que comprendes por qué lo golpeé al entrar en los aposentos de Elm.

―Hubiera sido peligroso que escuchase vuestras palabras. Ahora riges el destino de Kalhat.

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―El efecto de la pócima no se prolongará mucho tiempo. Es efectiva sobre una mente sana, pero la mente de Elm sufre una enfermedad devastadora. Además, no olvides a Uk. Es un enemigo temible.

―¿Y ahora? ―pregunté sin esperanza de que una respuesta aliviase mis dudas.

―La paciencia es la virtud que conduce al éxito de todas las empresas.


Blas Meca, con licencia Creative Commons

sábado, 14 de febrero de 2015

Kalhat X

- X -

Por fin, el mal de la lluvia roja se adueñó de mi espíritu. Lo sentí en la madrugada, como éter que reptase bajo la puerta y ascendiera hasta mi lecho, o como un vaho que se ocultara entre el calor de las sábanas para confundirse con mi aliento. Me sorprendió un escalofrío e inmediatamente fuego. Otra vez frío y otra vez calor. Un vértigo surgió de improviso y los objetos de la alcoba se diluyeron en neblina gris. Mis ojos se esforzaron por romper aquella turbiedad y me escuché en un grito de auxilio.

En el remolino de las pesadillas asistí a la concreción de un mundo donde la única constante era la persistencia de la lluvia roja. Sobre los campos y sobre las ciudades, sobre los ríos y los mares, en el torbellino del invierno y la desidia del verano. Cadáveres de animales, cadáveres de hombres. Mi cuerpo yacía sobre las arenas de un desierto donde se enmarañaban los gusanos de la muerte, el infierno del sol había acelerado la descomposición de mis vísceras y un enjambre de aquellas larvas se alimentaba con la carroña de lo que antes había sido mi carne. De cuando en cuando se rasgaba un fragmento de mi piel, un vómito ascendía por mi garganta o estallaba un acceso y mil venenos se confundían en el caudal de la sangre.

¿Cómo puedo ahora, que ya me he convertido en un anciano, regresar a las pesadillas que me envolvieron durante aquellas horas? Aquellas horas es una descripción demasiado benigna para la agonía. El tiempo no es una magnitud absoluta. A cualquier hombre le consta que los momentos de dificultad se prolongan más allá de su misma naturaleza, mientras que los momentos felices son intrínsecamente breves. Podríamos establecer comparaciones tan vacuas como insensatas. ¿Sería correcto equiparar un minuto de dolor a un día de placer? ¿O sería más correcto si lo comparamos con dos días? No es difícil demostrar que todos los seres vivos no sienten dolor y placer en la misma medida. Un cangrejo y un puerco difieren en la estructura de sus mecanismos sensitivos, y por tanto difieren en el modo y cuantía de sus percepciones. Diferencias más sutiles se perciben en el análisis de los hombres. Tomemos dos gemelos engendrados la misma noche, y comprobaremos que ni su inteligencia ni su sensibilidad son exactamente idénticas.

No pretendo que el lector de esta historia me acompañe en el pantanoso terreno de la elucubración, y debo limitar mi relato al conocimiento de un pasado que pronto perderá a su último testigo. Mis palabras anteriores pretenden reflexionar sobre las diferencias entre los hombres, para resaltar que más diferencias observaremos entre el género humano y los hijos del licántropo. Sería admisible una comparación de mi naturaleza con la de mi maestro, quizás incluso con la de un lobo o un perro, pero jamás se me podrían atribuir las peculiaridades propias de los seres que tan generosamente se denominan racionales. No, mi especie se sitúa entre esa supuesta racionalidad y la fiereza del instinto. Contamos con el beneficio de la palabra, el único don que los dioses concedieron a los hombres, y con el arrojo y la anticipación de las bestias. La suma de estos dos preciosos favores nos convierte en criaturas excepcionales.

Aunque mi debilidad se había asentado en mente y cuerpo, no me abandonó la consciencia de que aún me encontraba en el mundo real y pronto regresaría al imperio de la luz y de la esperanza. Me conforté al suponer que junto a mí se encontraba quien me auxiliaría en las tinieblas. Mis ojos se enfrentaban a la nada, mi piel había perdido la capacidad del tacto y en mis oídos imperaba el silencio, pero la proximidad de Adsler me salvaría del más tenebroso de los abismos. Sin ningún indicio, o sin ningún indicio que haya persistido en mi memoria a través de los años, supe que una muestra de mi sangre lo acercaba a la conclusión de sus investigaciones.

También advertí que apenas le preocupaban mis padecimientos. No me sentí incómodo por su desinterés. Entre mi maestro y yo no cabían el malentendido ni el reproche. Comprendo, como comprendí entonces, que existen prioridades más importantes que la vida. Siempre me asombrará la cardinalidad de la muerte. Más cierta que todas las verdades del universo, pero supeditada al valor de un plural. ¿Qué importaba yo ante los cientos de agonías que resonaban en las noches de Kalhat, qué importaban las noches de Kalhat ante las noches de la eternidad? A mi maestro le preocupaba la suerte de su discípulo, pero más aún le preocupaba la suerte de todos sus discípulos futuros o la suerte que correrían millares de criaturas si una peste se propagaba sobre la tierra. Como pilar de sus investigaciones, estableció la suposición de que la sangre del lobo derrotaría a la enfermedad. Una suposición condicionada, porque subestimó la incertidumbre que subyace a las hipótesis. Se contentaba con que su éxito naciese de una premisa avalada por la razón. Analizó mi sangre y buscó las diferencias entre la sangre de licántropo y la sangre del hombre. Presentía que la inmunidad se oculta tras el retorno a la salud. Un desafío guiaba sus investigaciones.

Comprendí la transcendencia de aquellos estudios mucho después de que el azar me convirtiera en protagonista de los experimentos de mi maestro. Desde la inconsciencia percibí el temor al fracaso, su empeño ante las tribulaciones cotidianas y el éxtasis que sintió al alcanzar la respuesta a sus súplicas. No obstante, aún pospondría el ensayo definitivo, hasta concluir unas observaciones que verificasen la inocuidad del antídoto.

Mientras me balanceaba en las últimas fronteras, asistí a los acontecimientos que habían alterado mi existencia. Me encontré en el templo, entre mis padres, y escuché el acecho de la bestia que se removía tras los guardaventanas. Después, la oscuridad, la carrera del monstruo, el tintineo de los collares de Zhor y los colmillos que se hundían en mi carne. Apenas transcurrido un segundo, encontré el cadáver del Predicador y conocí al que más tarde sería mi maestro. Otra vez la sorpresa, otra vez la admiración por Adsler, otra vez la seguridad de que una profecía pesaba sobre Kalhat. Se sucedieron las imágenes. Zhor capturando un cervatillo, mi maestro preparando una pócima, la partida del cazador en busca de una presa inalcanzable. Después fue el accidente premeditado, los aromas que se adueñaban de las calles y el viaje hasta los bosques para desenterrar el cadáver de un animal.

Supe que Adsler tomaba asiento junto a mi lecho y que extraía el contenido de una redoma con un instrumento de caña. Después me practicó una incisión en el brazo, permitió que la sangre manase durante unos instantes y hundió el extremo de una cánula entre los labios de la herida. Comprendí que entre los fluidos de mi cuerpo ya se ocultaba el secreto que me permitiría sobreponerme al mal de la lluvia roja. Muy pronto me aliviaron los primeros destellos de esperanza y supe que había emprendido el retorno a la salud. Me adentré de nuevo en la inconsciencia.

Durante uno de aquellos sueños, mi espíritu se unió al espíritu de Zhor. Reconocí el tintineo de los collares que bailaban sobre su pecho y el sigilo de sus movimientos. Me asaltó la proximidad de su rostro y la desilusión de comprobar que se desvanecía en la nada. Inmediatamente regresó el sueño. Con más fuerza, con más realismo. Hasta que mi alma y la de Zhor se fundieron en una misma esencia. Yo fui Zhor. El cazador, el aventurero, astuto e invencible. Sentí el arrojo de Zhor, sentí que Prudencia y Valentía eran mis compañeras, sentí la libertad de la naturaleza y que el combate por la vida era el más enloquecedor de los elixires. Bajo la piel de Zhor me adentré en las colinas de Ashengold, ascendí las montañas de Track, me asomé a las ciénagas que circundan la ciudad de Is y supe las argucias que siguieron las hijas de la Reina Negra para tomar lo que les otorgaba la leyenda. Juntos, mi espíritu y el de Zhor, cruzaron el puente que comunica el reino de las lamias con el resto del mundo, juntos vagamos por donde el extranjero busca sus propios pasos, y juntos comprendimos que solo tras las huellas de una pantera escaparíamos a un millar de senderos iguales. Esas huellas nos condujeron hasta la planicie de Nom y las inmediaciones del Bosque de Piedra. Dormimos bajo el teselado de las estrellas, y en la quietud de la madrugada escuchamos el aullido de los licántropos y el enmarañarse de las hidras. Después, entre las penumbras de la aurora, asistimos a una tormenta que se estancaba en la lejanía y presenciamos la caza de una hija de la Reina. Las presas fueron una pareja de asmures que se confundían entre las penumbras del alba. Solo recuerdo que una centella surgió de la nada y, antes de que mis ojos o los de Zhor vislumbraran el ataque, los asmures se habían internado en el imperio de las sombras y la pantera ronroneaba por el placer que le habían proporcionado aquellas dos muertes. Concluida la escena, el Bosque de Piedra se materializó ante nosotros como la reliquia de un pasado remoto e inexistente. Nos sumergimos en la lujuria de una vegetación escarchada con un hielo acarbonado y negro, una vegetación que ocultaba numerosos animales interesados en nuestro viaje. Árboles de azabache, bestias de grafito y hollín.

Tras una maraña de troncos, vislumbramos un calvero que era hogar y palacio de la más sanguinaria de las criaturas. En el centro de aquel desbrozado entre la piedra, inmóvil entre las tinieblas, se perfilaba la silueta descomunal y terrorífica de la Reina entre las reinas. Su mirada se encontró con mi mirada. Ojos carmesíes de sangre y de horror, ojos de pupilas negras donde se atesoraban todos los secretos. Entonces, cuando creía que me aguardaba la muerte, la Reina Negra consintió en que sobreviviese a la revelación del futuro y el pasado. Comprendí la verdadera naturaleza de Adsler, presencié el fracaso que aguardaba al más grande de los cazadores y supe que los hijos del lobo escaparían a la derrota de Kalhat. Vi cómo se acrecentaba el fulgor de mi sonrisa con el concurso de los años, vi cómo Adsler se perdía para siempre tras las nieblas de una madrugada y vi mi destierro en las montañas de Exeter. También vi la escena que anunciaría el instante de mi muerte. Yo descanso junto el fuego, arropado por el éxtasis de los quehaceres concluidos. Frente a mí, sobre la mesa, aguarda el desenlace de esta historia. Me apresuro en la escritura de las últimas frases y el manuscrito alcanza su culminación. Una ráfaga de viento abre la puerta de la cabaña. Presiento a la criatura que aguarda tras el umbral y reconozco que mis días han concluido para siempre. Muy pronto me adentraré en las brumas del anochecer definitivo. Quisiera revivir los amaneceres de Kalhat, aspirar el aroma de sus bosques, sentir en mi alma el espíritu del lobo, pero comprendo que ya se ha consumado mi vida y ni siquiera se me permitirá evocar el pasado. Abandono la comodidad junto al fuego y me dirijo hacia la puerta. Titubeo, apenas lo necesario para sobreponerme al temor, y recuerdo que un hombre no significa nada ante la vorágine del tiempo. En algún lugar de la noche, la Reina Negra espera para saldar una deuda.


Blas Meca, con licencia Creative Commons

sábado, 31 de enero de 2015

Kalhat IX

- IX -

Un acontecimiento muchas veces implorado suavizó la agonía de Kalhat. Elm, que por entonces ya era conocido con el sobrenombre del Loco, había enfermado del mal de la lluvia roja. En el atrio del templo, ahora embellecido con materiales nobles y restaurado según indicaciones de los mejores arquitectos, se congregaban un centenar de iniciados en la ciencia de la medicina. Alquimistas, físicos y maestros en herboristería, también aguardaban a que el tirano les concediese una instancia. Elm, arropado por el delirio de los vómitos, recibía a unos y otros sin que en sus ojos aleteara una esperanza de recuperación. Se sucedieron los tratamientos curativos sin que ninguna pócima sanase su organismo. No faltaron a la cita quienes buscaron la desgracia del tirano, ya sirviéndose de un veneno para acelerar su muerte, ya esforzándose porque un puñal nos liberase de la esclavitud. Todos fracasaron en sus pretensiones. Uk se interponía ante la daga o el veneno, y entregaba el culpable a los torturadores. En la explanada del templo, casi sobre el mismo lugar donde se encontró el cuerpo sin vida del Predicador, los verdugos entregaban los despojos del condenado a las aves que sobrevolaban los cielos.

Mientras tanto, Adsler había desplegado su laboratorio en un cuarto anexo, en la parte de atrás de la cabaña, separado del resto de la vivienda y que alguna vez había servido de establo. Alambiques, mecheros de aceite, retortas, matraces y cápsulas para flamear las esencias de la tierra y el aire, se alineaban en una mesa improvisada con maderos y taviesas. Mi maestro mezclaba, hervía, filtraba, componía y decantaba una miríada de sustancias para mí desconocidas. ¿Qué secretos perseguía? ¿Qué anhelos lo incitaban? Ignoro cómo advertí que no lo entretenía ningún aroma que ahuyentase a las hijas de la Reina Negra, ni buscaba una fórmula que alejara la amargura de nuestras vidas. Mi maestro pretendía vencer a la lluvia roja. Cierto que era la calamidad más apremiante que se cernía sobre nuestro pueblo, pero también era cierto que se trataba de una calamidad menor. La podredumbre de la lluvia se perdería en el horizonte como se habían perdido las fiebres de los pantanos o el ardor de las pústulas. Kalhat sobreviviría a su desdicha presente, pero nunca a la Reina Negra. Ese era el destino auspiciado por los profetas y ese era el único destino con que debíamos enfrentarnos si pretendíamos aspirar a la supervivencia. Una noche, entre la conclusión de la cena y el momento en que mi maestro se retiraba a su laboratorio, intenté que Adsler aliviase mi impaciencia.

―¿Decidme maestro, no sería más apropiado buscar la muerte del tirano?

―Me enorgullezco de tu instinto. No era sencillo que presagiases mis intenciones.

―Elm nos precipitará hacia la destrucción ―me atreví a interrumpir―. Su ocaso debe ser prioritario para nuestra causa. No podemos enfrentarnos a un ataque del exterior si debemos luchar contra un enemigo interno.

―Dime cuál es la verdad que subyace tras mi pregunta ―respondió mi maestro sin apartar la mirada del hogar que templaba nuestra estancia―. Qué te parece más útil, ¿la certidumbre de un presente terrible pero conocido, o la inseguridad de un futuro tan próspero como incierto?

―Maestro, todo es mejor que el desorden. Nuestras esperanzas requieren la eliminación del tirano. Las desavenencias nunca fueron propicias para la victoria.

―En efecto, la victoria exige disciplina y tenacidad. ¿Qué piensas que ocurriría tras la muerte de Elm?

―El Consejo asumiría el poder y sobre los territorios de Kalhat ondearía la paz. Todo sería como hace unos meses.

―Te engañas si consideras que el eclipse de un personaje puede alterar el acontecer de la historia. La ciudad que tu recuerdas ya no regresará jamás. Como no regresaron Ashengold, ni Frum, ni Acbet ni tantas otras. Sobrevivieron, renacieron entre sus cenizas y algunas florecieron como en su antigüedad, pero ninguna de ellas recuperó el pasado. El resplandor de hoy y el resplandor de mañana nunca es el mismo resplandor. Las grandezas y las miserias de los hombres siempre son similares, pero jamás idénticas.

―¿No es obligación de un hombre luchar contra la injusticia? El arrepentimiento es la virtud de los cobardes, ningún valiente se resignaría a la espera mientras sus hermanos comparecen ante el verdugo.

―El futuro de un pueblo no depende de la supervivencia de uno o mil tiranos, sino de insignificancias que son imposibles de prever incluso para los nigromantes más hábiles. Kalhat no depende de la barbarie de Elm, sino de la destreza de tu olfato.

―No comprendo vuestras palabras. ¿Cómo podría mi olfato enfrentarse a la impiedad de Uk?

―Debes aprender a desentrañar el sentido oculto de la apariencia. En la conclusión de una batalla, nada significa la presencia del general en el campo o su retirada a un promontorio seguro. Sin embargo, será decisivo que el caballo de un correo sea alegre en la carrera. De ese animal dependerá que quién comanda fuerzas y decide estrategias obtenga esa información que permitirá alterar un flanco armado o interrumpir el avance de tal o cuál escuadra. ¿Y dónde se decidirá la victoria? ¿En la mente del más astuto de los generales? ¿O en el taller del herrero que ha descubierto cómo templar el metal de una espada para que su filo gane en suavidad y su hoja en resistencia?

―Tus palabras guardan una sabiduría que no alcanzo en su plenitud. Comprendo la importancia del caballo o el herrero, pero no consigo relacionar su enseñanza con los acontecimientos que vivimos en la actualidad. ¿No sería preferible que un nuevo Consejo retomara el poder?

Adsler me observó con benevolencia, atizó el fuego del hogar y procedió a responder a mi pregunta.

―Ningún Consejo asumirá el poder, porque el Consejo ya ha desaparecido para siempre. Debemos inclinarnos ante los imperativos del presente, los acontecimientos que se avecinan reclaman la estabilidad de nuestro gobierno.

―Pero el gobierno estable de un tirano es una tiranía, que nunca será favorable al progreso del pueblo. A pesar de tus palabras, no titubearé en la lucha contra el déspota. ¡Los crímenes de los mercenarios de Uk exigen venganza! ―Y con esta suave crítica pretendía que Adsler confesase por qué no había puesto su intelecto al servicio de la sublevación.

―Existen razones que aconsejan nuestra prudencia. Tu sangre es joven, por tanto demasiado ardiente. Comprendo que te repugne la injusticia y desees el castigo de quien origina tantos males, pero considera que Elm es un símbolo. Detrás de él se aboceta el brazo de Uk, y tras Uk encontramos un enjambre de desalmados. Estos últimos son los verdaderos artífices de la brutalidad. Uk no es nada sin sus mercenarios, y Elm es un títere al servicio de su general.

―Elm nos precipitará hacia la extinción si permitimos que se prolongue esta locura ―señalé a mi maestro.

―Ni siquiera me consta que sea responsable de sus actos. Acabar con los desmanes de la tropa no requeriría la muerte del tirano sino el exterminio de los soldados, o al menos su reducción hasta un número inofensivo. Tú y yo contamos con las ventajas del lobo, pero aún así nuestras fuerzas son escasas. Tampoco procede la rebeldía, porque carecemos de quien aglutine las fuerzas y nos dirija a la victoria. Zhor hubiera sido nuestro hombre, pero su auxilio es imposible. Y no podemos escoger a quien lo sustituya temporalmente, porque los apóstoles de nuestra causa fueron las primeras víctimas del terror. Elm ha puesto buen cuidado en eliminar a sus enemigos.

―¡Todos somos responsables de nuestros actos! El mal de la lluvia roja nos librará de Elm, de Uk y los soldados. Quizás sea conveniente forzar que la naturaleza se incline a nuestro favor y permitir que la fortuna avale nuestros propósitos.

―No siempre el azar se aliará con nuestra necesidad. Considera que la lluvia roja también afecta a los habitantes de Kalhat. Piensa en tus padres, en tus amigos, piensa en ti mismo. ¿Por qué supones que eres inmune al mal?

―Bastaría con administrar el posible antídoto según nuestra conveniencia. No es necesario el ejercicio del poder, basta con ostentarlo adecuadamente ―insistí sin convicción.

―Es más fácil dominar a un hombre que dominar a una multitud. ―añadió anticipándose a mis pensamientos―. El pueblo es voluble y fácil de dirigir durante un tiempo, pero también es el protagonista de su destino. A veces se detiene antes de escoger una alternativa, y cuando elige no siempre respeta la prudencia. El sentido del lobo se nos revela superior. Considera ahora que es posible dirigir los actos de Elm. Las decisiones serán rápidas y el camino escogido cierto con mayor probabilidad que si la elección respondiese a la vaguedad humana. Kalhat no puede titubear mientras se dirige al encuentro de la Reina Negra.

Durante los siguientes días mi maestro no se pronunció sobre Elm, ni sobre Kalhat ni sobre ningún otro aspecto que merezca el interés de este relato. Se limitó a proseguir sus desvelos en el laboratorio y visitar los bosques para reponer algunos productos requeridos en sus experimentos. Lo acompañé en algunas ocasiones, no porque demandase mis servicios, sino por opinar que la inactividad entorpece las facultades del hombre y percibir en aquellas tareas recolectivas un estímulo beneficioso. Recogimos hierbas nocturnas y diurnas, que difieren en las calidades de sus savias, así como tierras que mi maestro estimaba especialmente valiosas. Después, en el laboratorio, me inicié en el alambicado de aceites y esencias. Reconozco que no fui demasiado útil. Mis labores se redujeron al mantenimiento general, limpieza y otras rutinas que no exigen habilidades especiales. Alguien debía enjuagar los instrumentos y prevenir que la ebullición no se prolongase más de lo especificado en los libros. Me complazco en suponer que la insignificancia de mis esfuerzos sirvió para que Adsler revisara sus anotaciones más cuidadosamente.

También visitamos el escenario de la tragedia y descubrimos que en las calles de Kalhat los enfermos expiraban sin que nadie les ayudase al buen morir. No aprobé esta actitud de mis vecinos. Comprendo que tomar la mano del agonizante no es grato, pero los principios de la solidaridad invitan a soportar la amargura y permitir el tránsito de quien reclama consuelo. Durante estas salidas piadosas, Adsler aprovechaba para estudiar los efectos del mal y socorrer a los moribundos con algún preparado curativo. A veces administró una pócima para mitigar la desazón del dolor o recogió muestras de orina, sangre y otros humores, que más tarde estudiaba en la intimidad de su laboratorio y cuyo análisis lo entretenía hasta las primeras luces del alba. Desafortunadamente, tuvo que desatender numerosas peticiones de auxilio. Sus estudios sobre la enfermedad eran más importantes que luchar contra lo que no admitía remedio.


Blas Meca, con licencia Creative Commons

jueves, 15 de enero de 2015

Kalhat VIII

- VIII -

Llegaron tres hombres a caballo. Tres hombres que sostuvieron una entrevista con Elm y partieron en cuanto sus monturas se recobraron de las fatigas del camino. Volvieron unos días después, junto a otros hombres que también llegaron precedidos por el relinchar de sus cabalgaduras. Unos vinieron en corceles enjaezados con el boato de la magnificencia y otros en pollinos tan escuálidos que apenas sostenían el peso de sus jinetes. Pronto se esparcieron por las calles de Kalhat como una marea de provocación y violencia.

La primera disputa llegó por el querer de una mujer. Tras unas palabras donde brillaron los insultos, las divergencias se solventaron en mitad de la calle. Nadie intervino ni a favor ni en contra de los contendientes, la pugna transcurrió en un ámbito casi privado, entre dos hombres y unos pocos espectadores que velaban por que se respetasen las pautas del honor. No importa cual fue el desenlace del duelo, apenas una semana después, el cadáver de nuestro vecino aparecía degollado en el mismo escenario de la disputa. Nadie dudó de quién era el responsable del crimen. Se exigió el castigo del culpable y, ante la desgana con que se atendieron nuestras súplicas, se nombró una comisión que se entrevistaría con Elm en demanda de justicia.

Siete miembros de Consejo, varones de reconocida probidad, exigieron a Elm que se respetaran las leyes de Kalhat.

―Ya habéis expuesto vuestras razones. La noble lid, según las normas sagradas, el acatamiento de un resultado que salvaguarde todos los honores y el regreso de la mujer a la custodia de su padre ―concedió Elm, mientras se acariciaba la cabeza en un gesto que parecía estudiado para acompañar la solemnidad de sus decisiones―. Ahora, os anticiparé el futuro. Mañana os azotarán en la plaza y después se os encerrará en una jaula hasta que solo quede de vosotros un montón de huesos.

A los habitantes de Kalhat se nos obligó a presenciar el castigo de aquellos siete ancianos. Es dificil comprender ahora porque nadie alzó su protesta ante lo desproporcionado y criminal de la sentencia. Quizás la rapidez con que acontencieron los hechos y la sorpresa puedan explicar nuestra pasividad. En nuestro descargo cabe argumentar la férrea vigilancia de los hombres de Elm, siempre bajo la disciplina impuesta por Uk, que había reclutado una corte de delatores para mejorar la seguridad de su señor. La sentencia se cumplió en una plaza. Recuerdo el restallido del látigo, los gritos de los condenados y las risas de Elm, que parecía disfrutar con el espectáculo del dolor. Al principio eran gritos vigorosos, como correspondía proferir a unos cuerpos donde aún rebosaba la vida. Después fueron apagados, apenas suspiros y estremecimientos que se repetían a cada golpe del verdugo. Concluido el castigo, los soldados introdujeron a las víctimas en la jaula que descansaba sobre una plataforma improvisada en mitad de la plaza. Elm parecía satisfecho cuando se retiró en compañía de su guardia. Una decena de lanceros custodiarían aquel lugar mientras los gusanos y las aves completaban la profecía de Elm.

Erigido en general y lugarteniente de Elm en el curso de una noche de licores, Uk arrestó a los miembros del Consejo que habían sobrevivido a la primera purga. Se les acusaba de traición y, sin más dilaciones, comparecieron ante el hacha del verdugo. Después, ya desembarazado de cuantos podían ensombrecer su autoridad, Elm dispuso que se reprimiese a los sediciosos con la máxima dureza. Fue el pretexto utilizado por Uk y sus mercenarios. Primero en la impunidad de la madrugada, cuando se escuchaba el relinchar de los caballos y cualquiera que hubiera destacado por su valentía era arrancado del lecho y ejecutado en mitad de la calle. El mismo Uk se ocupaba en darle muerte con una diestra maniobra del cuchillo o atravesando su pecho con una lanza, pero a veces, ya porque el infortunado le suscitara algún rencor o porque sintiera revitalizados sus instintos animales, posponía su eficacia y se inclinaba por estrangular al presunto sedicioso. Nunca ocultó que le complaciese sentir cómo se apagaba el pulso de su víctima, ni que le fascinara la mirada que se detiene ante las brumas postreras, o que en cada espasmo de la agonía encontrase un placer superior a otros deleites terrenales. Varias rebeliones se alzaron contra la opresión y varias rebeliones fueron extinguidas por los sicarios del déspota. En la intimidad de un cuarto reservado o entre el alboroto de cualquier festejo, Uk desenvainaba la espada y los soldados arremetían contra quienes despertaban la sospecha de su general.

La primera etapa del terror concluyó tan rápido como se había iniciado. Uk descansaba bajo un toldaje de campaña cuando descubrió que lo observaban desde las penumbra de una vivienda. Inmediatamente se detuvo al culpable.

―Me has mirado mal ―declaró Uk irguendo su cuerpo encorvado mientras esbozaba una mueca que descubría las singulares aristas de su dentadura.

El acusado balbuceó una excusa, pero Uk fue implacable en su veredicto. Desenvainó el cuchillo y pareció que se disponía a segar la vida del curioso. Pero no ejecutó la pena máxima, se inclinó por otro castigo menos cruel. Aproximó el cuchillo al rostro del condenado, y, con un rápido movimiento, le vació el ojo derecho.

―Esto te enseñará a mirarme mejor ―y los soldados festejaron la brutalidad de su general.

Desde ese mismo instante, Uk, halagado por las adulaciones de sus hombres, consideró que el escarnio y la burla eran aún más dulces que la muerte. Aumentaron los atropellos, las vejaciones y el exceso de cualquier índole, pero procurando que la víctima conservase su último aliento. No era extraño encontrar cuerpos tendidos en mitad de la calle o descubrir que alguien se arrastraba en la umbría de un portal.

Tras la embocadura de cualquier ronda, en la demora de una encrucijada o entre las revueltas de un pasaje, se escuchaba un estrépito de caballos y los soldados del Uk se disponían a torturar a un inocente. Se multiplicaron los ancianos heridos, las jóvenes afrentadas por el acoso de los caballos y los hombres sometidos al furor de los jinetes. Se castigaba con dureza la cobardía de las víctimas, y aún con más dureza se castigaba el valor de quién se resistía a implorar la piedad de aquellos desalmados. Aún aletea en mi memoria el ejemplo de dos hermanos que sufrieron el castigo con la entereza que siempre había caracterizado a su familia. No sé cual fue el motivo de la detención, probablemente algún pretexto imaginado por Uk, pero me consta que cada hermano soportó su dolor sin pronunciar una súplica que alegrase el rostro de sus torturadores.

En cuanto a Adsler y a mí, confieso que fue muy sencillo eludir las acometidas de los soldados, porque el instinto del lobo nos advertía con tiempo suficiente para encontrar un refugio. Pronto descubrimos que ningún peligro amenazaba nuestras vidas. Solo dos veces nos encontramos Adsler y yo ante los hombres de Uk. La primera fue en el centro de una plaza. Escuchamos un galope que se acercaba por varias calles al unísono y los jinetes nos rodearon antes de que encontrásemos un escondite. Un soldado desenvainó la espada e intentó abalanzarse sobre Adsler. Supongo que mi captura era una hazaña que carecía de interés ante la perspectiva de doblegar a un hombre ya maduro y curtido en la adversidad. Se desbocó el caballo del soldado y el caballo del segundo soldado que se aproximó a mi maestro. Posé la mano sobre una de las monturas y al instante el animal huyó como azuzado por la espuela. Nos rodeó un caos de bestias que reconocían en nosotros al lobo.

El siguiente encuentro con los mercenarios de Elm sirvió para corroborar aquella revelación. Fue entre las sombras de una calleja descolorida, y aunque hubiésemos podido ocultarnos, preferimos aguardar la llegada de los jinetes. Uk cabalgaba entre sus hombres. Apenas acertó a contener su montura mientras escapábamos entre un laberinto de caballos sin dueño. Reconozco que me complací en la proximidad de los soldados y me demoré un instante, contradiciendo los deseos de mi maestro, para constatar que las cabalgaduras se resistían a embocarse por donde transitaba el espíritu de licántropo, y para sentir cómo el sudor de las bestias se había impregnado con los efluvios del miedo. Después cesaba en mi demora y permitía que las huestes del tirano se internasen en una calle desierta.

Inesperadamente, una caravana rompió el aislamiento de Kalhat y nos asaltó un vendaval de rufianes y meretrices que llegaban para vender alegría a quien se acompañase de una bolsa generosa. Acamparon en un horizonte próximo a donde se habían alzado las chabolas de los mercenarios, y proclamaron su llegada con un festejo que despertó las pasiones de aquellos hombres perseguidos por la soledad. Una semana después nos sorprendía la llegada de otra caravana. También de bueyes famélicos que arrastraban los carromatos y parecía que se derrumbaran a cada paso, también de gentes que venían de confines remotos. Hasta que un tropel de indeseables se adueñó de nuestras vidas y Kalhat se convirtió en escenario de los pecados del mundo. Abundaban los tahúres que perseguían la renta del juego, los mercaderes que embaucaban a los curiosos con su charlatanería de salón, los prestidigitadores que a la velocidad de la centella esquilmaban la fortuna de cualquier alma cándida, y otro sinfín de especímenes más o menos partidarios de la vida regalada. Además, cada noche se nos obsequiaba con un espectáculo de meretrices que exhibían su desnudez para regocijo y codicia de posibles clientes.

¿Qué puedo alegar en mi defensa? ¿Cómo podía sustraerme al reclamo del placer? Los hombres de Elm, atemperados por la satisfacción del deseo, habían reemplazado sus diversiones criminales por esas otras diversiones que les ofrecían los profesionales del entretenimiento, y yo, que me inflamaba entonces con el ardor de la juventud, me arropé con la excusa de la mayoría y casi inmediatamente me convertí en asiduo a las mesas de juego. Era fácil deambular entre ingenuos y tramposos sin despertar suspicacias. También admito que me subyugaba la danza de las meretrices y me detenía en los alrededores de cualquier hoguera donde una de aquellas diosas mostraba la belleza de su cuerpo. Se distraían mis pupilas en los senos que se remataban con un fruto rosado y suculento, en el vientre que se mecía al compás de la música o en el pubis que a veces se desplegaba para sus admiradores como una invitación a la felicidad. Y mi mirada era como una caricia o un beso lánguido que se depositara sobre el objeto del amor. En el vértigo de los senos, el ascenso de las nalgas o el milagro de la maternidad. Sentía que me dominaba el frenesí de la lujuria y pronto no buscaría esa hembra por que suspiraba en la intimidad de mi alcoba, sino a esa otra mujer, no tan hermosa y codiciada, quizás no tan dulce y etérea, pero que se encontraba a mi lado en el momento preciso y sabía confiarme unas palabras que cantaban el dónde y cómo se satisfaría mi deseo.

Hasta que llegó la lluvia roja. Un incendiarse del poniente, un resonar de las tormentas y sobre Kalhat cayó una agua espesa y sucia. A cada gota le sucedía la mancha de barro que remitía los colores al ocre y posaba un sedimento de tristeza. Un estruendo monótono en los tejados, la desventura de una ciudad sin color, susurros en el corazón de las gentes. Cesó la danza de las meretrices, cesó el parloteo de los vendedores de nada y cesó la fortuna de los tramposos. Solo aquella monotonía sin sentido y el presentimiento de que una nueva calamidad amenazaba nuestras vidas. Rostros que se guarecían bajo el cobijo de una manta, rostros que inspeccionaban las figuras del lodo, rostros que atendían al deslizarse de las aguas. Recuerdo el silencio de Adsler mientras se abstraía en la contemplación de la lluvia. El tiempo se deslizaba lentamente, empañado con el velo del tedio, e incluso las obligaciones cotidianas eran un motivo de hastío. Si preparaba el desayuno, si encendía el hornillo de la chimenea, si adecentaba la alcoba sentía que mi ánimo se derrumbaba como el promontorio de arena enfrentado al aliento del huracán. Así un día y otro, la misma pesadumbre, el mismo sopor, la misma indiferencia. Lluvia roja que entristecía las montañas y los valles, lluvia roja que eclipsaba la esperanza y sumergía el mundo en amargura.

Aunque remitió el tedio de la lluvia roja, nos equivocamos al suponer que habían concluido nuestras desdichas. En algún lugar, quizás en una alameda o en el patio de una vivienda, un animal quedó atrapado por el barro rojo. Murió el animal, como tantos otros animales que sucumbieron entre el barro, y su cuerpo se descompuso en un enjambre de gusanos. Atendiendo a razones misteriosas, los fluidos de la corrupción no se degradaron según los senderos habituales de la muerte. Quizás alcanzasen un cauce de aguas vivas o encontraran la libertad en manos de un niño o un loco. Una familia enfermó en el declinar de la tarde, y en los sucesivos días cinco cadáveres esperaron en su ataúd. Se multiplicaron las defunciones y Kalhat se convirtió en un cementerio donde las fosas comunes reemplazaron a los túmulos solitarios. Los muertos se enterraban sin más garantías de salubridad que un poco de cal para garantizar la pulcritud de la sepultura. En las calles, las gentes se derrumbaban fulminadas por el mal y allí expiraban, sin que nadie se atreviese a intervenir en su auxilio. Si los primeros síntomas, la aparición de la pústulas y la tristeza de la piel, aparecía en el interior de una vivienda, se sellaban puertas y ventanas, se repetían los ensalmos, se aplicaban las tinturas y se hervían las infusiones recomendadas por las mejores curanderas. Era inútil, después perecerían los vecinos de las viviendas contiguas y de las siguientes viviendas, hasta que la pureza del fuego atajara el avance de la enfermedad. Ningún remedio era efectivo, ninguna precaución era válida.


Blas Meca, con licencia Creative Commons

jueves, 1 de enero de 2015

Kalhat VII

- VII -

Presentí el regreso de Adsler casi tres horas antes de que entrase en la cabaña donde Zhor me había velado durante las jornadas que siguieron a mi accidente. Por alguna razón que no alcanzo a comprender, acaso por inquietud o anhelo de independencia, me había trasladado a este nuevo domicilio desde el hogar que siempre recordaré como el escenario de mi infancia. Quizás, en la vida de todo hombre llega un momento en que se enfrentan el hábito y la seguridad del techo paterno con la pujanza de un albedrío independiente. Pero no me extenderé en las causas que originaron mi decisión. Bastará con añadir que el deseo de libertad me asaltó de madrugada, que entre las tinieblas de mi alcoba recogí cuanto consideré necesario para mi vida futura, y que salí poco después del mediodía, con el consentimiento y la bendición de mi padre. Debo añadir que mi madre no comprendió ninguno de los argumentos que expuse para justificar aquel abandono, pero respetó mi criterio en todo momento y me ofreció su ayuda para instalarme en el nuevo hogar.

Me entretenía en desempaquetar los últimos enseres e instalarme en la cabaña de Zhor, donde me había acomodado abusando de su hospitalidad, cuando sentí la proximidad de Adsler como una presencia cercana, aunque no inminente. Aceleré mis afanes de pulcritud y aún tuve tiempo para disponer un refrigerio con que honrar a mi amigo. Me había acomodado en una mecedora junto al fuego, cuando se abrió la puerta.

―¡Bienvenidos sean los peregrinos! ―exclamó Adsler―. Disculpa que ni siquiera me haya entretenido en llamar. Sé que me esperabas ―añadió mientras se desprendía de un pesado equipaje.

―¡Bienvenido seas! ―repliqué sin disimular mi contento―. Tu regreso es para mi un motivo de felicidad.

―Observo que el cachorro de lobo ha remodelado su existencia. Era inevitable ―y Adsler se concedió unos instantes de reflexión―. También me aguarda un suculento manjar.

―Celebro que tu olfato reconozca mis progresos en el arte culinario―. Y me apresuré a servirle a mi amigo lo que había preparado para festejar nuestro reencuentro.

Al júbilo inicial le siguió silencio. Mientras aplacaba el hambre, Adsler simuló que le complacían mis quehaceres domésticos, pero su pensamiento vagaba muy lejos de Kalhat. Solo cuando habíamos saboreado el último de los platos se dispuso a satisfacer mi curiosidad.

―Si me preguntas por Zhor, te responderé que ignoro su paradero, que ignoro si triunfará en la misión que absorbe sus energías y que ignoro si aún se encuentra con vida. Lo acompañé más tiempo del que había previsto inicialmente. El camino que conduce al Bosque de Piedra es intrincado incluso para un hombre como Zhor, y mis recuerdos eran demasiado turbios como para perfilar un mapa o describir las irregularidades del terreno. Atravesamos la ciudad de Ashengold, recorrimos las selvas de Frum y los lagos de Darheil, cruzamos el desierto de Is y el reino de las lamias, y por fin accedimos a las llanuras heladas de Nom.

―Nadie puede salvar esa distancia en tan poco tiempo―. Las palabras enmudecieron en mi garganta. Una mirada de Adsler había bastado para que comprendiese que ese alguien hubiera podido ser yo mismo. Zhor no era un hombre normal, Adsler tampoco.

―Corrimos día y noche. Tanto Zhor como yo sabemos relajar los músculos en el esfuerzo. No es difícil, apenas se precisan unos rudimentos técnicos y contar con suficiente práctica. Como muy bien te explicaron tus mayores, Nom es un desierto donde se reúnen los vientos del norte. La nieve y el hielo son los señores de aquellos parajes. La nieve, el hielo y las panteras que obedecen a la Reina Negra.

―¿Encontrasteis a sus hijas? ―me atreví a preguntar.

―Varias veces. Durante la noche y el día, pero eludimos su vigilancia. Las hierbas de la invisibilidad, recordarás que conozco una untura para disimular el olor de Zhor, me sorprendieron con una eficacia superior a la recordada por mi memoria. Nos deslizamos junto a varios grupos de panteras sin que sospechasen nuestra presencia, y me despedí de Zhor en la encrucijada donde nace el camino hasta el bosque de piedra.

―Confiemos en que se cumplan nuestras previsiones. ¿Cómo ves el futuro de Kalhat? ―pregunté sin demasiada confianza.

―No me atrevo a asegurar que perdido, aunque sospecho que existen pocas esperanzas. Zhor y yo escapamos a las hijas de la Reina porque la inminencia del ataque a Kalhat había atenuado el celo que usualmente demuestran en la defensa de su territorio.

―¡Pero ocultabais vuestros olores!

―El olfato no es el único sentido. Jamás hubiésemos escapado a una pantera que escuchara entre la desolación de los páramos.

―Solo podemos confiar en el éxito de Zhor ―comenté apesadumbrado.

―¡Te equivocas, debemos prepararnos para la lucha! No podemos encomendar nuestro destino a un solo hombre.

―¿Alcanzaremos la victoria?

―Aunque Kalhat no derrote a la Reina Negra, su ejemplo servirá a otras ciudades que encontrarán esperanza en su sacrificio. Nuestro fin no será vano.

Ignoro qué pensamientos entretuvieron a mi maestro. Unas veces, por la expresión de su semblante, me pareció que se entretenía en resolver un enigma, otras que se ocupaba en encontrar un resquicio en la trama de la Reina Negra, y en todas que nada saciaba su conocimiento. Tampoco puedo precisar qué imágenes se deslizaron por mi mente. Me esforcé por comprender, pero me constaba que era un esfuerzo inútil. La complejidad de las circunstancias me hubiera exigido, además de una sabiduría que solo se obtiene con el concurso de los años, un conocimiento de la historia más nítido que el alcanzado por mi maestro. ¿Cómo se enfrentaron otras razas a la Muerte Negra? ¿Cuál fue la primera ciudad castigada por la Reina? ¿Cuándo se adueñaron las panteras de la meseta de Nom? Ni siquiera ahora, asistido por una experiencia más dilatada que la de cualquier hombre, sería capaz de remontarme más allá de la certeza que hubiera alcanzado aquel día. La única diferencia entre ayer y hoy obedece al recelo infundido por los años y el conocimiento de que ciertos hechos se repiten cíclicamente.

¡Qué difícil es aunar los privilegios de la juventud y las virtudes que emanan de la prudencia! Recuerdo mi excitación ante las palabras de Adsler, y recuerdo que no comprendí cómo podíamos aguardar mientras Zhor se exponía a la muerte. ¿Acaso no era nuestro amigo? ¿No importaba su fortuna? Después he aprendido a esperar los acontecimientos, pero entonces interrumpí a mi maestro.

―¿Qué será de nosotros si Zhor perece entre las llanuras de Nom?

―¿Quienes somos nosotros? ¿Yo? ¿Tú? ¿Kalhat? ¿Algunos elegidos que solo tú conoces, el común de la humanidad? ―me reprochó Adsler con un desapego que sorprendía por inesperado.

―No lo sé. Imagino que todos nosotros ―respondí confundido.

―Tú y yo somos motas de polvo en el infinito. Kalhat tampoco es nada, apenas una casualidad en el curso del tiempo. ¿Qué importa lo que suceda con nosotros?

―¡Pero Kalhat no puede desaparecer! ―balbuceé sin entusiasmo.

―Si Kalhat desaparece, mañana amanecerá de nuevo. Y si Kalhat no desaparece, también amanecerá mañana ―sentenció Adsler.

No me atreví a insistir, las palabras de mi maestro me parecieron fruto del cansancio del viaje y quizás el hastío. Los fantasmas del tiempo me han enseñado que aquellas palabras encerraban una terrible verdad. Pero no profundizaré en las razones de Adsler, porque temo que jamás alcanzaría la lucidez de su entendimiento y prefiero encomendarme al silencio.

―Infórmame de la situación en Kalhat ―me pidió Adsler―. ¿Quién sustituye al Predicador?

Satisfice la curiosidad de mi maestro con cuantos detalles me parecieron oportunos, respondí a varias cuestiones que pretendían esclarecer algunos pasajes de mis confidencias, y me extendí en los aspectos de la narración que juzgué más significativos. Por supuesto, improvisé un esbozo de las nuevas peculiaridades físicas de Elm, lo que provocó el interés, la sorpresa y el posterior recelo de Adsler. En general me parecieron acertadas sus preguntas, aunque me sorprendió que se interesase por ciertos detalles cuyo significado trascendendía a mi conocimiento. Recuerdo que se interesó por el olor que flotaba sobre Kalhat.

―¿Estas seguro de que es el mismo olor que percibiste en las manos de Elm, quizás proveniente de las vendas?

―Sí, es inconfundible. No comprendo por qué se ha extendido sobre Kalhat ―respondí sin disimular mi extrañeza.

―¿No conoces su origen?

―Supongo que obedece a la floración de alguna planta o al reclamo que anuncia el celo de cualquier especie animal.

―Me temo que tus suposiciones son erróneas. ¡Olfatea el aire! ¿Qué perciben tus sentidos?

―Un millar de olores, entre los cuales se halla el olor que reclama nuestra atención, afrutado y áspero.

―¿No percibes también un cierto olor a podrido? ―y Adsler parecía dudar de mi destreza.

―No, o quizás sí.

―Tu olfato aún no es lo suficientemente sensible. Para mí ese hedor es tan nítido como el que impregna las calles de Kalhat.

―No comprendo qué interés tiene para nuestro futuro ―respondí con cierta aspereza.

―Te lo explicaré en su momento. Antes debo confirmar una sospecha. ¿Eres capaz de distinguir de dónde proceden los olores que llegan hasta Kalhat? No, naturalmente que no ―se respondió Adsler a sí mismo―. Acompáñame, te mostraré el origen de esta pestilencia. Busquemos primero algo que nos sirva para excavar en la tierra.

Pronto habíamos relegado las comodidades junto al fuego y nos internábamos en los bosques cercanos a Kalhat. Otros olores comenzaban a perfilarse entre los árboles. De savias y musgos, de pájaros e insectos, de agua y cieno. Y el olor a podrido señalado por mi maestro. Me avergoncé de la torpeza de mis sentidos.

―¡Es repugnante! ¡Otros olores no me parecen tan fétidos!

―Alguno incluso te parecerá agradable. Pero existen más esencias en el aire.

―Todavía se percibe el olor que impregna Kalhat, aunque más difuso ―me atreví a comentar.

―En efecto, se percibe el mismo olor de Kalhat, pero no es el olor de Kalhat. Espera, nos apartamos del rastro. Hacia la derecha.

Vadeamos un entramado de riachuelos y ascendimos dos o tres pendientes que para mis ojos eran escarpadas, pero para mis piernas apenas suponían esfuerzo. Seguimos un camino abierto entre la hierba y nos internamos en la maraña vegetal. Adsler se detuvo y señaló un promontorio en la espesura.

―Hemos alcanzado nuestro destino. ¡Buscaremos aquí!

Los murmullos de las paletadas de tierra me parecieron el único sonido del bosque. Flotaba un olor tan nauseabundo que pronto me vi obligado a posponer la excavación. Adsler continuó la tarea mientras yo me aliviaba a unos pasos de distancia. Apenas me había repuesto cuando observé que en la fosa yacía el cadáver de un lobo.

―¡Es terrible! ¡Apenas puedo soportar la náusea! ―balbuceé sobrecogido por las arcadas que atenazaban mis entrañas.

―Solo porque la víctima es un lobo. ¿Aprecias unas marcas alrededor del cuello del animal?

―¿Qué significan? ―pregunté aturdido por el hedor que confundía mi pensamiento.

―Significan que este lobo ha sido cautivo. Y si reparas allí, entre los huesos, descubrirás la flecha que sesgó su vida.

―¿Dónde conducen tales suposiciones?

―Te ruego que identifiques los olores ―susurró Adsler.

―El de la podredumbre, el que flota sobre Kalhat y el de mil flores y resinas―. También percibía algo más, un aroma humano.

―¡Efectivamente! ¡El olor de Elm! Y reflexiona sobre una circunstancia singular ―añadió mi maestro―. Kalhat queda a nuestra espalda. Observa la dirección del viento y comprenderás que te confunden dos olores iguales en su esencia.

―Cierto, pero no comprendo vuestro argumento ―y no tuve reparo en admitir mi ignorancia.

―El olor que aún flota sobre Kalhat y el olor de esta tumba responden a idéntico motivo. La rabia del consejero y la rabia de este lobo son la misma rabia. Ahora bien, este lobo fue cautivo y lo tocaron las manos de Elm. Las mismas manos que se aprestaron a restañar la herida que el consejero sufrió al cortarse con una copa que, no lo olvides, se rompió merced a la torpeza del mismo Elm. No es difícil recolectar la saliva de un lobo enfermo si ese lobo sucumbe ante el arquero. Bastaría con impregnar unas vendas con esa saliva y la maldición de la rabia se transmitirá sin más que rozar los labios de una herida.

―¿Entonces? ―pregunté sobrecogido por aquel descubrimiento.

―Kalhat se ha confiado a un asesino.


Blas Meca, con licencia Creative Commons

lunes, 15 de diciembre de 2014

Kalhat VI

- VI -

¿Como puedo transmitir el horror que me inspiraba la figura de Elm? Una descripción física sería insuficiente, y una descripción de las motivaciones que guiaron su espíritu escapa a cuanto supimos sobre los desvaríos que lo apartaron de la razón. Ni siquiera descubrimos si las causas que lo abocaron al crimen obedecían a motivos concretos, o si por el contrario respondieron al desbordarse de un largo proceso obsesivo. Todos conocemos a quien ha exhibido un comportamiento singular. A veces dominado por la anarquía y el delirio del caos, a veces convertido en el excéntrico que reniega de los cánones sociales pero muestra una peculiaridad brillante, una peculiaridad ante cuya originalísima naturaleza se inclinan todas las admiraciones.

¿Qué protagonismo aguardaba a Elm? ¿Qué destino aguardaba a los habitantes de Kalhat? Ambos destinos se entrelazaban en la locura y el terror, como si fuerzas ocultas se hubieran aliado para destruir a nuestro pueblo. Quizás ahora sea comprensible lo que Kalhat significa para mí. Si la infancia es por su fugacidad un tiempo que persiste en el alma de los hombres, más aún persiste la infancia que no se sustenta en referencias que hayan sucumbido al desgaste de los años.

Pero regresemos al nombramiento de Elm. Para nuestro asombro, el Consejo optó por un ritual desaparecido de las ceremonias usadas en los actos solemnes, y se rescataron boatos solo conocidos por las efemérides antiguas, liturgias que apenas persistían en la memoria de los ancianos, y maneras revestidas de rancia presuntuosidad. Se ultimaron los preparativos y, a mediados del invierno, Elm vistió la túnica de la investidura y los consejeros desplegaron una solemnidad inspirada en nuestros antepasados.

Todos esperábamos con expectación. Los actos oficiales, cuando rescatan el sentir popular, despiertan un interés desmesurado. El día de la ceremonia amaneció una mañana aterciopelada y estridente, una de esas mañanas de invierno en las que el sol calienta la tierra y solo los olores de la nieve persisten en la brisa. Sobre el estrado, Elm, con la túnica blanca exigida por la tradición, resaltaba contra un fondo de azules lejanos y hielos eternos. Al instante sorprendía su aspecto, más escuálido por efecto de la vestidura holgada y distinto al habitual. Reclamaba la atención su cabello, o mejor, su ausencia, que ayer mismo era visible, aunque tan exiguo que el cráneo se entreveía como una leve tonalidad rosácea. De cerca se descubría envuelto en una pelusa suave, dando la impresión de que las facciones se enmarcaban en una seda ingrávida y cenicienta. Ahora, una calva reluciente destacaba en el escenario de la ceremonia. Sin duda Elm se había rasurado la cabeza, como si el Elm que conocíamos hubiera dejado paso a una personalidad renacida. Se interpretó que era el modo de asumir el poder sin la rémora del pasado, para abrazar así las prerrogativas excepcionales con novísma pureza y enfrentarse sin mácula a la responsabilidad de guiarnos a través de un destino incierto. También se escuchó un revuelo de murmuraciones, que aseguraban esculpido el contorno de sus ojos con pintura femenina y sus orejas taladradas con aretes dorados. Una apariencia sorprendente, que acaso obedeciese en efecto a una renovación profunda ante la nueva vida. En general, se opinó que constituía un buen augurio y era bueno para la ceremonia. Junto a él, a izquierda y derecha, aguardaban los consejeros que le otorgarían una nueva dignidad, superior y de facultades plenas, acorde con la urgencia de los tiempos. Resonaron las palabras que le otorgaban la confianza de sus iguales y se le entregaron cetro y anillo, símbolos tomados de los reyes lejanos y que representaban el poder terrenal. Más aplausos, y silencio mientras Elm se dirige a su pueblo.

No tengo, ni ahora ni entonces, nada que oponer a las palabras con que Elm inició su mandato. Me parecieron palabras sosegadas y medidas, casi las palabras que brotan de una boca sujeta a la prudencia. Mejoras para todos y en especial para las familias menos solventes, justicia que emanase del pueblo y repercutiera en el pueblo, solidaridad para las desventuras ajenas y el siempre demandado anuncio de que se velaría por el bienestar y la satisfacción de las necesidades primordiales. Sin embargo, quizás por el tono de voz con que Elm anunciaba las mejoras futuras de Kalhat, o acaso por el rechazo que inspiraba su aspecto, me pareció que prometía con una vehemencia fingida, delatora de falsas promesas. También me asaltó la sospecha de que no solo nos enfrentábamos a la miseria de un hombre pequeño y débil, sino que la institución consagrada a velar por nosotros se había enmarañado en un laberinto de palabrería sutil y verdades incompletas.

En el discurso se evitó lo relacionado con la Muerte de los Mil Años y se omitieron las alusiones al fin del Predicador, dando por cierto que una fiera de las montañas había descendido hasta Kalhat para saciarse con el elixir de la sangre humana. Lamias y licántropos eran las criaturas predilectas para el sentir popular, quizás porque las heridas que infringen a sus víctimas concordaban con el aspecto de las desgarraduras que habían acabado con la vida del Predicador. Un licántropo similar al que había perecido bajo el cuchillo de plata, del que yo aún conservo una cicatriz en el hombro, se erigía como la bestia que mejor explicaba las características de aquella muerte. ¿Cómo explicar lo que sentí al comprender que la verdad no se ocultaba por ignorancia, sino obedeciendo a los patrones de la premeditación y el cinismo? Sí, lo supe entonces con la misma nitidez que después me mostraron los acontecimientos. Elm también conocía el nombre del asesino.

Apenas recuerdo los comentarios que animaron la vida social de Kalhat en las jornadas siguientes a la ceremonia de investidura. Hubo quien se mostró partidario de Elm y sus consejeros, y hubo quién solo otorgó a Elm el beneficio de la confianza. Abundaron las especulaciones y los protagonistas de las especulaciones, pero ya no consigo que los rostros de aquellos entrañables difuntos se perfilen en mi memoria. Alguien aseguraba, alguien confirmó y otro alguien se opuso, es cuanto subsiste entre la niebla. Rostros que pertenecen al pasado. No me esforzaré por revivir lo perdido para siempre. A veces se me antoja que estos compañeros son humo que mi añoranza se esfuerza por desenterrar, y que apenas existen como imágenes que brillan con el esplendor de lo efímero. Es la sorpresa al descubrir lo que se creía olvidado para siempre. Un destello, un murmullo y otra vez silencio. También me sorprende que en mi memoria solo se concreten los personajes que requiere el pulso de esta historia. Incluso a veces, ni siquiera prolongan su existencia más allá de lo estrictamente necesario. Me he descubierto en la resurrección de las peculiaridades de Zhor, de Elm o del mismo Adsler y, sorprendido, he comprobado que solo la relectura de unas páginas disipa la apatía de mi memoria.

Aunque temo que mi coherencia no se prolongue más allá de unos párrafos, me esforzaré por retomar el argumento de este relato. ¿Cual fue el primer desvarío que Elm alzó hasta la categoría de ley? Es difícil precisarlo con exactitud, porque coexistieron una pluralidad de indicios igualmente significativos. Recuerdo una de las audiencias en las que se impartía justicia. Nada puedo afirmar de dónde me había situado yo, quién me acompañaba o por qué nos encontrábamos allí, pero todavía distingo a Elm bajo palio y muy delgado, sobre unos escalones que elevaban su mirada sobre las miradas de sus siervos, y a su lado los consejeros que siempre se habían distinguido por el acierto y la prudencia de sus juicios.

El demandante era un hombre viejo, el demandado era un hombre joven, y el objeto del litigio era la caza obtenida con una lanza que el primero aseguraba de su propiedad.

―¿Quién es el beneficiario de los actos de una lanza? ―preguntaba el dueño de la lanza―. No hubo préstamo que justificase su uso, ni relación de familiaridad o camaradería. Sin duda el botín de la caza es mío.

―¡Mi astucia atrajo a la presa, mi certeza la hirió de muerte y mi fuerza la arrastró hasta el pueblo! La lanza jamás hubiera cazado sin mi brazo ―alegaba el demandado.

―Ambos exponéis razones justas y ambos parecéis hombres de fe ―interrumpió Elm―. El veredicto es difícil, pero una sencilla prueba bastará para que vosotros mismos impartáis justicia. ¡Traed un perro y dad la lanza a quien vertió la sangre del ciervo!

A todos nos sorprendió la petición de Elm. Un instante después, un perro vagabundo se entretenía a los pies del trono con unos despojos de carne.

―Declaro que este animal se incluye entre mis propiedades ―anunció el soberano mientras descendía hasta donde se encontraban los querellantes.

―¡Mata al animal! ―ordenó al demandado, y la voz de Elm advertía que ninguna excusa contaba con su aprobación.

El hombre alzó el brazo, miró a Elm, que asintió para confirmar la orden, y con una certera acometida acabó con la vida del perro.

―¿Sois conscientes de la gravedad de este acto? ―preguntó Elm―. Este animal era de mi propiedad. ¿A quién debo castigar ahora? ¿A quien ha derramado la sangre? ¿O a ti, que eres el propietario de la lanza?

―A quien ha derramado la sangre ―se apresuró a contestar el demandante.

―Al dueño de la lanza ―respondió el demandado.

―Me sorprende la arbitrariedad de vuestro juicio ―concluyó Elm―. Era distinto cuando os estimulaba el botín de la caza. ¿Quizás recapacitaríais si compartieseis el látigo que exige esta muerte?

―¡No merecemos vuestra ira, señor! ―exclamaron al unísono.

―Observo que las discrepancias ceden a la adversidad. Sugeridme un veredicto para este pleito ― y los ojos de Elm, oscurecidos en sus bordes por la pintura negra, mostraron un brillo despiadado.

―¡Compartiremos la caza! ―acordaron al instante los litigantes.

―Un veredicto adecuado. Compartid la caza.

La sentencia de Elm fue alabada por sabia y ecuánime. Solo uno de los consejeros reparó en que la muerte del perro había sido inútil.

Poco después, Elm firmaba la destitución de casi la mitad de sus consejeros, precisamente quienes en un momento u otro habían discutido su autoridad. Sin embargo, no relevó de sus funciones a quien había alzado su protesta por la muerte del perro, sino que lo distinguió con privilegios que negaba a otros colaboradores. Me sorprendió aquella actitud, pero lo achaqué a mi desconfianza natural, exacerbada por la saliva del licántropo. También reconozco que mi desafecto por Elm no admitía el calificativo de moderado. Apenas tuve la ocasión de reparar en sus facciones a escasa distancia, me sorprendieron sus ojos, hundidos en exceso bajo la sombra de lápiz negrísimo que perfilaba su contorno. Acostubrado a su pelo, ralo y muy corto, su cabeza afeitada me provocó la sensación de encontrarme ante un desconocido. Poco ayudaban las orejas, que resaltadas por los aretes dorados parecían ser el elemento sobresaliente del cráneo, enorme, desproporcionado sin duda por el efecto óptico de la piel, inflamada y enrojecida por el sol, y por el ineficiente apoyo estético prestado por la nariz, los pómulos y el resto de las facciones, que parecían afilarse en un rostro que siempre juzgué mejor parecido. Era Elm, pero sin la familiaridad conocida de Elm, lo que sin duda alertaba mi esencia de lobo. Identifiqué así mi recelo, y me dije que ciertamente su aspecto era singular y poco afortunado para inspirar confianza, pero que en gustos personales no cabe establecer patrones. Me repetí que no a todos ha de complacer lo mismo y cada cual es libre de elegir sus preferencias, hasta convencerme de que ninguna doblez se ocultaba en Elm.

Pronto se reavivó mi suspicacia. Elm cenaba con sus consejeros mientras se discutían las peculiaridades de ciertas remodelaciones que afectaban al bienestar público. Naturalmente, yo no había recibido ninguna invitación. Si conozco los pormenores de aquella velada es porque la curiosidad me empujó hasta una grieta del muro exterior, desde donde asistí a cuanto aconteció en la estancia donde se reunieron nuestros dirigentes. Tras una amigable polémica, y por el concurso de un movimiento desafortunado de la mano, Elm rompió una copa y las esquirlas del barro hirieron al consejero que se sentaba a su derecha. El mismo consejero que se distinguía con su confianza y destacaba en ocasiones por la virulencia de sus críticas. Elm sujetó la mano del consejero y pronto acudieron unos sirvientes con los útiles necesarios para restañar la hemorragia y cicatrizar la herida. Recuerdo que percibí un olor entre afrutado y áspero. Instantáneamente supe que provenía de las manos de Elm, quizás de unas vendas. Nadie había reparado en aquella fragancia sutil, pero las virtudes del lobo se aliaban con mis sentidos. Después, las fragancias de tinturas y bálsamos eclipsaron el olor que yo había percibido durante unos segundos.

Pasaron unos días. Dos, tres semanas, el tiempo carece de importancia. El aroma que yo había descubierto en las manos de Elm se adueñó del aire. Nadie parecía reparar en aquel olor, así que supuse que se trataba de la flora invernal o quizás alguna esencia originada por el letargo del musgos en los arroyos cercanos. Mientras tanto, exceptuando las insignificancias cotidianas, la vida se deslizaba con la somnolienta placidez de la rutina. Hasta que una mañana escuché la noticia que se había adueñado de calles y plazas. El consejero que disfrutaba de todas las prerrogativas había contraído una enfermedad cuya sola mención provoca el espanto de las gentes. Los síntomas eran tan nítidos que los especialistas coincidieron en el diagnóstico. Los ojos encendidos, la saliva desbordada en los labios, el horror ante la mera presencia del agua. Sí, el consejero había contraído la rabia. Cómo, dónde y cuándo eran preguntas sin respuesta. Se prescribió un tratamiento tan elaborado como inefectivo, se administraron diferentes pócimas que mitigaban el dolor, y se prolongó la agonía del paciente hasta donde lo permitieron los adelantos de la ciencia. Las exequias se celebraron con el boato demandado por las virtudes del difunto. Elm parecía compungido durante el sepelio.


Blas Meca, con licencia Creative Commons