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viernes, 20 de junio de 2014

Los colores del aire

A las almas libres


Me llamo Kim y nací en las montañas del río gris. Soy pastor y me enorgullezco de mi oficio, que no es el mejor ni el más cómodo, porque los animales apenas descansan y debo velar la madrugada para disuadir a las panteras y los lobos. Durante muchas lunas he caminado por los senderos de la selva, un viaje que concluirá en la ciudad blanca, donde se alza el palacio del Nizam y yo cumpliré mi destino. Aún me encuentro a un día de distancia y pronto habré de hallarme ante el dios viviente, cuyo favor ha regido el mundo hasta donde yo recuerdo, que no es mucho porque siempre viví en mi aldea, ajeno a lo que no fuese mi ganado.

Un día sentí que enmudecía la selva y todo se inundaba con una niebla que corrompía la vida bajo un turbio velo, como una cizaña que invadiese el aire y lo convirtiera en mortecino y podrido. Olía a ciénaga y excrementos, quizás de murciélagos o insectos venenosos. Los animales enfermaron y muchos sucumbieron a una peste que se extendía rápidamente. También algunos de mis vecinos sintieron el mal y cayeron postrados por la fiebre, mientras la luz del cielo se marchitaba tras un vaho que encogía el corazón de los hombres y las bestias. Durante algunas semanas nadie supo a qué se debía nuestra desgracia, mientras las moscas se multiplicaban y el olor de la carroña invadía la selva, hasta que alguien dijo que debíamos al Nizam parte del último tributo, cuya cosecha habíamos disfrazado para engañar al hambre. De nada servirían nuestras lamentaciones, quizás los contables reales habían descubierto el maquillaje de los números y la voluntad del Nizam hubiera invocado una maldición para castigarnos por nuestra mentira. El hechicero reparó en que habían desaparecido los pájaros y aseguró que nuestro pesar brotaba del silencio. Nada podíamos hacer y meditamos a la espera de una señal que nos devolviera la esperanza.

El pájaro llegó a mí la noche que cayeron las estrellas, mientras descansaba junto al rebaño y me distraía en la contemplación del cielo más allá de la niebla. A mi alrededor todo se impregnaba con un sórdido algodón que se interponía a cualquier horizonte, excepto al celeste, donde las estrellas titilaban apenas empañadas por una tenue neblina. La bruma era espesa en cualquier dirección, pero su altura era escasa y durante la madrugada se reducía hasta flotar bajo las copas de los árboles. Recuerdo que me inquietaba ese contraste entre el manto lechoso que reducía mi entorno a una alternancia de penumbras, y la transparencia apenas velada del firmamento sobre la selva, que se despejaba durante la oscuridad para cubrirse de nuevo a la salida del sol, cuando la niebla perdía su carácter rastrero y nos arropaba en jirones macilentos. Quedé dormido, envuelto en la amargura, hasta que desperté reclamado por un zumbido que insistía en arrancarme del sueño, un zumbido que reclamaba mi vigilia.

Abrí los ojos iluminado por la luna, y allí, frente a mi rostro, un pequeño pájaro aleteaba furiosamente. Pensé que aún dormía y parpadeé varias veces, para alejar lo que imaginé una ilusión. Pero aquella figura diminuta, no mayor que tres o cuatro dedos, permanecía estática en el aire, como una forma ingrávida cuyas alas se moviesen a tal velocidad que escaparan a la contemplación de la vista. Me levanté y el pájaro se levantó conmigo, intenté acercarme y el pájaro se alejó, manteniéndose siempre a la misma distancia. Miré al pájaro, situado sobre mi cabeza, y reparé en las estrellas tras su forma suspendida, que escaparon de su posición para caer hacia el horizonte, dejando un rastro moribundo en los cielos. Luego sufrí un trance y me vi arrastrado hacia un lugar oscuro. Se cegaron mis ojos y vislumbré un destello que emanaba del espíritu y decidía mi lugar en el destino. Instintivamente supe que había de dirigirme hacia la ciudad blanca. Después me adentré en un abismo sin límites, que se prolongó hasta las primeras luces.

Al despertar reparé en la presencia cercana del pájaro, que aguardaba en una rama próxima y era de un intenso color azul. Regresé al poblado y el pájaro me acompañó revoloteado a mi alrededor. Me presenté ante el hechicero, que tras imponer sus manos sobre mi frente y ungirme con aceites sacros, concluyó que nuestras oraciones habían sido escuchadas y los espíritus de la selva me habían confiado el presente que saldaba nuestra deuda. Era preciso entregar el pájaro a Nizam, para que perdonase nuestra culpa y nos permitiera vivir en paz. Luego dijo que yo era el elegido, porque el pájaro permanecía junto a mí, y me excusé por no saber llegar ante el Nizam ni qué decir en su presencia. Aseguró el hechicero que las palabras llegarían a mi boca en el instante oportuno y que esa no habría de ser mi mayor preocupación, sino la magia del Nizam, que embozaría mis sentidos para distorsionar la realidad conforme me aproximase a su palacio. Me despedí del hechicero, que me deseó suerte en el viaje, y me retiré convencido de cuál era mi deber. A la mañana siguiente encomendé mi rebaño a un pariente, tomé mi honda de pastor y emprendí el camino.

Durante el largo viaje observé que la niebla y el silencio no solo oprimían mi aldea, sino también las aldeas vecinas y aún lejanas, como si la selva entera hubiese enmudecido simultáneamente, envuelta en un miasma que trastornara a las gentes y enfermase al ganado, que se debilitaba rápidamente y caía en una postración que agriaba su leche y amargaba su carne, hasta el punto de que tras el sacrifico era preciso quemar los cadáveres para impedir que se extendieran la peste de la desolación. Pregunté mucho hasta comprender que nadie en mi mundo conocía verdaderamente cómo llegar al Nizam, porque la ciudad blanca se encontraba demasiado lejos y jamás se había emprendido un viaje tan largo. De él se decía que era inmortal por un sortilegio de juventud eterna, que reinaría siempre y que su castigo era despiadado. También se le conocían gestos de nobleza, por la llegada de algún dignatario extranjero, por obsequio a una nueva concubina o por mero capricho personal. En algunos poblados del camino me detuve para conversar con los mayores, y solo los ancianos más viejos recordaban leyendas de otro soberano muy lejano en el tiempo, famoso por sus cacerías de tigres y las piedras preciosas que engalanaban el cuerpo de sus concubinas, conocidas por su belleza mucho más allá de las fronteras, donde el suelo es áspero por la proximidad del desierto. Entretanto, el pájaro viajaba conmigo y guiaba mi rumbo por parajes que escapaban a mi conocimiento.

Aproveché un cauce de aguas mansas para apresurar mi viaje, y navegué entre una espuma de peces hinchados que se amontonaban en la superficie. Pronto recalé en el último poblado de la selva, abruptamente interrumpida para dejar paso a una planicie de hierbas altas en cuyo centro se alzaba la ciudad blanca. Una lejanísima sombra parecía contenerse en todos los horizontes, mientras sobre la llanura el cielo brillaba radiante, como si la maldición del Nizam solo encontrase su fuerza en la espesura, empañada en la distancia por una espesa calima. Decidí demorarme unos días, para reponerme de la sofocación de la selva, donde había visto multitud de monos, serpientes y lagartos muertos por la niebla, y donde yo mismo agonicé cada noche mientras el pájaro descansaba siempre en una rama cercana, aunque a prudente distancia de mis sueños.

Vagabundeé mientras recuperaba fuerzas con una brisa que provenía de la ciudad blanca, y aproveché para indagar entre las gentes y aprender cuanto pudiera serme útil en un futuro inmediato. Así, por la indiscreción de un eunuco y el decir de los camelleros, supe de la existencia del harén de las mil ventanas, desde donde las mujeres de la corte contemplaban el ir y venir de las gentes sin ser profanadas por las miradas impúdicas de los hombres. También de la pasión del Nizam por las perlas, traídas desde el lejano mar por caravanas que también acarreaban especias y ricos tejidos, y de su reciente amor por los pájaros, que coleccionaba en una pajarera de extraordinaria belleza. Igualmente me confiaron que el mal de la niebla se había extendido a los confines del mundo conocido, y que progresaba con menor virulencia conforme se aproximaba al palacio, inmune a toda perturbación maléfica y señalado con un fulgor superior al de otros tiempos. como si todas las abundancias se hubieran centrado en la persona del Nizam, cuya divinidad convertía la memoria de sus antepasados en un recuerdo menor. Decidí que me demoraría ante aquella llanura exenta de niebla, para saber más sobre el Nizam y la pajarera que constituía su último capricho. Pronto supe que se alzaba en mitad de los jardines de palacio, y que era vista y oída desde una enorme distancia. Presté atención y escuché lo que decían de los pájaros.

Amaneció un día fresco y acariciado por la brisa, miré al cielo inmaculado y abandoné el pueblo en la inmediaciones de la selva. Anduve entre campos verdes y brillantes, salpicados por las vestiduras de las mujeres que recogían el mijo y los azafranes que luego ofertaban en los mercados de la ciudad. Las distinguía a los lados del camino, flanqueando mi paso con cántaros de arcilla o cobre que portaban sobre la cabeza, llenos de agua para refrescarse del sol, con sus túnicas de vibrantes colores, que rompían la cercanía y la distancia con un moteado de contrastes. También distinguí a labriegos que faenaban las tierras, segando la hierba o roturando los barbechos, y algunos promontorios distantes, donde se distinguía el poso amarillento de la siega lejana, que aún destacaba como una mancha en el estridente verde del paisaje. El barro del camino era untuoso y resbaladizo, por lo que anduve con precaución hasta llegar a un promontorio donde dormiría al raso antes de alcanzar la ciudad blanca.

Lentamente fraguaba la certeza en mi ánimo de que portaba conmigo la última pieza de la gran colección de aves del Nizam, el pequeño pájaro azul que completaría a los habitantes de las pajareras reales. Por confluencia de muchos testimonios, me constaba que todos los pájaros cuya belleza habían merecido halago, encontraban espacio en el corazón de cristal y varillas de hierro que presidía los jardines del palacio. Desde la distancia, la gran bóveda señalaba el centro de la ciudad blanca, donde el Nizam entretenía su tiempo en la contemplación de aquellas maravillosas aves. Al alba y el crepúsculo el sol se reflejaba sobre la cúpula, despertando un reflejo que enaltecía la inspiración y arrebataba a los pájaros en una música de esplendorosa dulzura. La ciudad enmudecía a esa hora excepcional y las calles y los zocos callaban para que las gentes se entregasen a una lúdica contemplación. Flotaba un aura sobrecogedora y el viento mismo quedaba suspendido a la espera de la oscuridad.

Esa madrugada escuché de nuevo el zumbido del pájaro y permití que entrara en mis sueños. Supe que era el último de su especie y que la única hembra que sobrevivía se encontraba en el interior de las pajareras reales. La colección del Nizam nunca estaría completa sin él, porque su más delicada cautiva solo pondría huevos estériles. Por eso era tan valioso, y en este punto no pude sino sentirme afortunado en mi sueño, porque una estirpe única se extinguiría sin la presencia de mi pájaro en las pajareras reales, lo que me prestaba una elocuencia que pretendía emplear a mi favor. Asenté mi convicción al admitir que me aguardaba un beneficio extraordinario, y sentí que cesaba el zumbido y una pequeña forma se acomodaba entre mis ropas. Sonreí en mi sueño y cobijé al pájaro, que dormiría al calor de mi cuerpo.

Alcancé las puertas de la ciudad blanca en la confusión de una caravana. Los guardias aceleraron pronto nuestro paso, porque eran comerciantes de paz y solo portaban especias, que según me contaron encontrarían valioso acomodo en los mercados locales o, si eran de calidad extraordinaria, en los almacenes de palacio, donde se les asignaría mejor y más provechoso destino. Aún me parece oler la canela, el cardamomo y la vainilla, que eclipsaban todos los demás aromas. Recuerdo que las puertas de la ciudad eran enormes y al pasar bajo su dintel se distinguían arqueros en la penumbra del interior de la muralla, y que su presencia casi invisible proclamaba un celo encomiable en el cumplimiento de la ley.

Entretuve el resto del día en perderme entre las calles, que constituían un gigantesco laberinto en el que era difícil orientarse, un marasmo de casas pequeñas y a lo sumo de doble altura, alineadas en callejas que se repetían irregularmente, conformando un igual que pronto resaltaba por la similitud de sus motivos casi idénticos, de gentes iguales que vivían en barrios iguales y frecuentaban comercios iguales. Luego llegué a una gran explanada, que parecía ofrecer un mercado permanente, donde a lomos de caballos y camellos llegaban mercancías traídas de muy lejos. Una infinidad de puestos se alzaban abigarrados, con sus toldajes sumidos en un desorden caótico. Reinaba una multitud alborotada y pronto observé que el azar solo era aparente, y que en realidad me encontraba en un área destinada a las carnes, con profusión de cabras y ovejas que se exhibían en canal para su consumo, y grandes bandejas de pasta de sangre adobada, que los carniceros repasaban una y otra vez, como si ninguna imperfección en la forma pudiera desmerecer la calidad de su genero. Después atravesé un mar de verduras que competían por mostrar su exuberancia, dispuestas con una meticulosidad obsesiva, por hortelanos cuya única tarea consistía en la disposición preciosa de sus pirámides de ciruelas, melocotones, manzanas y otro sin fin de frutas que yo solo conocía por encontrarlas en la selva, y de las que evocaba sus texturas y sabores sin necesidad de conocer sus nombres. Las apilaban por tamaño y color, de forma que sus tonalidades ofrecían un sutil degradado de verdes y maduros. También encontré tomates, cebollas, ocras, arroz y un sinfín de trigos, cebadas y otros granos más valiosos, amén de un universo de especias, como orégano, nuez moscada, clavo y cilantro. Entretanto, el pájaro continuaba oculto junto a mi pecho, bajo las vestiduras. A veces lo sentía removerse, pero en general parecía tranquilo.

Durante el crepúsculo, la ciudad languideció bajo la luz magnética que desprendía la cúpula de la pajarera del Nizam, que resonaba con unos trinos tan dulces que adormecían el alma. Todo quedaba en suspenso mientras las gentes se recogían en la oración. Sus semblantes se tornaron anaranjados, y también el mío, que contemplé en los espejos de uno de los bazares. El trinar de los pájaros se arpegiaba en una melodía de indescriptible hermosura, un sonar tan dulce y excelso que enardecía el alma con las más sublimes pasiones. En los puestos, compradores, tenderos y curiosos se interrumpían en su actividad, pasmados ante los reflejos incandescentes de la pajarera, vencidos por aquellos trinos tan bellos que acaramelaban aire. Desde que se consolidó el atardecer hasta que se extinguió el ocaso, la ciudad blanca permaneció extasiada ante la belleza de una melodía que embriagaba los sentidos y sumía a sus habitantes en un gozo indescriptible. El amor por el Nizam se reflejó en los rostros, en posturas inmóviles, en palabras enmudecidas ante la música de los pájaros. Los habitantes de la ciudad blanca creyeron alcanzar la felicidad.

A la mañana siguiente asistí a la audiencia pública donde el Nizam recibía a sus súbitos, que llegaban desde los confines del reino, ya para comparecer como reos de la guardia, ya para solicitar su favor en un asunto mundano. Durante la espera me distraje en admirar las tracerías que remataban las columnas de mármol, los ventanales que se prolongaban hasta la cenefa sobre el perímetro del techo, bajo un artesonado enaltecido con esmaltes que repetían motivos geométricos. Las paredes se decoraban con caobas y nogales cuya alternancia servía de escenario a gigantescos tapices donde se plasmaban escenas de caza con elefantes, rendiciones de enemigos feroces y solemnes retratos de Nizam antiguos, dioses que vivieron entre mortales y regresaron al olvido. Rostros jóvenes, con barbas y bigotes delicadamente atusados, con expresiones valientes y decididas, el último con un monóculo de rubí que enrojecía la mirada de uno de sus ojos, como en un guiño a la intrascendencia, y ese otro antepasado más antiguo, cuya vejez se recordaba por su cama elevada y de talla descomunal, construida para yacer cada noche con cinco mujeres.

Al concluir la audiencia alcé la voz para solicitar una gracia del Nizam, que me miró y señaló con su dedo. Se me otorgó la palabra e hice salir al pájaro de entre mis ropas. Revoloteó como un destello azul en el aire y fue a situarse frente a los ojos de Nizam, que al instante quedó extasiado por la belleza de su vuelo. Alcé la voz y dije que era el último de su especie, un macho, y que la última hembra volaba en la pajarera del palacio. Os lo entrego como presente y quedo a la espera de vuestro deseo, añadí. El Nizam me llamó a su presencia, a la que me aproximé con el respeto que exigía mi sumisión. Ascendí por los escalones que elevaban el trono y permanecí a sus pies. Pídele que flote sobre mí, ordenó mi Nizam, y así hizo el pájaro, sin que yo interviniera. Dime que tiene este pájaro para vivir entre mis pájaros. Su color aunque bello, desmerece otras combinaciones más osadas y brillantes, sin duda tampoco es especial por su canto, y el Nizam guardó silencio a la espera de mi respuesta.

Admití que su plumaje, aunque intenso, no podría competir con otras plumas más luminosas, y que sus trinos eran escasos y poco gratos. Señalé a continuación que el auténtico mérito de aquel pájaro era su vuelo, superior en destreza a otros vuelos, que si bien podían ser más rápidos, pecaban de menos bellos. Luego expliqué atropellado que sus alas se mostraban diferentes y las movía con tanta celeridad que eran invisibles a la vista, también capaces de articularse para volar en línea recta, a la inversa, hacia arriba o abajo, e incluso de forma invertida, evoluciones que el pájaro ejecutaba ante los ojos del Nizam conforme yo hablaba sin disimular mi temor. Luego el pájaro, apenas concluidas su exhibición, regresó a mi lado y se situó por encima de mi cabeza, aunque naturalmente no puedo asegurarlo porque solo escuchaba su zumbido a mi espalda y no me atreví a faltar al respeto alzando la mirada.

Seguí al Nizam y su séquito a través de los aposentos privados del palacio, entre guardias que me vigilaban de cerca. El esplendor era inimaginable, con profusión de alabastros, ébanos, marfiles, caobas y jades que yo apenas entreveía en las escasas ocasiones que osaba alzar la mirada para guiar mi rumbo. Atravesábamos un patio donde los susurros del agua eran omnipresentes, cuando el pájaro escapó de mi cabeza y se deslizó tras una ventana que daba paso a las interioridades del harén. Me sentí perdido cuando se escucharon gritos de mujer y risas alborozadas. Un eunuco llegó corriendo para informar a su amo de que había estallado el júbilo entre las concubinas por la presencia de un pájaro que volaba estáticamente y a escasa distancia de una de sus favoritas, lo que parecía un signo de predestinación y fortuna. Se presintieron unos pasos presurosos y livianos, intuí que descalzos, e incliné la mirada para que mis ojos no contemplaran una belleza prohibida. Escuché el aleteo del pájaro y palabras dulces de mujer que preguntaban por la procedencia de aquel gracioso animal. El Nizam respondió a más bella de sus bellas y, tras satisfacer su curiosidad me encomendó la obediencia del pájaro, que sin saber yo cómo abandonó a la favorita y regresó junto a mí, lo que me proporcionó un íntimo júbilo al comprender que solo aquella sumisión inmediata salvaba mi cabeza.

Poco puedo recordar de las estancias de palacio, porque mis ojos permanecieron la mayor parte del tiempo fijos en el suelo, cuyas losetas y mosaicos competían por destacar en su riqueza. Mármoles, jades, lapislázulis, y ágatas se alternaban para conformar el piso de los salones que atravesábamos envueltos en el resonar de nuestras pisadas, solo mudas cuando cruzábamos alguna sala donde las alfombras convertían nuestro caminar en un murmullo. Persiste en mi memoria la sensación de amplitud, cada corredor competía en magnificencia y sería difícil escoger entre las distintas maravillas que me asaltaron fugazmente cuando osé desviar la mirada. Recuerdo columnas de ónice, figuras talladas con una diáfana minuciosidad, y profusión de oros y platas que constituían la tónica de los objetos cotidianos que por azar recalaban ante mis ojos. Después salimos a los jardines interiores y nos adentramos entre macizos de arbustos deliciosamente recortados y un océano de flores cuyos dulces aromas embriagaron mi olfato.

Distraje la vista levemente al llegar a la zona donde trabajaban los astrónomos, y admiré los relojes de sol y las doradas esferas que empleaban para confeccionar sus cartas astrales y calcular la llegada de los eclipses. Aquellas figuras en el suelo, mapa de las estrellas y los cuerpos celestes, con infinidad de finas trayectorias blancas que definían el movimiento de los astros, se me antojaron una obra superior del conocimiento, más emparentada con la brujería que con el ingenio humano. Después atravesamos el palacete dedicado a las perlas, donde una decena de artesanos inspeccionaba cada esfera de nácar para catalogarla según su valía. Solo las más grandes y puras se reservaban para las esposas del Nizam. Luego fueron los talleres de joyas, donde se trabajaban las piedras más prometedoras, hasta arrancar el alma que habitaba en ellas. Diamantes y rubíes era las comunes, aunque también había zafiros y amatistas de diferentes transparencias. El Nizam tomó una enorme piedra azul, recién pulida, mayor que un puño, y me la arrojó a las manos. Sonrió y dijo por tus servicios, y entendí que me entregaba una recompensa porque el pájaro era de su agrado. Por último atravesamos las mesas de los orfebres, con sus filigranas de oro y plata para engastar las joyas y destinarlas al harén o conseguir de ellas un mayor beneficio en el mercado. La piedra resplandecía entre mis manos con un azulón purísimo, como si correspondiese a la esencia del pájaro.

Por fin llegamos a la pajarera, que si era grande desde fuera, más grande aún parecía en su interior. Inmediatamente me impresionó el sonido, que era un clamor de mil voces estridentes, como si una infinidad de piares resonasen al unísono. El Nizam me ordenó que elevase la vista y contemplase la cúpula. Alcé los ojos y quedé maravillado por el tamaño y la magnificencia de un espacio cuya luz parecía endulzar el aire y dotarlo de una mayor transparencia. Un entramado arbóreo se alzaba frente a mí, con ramas preciosas que componían un bosque en otoño, cuando los árboles resplandecen espectrales y desnudos sin sus hojas. Pero no eran árboles sino artesanías de diferentes maderas, que se ensamblaban en estructuras que se erguían y desafiaban al vacío bajo la cúpula, que superada la primera ilusión se percibía como un entramado de hebras oscuras sobre el cielo, porque la transparencia del vidrio era tal que no suponía obstáculo a la luminosidad de la tarde.

Caminó el Nizam por el sendero de pizarra oscura que se abría entre unos parterres de flores, y encauzados entre rosas alcanzamos un espacio más amplio, en cuyo centro se alzaba una fuente. El Nizam se detuvo y anunció que permaneceríamos allí. Los pájaros bullían en la estructura de árboles, muchos revoloteaban en círculos, o de aquí para allá y saltando de una a otra rama. Unos pocos se descubrían inquietos, atareados de arriba a abajo o a la inversa, siempre tras un propósito que guiase su instinto. Su colores eran tan variados como las infinitas combinaciones del arco iris, porque tanto se veían jilgueros, verdecillos, cardenales y canarios, como otra infinidad de pájaros de diversos y entreverados colores. Los trinos eran pocos y obedecían al albedrío de las aves.

El Nizam confesó que la gran cantidad de pájaros de la pajarera le impedía conocer las singularidades de cada uno, pero los esclavos que velaban por su cuidado lo habían advertido de que en efecto, el pájaro que portaba sobre mi cabeza era el macho correspondiente a una hembra de su posesión, cuya pareja sus ojeadores aún no habían encontrado, así que eso lo convertía en un ejemplar valiosísimo. Estimaba la prontitud y oportunidad de mi viaje, que creía haber recompensado suficientemente. Solo por contradecir a sus expertos, solicitaba mi saber en cuanto a la nidificación del pájaro, aunque comprendería mi desconocimiento, porque sus sabios fracasaban muchas veces y en ocasiones la naturaleza era inexplicable.

Dije que jamás había visto un pájaro como el mío, tan azul y perfecto, pero que otros similares construían sus nidos con musgos y telas de araña, para hacerlos más suaves y cómodos, materiales que allí no destacaban por abundantes, con lo que acaso esa fuera la razón de los nidos malogrados. El Nizam se mostró satisfecho de mi respuesta y me preguntó cómo había de alimentar al pájaro. Admití que mi observación aconsejaba alimentarlo con néctar de flores, preferentemente las de color rojo o naranja, que gozaban de su especial predilección y consumía sin mesura, aunque tampoco despreciaba el sustento de los insectos, que devoraba en cuanto tenía oportunidad. Entonces, siempre envuelto en la sonrisa, el Nizam me pidió que ordenase al pájaro buscar a su compañera.

Antes de que acertase a esbozar un pensamiento, el pájaro se elevó en el aire hasta casi perderse en las alturas, se desplomó rápidamente, describió una especie de parábola y de nuevo ascendió para repetir un movimiento cíclico que no aparentaba tener ningún sentido pero que sin embargo constituía en su singularidad la esencia de un cortejo. Repitió esta danza, tres, cuatro veces, y de repente llegó otro pájaro similar a él, que también flotaba en el aire y se unía a su baile en las alturas. Ascendieron juntos, descendieron igualmente juntos, ascendieron de nuevo y volaron hasta perderse en el techo de la cúpula, desde donde se precipitaron hasta confundirse entre el ramaje de los árboles preciosos. El Nizam asintió complacido.

Continué presente mientras el Nizam se interesaba por la supervivencia de los huevos que diariamente se contabilizaban en los nidos, y se declaró satisfecho por los informes favorables de los responsables de la pajarera. También requirió su atención el grano consumido, el equilibrio de las distintas especies, la vitalidad de los polluelos según el estadio de su crecimiento, y en definitiva cuanto pudiera afectar al perfecto bienestar de los pájaros. Inesperadamente, un siervo encargado del reloj de sol anunció que se iniciaba el crepúsculo y el Nizam pidió silencio. Los pájaros enmudecieron mientras un aura anaranjada se adueñaba del aire. Durante unos instantes todo permaneció estático al tiempo que nuestro alrededor de convertía en un océano de fulgores. Un pájaro voló en las alturas, inmaculadamente rojo, y otros pájaros se sumaron a su vuelo. En apenas unos instantes, el aire se tornó irisado y todo resplandeció con un canto sobrenatural. Mis ojos se confundieron en un vendaval de centellas emplumadas y mis oídos claudicaron ante una algarabía de trinos. Millares de pájaros aunaron sus trinos en una deliciosa melodía. Permanecí en ausencia de mis sentidos y nada recuerdo de aquel trance, más que una embriagadora música. Creo que perdí el sentido ante la sublimación de la belleza.

Salí de mi espejismo cuando el Nizam encomendó a su guardia mi custodia hacia el exterior, donde me encontré después de pasar exactamente por los mismos talleres, las mismas estancias y los mismos corredores que había recorrido antes. Anduve por las calles aledañas del palacio mientras se cerraba la noche, pensando en el pájaro que había entregado al Nizam, en mi viaje desde los misérrimos confines del reino y en el prodigioso espectáculo que había presenciado en la pajarera. El aunado cantar de los pájaros persistiría en mi recuerdo durante varias horas más, hasta que mis sentidos encontraron sosiego en la profundidad de las estrellas.

De madrugada, fruto de una luna derretida en plata, la cúpula de la pajarera se encendía con un relumbre metálico. De repente los astros se desplomaron de los cielos, o quizás sufrí un espejismo y acepté llegado el momento de asumir mi destino. Busqué la honda entre los bolsillos interiores de mis vestiduras, y la piedra azul y preciosa que me obsequiara el Nizam. Cargué la honda con su proyectil, la hice girar en el aire con un silbido veloz, contuve la respiración para afinar mi disparo, solté la cuerda y permití que la piedra escapara hacia las alturas. La vi alejarse en la oscuridad, como un testigo que surcase los cielos. Tras el silencio escuché un estruendo de rotura que provenía de lo más alto.

Un crujido indescriptible estremeció la noche mientras un torrente de colores escapaba de la cúpula y ascendía hacia los cielos infinitos. Rojos, amarillos, añiles, violetas y un sinfín de otras tonalidades inundaron el aire con una infinidad de matices que contrastaban con el plateado riguroso de la luna. Todo pareció iluminarse y resplandecer ante un torrente que colmaba los cielos con sus trinos, una vitalidad incontenible se adueñó del viento y las tinieblas se inundaron con un fuego que se deshacía en la aurora. La ciudad blanca despertó del letargo para enfrentarse a la existencia real.

Por la mañana emprendí el camino de regreso a mi aldea en los confines del reino. Una paz diferente flotaba sobre los campos, una paz que se hizo más nítida conforme me alejaba de la ciudad blanca, pálida en la distancia durante varias jornadas, hasta que se perdió en la nada y yo me interné en la selva, limpia, fresca, sin rastro de la niebla cenicienta que había propiciado mi viaje. Caminé varias jornadas más, hasta encontrar mi ganado y mi aldea, donde había regresado la alegría y de nuevo resonaba el bullicio de la naturaleza. Me sentí feliz al reencontrarme con mi vida anterior, que sin embargo había cambiado para siempre. El canto de las aves resonaba en el bosque y respiré el olor de las resinas, de la luz diurna, de la libertad de los hombres y los pájaros.


Blas Meca, con licencia Creative Commons

sábado, 14 de junio de 2014

Iris y Elia

A todas las princesas


Había una vez una princesa que desayunaba miel y mermelada de violetas, dormía sobre colchones de algodón y se cubría con edredones de pluma y seda. Soñaba con dragones, aventuras heroicas, arco iris sin nubes y nieblas con sol. Por soñar soñaba que era libre y se prometía a un apuesto príncipe que llegaba en un velero desde el otro lado del mar. Su reino era grande, muy grande, y gozaba de una paz duradera y próspera. En los últimos meses, solo una sombra enturbiaba la felicidad de sus súbditos. Un enorme oso, llamado Melitón, poblaba las canciones populares con toda suerte de terribles hazañas. Se conoció en la frontera norte y descubría su rastro atacando establos, apriscos y pocilgas con igual fiereza, y siempre arrancaba una presa con que saciar su hambre. También irrumpía en los graneros para robar las mazorcas, los higos secos o cualquier otro manjar que despertase su glotonería. Los cazadores intentaron atraerlo con pescado ahumado y carnes frescas, pero el animal eludía cuantas trampas y argucias se empleaban para su caza, dejando a su paso un rastro de granjas saqueadas.

Poco importaban las andanzas del oso a la princesa Elia, cuya vida cotidiana se limitaba a sus travesuras por palacio, donde era dueña y señora en virtud de su título y una traviesa juventud que no encontraba punto de cordura. Sus imprudencias eran tantas que algún consejero real recomendaba imponerle reflexión, al menos hasta remitir el alboroto de una adolescencia que afortunadamente dejaría pronto atrás, para alivio de su padre, demasiado atareado con las tareas reales e incapaz de oponerse al carácter caprichoso y revuelto de su hija. Para alejarla de la infancia, que según la opinión paterna quedaba muy lejos, el rey decidió privarla de su séquito infantil y sustituirlo por un hombre de su confianza, que la acompañase en la última etapa de su educación. La reina aprobó el parecer de su rey, porque era el rey y porque también creía que Elia se encontraba en gracia para encontrar a un príncipe que asegurase su futuro. Pronto cumpliría dieciocho años, excelente edad para asumir algunas responsabilidades, y era momento de familiarizarse con ciertas disciplinas que le procurarían una conciencia más real de la vida. Por lo demás, el rey sabría obrar en consecuencia. Mientras tanto, dispondría lo necesario para una fiesta de cumpleaños, con juegos de sombras y marionetas, que servirían para presentar a la princesa en sociedad.

Amarilio era un renombrado caballero del reino, vencedor en innumerables batallas y famoso por su gallardía y destreza con las armas, pero la madurez cercana y una paz de mucho tiempo habían mermado su destreza y poco podía esperarse de su furor en combate. Cada mañana, hasta el mediodía, entrenaba en el patio de armas con enemigos ficticios, otros soldados de la guardia que practicaban también allí sus simulacros de lucha. Pese al empeño en mantener la calidad de su espada, Amarilio flaqueaba y se le conocían oponentes, que ya aminoraban su ímpetu por respeto a la leyenda del héroe, ya fingían la derrota con un golpe mal errado o simplemente se empleaban con más esfuerzo del necesario. Amarilio era consciente de su merma, que durante algún tiempo achacó al ocio de la bonanza, pero cuando su vista flaqueó y se multiplicaron las canas, comprendió que algo había cambiado para siempre. Aún le restaban algunos años de juventud, pero su espada languidecía ante adversarios superiores.

Pidió a su rey que le encomendase un gran servicio, y éste, aún reconociendo el esfuerzo de Amarilio, supo que la naturaleza seguiría su curso con el valeroso guerrero, que pronto lo acompañaría en la vejez. El monarca asintió al considerar que aquel era el triste destino de todo hombre y nada se ganaba con oponerse a lo irremediable. De poco serviría una espada frágil en la paz, y menos aún en la guerra, así que deseoso de agradecer sus méritos, decidió que encomendaría a Amarilio el más valioso tesoro, su joven hija Elia, cuya arrebatada hermosura despertaba el interés de numerosos príncipes de los alrededores. Muy pronto alcanzaría la mayoría de edad y se convertiría en una princesa digna del mejor partido. La reina ya disponía una recepción a la nobleza, cuyos mejores y más apuestos representantes vendrían a pugnar por sus favores. Un enlace con cualquiera de los príncipes estabilizaría la grandeza del reino, y Elia nunca sería más bella que en aquel día afortunado. Sin embargo, en su comportamiento, la princesa aún era una niña y era preciso introducirla adecuadamente en la edad adulta. Como primera espada y hombre de confianza, el rey ordenó a Amarilio la salvaguardia y custodia de su amadísima hija. También la tutela en la fase última de su educación, que habría de dictar la reina, pero cuyo aprovechamiento y diligencia se encomendaba exclusivamente a él, que tras cumplir este cometido encontraría justa recompensa a sus servicios, en cualquier señorío o villa de su querencia. Por lo demás, no importaría en lo sucesivo el menoscabo de los años, porque desde ese instante era consejero real, como en la práctica lo había sido en tantas guerras y batallas. Amarilio permaneció pensativo, obtuvo dispensa para hablar y dijo que precisaba los servicios de un bufón. Uno de tu confianza será el adecuado, concluyó el rey.

Belarmino era el nombre del bufón, una criatura verde que mal servía para su oficio, porque ni era tullido ni menoscabado en sus formas. Mas bien estilizado y de facciones armoniosas, hubiera parecido esbelto de estirar su figura encogida, y también bello de rostro, según la armonía de unas facciones difíciles de reconocer. El maquillaje exagerado y una sorprendente habilidad para plegarse sobre sí mismo y adoptar posturas inverosímiles, lo convertían en un bufón suficiente, al menos a juicio de Amarilio, que había formulado su petición por motivos que prefería mantener en secreto. Belarmino era más cáustico que gracioso y más cínico que cortés, pero sabía envolverse en la gentileza de sus palabras, siempre floridas y apropiadas a la ocasión, despertando aplausos por su ingenio más que por su oficio burlesco. El decir oportuno y el hablar con mesura cautivaron a la princesa Elia en su primer encuentro, en el que Belarmino se limitó a expresar admiración por la belleza de su dueña y el gozo que sentía de ser su sirviente. Luego, con gran ceremonia, desplegó unos sencillos trucos de naipes que despertaron el interés y la perplejidad de la princesa, que así aceptó la compañía de Amarilio y Belarmino, caballero y bufón que habrían de acompañarla para procurar su seguridad y divertimento.

Tras despedirse del ama que la había acompañado siempre y ahora se veía relevada de sus obligaciones, la princesa Elia inició una serie de estudios previstos por su madre la reina, que le procuró los mejores maestros para completar su educación. Amarilio y Belarmino custodiaban allí donde el maestro impartía sus lecciones, ya fueran de música, dibujo, poesía o protocolo, que de todo debía saber una princesa. La exigencia de los maestros era mucha y Elia pronto se sintió desbordaba por la fatiga. Al concluir la mañana, se retiró a los jardines para descansar, y permaneció ociosa el resto de la tarde, entretenida con el piar de los pájaros y las ranas de unos estanques que se abrían entre los macizos de flores, tan coloridas y variadas que embriagaron sus ojos hasta el oscurecer. Sus acompañantes aguardaron en silencio, mientras ella, entre colibríes y nenúfares, se interesaba por el contar de sus sirvientas, que referían historias de Melitón, huido del cautiverio de una gitana, que ahora había irrumpido en un gallinero convertido en ruina con gran escándalo de aves. Cuando los campesinos se unieron para rendirlo, el oso se alzó sobre sus patas y les hizo frente, provocando gran confusión y seis heridos, que convalecían escarmentados y maltrechos.

Se cumplía un mes de clases matinales y largas tardes en el jardín, cuando Belarmino entró antes del alba en la habitación de su princesa, dormida plácidamente en un sueño que se rompió ante los destemplados gritos del bufón, que parecía declamar una letanía de rimas poéticas. Elia despertó sobresaltada y reclamó el auxilio de su guardia, que al instante llegó personalizada en Amarilio, aval de los deseos de la reina a la insolencia de Belarmino, que apresuraba a la princesa para que abandonase el lecho y lo acompañara a las cocinas de palacio. Elia protestó por un trato tan grotesco, y Amarilio le impuso silencio, mientras el bufón se plantaba ante la princesa, sacaba la lengua, agitaba los ojos y se preguntaba en voz alta si era conveniente provocar a un hombre acorazado, en referencia a su custodio. La princesa esbozó un mohín de disgusto y admitió que no. Belarmino concluyó su actuación e instó a Amarilio a que aplaudiese. Resonó un tintinear metálico, por las láminas de la coracina que protegía su torso, y los tres rieron del estruendo, y Belarmino dijo vieja lata, deberías engrasar esas protecciones. Ni que decir tiene que Amarilio protestó y que Belarmino lo llamó vieja lata una vez más, para regocijo y risa de la princesa. Después, el bufón señaló un bol de migas de pan y leche, para horror de Elia, acostumbrada a desayunos menos serviles. Por lo demás, era tan temprano que solo la jefa de cocinas se ocupaba de los fogones, y no hubo más menú que el estipulado por Amarilio.

Subieron hasta las almenas, atravesando numerosísimas estancias y ascendiendo los interminables escalones de una de las torres, hasta llegar a lo más alto del más elevado torreón, donde Elia, Amarilio y Belarmino disfrutaron del alba, al menos hasta donde lo permitió la princesa, que con sus interminables protestas ensombreció el espectáculo del sol. Después, cuando el día completó su amanecer, Belarmino dijo algo tan irreverente como Elia no protestes más, he comprobado que no sois una verdadera princesa, al menos en el sentido de la tradición, y antes de que Elia protestase por el atrevimiento, el bufón suavizaba sus palabras con algunas muecas cómicas. La princesa sonrió por la expresión ridícula de Belarmino, con ese atuendo verde y los rellenos que malograban su figura, y volvió a sonreír cuando remató la insolencia de sus palabras con una displicente mímica, tan persuasiva y acertada que convertía sus palabras anteriores en farsa. Después insistió en mortificar a la princesa sin que esta interpretara más que juego, y añadió solemnemente que se ratificaba en sus palabras acusadoras, y confesó que había ocultado un guisante bajo el colchón, como establecía la leyenda, y ella, tan princesa y perfecta que se consideraba, había dormido toda la noche sin percibir ninguna molestia en su sueño, por lo que se había ganado contemplar el alba por primera vez y emprender una vida nueva. La princesa no entendió las palabras de Belarmino, pero Amarilio hizo un gesto de asentimiento, lo que enfundado en su ruidosa vestimenta reflejaba la autoridad del rey, así que Elia asintió, Belarmino también y Amarilio, en segundo término de la escena como correspondía a su cometido prudente, se limitó a moverse para que resonaran las protecciones metálicas. Todos rieron tras el ruido de las escamas herradas.

Por expreso deseo de la reina, y por tanto con el beneplácito de rey, la princesa, asistió en compañía de sus sirvientes a todas y cada una de las clases impartidas por sus maestros, siempre arrastrada por la dictadura de su bufón, que entre chanzas dictaba sus obligaciones. Las tardes de jardín se suspendieron en favor de laboriosos repasos de lo enseñado por los eruditos, que Belarmino no solo conocía como si hubiera memorizado cada frase, sino que escenificaba hasta que la princesa era capaz de seguir sus movimientos y por tanto recordar las enseñanzas de sus tutores. Si empleaba bien el tiempo, Belarmino la premiaba con una cena digna de su condición real, donde ella escogía los platos que estimaba de su gusto, si por el contrario su comportamiento era altivo o descuidado, tras muchos halagos a su hermosura, Belarmino sentenciaba que prefería unas viandas más modestas, por motivos de templanza y ayuno, y entonces jugaba con Amarilio a elegir el menú. Cuando elegía el bufón, la princesa se alborozaba porque la elección era benévola, cuando elegía el caballero, la princesa desfallecía porque irremisiblemente era morralla frita, vísceras estofadas, y moras, arándano o grosellas, como si no existiesen alimentos más apropiadas a su alteza.

Durante las tardes de estudio pronto aconteció algo sorprendente. En el repaso a una clase de poesía, donde el bufón destacaba por su sentido del ritmo y la escenificación, la princesa recitaba un fragmento propuesto en la mañana cuando Amarilio rompió en sollozos. El caballero, tan férreo, tan bruñido y presto al combate, quedaba derrotado ante los primeros versos. Bastó una poesía sencilla, corta, anónima, que glosaba la heroica gesta de un guerrero humilde, un paladín del reino como él mismo se reconocía en un ayer muy lejano. Amarilio se recordó aclamado entre la milicia por méritos propios, bendecido con una fuerza que mucho sudor le exigía y provisto de un arrojo temerario y derrochado en mil batallas. Ahora se limitaba al entrenamiento diario y las penalidades livianas, porque ninguna guerra se esperaba en unos tiempos que rezumaban paz. De repente lo distrajo Belarmino, que supo encontrar partido de tanta desdicha y glosó la desventura en cuento, con tanto candor que Amarilio agitó su láminas metálicas en señal de aprobación a su ingenio. Después, enjugándose unas lágrimas indignas de su renombre, Amarilio admitió que aquellas estrofas irregulares le recordaban una vida que fue suya y lo hermanaban con las vicisitudes del héroe. También había sentido temor, y la convicción de que su vida presente se extinguiría en el primer instante de la lucha, como jamás ocurriera en su vida de héroe, y lo atenazó un miedo como jamás sintiera en combate. Se descubría a sí mismo incapaz de iniciar un carga, detenido en un marasmo de temores, y se reconocía como un completo miserable, tal y como el héroe de la poesía había confesado sentir en su primera vez, y esto le causaba una impresión peculiar, porque coincidía en el sentimiento del héroe en un principio, que después había superado como el héroe superó su miedo, pero con la merma de facultades renacía ese mismo miedo con una fortaleza más allá de la valentía, con una intensidad tal que irremisiblemente lo abocaba a sentirse cobarde. Era una culpa muy honda, que lo hacía dudar de sí mismo. Necesitaba una prueba de su valor. La princesa Elia y su bufón guardaron silencio, sin saber que decir para consolar a su amigo.

Inapropiadamente, por la convivencia de tantas horas de esfuerzo diario, nació una singular amistad entre la princesa, el caballero y el bufón, una amistad que era sencilla y basada en el favor mutuo. La orden de una princesa no admitía reticencias ni demoras, pero Amarilio representaba el deseo del rey, y Belarmino era su gracioso protegido, así que Elia buscó en ellos el modo de embaucar a su padre con menor esfuerzo, por lo que admitió una camaradería y familiaridad más propia de parientes que de siervos. Preocupada por esta transigencia plebeya, requirió el consejo de su vieja ama, que buscó aprovechando una tarde de asueto en la semana de clases. Coincidieron en los jardines y aprovecharon para conversar y recordar otros tiempos, mientras el ama la llamaba niña Lia y evocaba cuando la princesa se perdía a menudo en las estancias recónditas o entre los árboles del jardín, con gran alboroto y preocupación de la servidumbre, tanto que una vez rebuscaron en los aljibes, por si se había caído y acaso ahogado. Su madre corría de un lado a otro, temiéndose lo peor, mientras su padre se desesperaba al presentir la desgracia. Entretanto, los súbditos, rogando, implorando, deshaciéndose en lágrimas, hasta que apareció tras unos sacos de harina, tan inocente como si jamás se hubiera escondido. El júbilo por encontrarla eclipsó al castigo que merecía su travesura, que no fue la única, porque si había destacado por algo era por rebelde, subiendo a las almenas, corriendo por los adarves y molestando a los centinelas, que no sabían si reprenderla por distraer las obligaciones de su guardia o acatar ciegamente sus desvaríos. De todas las vicisitudes de la infancia, rieron el ama y la princesa, hasta que la vieja consejera selló sus labios con un dedo que ordenaba silencio, y la iluminó sobre el valor y la etereidad del pasado, que a nada sirve más que al recuerdo, sin que esto suponga un menoscabo a su valía. Niña Lia ríndete al destino, que de todos está escrito y nada puede obrarse para mutarlo, señaló el ama, y la princesa dio por bueno el consejo de su nodriza de tantos años. Luego, por acercarle las novedades, el ama aseguró saber sin duda que Melitón había asaltado un secadero de carne, devorando tanto tasajo ahumado que había provocado la ruina de los propietarios. Por fortuna, los hechos acontecieron en la impunidad de la noche y no se lamentaban víctimas.

Por iniciativa de Belarmino, la princesa mejoró su equitación gracias a los consejos de Amarilio y su empeño por que montase los corceles más briosos, a fin de que se familiarizara con la brusquedad de las monturas salvajes, poco acostumbradas a los protocolos y modos de la realeza. Tras la segunda caída de Elia y en previsión de que demasiado rigor ocasionase un daño más grave, Belarmino abandonó su postura encogida y saltó a la grupa del caballo, situándose tras su dueña y haciéndose con la bravura del potro, tan solo con su voz acaramelada y con un ligero golpeteo de sus tacones, para indicar al animal sus propósitos. Entonces la princesa, aleccionada por el ejemplo y las indicaciones de Belarmino, espoleó ligeramente a su montura, que pareció enfurecerse y coceó al aire, saltó encabritada y levantó las manos en un intento por desmontar a sus jinetes. Belarmino apretó su cuerpo contra la princesa al tiempo que le susurraba limítate a pensar como un caballo. Elia protestó por lo que parecía una petición insensata, y Belarmino insistió con una voz dulce y cariñosa, pidiéndole que dejase de protestar y se limitara a pensar como un caballo. La princesa pensó en zanahorias, en campiñas y establos, e imaginó a su caballo saltando y corriendo por un prado en primavera. Entonces deseó girar hacia la derecha y su montura giró a la derecha, luego a la izquierda y así fue cuantas veces quiso mudar su rumbo, hasta que Belarmino le susurró que se tranquilizase y ordenara parar a su montura. La princesa Elia escuchó las palabras de su pasajero y el caballo corrió libre, ajeno a su deseo. Belarmino murmuró otra vez piensa como el caballo, y le dijo que imaginara la hierba blanqueada por la escarcha, que pensara en cumbres nevadas y viento en las gargantas y los cañones montaraces, donde los caballos eran felices y vivían en libertad. Después piensa mi amor en los arroyos frescos, cuando relinchan las manadas y se presiente el águila en los cielos. El caballo se detuvo y Belarmino felicitó a su princesa por su facilidad para convertirse en un caballo. Después, le dijo, habéis de poner nombre a vuestra montura, un nombre que la haga digna de ser vuestra, y deberéis susurárselo tal y como yo he hecho con su alteza, para que de ese modo sepa que sois su dueña. Elia se ruborizó, porque Belarmino la había llamado amor, pero atribuyó su descaro a los privilegios de bufón y las dificultades de la doma, y lo consintió como algo intrascendente y gracioso. Luego se mantuvo pensativa y dijo que Primavera era un buen nombre.

En los siguientes días la princesa Elia pareció incómoda por las familiaridades que se había tomado Belarmino durante la doma, pero su bufón derrochaba ingenio y a todo sacaba punta con el comentario oportuno, de modo que Elia pronto olvidó la descortesía de su súbdito y no solo eso, sino que se dejó embaucar por sus palabras cuando recitaba poesía durante la tarde, o por su habilidad para la interpretación cuando escenificaba las situaciones del protocolo para que recordarlas resultase más fácil. Así supo qué responder a cada pregunta formulada, cómo eludir una sinceridad embarazosa y cuál de las aptitudes habría de adoptar ante la zafiedad de un desprecio, cosas esenciales para la vida de princesa, aunque las viera anacrónicas y sin sentido en muchos casos. Por eso agradecía que Belarmino las aderezara con una nota de humor, al imitar la torpeza de quien había bebido demasiado en una fiesta, la mirada perdida que no comprende nada o la risa explosiva de un niño sorprendido. La princesa reía mientras montaba a Primavera, reía mientras se ocultaba entre los parterres de flores y reía mientras Amarilio gimoteaba al leer poemas, motivo de cariñosa pero aguda burla de Belarmino, que no comprendía como un guerrero tan temible y despiadado pudiera haberse tornado tan manso y tierno. Amarilio sonreía y aseguraba haber descubierto un mundo nuevo con la poesía, agitaba los hombros con sonoro estruendo de las escamas, y su acusador, el bufón, volvía su fingida ira contra si mismo y se ridiculizaba en un instante, repitiendo la historia de sus antepasados bufones, siempre en una versión distinta, o cualquier otro disparate que pasaba por su imaginación.

Durante un paseo por el jardín, envueltos en el lejano murmullo metálico de Amarilio y sus láminas, Belarmino saltó ceremoniosamente ante la princesa, interrumpiendo su paso, y la instó a que describiese lo que se encontraba a su alrededor. Flores, respondió indolente la princesa. Sí, pero cuáles. De colores. No es suficiente. Cuáles, replicó airada la princesa, y Belarmino respondió que amapolas como tus labios, lirios azules como tus ojos y prímulas blancas, como tu piel. Elia enrojeció un instante, reparó en que solo eran palabras de bufón y esbozó una sonrisa que animó a Belarmino a seguir con sus juegos. Aprenderemos las flores de vuestros jardines, porque la belleza sin nombre es menor, y no es de ley que una verdadera princesa desconozca el nombre de lo que tanta dicha ocasiona. Y Belarmino anduvo entre rosas azules, blancas y rojas, para que su princesa reconociera que las tres desprendían similares aromas y mostraban formas casi idénticas, solo difiriendo en el color, que se alzaba como la verdadera diferencia entre ellas. Después, reconocido el mérito de las rosas azules como superior a los demás, Belarmino la invitó a reparar en el amarillo de los narcisos y el carmesí de las amapolas, así como otras flores similarmente bellas, como los jazmines y las silenes. Finalmente, Belarmino se apartó hacia otros parterres menos prominentes y señaló el valor de lo humilde a su princesa, mostrándole las borrajas, los analgalis y las jaras, que no por menos reconocidas desmerecían a la vista ni al olfato.

Una tarde, Belarmino se apartó del sendero entre las flores y se encaramó a una piedra enorme, quedando en suspenso casi en el aire, plegado sobre sí mismo en un intento por mantener el equilibrio en el vacío. Olvidas que soy una princesa, dijo la princesa. Nunca majestad, respondió Belarmino, y la instó a que intentase subir junto a él. Es fácil, añadió, ni siquiera deberéis emplear las manos, bastará con que penséis como una cabra. Imaginad una montaña rocosa y unas hierbas en los alto. Ved ahora la piedra que se alza ante vuestros ojos y buscad un descanso para vuestros pies. Pareció que la princesa titubeaba y Belarmino le explicó cómo buscar apoyo entre los salientes de la piedra, para ascender con seguridad y precisión. Probemos ahora algo más difícil, y el bufón se desplazó fuera del alcance de la princesa y la instó a que lo siguiese pensando como una cabra. La princesa quedó en equilibrio sobre unos pequeños asideros en la piedra, y pareció calcular sus movimientos, hasta que encadenó una serie de rápidos saltos y llegó junto a Belarmino, que la esperaba con una sonrisa y la propuesta de un nuevo juego. Abajo, Amarilio aguardaba pacientemente, fiel a su custodia. Después el bufón instruyó a su princesa sobre pájaros y telas de araña, secretos del bosque que no debían pasar desapercibidos a quien por su condición real debía saber del pueblo y su tierra.

Anunciaba la reina que los preparativos del cumpleaños se hallaban ultimados, cuando las hazañas de Melitón cobraron protagonismo en una aldea próxima. Elia sucumbió a su ansia de aventuras y persuadió a Amarilio para inspeccionar el escenario del último ataque del oso, en una aldea cercana, lo que Amarilio prometió consentir en cuando la princesa aprendiese los bailes necesarios para la fiesta en su honor, tan próxima y crucial, según el sentir de la reina. Al instante se declaró Belarmino maestro en todos los bailes, con gran desconfianza y burla de Amarilio, al que el bufón enmudeció sin más que esbozar los primeros compases de una conocida danza. Después, irguió su cuerpo encogido hasta alcanzar la calidad de bailarín y gentilmente invitó a la princesa a que lo acompañara en el baile. Con gran ligereza y donosura, Belarmino evaluó el saber de la princesa en materia de música, que se limitaba a meros rudimentos, y tomándola de la mano la introdujo en la exquisita belleza de la danza. Permitidme princesa que os llame mi amor, para familiarizados con la esencia de la música y para preveniros de las lisonjas de vuestros enamorados, se burló Belarmino. Numerosos príncipes llegarán desde tierras lejanas, y a todos habéis de admirar con los modales de vuestro baile, aunque solo a uno habréis de escoger, el que se os antojase más gallardo y digno de vuestro amor. Entretanto, Elia alza más los pies, afloja la rigidez del cuerpo y esa cabeza siempre alta, que eres la princesa y no debes regalar tu mirada. Concéntrate en este paso y sitúa la pierna de este modo para adelantarte al siguiente esfuerzo, y así una y otra vez, hasta que Elia y Belarmino se fundieron en una grácil danza que despertó el halago de Amarilio por diestra que parecía bajo la dirección y batuta del bufón, que al tiempo del baile se entretenía en esbozar la música, revelando buena voz y una destreza desapercibida para tararear melodías. Belarmino se disculpó por sus insolentes conocimientos en materia de música y danza, y lo atribuyó a las necesidades que imponía su oficio de bufón. También pidió disculpas por su tratamiento enamorado, que justificó por que así se dirigían los príncipes a sus princesas, y por tanto le convenía estar habituada a estos modos de la pasión.

Abandonaron el palacio a medianoche, por un pasadizo secreto, desconocido incluso para el rey, que habría de contentarse con un informe posterior a los hechos. Amarilio consintió en el deseo de la princesa porque el bufón despertó su orgullo al recitar una copla maliciosa que corría en boca de las cocineras y otras gentes de palacio. Amarilio buen vasallo, corre y monta tu caballo que a defenderme vas, y quizás no volverás porque Melitón esta muy fuerte y a ti da pena verte, cantaban en las tabernas y en las fiestas, como retándolo en nombre de oso, o al menos así lo sintió Amarilio, que se veía reflejado en las numerosas poesías que exaltaban su ánimo, como si sus gestas de juventud se difuminaran en el ayer y solo restase un vago recuerdo. Por eso consintió en la travesura de la princesa, porque entendía que su alma real anhelaba las últimas travesuras infantiles y no le correspondía a él negar ese deseo. Consideró que entrañaba poco riesgo acercarse hasta la aldea, y decidió transigir a la insistencia de Belarmino y los deseos de la princesa. Amalirio volvería a la realidad al concluir el pasadizo, que desembocó entre unas piedras enmarañadas por el matorral de las proximidades del palacio. Miraron hacia el castillo, engalanado para la fiesta inminente, que rebosaba de gallardetes y bandolas ondeando desde las almenas. Algunas nubes amenazaban lluvia cuando tomaron el sendero del bosque.

En la aldea, la princesa insistió en entrar en la taberna, a lo que Amarilio se opuso, porque era demasiado arriesgado para una dama, pero Belarmino alegó que la princesa usaba ropas sencillas y adecuadas para no despertar sospechas. Señalados por la fatiga de los caminos, pasarían perfectamente desapercibidos. Si les preguntaban dirían que eran peregrinos de paso hacia algún pueblo, en busca de una feria de ganado o un empleo para ganarse la vida. Se fingirían perdidos si era necesario. La princesa y él se harían pasar por hija y siervo de un comerciante adinerado, mientras que Amarilio sería escudero de la señora, por deseo de su padre, hombre de fortuna en el comercio que contaba con una discreta hacienda. Amarilio aceptó hacer de convidado de piedra, y permaneció tras sus protegidos mientras estos disfrutaban de unas jarra de cerveza, que la princesa probó por primera vez y fue de su aceptación. Algunos campesinos conversaban junto al fuego y el ambiente fue sosegado y risueño durante la cena, una sopa que atemperó el frío y una carne que la princesa comió por primera vez con las manos, por indicación de Belarmino, que había disimulado su maquillaje con barba y bigote, para no ser reconocido por su oficio. También había compuesto su figura, que aún desgarbada parecía más esbelta, al menos lo suficiente para no llamar la atención. Fue una velada agradable, en la que Belarmino hizo reír a la princesa con sus chistes y ocurrencias. Por burla aconsejó a su princesa la conveniencia de romper el protocolo en favor del incógnito, así que se aprestara a chuparse los dedos cuantas veces deseara mientras durase la carne, y que ni se le ocurriera pedir tenedores ni cuchillos, porque las gentes de allí comían sin remilgos ni cuidados. Elia obedeció emocionada por la aventura, y concluyó la cena envuelta en una locuacidad que Amarilio, a su espalda, llamó varias veces al orden con un sonoro estremecerse de láminas metálicas. Tras el postre, la posadera, una mujer rolliza y amable, les vendió dulces y una jarra de miel, que introdujo en un pequeño saco para su mejor transporte. La princesa preguntó por Melitón y la posadera aseguro que sabía por buen decir que su olfato se anticipaba a los cazadores en cualquier lugar, y que podía eliminar a un hombre en un parpadeo. En el valle se respiraba miedo, aunque otra vez lo imaginaban lejos. Pagaron y salieron satisfechos, y aunque la princesa insistió en acercarse a una taberna próxima para conocer otro ambiente y otra cerveza, Amarilio insistió que el camino era largo y la noche cerrada, así que convenía emprender la vuelta y apresurar el paso. La princesa protestó, Belarmino se encogió de hombros y Amarilio pidió silencio y paso rápido.

A mitad de un regreso invadido por las sombras de la luna, en una noche que invitaba a las ensoñaciones, Belarmino cantaba y desleía aterciopeladas palabras que despertaban la burla de la princesa, de tan lánguidas y bobas que parecían en su halago. Amarilio pidió silencio, le había parecido oír algo. Se escuchó una lechuza y el caballero dijo que en marcha, llovía suavemente y se protegieron con las capas. Mala noche para aventuras, dijo Amarilio en voz alta, y Belarmino asintió, súbitamente enmudecido por la sospecha de un peligro. Continuaron andando entre las fatigas del barro durante un largo trecho, hasta que al atravesar unos charcos Amarilio empuñó su espada y se puso en guardia. Belarmino también calló, y la princesa, que supo entender la oportunidad del silencio.

Melitón salió de unos arbustos y avanzó directamente hacia Amarilio, que aguardó espada en mano, dispuesto a terminar con la bestia, pero el oso paso junto a él a la carrera y se limitó a golpearlo en la rodilla. El hierro chirrió y Amarilio cayó a tierra sin acierto en frenar al oso, que continuó hacia donde se encontraban la princesa y Belarmino, que ya corría a interponerse ante su dueña. No os mováis mi princesa, cerrad los ojos y apenas respiréis. Melitón los esquivó en el último instante, rehuyéndolos con un quiebro de su carrera. Otra vez atacó y la princesa quedó inmóvil, paralizada por el terror. El oso corrió enloquecido, atacándola y eludiendo su encuentro cuantas veces quiso. Belarmino imitó el andar plantígrado y lateral del oso, con pasos que parecían danza y se interpusieron ante su dueña. Princesa, mi amor, dijo, piensa como un oso que en eso nos va la vida, y Belarmino atrajo la atención de Melitón, que arremetió contra él y lo eludió en el último instante, como si en realidad no le pretendiese ningún daño. La princesa continuaba inmóvil.

Puesto de nuevo en pie a pesar del lastre de su peso metálico, Amarilio se interpuso entre el oso y su señora, haciendo frente a los gruñidos desaforados de la bestia con su valor de siempre y la escasa protección de su jubón herrado, y de nuevo cayó a tierra cuando Melitón lo rodeó para acometerlo por la espalda y derrumbarlo bajo su peso. Después el oso olió a Amarilio y pareció olvidarlo a su suerte mientras se giraba de nuevo hacía la princesa y Belarmino, que permanecían inmóviles mientras el caballero luchaba por levantarse de nuevo y Melitón se alzaba y gruñía para imponer su autoridad. Piensa como un oso mi amor repitió el bufón y la princesa pensó en cachorros que aprenden algo nuevo cada día, en comer, protegerse, sobrevivir, en una grulla en el río, neblina al amanecer, pasos en la nieve y lobos a lo lejos, entre la hierba alta, descubiertos por el viento. Elia supo que los osos pueden olfatearte desde cualquier lugar y son capaces de eliminarte con un simple abrazo y también aceptar que formes parte de su vida.

Otra vez intervino Amarilio y fue derrotado en un instante, con gran alboroto de hierros, porque, pese a la aparente parsimonia de sus movimientos, en realidad Melitón era muy rápido, tanto que pronto se vio que no tenía posibilidad de derrotarlo en la corta distancia. Con una lanza o una ballesta hubiera sido diferente, pero así, solo con la espada era imposible contener al oso, parecía que hubiese participado en muchas luchas y supiera como cuidarse de un caballero y su espada. Amarilio se derrumbó envuelto en un estrépito de láminas abolladas. La princesa retrocedió y el bufón también, saltando para distraer la atención del oso con sus saltos. El bufón estaba perdido, a merced del furor del oso, que ya se dirigía hacia él y lo consideraba su presa. Entonces, sin saber por qué, la princesa atrajo la atención de la bestia. El bufón gritó entrégale la bolsa mi amor, e instintivamente la princesa entregó la bolsa al oso, que la tomó bruscamente, como los osos toman las bolsas, como si quisieran atrapar un pájaro en el aire. Me llamaste mi amor, mi amor, exclamó la princesa, que no daba crédito a lo que habían escuchado sus oídos ni dicho sus labios. Os traté según acordamos en nuestro juego del baile, y ahora retroceded lentamente, mientras el oso se entretiene con la bolsa, ha olido la miel de la posadera, por eso nos siguió, en busca de los olores del dulce. Melitón había roto la bolsa y golosineaba con la miel y el bizcocho.

Regresaron al palacio por el mismo pasadizo que facilitó su salida, y decidieron mantener en secreto su aventura, bastante peligrosa como para preocupar a la reina por lo que no había sucedido y por tanto podía olvidarse sin más que encomendarse al silencio. Un buen acuerdo, propuesto por la princesa, con el que todos saldrían ganando, aunque por diferentes motivos. Amarilio, con sus protecciones maltrechas por la derrota ante Melitón, aseguró que pasaría por el herrero para recomponer sus defensas, y que comunicaría a la reina su predisposición a dar por concluido el aprendizaje de la princesa y por tanto el servicio encomendado por su majestad. Se preguntaba que había sido peor, si la poesía que trastocaba sus emociones o la dicha de la vejez malograda por la memoria infausta del oso. Lo oportuno y elegante era retirarse y emprender una vida más pausada, porque los hechos imponían una evidencia que avergonzaba al caballero de antes. Luego Amarilio se despidió de su princesa hasta la fiesta de su mayoría de edad, que acontecería al inicio del verano. Belarmino retomó su papel de danzarín enamorado para despedirse con unos versos al amor que había escrito para deleite de su dueña.

Durante las siguientes semanas, la princesa se ofreció a las modistas, los peluqueros y cuantas autoridades del vestir y acicalarse propuso la reina. Entretanto, un acelerado faenar de albañiles, carpinteros y otros artesanos ultimaban los preparativos para su cumpleaños. Pronto llegaron los artistas que animarían la celebración. Músicos, bailarines, prestidigitadores, acróbatas y otro sinfín de distracciones para los invitados y dignatarios de los reinos vecinos, que asistían para honrar su mayoría de edad y ofrecerle un presente. Según la reina, debería escoger a quien fuese de su agrado para satisfacer los deseos de su padre, que establecería lazos políticos de gran provecho en el futuro, pero apenas se sentía obligada por este deseo materno, porque el rey había ordenado llevarla ante su presencia para advertirle que no debía sentirle obligada a comprometerse en este primer encuentro con los príncipes, que habría de considerar como meros pretendientes, sin necesidad de inclinarse por preferencia alguna. Luego la despidió con un beso de buenas noches y le deseó suerte en su elección.

El día de su cumpleaños la princesa se levantó antes del alba y desayunó apresurada por presenciar la salida del sol desde las almenas, como hiciera con Amarilio y Belarmino durante varios meses. Los echó en falta y reconoció su compañía grata mientras permanecieron a su servicio. Añoraba las bromas continuas de Belarmino y la seriedad tintineante de Amarilio, siempre tan correcto y eficiente. Después sus ojos recalaron en una vela blanquísima que se alzaba en la lejanía marina, rumbo hacia un puerto seguro en la costa próxima al palacio. Lo consideró una señal de buen augurio, y se apresuró a bajar de las almenas y presentarse ante sus sirvientas, porque aún habían de lavarla, secarla, perfumarla, pintarle las uñas de las manos y los pies, esculpirle el cabello con el tocado decidido por los peluqueros, introducirla en un vestido de sedas y encajes primorosos y marfiles, espolvorear su rostro, acicalar su mirada y enjoyarla adecuadamente, como correspondía a una princesa que escogía a su príncipe. Superados estos pesares, Elia sonrió al comprender que había llegado el momento, contempló su imagen ante el espejo y se supo radiante y dispuesta para iniciar una nueva vida.

En la tribuna, junto al lugar de preeminencia que le correspondía a la izquierda de su padre, la princesa escuchó el discurso admonitorio y fervoroso que la adentraba en la edad adulta, leído por un fraile reconocido por su piedad y ayuno. El rey declaró iniciados los juegos, y al instante la explanada entre las tribunas y las gradas se inundó de malabaristas, funámbulos, comedores de fuego, lanzadores de puñales y otras atracciones que despertaban el entusiasmo del público. Se sirvieron algunas bebidas y unos manjares ligeros, porque el verdadero festejo empezaría a continuación. Tras este primer refrigerio, desaparecieron los artistas y se tendió una alfombra roja para honrar a los príncipes, que entraron envueltos en sirvientes, precedidos por criados que portaban valiosos obsequios, incluso un caballo de pura sangre que le ofrecieron para las cuadras reales. Muchos dignatarios desfilaron con gran boato y magnificencia, mostrando su gentileza y narrando algunas de las hazañas de sus antepasados. Se sucedieron los árboles genealógicos, las certificaciones de pureza de sangre y cien listas de difuntos ilustres, sin que ninguno de estos méritos reclamase la atención de la princesa, que ya se retiraba cuando un último invitado suplicó su atención.

El príncipe Iris llegaba sin más compañía que un guerrero que vestía una armadura blanca, con gola, guanteletes, escaracelas, cangrejos, glebas y cuanto se precisaba para convertirla en completa. También morrión y visera, que ocultaban su rostro mientras se mantenía inmóvil a la espalda de su señor. El príncipe se disculpó por la parquedad de su séquito, reducido a un mero guarda personal, lo que había convertido en breve un viaje que de otro modo le hubiera impedido rendirse ante su dueña en la fecha establecida, porque cualquiera que fuese la elección de su señora, le había bastado contemplarla un segundo para reconocerse vencido por su belleza. En prueba de su amor le ofrecía un anillo de compromiso, que portaba una valiosa joya perteneciente a su familia desde un tiempo inalcanzable, y el príncipe Iris tendió a la princesa Elia un enorme rubí engastado en una sortija de oro, tan grande que sobresalía al dedo anular de la princesa. Elia sonrió tímidamente al recrearse en la feliz incandescencia de la piedra sobre su mano, y respondió al presente con un pañuelo que desanudó de su cuello y anudó al brazo del príncipe, que luego de una reverencia se retiró junto a los demás príncipes. La princesa entornó la mirada y reconoció íntimamente que el príncipe Iris había sido de su agrado.

Antes de que pudieran servirse nuevas viandas o anunciarse la reanudación de los espectáculos, se escuchó un alboroto en la tribuna, y gritos de pánico y chillidos de autoridades asustadas. Melitón, surgido de la nada, desbarataba los maderos de una grada y sembraba el pánico a su alrededor. Algunos príncipes corrieron a protegerse, otros buscaron un arma con que hacer frente al oso, pero solo el príncipe Iris y su guerrero se abalanzaron efectivamente hacia Melitón, esquivándolo y confundiendo su furia a la espera de doblegarlo. De repente, el oso corrió hacia la tribuna de los reyes y la princesa intentó confundirse entre sus damas. El guerrero se interpuso y Melitón se alzó sobre sus patas traseras, mostrando el tamaño enorme y su temible ferocidad con un gruñido que sobrecogió a los presentes. La armadura rechinó ante el envite del oso, y los brazos del guerrero quedaron trabados por el abrazo de Melitón, con la espada empuñada y firme, pero sujeta e impedida de escapar. Luego, el metal durísimo chirrió, la espada tembló en la mano que forcejeaba, y la armadura crujió al hundirse por la terrible presión. Por fin, el oso se desprendió del guerrero con un golpe seco y brutal, que le arrancó parte de las protecciones de su cabeza. La princesa Elia se encontraba indefensa y expuesta al peligro.

Melitón se detuvo ante la princesa y gruñó suave, sin rastro de la ferocidad que había exhibido antes, y en ese preciso instante el príncipe Iris irrumpió en la escena, tan ágil y rápido que la princesa lo reconoció como una silueta afortunada, que ejecutaba unos arriesgados saltos ante los ojos del oso y escapaba hacia un lateral para atraer su atención. Entonces la princesa, gritó piensa como un oso, y el príncipe Iris respondió piensa tú por mí mi amor, que me va la vida en ello, y al instante Elia supo que hablaba con Belarmino, y creyó que el alma de su bufón se había encarnado en el príncipe, y sin tiempo para más pensar imaginó praderas llenas de flores, riachuelos de aguas cristalinas, macizos de adelfas silvestres donde zumbaban las abejas. Por instinto tomó un enorme pastel, roto junto a una de las mesas, y corrió hacía Melitón ofreciéndoselo con las manos. El oso se detuvo y giró hacia Elia cuando Amarilio llegó rebelándose el guerrero del príncipe Iris, que había perdido el yelmo con el último manotazo de Melitón, y aún trastornado regresaba para proteger a su princesa. Entonces el oso aventuró un golpe y Amarilio cayó de rodillas entre el oso. Elia llegó hasta el derrotado Amarilio y tendió el pastel a Melitón, que olfateó el aire y luego tomó el dulce que le ofrecía la princesa. El príncipe Iris pretendió sumarse a Amarilio para sujetar la cabeza del oso, que se limitó a seguir comiendo su pastel, ajeno a los esfuerzos por distraer su gula. Luego Melitón se desprendió de quienes lo sujetaban con más deseo que fuerza, y lamió las manos de la princesa, manchadas de bizcocho y nata. Antes de que la guardia del rey atacase al oso, el príncipe Iris aseguró que solo era un animal perdido, que debidamente alimentado tornaría su fiereza en mansedumbre, y tomó del suelo otro pastel que tendió al oso, engolosinado por la comida que llegaba a sus fauces. Apenas saciado y atemperada su hambre, Melitón permitió que Elia e Iris lo acariciaran sin temor, ante el asombro de los presentes, ensimismados por comprender que aquella bestia terrible se doblegaba ante la belleza y magnificencia de los príncipes.

Poco más puede añadirse a la historia de Iris y Elia. Los reyes escucharon las explicaciones de Amarilio y Belarmino, que resultó ser un príncipe que viajaba de incógnito, con quien había cruzado armas en la aérea angostura de un puente sobre los rápidos del río, con final tan sorprendente y cómico que hubieron de salvarse de morir ahogados, y en su forcejear y ayudarse entre las aguas quedó trabada una amistad. Por conversaciones de jinetes que cabalgan juntos, Amarilio supo que el príncipe Iris venía atraído por la belleza y lozanía reconocidas a la princesa, aunque receloso por algunas murmuraciones que la tildaban de caprichosa y soberbia. También lo descubrió noble y sensato, y dotado con un habla instruida y un ingenio alegre. Cuando su rey le confió la misión de servir de instrumento a la educación de la princesa, pensó al instante que el principie Iris sería mejor compañía que la suya, y que el oficio de bufón era bueno para trabar un conocimiento desenfadado y más propio de la juventud. Después los arrastraron los acontecimientos y la simpatía de la princesa. El rey asintió satisfecho del buen fin de la historia, y todo concluyó con los mejores deseos para la pareja de los príncipes enamorados. Amarilio encontró su retiro en un valle entre montañas que fue también del agrado de una cocinera amante de sus virtudes, y Melitón halló lugar en el blasón del rey y hartazgo a su glotonería en los bosques de palacio, donde nunca le faltó con qué saciar su hambre y recobrar la mansedumbre. Iris y Elia supieron pensar el uno como el otro, heredaron un reino doble al que ya tenían y vivieron felices para siempre.


Blas Meca, con licencia Creative Commons

viernes, 6 de junio de 2014

El titán y la sombra

A quienes olvidan su pasado


La respuesta de los dioses apareció sobre los arrecifes, desvanecida sobre unas rocas tan afiladas que parecían puñales aflorando entre los bajíos del mar. Unos pescadores la reconocieron encarnada en un hombre aparentemente muerto y arrastrado por la marea, en la frontera del océano, donde la rompiente señalaba el fin de las aguas someras. Más allá, tras un fondo de corales y selvas de algas, el terreno se precipitaba ladera abajo por la montaña que era nuestra isla, hacia una tenebrosa oscuridad de donde jamás había regresado nadie.

La presencia del naufrago causó gran sorpresa entre los pescadores, que tras reconocerlo vivo arrastraron su cuerpo hasta el poblado con gran esfuerzo, porque tenía la complexión física de un gigante y caminar sobre las aristas del arrecife exigía un gran cuidado para no sufrir heridas. Aunque el terreno era escabroso, los pescadores se movían habitualmente con la facilidad de la práctica, pero acarrear aquel peso enorme sobre un piso tan irregular, donde cualquier tropiezo se saldaba con un corte o una erosión profunda, requería aventurar los pasos con la suavidad y elegancia propias del baile. Un mal tropiezo suponía riesgos que era preciso medir en sus consecuencias. Tras varios ensayos, decidieron que izarlo entre seis era lo adecuado y así se las ingeniaron para procurar su regreso. Tardaron más de tres horas y padecieron grandes penurias hasta reclamar nuestra atención para correr en su auxilio. Tomamos al desconocido entre todos y comprendimos que había escapado al demonio del mar.

Los ancianos encendieron luminarias de aceite y quemaron hierbas que desprendían un aroma sanador. El pueblo esperó junto al fuego, mirando hacia el cielo de la noche, por si una señal confirmaba nuestra esperanza. Escuchamos los cánticos sagrados y supimos que limpiaban sus heridas y las cubrían con pomadas curativas. Después los ancianos dijeron que nada podría aventurarse hasta el alba, pero creían que era un titán enviado por los dioses. Recordamos ante el fuego lo sabido por la experiencia de nuestros antepasados, que en el universo existían las estrellas, el sol, la luna, el océano y nuestra isla, única tierra disponible para la supervivencia. El mundo rompía su azul para alzarnos en mitad de la nada marina como un pequeño paraíso de cenizas volcánicas y fértiles. La llegada de aquel gigante no había de considerarse aún una respuesta a las oraciones, aunque su aparición sobre los arrecifes hubiera coincidido con nuestras súplicas y la terrible tormenta que nos había azotado durante una semana. Dos hechos invitaban a la confianza en la benevolencia de los dioses, su excepcional tamaño, que invitaba a pensar a los titanes, y que hubiera escapado al demonio, sin duda aún al acecho.

Despertó y lo interrogamos sobre cómo había llegado a nuestra isla, con qué magia burló al demonio y por qué su piel, tan herida que la dieron por desollada, cicatrizó con ese color rosáceo tan distinto al nuestro. También quisimos saber si portaba el favor de los dioses y había venido en respuesta a nuestras súplicas. Le contamos que ofrecimos sacrificios, vertiendo sangre en los altares y dibujando los diez círculos del fuego, y que mientras dormía y se recuperaba de su naufragio, habíamos recibido una señal de los cielos, una estrella que vimos precipitarse hasta el horizonte del mar. Pero no sabía hablar ni entender nuestras palabras, y solo por indicaciones comprendimos que había olvidado todo lo relativo a su pasado. Ni siquiera recordaba como había llegado hasta los arrecifes, apenas que despertó en la cabaña, lo demás eran ausencias. Le ofrecimos hospitalidad, como no podía ser de otro modo, y convinimos en dejarlo vagar a su antojo por el poblado, para que se familiarizara con nuestras costumbres y recobrase la memoria.

Durante un mes comió con nosotros, durmió con nosotros y nos acompañó en las diferentes tareas del poblado. Fue con los agricultores a arañar en los sembrados al pie de la montaña, y a la selva con los cazadores, que hubieron de contentarse con pájaros, monos y alguna serpiente desprevenida. Otra veces había más suerte, con ratones silvestres, iguanas o algún lagarto grande, mejor caza sin duda, pero restando estas ocasiones excepcionales, el beneficio era insuficiente para nuestra supervivencia, que siempre había obtenido del mar la fuente del alimento. Ahora los pescadores empleaban su tiempo en el marisqueo de langostas, erizos y cangrejos, sus principales capturas, y por supuesto en los peces que varaban tras las tormentas. El gigante los acompañó durante su faenar diario, y pronto comprobó lo rápido que las almejas y las lapas habían menguado para alertarnos del desastre. Los erizos eran más pequeños, según testimonio unánime de los pescadores, así como los centollos o las caracolas, que apenas se encontraban ya. El arrecife se consumía rápidamente por nuestra explotación desmesurada ante la imposibilidad de aventurarnos mar abierto.

Por supuesto, pronto supo que el demonio había arribado a nuestra isla para aterrorizar a los pescadores. Primero fue un vecino que simplemente desapareció mientras lanzaba sus anzuelos desde unas rocas al borde del mar abierto. Se encontraron sus aparejos de pesca y supusimos que cayó y la resaca lo habría arrastrado lejos. Revisamos el arrecife y las ensenadas próximas, a la espera de que lo trajese el oleaje. Igualmente buscamos en la otra parte de la isla, por si las corrientes habían propiciado un desplazamiento más largo. Ante el fracaso, supusimos que lo habría engullido el mar.

Días después despareció una barca con tres pescadores y luego dos barcas más. Sus restos aparecieron varados en los arrecifes y las playas contiguas, pero de los marineros no se supo, sin que nadie hallara una explicación. Otros botes se perdieron en los caladeros donde habíamos faenado siempre, con embarcaciones que por su escasa quilla eran osadas en las proximidades de las rocas. La pesca de cabotaje era buena si se sabían leer los vientos y las corrientes, y siempre sobraba pescado para abastecer a la aldea, pero ahora era distinto, ningún bote volvió de los que se aventuraron en mar abierto. Ni grandes ni pequeños, solo encontramos pecios y maderos. Durante algún tiempo fue un misterio y nadie quiso faenar en previsión de la desgracia, pero se impuso la necesidad del hambre y salieron las barcas restantes, como un ejército que intentase encontrar el origen de nuestro mal. Las vimos perderse en el lejanía y permanecer suspendidas bajo el sol de la tarde, hasta fundirse con las luces del crepúsculo. Los supervivientes arribaron al arrecife entre un revuelto de astillas.

Casi todos los marineros admitieron que la rapidez de los acontecimientos hacía dudar de lo sucedido en apenas un instante. La mayoría recordaron que una descomunal criatura había arremetido contra ellos como una exhalación que saltaba entre los botes para arrastrarlos tras su salto. Su primer ataque fue fugaz, un grumete se asomaba para arrojar cebo por la borda, y de repente desapareció reclamado por una sombra que surgía de las profundidades. Tres botes corrieron en su socorro imposible, y la sombra los golpeó furiosamente, haciendo que volcasen con gran confusión de gritos y chapoteos. Alguien gritó mientras su cuerpo se desgarraba en un revuelto de espumas. Quedó volteado y hacia arriba, partido por su mitad. Otro marinero advirtió un roce en el costado y se descubrió herido. Se desató un horror de gritos apagados por la furia de las aguas. Una forma enorme nadaba entre la desesperación. Sucedió una calma roja y fúnebre, con algunos despojos que se sumergían lentamente en el abismo.

Supimos que era un demonio porque mató a quince vecinos más en los siguientes días. En distintos lugares de la isla, en ensenadas, en playas, hasta que todo quedó proscrito y desierto. Las dos primeras víctimas simplemente desaparecieron sin dejar rastro, una pareja que supusimos huida por amor. Rastreamos la isla sin encontrar indicios de su presencia, ni huellas ni hojas aplastadas que hubieran revelado un refugio para dormir. Tampoco aparecieron ahogados, se inspeccionaron las playas sin éxito durante una semana, después de que imagináramos un accidente fatal. Senderos abruptos para despeñarse había muchos, y se recorrieron en busca de un indicio que iluminara la búsqueda. Al final encontramos una camisa rota en una ensenada perdida, donde supusimos que entraron al mar para consumar su deseo. Nada más.

Las siguientes víctimas desaparecieron con aciago recuerdo de su desgracia. Tres pescadores que salieron en una barca y los vimos perderse para siempre entre la agitación de las olas, otros se aventuraron en las playas y sucumbieron ante testigos paralizados por una sombra que irrumpía de improviso y atacaba con una espantosa crueldad. Gritos, espuma y el silencio de la ausencia. No hubo supervivientes, apenas restos que provocaban espanto. El demonio acechaba en el mar y era imposible adentrarse en él sin correr un gran riesgo.

Abandonamos el océano en la esperanza de vivir del arrecife y lo que ofrecía la tierra, pero rezábamos a los dioses para que pusieran fin al demonio. Entonces, después de una tormenta que se prolongó una semana, apareció nuestra súplica sobre los arrecifes, sin ser devorada o sumida en el abismo. Solo por eso y su tamaño creíamos que se emparentaba con los dioses, porque habíamos orado y llegó tras la tempestad y porque había renacido de sus heridas para revelar a un gigante de piel distinta y más blanca, un gigante tan fuerte que quizás los dioses lo hubieran enviado para matar al demonio.

Tras reponerse y compartir algunos de nuestros oficios, el gigante recobró el habla y pudo balbucear que se llamaba Onuk y pedir por señas un guía para conocer los alrededores. Me encomendaron su tutela y lo acompañé por un recorrido que le mostraría lo más representativo de nuestra isla. Supuse que no me entendía, pero su trato era agradable y ya había faenado conmigo, persiguiendo a los cangrejos y encontrando algunos peces atrapados entre las rocas. Pronto lo consideré un amigo, porque tenía una sonrisa simpática y era respetuoso. Me asombraba su tamaño, que era doble al nuestro. Al separarme de él y reparar en su apariencia, me parecía casi un niño grande, siempre tan sonriente y presto a colaborar. Su vigor físico era prodigioso, casi diría que destacaban todos los músculos de su cuerpo, aunque alejándose un poco más se descubría que la impresión infantil era subjetiva, y se apreciaba a un hombre delgado, aunque menos que nosotros. Lo más llamativo sin duda era el color de su piel, que era muy rosada, a diferencia de la nuestra, mucho más oscura, casi negra, curtida por el sol. Al principio nos preocupó porque comprobamos que enfermaba y hubimos que protegerla con la savia de unos arbustos, al comprender que su esencia divina se resentía en nuestro mundo imperfecto. Después de unos días observamos que se tornaba dorada y parecía más resistente. Suspendimos el tratamiento y se estabilizó en la salud.

Lo advertí meticuloso y no me sorprendió que pronto centrase su atención en la costa, que reconoció desde los acantilados tres veces al menos, con una insistencia que yo no acertaba a comprender. Una mañana, durante una de nuestras travesías, descubrí que hablaba mi lengua y era capaz de expresarse torpemente, con pocas palabras, para decirme con su acento de sílabas que aún sin recordar su pasado nos ayudaría a cazar al demonio. Le dije que era imposible, que nadie había visto más que una sombra, y me respondió que cazaríamos una sombra. Después descendimos hasta la playa, trazó en la arena lo que parecía un dibujo de la isla vista desde la montaña, con sus curvas de la costa, con las ensenadas y los cabos, que eran suaves como yo los recordaba desde arriba. Me pidió silencio y me pareció que dormía ante la arena. Lo interrumpí y me mandó callar de nuevo, con tanto énfasis que permanecí a la espera de sus órdenes sagradas. Onuk conocía nuestra lengua y parecía abstraído en un saber importante.

Durante los siguientes días recorrimos incansablemente los acantilados, de un modo que pronto dejó de ser caótico para adquirir una pauta. Dormíamos en cuanto caía la noche, amparados por cualquier cobijo, y nos despertábamos al amanecer, para alimentarnos de frutas y carne ahumada que guardábamos en un pequeño zurrón. Después volvíamos a las mismas horas a las mismas ensenadas, con ligeras modificaciones, con escasas variantes en el lugar desde donde Onuk oteaba el mar. Hasta que un atardecer, sobre el promontorio que dominaba una bahía escarpada, señaló un punto lejano, un punto que avanzaba rápidamente hacia el interior de la ensenada. Pronto se situó cerca de nosotros y permaneció inmóvil, confundiéndose bajo el saliente donde nos encontrábamos, una laja de roca que presidía el paisaje. Allí tenía su guarida el demonio, sin duda amparado por un agua mucho más tenebrosa, porque era más opaca e intensa, como si la profundidad fuera mucho mayor. Sin duda era una entrada al abismo donde vivía la criatura, cuya sombra me pareció tan grande como cinco bueyes en fila. Onuk dijo que era hora de regresar al poblado.

Nuestro regreso despertó admiración al comprenderse que Onuk había aprendido nuestra lengua en los días que vagamos por la isla, lo que se atribuyó a su alma emparentada con los dioses. Por su parte, Onuk se empeñó en negar la evidencia de su carácter divino, con el argumento de que durante su estancia entre nosotros, mientras marisqueaba en los arrecifes, perseguía monos en el selva o faenaba en los campos, atendía nuestras conversaciones a la espera de que una luz se abriera en su mente, porque no solo había olvidado quién era o cuál era su procedencia, sino también el habla misma, quedando sus labios reducidos al silencio o a esbozar gemidos irreconocibles, que era cuanto parecía brotar de su garganta.

Durante varias jornadas deambuló por la selva, procurándose varales de bambú y lianas cuya utilidad se nos antojó un misterio. También atrapó gran cantidad de ranas venenosas, de las que utilizábamos para impregnar los dardos de las flechas, y las guardó en una cesta de hojas de palma que urdió con gran habilidad. Después empleó las lianas para anudar las cañas, hasta construir una enorme jaula, dotada de una puerta descendente, que cerraba o abría uno de sus lados. Tomó los varales que estimó oportunos, de considerable grosor, se aseguró de su correcta flexibilidad y procedió a cortar, afilar, y quemar uno de sus extremos. A continuación empapó su corte con el veneno de las ranas, y aseguró que emplearía las cañas como lanza, según explicó torpemente a los curiosos. Observamos que entendía casi todas nuestras palabras, pero pronunciarlas le era más difícil, porque los labios y la lengua se le trababan en su concreción, como si desconocieran los sonidos y no acertaran a pronunciarlos correctamente. Pese a sus continuos errores, entendimos que pretendía capturar al demonio en una jaula y matarlo sin *tregua. Temimos que hubiera perdido el juicio, pero al instante aceptamos que su saber superaba nuestra torpeza.

Entre varios porteadores condujimos la jaula hasta donde se nos señaló como destino, a través de senderos demasiado estrechos para el transporte de un encargo tan grande, por pendientes resbaladizas que nos hicieron temer por la carga, siempre atentos a las instrucciones de Onuk, que corría de un lado a otro de la jaula, asegurando su integridad, reforzando un nudo que parecía flojo, despejando el obstáculo que entorpecía nuestro paso. Por fin llegamos a la ensenada escogida, donde se encontraba el saliente bajo el que se refugiaba el demonio. Con extrema precaución y manteniéndonos a salvo del agua, embocamos la jaula a la entrada de la oscuridad y esperamos durante horas sin que nada sucediera. Vigilamos mientras Onuk revisaba obsesivamente cada nudo y cada junta, para anticiparse a las debilidades estructurales y asegurar la resistencia de su trampa. También se preocupó de que los varales, afilados y convertidos en durísimos tizones, se ubicasen correctamente sobre la cuna de unas guías dispuestas sobre el techo de la jaula, para dirigir la trayectoria de la lanza hacia los puntos vitales del demonio.

Tras una infructuosa espera, mientras vigilábamos la jaula desde el acantilado, por turnos y en riguroso silencio, porque así se nos había pedido, Onuk aseguró que presentía al demonio muy cerca, acechando desde el otro lado del umbral, y que era el momento de forzar su presencia. Pidió un cuchillo, el más grande que tuviésemos, y le tendimos un machete bien afilado, útil para desbrozar la espesura de la selva. Saltó a la jaula y afianzó los pies sobre el techo, cortó suavemente su muñeca con el machete y la sangre resbaló mano abajo hasta caer sobre el mar. Distinguí su color diluyéndose en el agua grisácea, y otra vez me sorprendió que Onuk fuese colosal e infantil al mismo tiempo. Recuerdo que lo miraba a plena luz y *recorría su musculatura enjuta, que resaltaba bajo la piel dorada. Se concentró como si percibiese algo más allá de los sentidos. La sangre continuaba goteando entre sus dedos. Desde nuestras atalayas de observadores nos miramos sin comprender cuál era su propósito. De repente, una sombra negra inundó la jaula y se detuvo en su centro.

Anticipándose a nuestros ojos, Onuk cerró la puerta de la jaula y saltó sobre la pica central, asegurada sobre el lugar que definía su trayectoria. La pica cayó arrastrada por su peso y se hundió en la sombra, que permaneció inmóvil apenas un instante, mientras Onuk se precipitaba hacia las otras dos picas que ensartarían el cuerpo de su presa. Hundía la última de las cañas envenenadas sobre la cabeza de la sombra, cuando la jaula pareció deshacerse en las aguas y liberó al demonio, que saltó revelando una criatura monstruosa, armada con terroríficos colmillos triangulares, dispuestos en una sonrisa de varias filas de dientes que mostró en una dentellada fallida. A todos nos descubrió con la misma mirada, de unos ojos enormes y brillantes, fríos y tan muertos que helaban el alma. Después se sumergió de nuevo, envuelta en espumas que se abrían a su paso, precipitándose hacia el exterior de la bahía a una velocidad desconocida para los mejores barcos. Dos veces voló el demonio sobre las enloquecidas olas que flanqueaban su paso, y en ambas distinguimos a Onuk amarrado a los restos de sus picas y lianas, luchando por nuestra venganza contra aquel monstruo del averno. Quedó un rastro de sangre y nuestra sorpresa por la prontitud de los hechos.

A mitad de la semana nos sorprendió una tormenta de varios días, tan violenta como no recordaban los mayores. Suspendimos la búsqueda porque era imposible encontrar con un viento que arrancaba los árboles de la selva y convertía el acceso a las ensenadas y las playas en una empresa insalvable. Nos mantuvimos a resguardo como aconsejaba la prudencia, en mitad de un cielo de relámpagos que iluminaban la rompiente salvaje de los arrecifes. Luces espectrales se adueñaron de la lluvia y el fuego santo estalló en las agujas y los mástiles, un fuego azul y tan purísimo que interpretamos como la respuesta de los dioses a nuestras súplicas. Después amaneció y unos pescadores advirtieron que Onuk había aparecido de nuevo sobre los arrecifes, en el lugar de la primera vez y también casi muerto. Ya lo traían de regreso y pronto podría dormir entre los aromas sagrados.

Despertó para asegurar que su pensamiento era un vacío blanco, solo se contemplaba muerto en algún lugar y renacido maltrecho en aquella tienda de humos. Supimos que verdaderamente se llamaba Onuk y que había perecido para salvar a nuestro pueblo. Nada recordaba del demonio y sus palabras fueron sinceras, y aún con su pronunciación extraña y desajustada comprendimos que había perdido su esencia divina para renacer convertido en un ser nuevo. Preguntó si podía quedarse con nosotros y lo prevenimos de nuestro agradecimiento, porque por él celebrábamos la supervivencia. Entendió nuestras palabras, pero no su sentido, y supusimos que había entregado su memoria en pago a la desaparición del demonio. Aceptó no obstante, porque comprendió que jamás recordaría su pasado y nosotros supimos que estaba en lo cierto. Le ofrecimos hospitalidad y nos aprestamos a las celebraciones por su regreso.

No concluyeron aquí los beneficios de contar con Onuk, que además de ofrecerse para cuantas tareas requerían colaboración, nos sorprendió con la fecundidad de su ingenio, al elaborar una variante de su jaula que adaptó con singular éxito a la pesca del atún, procurándonos una abundancia y prosperidad desconocidas. Finalmente terminó por olvidar que olvidó su pasado y fue uno de los nuestros, lo que supimos porque encontró una familia, sonrió siempre y pareció feliz hasta fin de sus días. En nuestros cánticos evocamos al titán que vivió entre nosotros y portaba el alma de los dioses.


Blas Meca, con licencia Creative Commons

viernes, 30 de mayo de 2014

Sal muerta

A los que desertaron para saldar un deuda


Las casas blancas, los tejados blancos, las calles blancas, todo era blanco, excepto las rejas de las ventanas, de grueso hierro desgastado por un orín amarillo. Avancé por su única calle, una pendiente de salitre, y se apartaron a mi paso los visillos de una ventana. Dos ojos me siguieron, hasta que me detuve y miré hacia los visillos, que se cerraron ante mi mirada. Reparé en la sombra tras el umbral, que retrocedió unos pasos y se detuvo, pensé que segura de sí misma. Con un pañuelo enjugué mi rostro y acaricié el ala del sombrero, en un movimiento inconsciente que bien considerado no tenía demasiado sentido, porque el sombrero se mantenía en su posición original. Después continué ascendiendo por la pendiente, con mis ropas grises, sucísimas, oscurecidas por las manchas de sudor. Sin duda, la sal era omnipresente en aquel pueblo proscrito, un erial en el límite de la supervivencia.

En un cartel destartalado y corroído por la erosión, se leía vagamente hotel y baño, con letras que apenas se distinguían pálidas sobre un fondo desgastado de madera. Entré y no había nadie, el interior era espacioso y se me antojó relativamente limpio. El mobiliario se reducía a un conjunto de ocho mesas con cuatro sillas cada una y una barra de nogal que parecía carcomida por decoloraciones irregulares, pequeñas y continuas, que conferían al conjunto un color albino, supuse que también debido a la implacable corrosión de la sal. Los cristales de las ventanas me sorprendieron por su transparencia, aunque quizás fuera por la cegadora luz del exterior.

Permanecía indeciso, sin saber si retroceder y preguntar en la casa de los visillos, cuando apareció una mujer que me sorprendió por su belleza. En poco superaría la veintena y al instante me atrajo el melocotón de su piel, que seducía por cálido y grato a la vista. Sus ojos eran miel y su cabello azabache brillante, sin que me atreva a confirmarlo en su tono exacto, porque nunca he sido diestro en las sutilezas del color. Olía a un perfume desconocido y se presentó con una sonrisa que delataba su simpatía. Se llamaba Amista.

Se ofreció para servirme y a mi vez pregunté si era cierto el anuncio de la puerta, ese que apenas se leía pero donde se adivinaba lecho y comida. Me ofreció agua para reponerme de la sed y dijo que tenía buena vista para las letras borrosas y que acaso pudiera satisfacerme si me contentaba con poco. Una alcoba limpia, estofado de conejo y algún postre del lugar serían gratis, porque el hotel no funcionaba desde hacía muchos años y de nada servía el dinero en un paraje tan remoto, una salina perdida en el confín del mundo, donde jamás llegaba nadie. De hecho, yo era el primer hombre que veía, a excepción de su padre, que por algún lugar andaba, perdido en los recuerdos de su madre y acaso ocupado en ordeñar las cabras o dar de comer a las gallinas.

Para el baño hube de procurarme cinco cubos de agua, tres para una pequeña tina donde me prometía un feliz descanso y dos para enjuagarme después. Los obtuve de un pozo abierto en el destartalado patio interior donde se alzaba un cobertizo que servía de baño compartido para huéspedes. El espacio apenas era suficiente para colgar la ropa tras la puerta y aplicarse al baño, que forzosamente habría de ser con agua escasa, pero dilatado a voluntad y mejor a la caída de la tarde, cuando se aliviaba el sol y venía la noche, para que la sensación de frescura se prolongara hasta primera hora de la mañana. Me tendió el cubo, señaló al pozo y dijo que el resto era cosa mía. Añadió que lavara la ropa sin preocupación, se secaría antes de que saliera del baño. Por lo demás, era dueño del establecimiento hasta última hora de la tarde, cuando regresaría con la cena.

La porcelana de la tina estaba rota en varios lugares, mostrando un sustrato metálico y oxidado, y el agua era turbia, granulosa por el barro del pozo y muy caliente, atemperada por el bochorno que espesaba un aire casi irrespirable. En mi memoria todo se me antojaba difuso y enturbiado por la distancia. Tenía los labios agrietados y me escocían los ojos, supuse que por la sequedad de la sal. Me recosté en la bañera y quise creer que había perdido a mis perseguidores.

Me entretuve en planear mi huida junto a la ventana, mirando el mar de terrenos ocres y grisáceos que dejaba a mi espalda, un erial inhóspito que había reventado a mi caballo y me había obligado a proseguir a pie bajo un sol que casi me hizo desfallecer. Sólo la interminable fortaleza de mi voluntad para forzar un paso más me había traído hasta el último pueblo antes de la gran mancha blanca del mapa, un desierto de sal cuyas fronteras no estaban bien definidas y donde no había llovido jamás. Un territorio sin nombre ni referencias, puede decirse tan blanco como sin mácula, inundado por la sal, que se alzaba en enormes dunas hasta donde se perdía la vista.

La mujer llegó al anochecer y me presentó a su padre, Atatot, que era un hombre con la piel completamente acartonada por el salitre. Vestía una camisa blanca, unos sencillos pantalones negros y zapatos de un ante que me pareció cómodo. Portaba un sombrero de ala ancha, que se adornaba con una pluma negra, rota por el nervio y mellada en sus bordes. Lo que más reclamó mi sorpresa fue el color melocotón de su piel, tan similar al de su hija, aunque más tostado, y su rostro hendido por una infinidad de surcos. Debió advertir mi aprensión y me aseguró que no portaba ninguna enfermedad, que su cara tan arrugada se debía al clima extraordinariamente seco y a que en los límites del salar se envejecía deprisa. Me pareció que tomaba con humor mi sorpresa y supuse que podía confiar en él. Luego aseguró que Amista era una cocinera excelente, y que había preparado para nosotros un estofado hecho a conciencia, porque no conocía más compañía que la suya y yo era un hombre joven, así que podía echar cuentas fáciles. Lo acompañé hasta la mesa que había preparado su hija, que por supuesto cenaría con nosotros, porque yo no era un huésped sino un viajero al que prestaban ayuda. Asentí conmovido por su familiaridad y nos sentamos a la mesa.

Me contaron que vivían solos en aquel rincón desde siempre, que antes eran más vecinos, pero que las penurias y el hambre alejaron a los jóvenes y también a los mayores. Las salinas dieron algo en otro tiempo, y se podía decir que tuvieron una cierta prosperidad cuando llegaban los carromatos para llevarse la sal, pero luego abrieron carreteras desde la costa y se olvidaron de ellos para siempre, con lo que todo languideció y los vecinos fueron partiendo en busca de mejor fortuna. El porvenir de los hijos y una vida tan dura que no era vida disuadieron a los últimos, que partieron hacía ya más de veinte años. Desde entonces no había llegado nadie, ni un desengañado de la suerte o un curioso que recalara allí por casualidad. Solo quedaban ellos, una mestiza y un indio a los que no quería nadie. La madre era blanca pero él era indio de los primeros, los que siempre vivieron en aquellas tierras. Demasiados años solos, hasta que había llegado yo, tan exhausto y vencido por las calamidades. Debía comprender que hubiera despertado su curiosidad una novedad tan grande, y Atatot se disculpaba por haberme espiado tras los visillos.

Desperté muy temprano, entumecido por un intenso frío. Me sentía completamente anquilosado y el vaho se condensaba tras mis labios. Me arropé con las mismas mantas de las que me había desprendido por considerarlas innecesarias y conseguí dormirme de nuevo. Desperté temprano, con las primeras luces de la mañana, poco después de consumarse el alba, cuando el sol tomó presencia decidida y se alzó sobre el horizonte. Abandoné mi alcoba y me dirigí hacía el salón, donde aguardaban Amista y su padre, que ya habían desayunado. Me advirtieron que fuera diligente si deseaba aprovechar el día, porque tras las diez era incómodo permanecer en el exterior. Debo reconocer que no presté suficiente atención a sus recomendaciones, porque me demoré con unos sabrosos pasteles de sémola con miel y leche recién ordenada, que me entretuvieron hasta que el calor se convirtió en pegajoso.

Apenas me alcanzó el tiempo para recorrer de nuevo la calle del pueblo y constatar la decrepitud que se había adueñado de las construcciones. Algunas tenían los guardaventanas arrancados de su goznes, supuse que por los vientos encontrados, y otras habían perdido los cristales y dejaban entrever un interior como detenido por la cáustica sequedad del aire. Tuve que apresurarme para regresar cuando un calor sofocante se adueñó de la brisa y hube de retirarme a cubierto, al hotel, donde ya se encontraban Amista y su padre, entretenidos en limpiar el salón y adecentarlo para mi estancia, aunque a decir verdad yo lo consideraba suficientemente limpio, pero ellos insistieron en que era preciso prevenirse de la abrasión del salitre, empeñado en acortar la utilidad de los enseres domésticos, que retorcía y agrietaba hasta reducirlos a astillas, fibras u óxidos, según la naturaleza del objeto corroído. Amista me recordó su advertencia sobre el calor con una sonrisa, Atatot sonrió igualmente y se encogió de hombros. Luego se lamentó de que los animales y los huertos no entendían de urgencias ni comodidades, y dijo que nos abandonaría hasta solucionar unos asuntos urgentes con la gallinas, los conejos y las cabras, por ese orden, y el posterior cuidado de un jardín imprescindible para su supervivencia. No comería con nosotros en favor de la conclusión pronta de su labor, que apenas interrumpiría para reponerse deprisa y continuar hasta el atardecer. Se despidió reiterando su deseo de buenos días. Amista no tardó en concluir sus ocupaciones en el salón y se despidió también, asegurándome que regresaría en cuanto concluyera sus obligaciones.

Pasé la mañana al otro extremo del salón, absorto en el horizonte del otro lado, que alcancé sin más que cambiar de mesa junto a la ventana. Sobresalía una montaña de perfil agudo y altura considerable. Abrupta, muy abrupta, como un farallón inaccesible. Un promontorio en el centro de la planicie, que se presumía sal en mitad de la nada, a una distancia impredecible porque los espejismos imposibilitaban cualquier medida óptica. En los mapas del ejército, que había conocido en mi breve vida militar, buscando en las escalas adecuadas se encontraban los límites a la mancha, por supuesto irregulares, pero aproximadamente descritos, con penínsulas, islas y caminos en el erial, hasta una frontera que donde el color variaba gradualmente hacia el blanco inmaculado de su centro, sin una sola referencia, excepto la montaña, dibujada en su forma y con una leyenda que especificaba la imposibilidad de situarla con precisión, por la inexactitud de los instrumentos topográficos para trabajar en un calor tan extremo. Erraban en minutos e inclusos ángulos de sextante, por el dilatarse de los metales, que trabajaban a temperaturas demasiado elevadas.

A lo lejos, un farallón irisado por el sol de poniente, sobresaliendo al mar de tornasoles que se derramaba sobre las dunas. Después de la comida en compañía de Amista, que me divirtió con sus recuerdos de la mucha soledad y un agudo sentido del humor que despertó mi risa, salí al porche, acomodé los pies sobre la barandilla y permanecí abstraído en la lejanía blanca de la sal, hasta que se levantó un viento desapacible que me obligó a buscar cobijo en el interior. Amista me ofreció un refresco de hierbas y conversación para entretener la velada, y confieso que revivió en mí un deleite perdido, porque su hablar era letrado y erudito, causándome un gozo sin duda atribuible a las muchas penurias sufridas. Quise restar importancia a los méritos de mi compañera, pero lo cierto era que me embelesaban sus ojos de miel y el cabello tan negro, con esos pómulo marcados y los labios más oscuros sobre el melocotón de su piel. Suspiré para mí y pensé en las muchas privaciones del ejército. Después me concentré en las palabras de Amista, que para mí eran un bálsamo.

Poco después del crepúsculo, el padre de Amista apareció para la cena, con su sombrero de pluma y perfumado un aroma tan irreconocible como el que empleaba su hija. Le pregunté por su olor, que tan igual reconocía, y padre e hija coincidieron al unísono en su nombre. Observando mi confusión, me aclararon que usaban muchos perfúmenes para aliviar la calina, y que para mí eran iguales por novedosos, obtenidos de los cactus que enraizaban en la vecindad del desierto, aromáticos y muy útiles. El de Amista y el suyo eran diferentes, aunque por supuesto yo no alcanzaba a distinguirlos, porque para mí sus olores eran demasiado próximos. Dicho esto, y sin que cupiera transición en su diálogo, Atatot añadió que me perseguía una patrulla de cinco hombres. Después, sin cesar en su sonrisa, me preguntó por qué. Amista rió de esta revelación para mí dramática, y añadió con sorna que algo grande ocultaba tras mi cara inocente. Sonrió, sonreí, y Atatot rió abiertamente, en una inesperada complicidad.

Ignoro que me impulsó a sincerarme ante dos completos desconocidos. Supongo que pensé que no tenía nada que perder y apenas importaba mi confesión, porque mis verdaderos enemigos no eran ellos. Admití que era un desertor del ejército y que me buscaban para juzgarme y dar una lección a la tropa, porque si desertar un soldado era grave, desertar un teniente era peor. Una patrulla me buscaba para enfrentarme a un consejo de guerra, que sin duda tenía decidida una aleccionadora sentencia. Era preciso dar ejemplo, no se precisaba demasiado esfuerzo para comprenderlo si se admitían como premisas las razones militares. Por lo demás, lo cierto es que me harté de tanta desgracia y que tampoco entendía por qué permanecer donde intentaban matarme. Amista preguntó si estaba seguro de que pretendían matarme, y yo respondí que sí, especialmente cuando me encontraba en combate. Atatot rió de mi descripción del miedo, y Amista preguntó si era cobarde, a lo que respondí que sólo si había peligro por medio. Todos reímos y Atatot tomó buena cuenta de la gravedad de mis actos. Tras la cena, cuando el padre se había retirado con la excusa de una jornada difícil, Amista me preguntó qué pensaba hacer. Respondí que escapar, y miré tras la ventana, hacia el lejano promontorio que resplandecía bajo la luna. Murmuró que era imposible y se despidió con buenas noches.

Atatot me esperaba cuando llegué al comedor a la mañana siguiente. Me miró como indagando en mis pensamientos, y dijo que tenía cuentas pendientes con el ejército, que se llevaron a su hijo por la fuerza y se lo devolvieron muerto con una nota de agradecimiento. Me ayudaría para saldar una cuenta pendiente. Agradecí su oferta pero dudé de la efectividad de su ayuda, porque la patrulla había recuperado mi rastro y me encontraba atrapado ante una huida imposible. Sólo existía un camino y era prohibido, aunque de todos modos lo emprendería porque no quedaba otra opción. Atatot asintió y al instante supuso que necesitaría un guía para adentrarme en el desierto. Admití que sí y asintió de nuevo. Luego dijo que estuviera preparado, que saldríamos al oscurecer, que su hija se ocuparía de los detalles y que atendiera sus instrucciones, cuales fueran, porque ella sabía a qué me enfrentaba y yo no. Exigía obediencia incondicional.

Amista sonrió como reafirmándome en la opción de su padre, y me animó a que bebiese una copa que portaba en su mano. Después, apenas apuré un jarabe dulzón, me indicó como llegar rápido al aseo y advirtió que me diese prisa, porque acababa de beber un purgante francamente enérgico, y maldeciría mi suerte muy pronto. Corrí cuanto pude, sumiso a sus indicaciones y me alivié sin tregua durante más de una hora, al cabo de la cual reconocí mi alivio y pude levantarme de la letrina con una cierta confianza en mí mismo. Amista aguardaba en el salón y no se ocultó para reír de mi infortunio, advirtiéndome que sólo me hallaba al principio. Me ordenó que me sentará a la mesa ante un bol enorme, de una suerte de gelatina en gachas transparentes cuyo sabor era leve aunque pronto se convertiría en insistente.

Tras las gachas, que apure tres veces y sirvieron para que yo protestara en vano ante la risa de Amista, siguió un baño con hierbas acondicionantes y luego el mismo baño, ahora con un barro que vertió en la tina mi atenta asistenta, y que fraguó en un lodo adherido a mi cuerpo como una segunda piel. Sólo restaba impregnarme de un óleo que había de empapar el barro. Tras permitir que las manos de Amista frotasen mi cuerpo para extender el aceite, lo que me proporcionó un placer dichoso, el barro absorbió su disolvente y quedó depositada sobre mi piel una capa untuosa que me convertía en un ser blanco. Amista se separó unos pasos, para contemplar el resultado de su obra, y tras asentir a su trabajo me tendió un paño y dijo que me cubriera. Me apresuré a cubrirme y de nuevo sonrió ante mi torpeza. Se acercó a mí, me desprendió del paño que cubría mi vergüenza y volvió a colocarlo sobre mí, esta vez en el lugar correcto, ejecutando los pliegues y los nudos despacio, para que aprendiese adecuadamente. Le pregunté que para qué si ya me conocía desnudo y confesó que conservaría ese recuerdo, pero esos nudos y esos pliegues me permitirían correr mucho más cómodamente, lo que parecía oportuno para mi condición de prófugo. Tuve que reconocer que apreciaba su sentido del humor. Después adoptó una expresión solemne y me mostró un zurrón que había de llevar conmigo. Poca cosa, la misma gelatina que me hartara antes y una crema amarilla que en realidad era el mismo barro marfileño que impregnaba mi cuerpo, más diluido, que había de aplicarme para aliviar los pies.

Amista y yo nos reunimos con su padre, que nos esperaba en el porche, tan desnudo y blanco como yo, con un zurrón similar al mío. Sonrió, preguntó si me encontraba preparado y me tendió una pasta gomosa, de resina fermentada, que siguiendo sus indicaciones mastiqué suavemente. Después Amista besó a su padre y después a mí, lo que me hizo sentir agradecimiento y un deseo vago. Pregunté por qué no llevábamos agua, y me contestaron al unísono que la gelatina del cactus era suficiente y mejor. Reímos por la coincidencia y Amista inició la despedida. Asegúrate de volver, asegúrate de que vuelva, dijo, y después nos deseó suerte y se alejó risueña, asegurando que no le gustaban las despedidas y que hacía mucho frío. Atatot miró al erial blanco, que resplandecía bajo la luna y me invitó a que lo acompañara. Emprendió una carrera suave y lo seguí. Pregunté por qué íbamos descalzos y me respondió que la piel del calzado se cuarteaba en el salar y se tornaba áspera y rígida, y que su roce insistente solía provocar peligrosas heridas. La sal, muy fina aún, crujía bajo nuestro pies.

Me sorprendió que mi carrera fuera tan fluida y sosegada, próxima a la carrera de mi guía. Durante algún tiempo me perdí en mis pensamientos, mientras la sal se quebraba bajo nuestro peso. A mi alrededor ya todo era blanco, plateado por la luna, en un paisaje que no parecía de este mundo. Muy al fondo, la gran montaña que presidía nuestro viaje, afilada y esbelta. Entonces pensé en un hombre atravesado por una bayoneta y recordé el horror de la guerra. Me alegré de haber escapado y lo sentí por los que permanecieron luchando, cualquiera que fuese el resultado de la batalla. Por mi parte había tenido suficiente, prefería cualquier otro destino, incluso morir en aquel abismo blanco. También pensé en mi pueblo perdido, al otro lado del país, y en tantos soldados que había conocido en mi corta experiencia militar, en cómo murió mi teniente y me honraron con su rango solo por consolarlo en la agonía. Después, aquella guerra que jamás podríamos ganar, con tanta sangre y tanto muerto que se me nubló la razón y escapé con el único deseo de regresar a mi casa. Solo quería eso, salir de allí y regresar a mi casa. Al instante sentí que me disparaban los míos y supe que era un desertor y me cazarían para escarmiento de cobardes y advertencia a la tropa.

La carrera no suponía ningún esfuerzo a mis pulmones ni mis piernas, y me permitía recrearme en el paisaje, que ahora se rompía con dunas suaves en la distancia. Atatot se desvió hacia la derecha y ascendió a la primera duna, no demasiado alta. Se detuvo y me esperó, luego murmuró que nos detendríamos. Pretendí saber cuánto y respondió que lo suficiente, luego esbozó una mueca. Me preguntó si sentía fatiga y por mis pies, también si notaba mareado o sentía frío. A todo respondí que no, y dijo que bien, muy bien. Comprendí que se burlaba de mí y debió leerlo en mi rostro, porque añadió que sus preguntas guardaban una intención. Reconozco que me sentí confuso por el tono confidencial que adoptaba conmigo, y en un tono igualmente irónico insistí en mi interés por conocer qué había pensado para mi futuro. Sonrió, recordándome a su hija en la sonrisa, y contestó que de tal palo tal astilla. Otra vez leyó mi sorpresa y explicó que le resultaba muy fácil leer mis pensamientos, porque para un indio como él mi rostro era el umbral del alma. Añadió que eso era bueno y malo al tiempo, pero que tampoco había de importarme mucho, porque todos los hombres eran predecibles. Señaló donde debía encontrarse el pueblo, que ya solo era una sombra perdida en la distancia, y aseguró que la patrulla llegaría muy pronto. Por Amista no había necesidad de preocuparse, añadió anticipándose a mi pregunta, porque la patrulla solo encontraría un paraje desierto. Lugares para esconderse había muchos, aunque yo no viera ninguno, y los soldados serían aún más ciegos, porque a la postre yo solo era tuerto. Me sorprendiste tras los visillos durante tu llegada, así que no eres tan torpe. Intuición no te falta, aunque esté dormida. Luego, pareció adoptar un tono más serio, aseguró que era penoso despedirse de un paisaje tan bello, esbozó una mueca de disgusto y me animó a que continuásemos la carrera.

Descendimos de la duna y corrimos por una planicie donde sobresalían colinas que ondulaban la distancia, siempre presidida por la montaña lejana, un picacho en el horizonte. Atatot corrió a mi lado y mientras corríamos me explicó que a pesar de su carácter irónico sentía apreció a mi persona, porque le recordaba a su hijo, que también tuvo cuentas con el ejército, pero encontró peor destino. Por eso me ayudaba y solo por eso, y en cuanto a sus preguntas de antes, la resina que masticaba servía para aliviar la fatiga y apenas decreciese su efecto debía sustituirla por más que encontraría en el zurrón, dentro de una bolsa preparada por Amista. Las molestias en los pies, que aparecerían pronto, debía mitigarlas con la crema amarilla, el frío, que no sentí pese a encontrarnos muy bajo cero, se debía al barro que impregnaba mi cuerpo y me protegería igualmente del calor y la deshidratación. Por lo demás, la pregunta sobre el mareo obedecía a la mucha gelatina de cactus ingerida, que pese a la voluntad y su receta, no siempre encontraba buen acomodo en el estómago, sobre todo por la mucha cantidad. En porciones discretas, las que ingeriríamos en nuestra travesía, era saludable, incluso digestiva.

Durante toda la noche corrí al ritmo que marcó Atatot, sin que pueda atribuir mi fortaleza más que a la resina amarga que mastiqué hasta deshacerla en mi boca. Después, corría un poco más y apenas notaba débiles las piernas o se enrarecía mi aliento, aminoraba la marcha lo imprescindible para abrir el zurrón y pellizcar un poco más de resina. Atatot mostró una conversación afable mientras se entretenía indicándome las irregularidades que le ayudaban a orientarse en el terreno. Observó que no todas las sales eran iguales, ni en la textura ni el tacto a la pisada, por supuesto tampoco a la vista o el sabor, y que los promontorios en apariencia aleatorios no lo eran tanto, y aunque variaban continuamente, su movimiento era fácil de predecir porque obedecían al viento. También era preciso estar atento a la disposición de suelo, que solía adoptar dibujos geométricos en respuesta a los cristales de sal, ya fuera en grandes placas hexagonales o en polígonos que pese a su carácter irregular ocultaban un patrón. Leer estas señales era casi un arte de sus antepasados, y explicarlo era tan difícil como inútil, porque algunas cosas solo se aprenden de niño. El alba llegó y el sol se alzó en el horizonte. Atatot se detuvo en mitad de una inabarcable planicie de sal y aseguró que dormiríamos allí.

La segunda noche corrimos igualmente y dormimos en un refugio excavado apenas despuntaba el alba. Nos cubríamos con un techo de lona que afianzamos con sal, bajo el que nos ocultámos durante las horas diurnas. Apenas se alzaba el sol, al frío de la noche le sucedía un fuego insoportable. El calor era incandescente, lo sentía vibrar sobre mi cabeza, como un infierno que nos calcinaría si osábamos salir de nuestro escondite. Atatot me confirmó que la temperatura en el exterior era altísima y resultaba complicado sobrevivir sin tener práctica con ciertos trucos que más tenían relación con el espíritu que con la materia. El barro ayudaba, pero moverse en las horas centrales era difícil, muy difícil. Después, por invitación de Atatot, nuevamente la resina amarga mitigó nuestros sufrimientos y nos permitió un sueño provechoso. Pese a nuestra cobertura, la luz era tan cegadora que persistía al cerrar los párpados. Aún con este inconveniente y el calor insoportable, dormí con un sueño denso y reparador, sin recuerdos posteriores. Al despertar a la caída de la tarde, Atatot insistió en que me embadurnase los pies con la crema y reparase el barro de mi cuerpo. Encontraría lo necesario en el zurrón, dispuesto a mi alcance por las manos invisibles de Amista, de la que tuve grato recuerdo por el orden impuesto en la bolsa y porque se anticipaba a mi torpeza. Después, apenas descendía el sol, me apresuraba para comer atropelladamente un poco de la gelatina del cactus y reemprendíamos la carrera.

Antes de ocultarnos para eludir el calor, Atatot señaló hacia donde se encontraban nuestros perseguidores, puntos minúsculos en la distancia, y me advirtió que habían recuperado gran parte de nuestra ventaja por haberse adentrado con caballos en el salar. El explorador y guía de la patrulla contaba con cierta experiencia, porque también se habían detenido para improvisar un toldaje, según vislumbraba en la distancia. Nosotros permanecíamos ocultos a sus ojos, que aunque oteasen en la dirección correcta no podrían encontrarnos, por nuestra pintura corporal, que además de protegernos del calor y el frío nocturno, nos confundía con el paisaje blanco. Comimos gelatina de cactus para reponer nuestras fuerzas y no acurrucamos en nuestro refugio, cubiertos por la lona que nos aislaba, al menos parcialmente, del infierno desatado a nuestro alrededor apenas el sol ascendía en el horizonte.

Al atardecer, dos caballos de nuestros perseguidores habían muerto. Los reconocimos como puntos negros que permanecían inmóviles. Confieso que sentí lástima, nunca me agradó el espectáculo de los animales moribundos. Intenté vislumbrar si se movían y me pareció que no, así que supuse que ya estaban muertos. Atatot señaló que otra vez habían acortado distancias y que demoraríamos nuestra marcha para permitir que se acercaran aún más. Pregunté si no sería sensato alejarnos para dar ventaja a nuestra huida, y Atatot respondió que manteniéndonos cerca los obligábamos a seguir nuestros pasos e impedíamos que abandonasen su persecución para volver después con más tropa, o con exploradores del salar que supieran como enfrentarse al desierto.

Amanecía cuando Atatot aseguró que cuando muriesen los restantes caballos sería el momento de dirigirnos hacia la sal muerta, y señaló al promontorio que destacaba en la distancia. Me interesé por el objetivo que habíamos fijado como meta de nuestra huida y Atatot respondió que el inconveniente se hallaba más en la posición que en la lejanía, porque en realidad no se encontraba donde pretendía la vista. Pregunté si no hubiera sido conveniente traer una brújula para orientarnos en lugar de caminar con la montaña central como única referencia. Atatot sonrió antes de asegurarme que no era el primero en tener una idea tan espléndida, pero que desafortunadamente las brújulas eran inútiles allí, porque bajo la sal existían materiales magnéticos que falseaban el norte señalado por la aguja. Tampoco debía engañarme con la montaña central, que en ningún momento nos serviría de guía, porque no avanzábamos hacia ella, aunque así lo apreciasen mis sentidos. Concluimos nuestro refugio y nos entregamos a la rutina de comer la gelatina de cactus y aplacar el sufrimiento de nuestro pies con la pasta amarilla, que además de refrescante procuraba una rápida cicatrización de las muchas heridas que sangraban tras nuestra jornada. Atatot explicó que además del alivio que suponía al escozor de la sal, evitaba que la sangre de las pisadas delatase nuestras verdaderas intenciones.

Tras el segundo día de sol implacable, nuestros perseguidores abandonaron sus caballos, que permanecieron exhaustos en el mismo lugar donde habían dormido sus amos. Atatot me pidió que esperase justo donde me encontraba, acostado sobre el suelo, si lo prefería contemplando las estrellas, porque él regresaba para enmendar un hecho que no era de su agrado. Antes de marcharse me advirtió que si se acercaba la patrulla debía mantener la calma y permanecer inmóvil, porque el barro de mi cuerpo me confundía con el paisaje y era posible pasar a escasísima distancia sin reparar en mi presencia. Después retrocedió borrando nuestras huellas y me advirtió que lo esperase allí mismo, y que en caso de que tuviera que escapar porque viniesen directamente a mi encuentro, me cuidase de ocultar mis pisadas. Él sabría encontrarme, añadió antes de perderse en la plata nocturna. Miré al cielo y vi las constelaciones de la noche. Intenté orientarme.

La luna se ocultaba cuando regresó Atatot. Anunció el sacrifico de los caballos, que agonizaban sin posibilidad de salvación. Los degolló rápida y silenciosamente, para aliviar sus sufrimientos, y luego siguió el rastro de la patrulla, que ahora avanzaba a pie y pronto se encontraría caminando en círculos hacía la izquierda, porque sus pasos derivaban hacia ese lado. Las bestias son mas fiables que los hombres para caminar, añadió, y luego me invitó a que prosiguiésemos nuestra carrera, ahora en una dirección que confundiría a la patrulla en nuestro beneficio. Durante el resto de la jornada trazamos un amplísimo círculo que envolvió a nuestros perseguidores, hasta encerrarlos de modo que pronto encontrasen nuestras huellas. Abandonamos nuestros pasos y borramos el rastro, luego nos ocultamos a una distancia prudencial, donde mi compañero aseguró que nos encontraríamos a salvo, y aguardamos en silencio absoluto, porque el sonido podía delatarnos. Tal y como habíamos supuesto, encontraron nuestras huellas y acamparon junto a ellas. Tendieron un toldo y se recostaron a la espera del sol. Bebieron agua racionada y se dispusieron a esperar el sofocante calor, que llegó tras nacer la mañana y convertirse el aire en un miasma irrespirable. Antes de dormir, Atatot me tranquilizó respecto a nuestra posición. No estábamos tan cerca como mostraba la vista, encontrarnos allí o muchísimo más lejos era igualmente peligroso. Embadurné mis pies con la crema y me preocupé por las llagas, que ocupaban una extensión importante pero eran indoloras, como escamas descarnadas que no supurasen ningún fluido.

Me sorprendí de no haber orinado ni sentido necesidad de aliviarme desde que iniciáramos nuestra travesía. Atatot sonrió maliciosamente. Tampoco había sudado ni exhalado vapor mi aliento, pese al frío de la noche. La pulpa del cactus proporcionaba el doble efecto de bastarme para la subsistencia e impedir que el agua escapase de mi cuerpo. Aún así, nos deshidratábamos lentamente y nuestra vitalidad mermaba en consecuencia. En cuanto a nuestros perseguidores, de ser sensatos se habrían vuelto ya, así que solo cabía esperar a que recobrasen la cordura.

Durante nuestra siguiente carrera nocturna, advertí a Atatot que habíamos perdido el rumbo y que podríamos orientarnos por las estrellas, porque sin ser un experto sabía guiarme por ellas. Una vez más se burló de mi ignorancia, y me explicó que la ubicación de las estrellas estaban tan distorsionada por la atmósfera que era imposible que yo acertara a ubicarme por ellas. Incluso podrían ocurrir inversiones completas de cardinalidad, lo que no era muy favorable a la orientación correcta. La sal y el instinto eran mucho más seguros, y me señaló que la montaña central parecía ahora mucho más pequeña, cuando sin embargo nos encontrábamos más cerca. Luego sonrió y dijo que me quedaba mucho por aprender. El centro del salar no era lo que yo imaginaba, sino algo muy distinto. Continuamos corriendo, miré hacia atrás y presentí a nuestros perseguidores. Atatot adivinó mis pensamientos y me tranquilizó, ahora la patrulla describía un gran círculo. Sus reservas de agua mermaban y pronto no serían suficientes para regresar.

Una noche más corrimos mientras la luna decrecía imperceptiblemente. Pese al fulgor plateado que reflejaba el paisaje, las estrellas brillaban nítidas en el cielo oscuro. Según mi saber nos dirigíamos hacia el oeste, aunque Atatot declaró que hacia el noreste, hacia la montaña cada vez más pequeña. Objeté esta evidencia a mi compañero, y tras reprenderme por tan escasa confianza, aseguró que la montaña disminuiría conforme nos acercásemos a ella, porque apenas era un espejismo magnificado por la distancia. De momento, y señaló al cielo para dar fe a sus palabras, nos aguardaba una tempestad de sal, lo que sería malo para nosotros y peor para nuestros perseguidores, que ya deberían haber descubierto el engaño si eran buenos en su oficio.

La tempestad de sal se despertó tras la aurora y nació como un incendiarse del sol, que se cubrió con una neblina que difuminaba su brillo. Luego sopló un viento despiadado, primero una brisa hirviente que recalentaba los ojos y después un fuego dolorosísimo, cargado de diminutos cristales de sal que consumían el barro blanco de mi piel y lo menguaban con una despiadada erosión. Antes de entregarse al sueño, Atatot bromeó sobre la habilidad de nuestros compañeros para protegerse de aquella ventisca abrasiva. No me dormí apenas cerrar los ojos, como en las jornadas anteriores, sino que permanecí abstraído en mis pensamientos, atento al furor lechoso que parecía haberse adueñado del exterior. El viento aullaba y había temblar el techo de lona, nuestra única protección, que sin embargo parecía perfectamente sujeta. Me atreví a acercarme a la salida de nuestro refugio y aventurar una mano fuera. Al instante la retiré presa de un terrible sufrimiento. Se había descarnado en los nudillos y las llagas escocían por la sal que había causado la herida. Me apresuré a repararla con la pasta de la mochila. Luego me pareció escuchar la risa de Amista y me sentí confortado por su recuerdo. Mi última imagen fueron sus ojos tan bellos y el rostro de melocotón.

Me despertó Atatot, con el sol muy bajo. Habían sobrevivido tres de nuestros perseguidores, envueltos en el toldo que les había servido de amparo. Con una determinación que solo calificaba de suicida, recogían para proseguir la caza, así que no cabía demorarnos más, nos dirigiríamos hacia la montaña, que apenas era nada en el horizonte. Antes de reemprender nuestra carrera, giré completamente sobre mí mismo, para contemplar la plenitud del paisaje. Aplacada la tempestad de sal, nos encontrábamos en un planicie sin límites, llana como un espejo, blanca como la luz mas pura, incendiada por sol rojo de poniente, que se extinguía en un horizonte inabarcable, curvo, sin mácula, sin irregularidades, solo un discreto promontorio en mitad de la nada circular, con perfil abrupto y reflejos que parecían irradiar la noche naciente con los fulgores del atardecer. Atatot me devolvió a la realidad, teníamos prisa por llegar a la hondonada de los muertos.

Dos días nos dirigimos hacia la montaña, que mermaba en respuesta a nuestros pasos. Atatot me confesó que había llegado a la certeza de que nuestros perseguidores conocían bien la mancha blanca, porque tanta locura era impensable en alguien sensato, por mucho que obedeciera órdenes o lo arrastrase la venganza. Admití que mi paso por el ejército había suscitado algunos rencores, por negarme a las órdenes criminales y respetar la vida de las mujeres y los niños. Atatot sonrió y confirmó para sí, pero en voz alta, que yo era un soldado muy raro, que donde se había visto un soldado con escrúpulos. Sin duda la disciplina militar fracasó contigo, añadió riendo, y me apresuró en la carrera. La montaña desapareció completamente.

Con nuestros perseguidores muy cerca, entramos en la depresión de lo que parecía un cráter. En su centro se alzaba la montaña, reducida a un promontorio de rocas empapadas en sal, enorme pero no tanto como para divisarse desde el exterior. El calor, aún nocturno, era insoportable, sentía que se cuarteaba el barro de mi piel y así se lo hice saber a Atatot, preocupado por una situación que se me antojaba peligrosa. Me consoló e intranquilizó en igual medida, porque aseguró que allí todos estábamos muertos y corrió por la pendiente, dejándose arrastrar por su carrera. Apenas seguí sus pasos sentí que perdía el equilibrio y me precipitaba rodando ladera abajo, tanto que pronto distinguí el fondo del cráter, de un color oscuro, irreconocible entre la plata salina. Miré sobre mi cabeza mientras intentaba detener mi descenso y me encontré próximo al fondo del cráter. El calor era sofocante, el olor podrido y áspero. Me contuvo una capa de grava fina y me detuve sobre una explanada tan lisa que parecía pulida. No di crédito a mis ojos.

Sobre un suelo tan cristalino que parecía fraguado y derretido eternamente, un ejército de cadáveres parecía momificado e incorrupto para dar testimonio de su agonía. Me encontraba en el escenario de una batalla tan cruenta como la que yo mismo había vivido, aunque las armas empleadas parecían más toscas. Corazas, escudos, yelmos, espadas y lanzas, catapultas y caballos momificados, alrededor de un promontorio cuya forma era la que había guiado mi travesía, pero mucho más pequeña, insignificante en la comparación y sumergida en el interior de aquella hondonada oculta al exterior.

Caminamos entre muertos que parecían surgir parcialmente de la tierra y se mostraban resecos y convertidos en recuerdo de lo que fueron. Intenté preguntar y Atatot me ordenó silencio, porque nos encontrábamos en un lugar sagrado. Permanecí abstraído en el terror de la batalla, fascinado por los cadáveres que surgían incólumes de la tierra, convertidos en huesos y piel que se me antojaron más allá de la descomposición de la carne. Algunos se armaban con metales decrépitos e inservibles para luchar, otros se protegían con escudos igualmente inútiles, todos habían muerto en un pasado muy lejano. Avanzamos entre despojos que emergían del enterramiento y se alzaban al cielo en una última súplica. Me sentí sobrecogido.

También había caballos fosilizados en el trote o al paso, con jinetes ya convertidos en jirones a su lomo, tan decrépitos como su montura, valientes en la última proeza. Tras un sendero de miembros amputados y restos humanos, descubrí los carros de guerra, con cuchillas que sobresalían a las ruedas, inutilizadas por la decrepitud, rotas y desechas junto al carro y su auriga, que no solía yacer lejos, como si el deber obligase su presencia. Un hombre parecía gritar al ser ensartado por una pica, otro mostraba el asombro bajo su cabeza rota por la espada. Los cuerpos parecían serenos en su horror, como si el instante postrero les hubiera sobrevenido en calma, lo que contradecía el espanto de aquel escenario. Durante casi dos horas avanzamos sobre el fondo espejado, tan liso y brillante que parecía agua. Pasamos junto a la base de la montaña de piedra, ahora reducida al farallón que presidía la contienda, y Atatot señaló donde pisábamos, de un color ocre resplandeciente. Nuestras huellas brillaban más claras, antes de perderse en el tono macilento que dominaba la escena. Atatot señaló el suelo y murmuró que era sangre. Reparé en un regusto dulzón tras el salitre del aire.

Centrando aquel escenario espectral, la montaña parecía presidir la batalla, como si su posesión justificase un motivo o enarbolase una causa. Pregunté en voz alta quienes eran todos aquellos muertos y qué era aquella atalaya que se alzaba en mitad del cráter. Atatot se detuvo un instante, miró a nuestro alrededor y dijo que nos encontrábamos ante un recordatorio de la estupidez humana. La historia real de aquel secreto en la sal requería una explicación más cómoda, ahora lo preciso era salir del cráter. Nuestros enemigos ya habían iniciado el descenso y debíamos escapar de allí cuanto antes. No por ellos, que jamás alcanzarían la otra orilla, sino porque nuestro barro se agrietaba por un fuego imposible de describir. Mis pies sangraban abundantemente, como los suyos, por la abrasión extrema del suelo y porque la sangre de los muertos reclamaba nuestra sangre, y mis labios, por si no lo había advertido, se encontraban en carne viva, hervidos por un calor que no percibía pero que era real y agostaba mi cuerpo. Debíamos escapar cuanto antes.

Durante la ascensión de la ladera, vitrificada por la incandescencia de la sal, me detuve para mirar hacia la llanura de los muertos. La sangre era negra en la noche de plata, con la luna sobre la montaña que presidía la locura de los hombres. Escuché el clamor de los difuntos en el estruendo de la contienda, en súplicas distintas y dolores rematados al instante, entre desgarradores lamentos, olvidados para siempre y suspendidos allí como testimonio de su propia extinción. Reparé en los puntos de nuestros perseguidores sobre la llanura y comprendí que se detenían desfallecidos, derrotados por una voluntad que se rendía ante aquella escena aterradora. Atatot me arrancó de mi espejismo, debía continuar ascendiendo, no soportaríamos el calor que flotaba en la caldera.

Ya a salvo de la mortífera hondonada de sal, sobre la otra orilla, reparé en las ciclópeas dimensiones de aquel accidente geográfico. Atatot permaneció en pie, absorbido por la inmensidad del paisaje. Luego cantó, con una voz triste y arrastrada por el viento incandescente. No entendí sus palabras, pronunciadas en una lengua extraña. Se arrodilló al borde del abismo y oró unos minutos, con una cadencia melódica y ajena a mis oídos, con súplicas que me parecieron respetuosas, disculpas por turbar la paz de los difuntos. Después me miró y aseguró que nuestra aventura casi había concluido, que solo restaba volver, lo que también tenía su mérito. Miró hacia la forma de piedra que sobresalía a la hondonada, y dijo que las leyendas de su pueblo hablaban de un gran fuego que cayó del cielo, sin duda allí, durante el curso de una gran batalla que se detuvo congelada en el tiempo. La forma central era como el reflujo de la gota que cae y rebota en respuesta al impacto contra una superficie y la ruptura de sí misma. Las leyendas más antiguas aseguraban que ardió sal sobre sal y todo se detuvo en un colapso que se creyó definitivo. Después de muchas lunas, cuando aclaró el huracán recalentado y salobre, una montaña había nacido en el centro de la gran mancha blanca.

Conforme nos alejábamos de la llanura de los muertos y el cráter quedaba atrás, la montaña recobraba protagonismo y parecía más grande, un efecto óptico debido al aire recalentado, que obraba como una lupa, alterando los tamaños y la percepción de las distancias. Lo que se contemplaba desde los límites exteriores de la mancha en realidad no había existido nunca, sólo era un error de los sentidos, como casi todo en aquel desierto maldito. Advertí que me escocían los pies y reparé en que dejaba tras de mí un rastro de sangre. Nuestras pisadas desaparecían engullidas por la sal.

No sabría precisar si regresamos por el mismo camino o por uno diferente, me pareció un espejo de sales cristalizadas, pulidas por un sol implacable. Corríamos desde al alba al crepúsculo, pero liberados de nuestros perseguidores el esfuerzo parecía liviano. Atatot se mostraba más alegre, aunque siempre precavido con el sol y los cuidados de los pies, castigados hasta lo indecible, convertidos en dos heridas abiertas que sangraban abundantemente. Estimé la conveniencia de vendármelos o embozarlos con cualquier tela, con la misma lona que techaba nuestro cobijo, pero Atatot me advirtió que no serviría y quizás favoreciese una gangrena, mientras que la sal garantizaba una buena cicatrización. Si se cumplían las etapas previstas, en cinco lunas nos encontraríamos de regreso, porque saldríamos de la sima de los muertos en línea recta, a diferencia de la ida, cuando usamos distintas estratagemas para confundir y perder a la patrulla. Restaba tener paciencia y no desfallecer, porque ya corríamos al límite de la flaqueza y nuestro vigor menguaba rápidamente.

Amista nos esperaba en el porche y saludó con los brazos en la distancia. Apresuramos la carrera, animados por la conclusión del regreso, y pronto alcanzamos el hotel. Amista besó a su padre y luego a mí apasionadamente. Sentí un indicio de amor correspondido y respondí al beso de Amista. Tosió Atatot para recordar su presencia y me disculpé por mi atolondramiento. Con fingida solemnidad, declaró que daba por cumplida su promesa de volver y que esperaba viento del salar, que estaba harto de tanta fatiga e iría primero al baño, que yo esperase mientras terminaba de arrancarse la amargura, el barro, la crema y cuanto había servido para nuestra supervivencia. Dirigiéndose a su hija añadió que no estaría mal algo diferente a la gelatina de cactus para cenar, y que cuidara de mí, que no era malo. Preguntó también por su sombrero, porque un hombre no era nada sin su sombrero, y desapareció en busca de un merecido descanso.

Sin desprenderse de mi mano, Amista me confesó que a la patrulla sucedió un pelotón de soldados, que esperaron en el hotel cuanto desearon, hasta que el calor y la desidia los convencieron de que el desertor y la patrulla se habían perdido para siempre en el salar. Se marcharon al amanecer, como deseosos de adentrarse en el sopor de mediodía. Los vio alejarse desde el mismo porche, donde regresó cuando ellos se marcharon sin advertir su presencia. Después reconoció que había temido por mí. Atatot era un indio antiguo y sabía sobrevivir, pero que yo hubiera escapado al desierto le parecía imposible, incluso bajo la tutela de su padre. Bastaba un error, un desfallecerse, y la sal me habría engullido para siempre. Lo que hubiera encontrado durante nuestra aventura solo era una pequeña muestra de lo que el desierto reservaba a sus visitantes. Quiso saber si habíamos vadeado ríos de salmuera, que se deslizaban como torrentes coagulados, y si vi los esqueletos gigantes de las ballenas y los fósiles primigenios. También se interesó por los gusanos, larvas del salitre decía su padre, algunos venenosos, de los que convenía cuidarse, y por los escorpiones y otras criaturas peores. Nada sabía de eso y así lo expliqué a Amista, y se lo confirmé con una tímida caricia que no pude evitar ni me produjo arrepentimiento. Amista se apartó de mí un instante, me miró a los ojos, sonrió con sus labios de melocotón y preguntó cuál sería el destino de un hombre olvidado. Encontrar amigos, disfrutar de un hogar y quererte para siempre.


Blas Meca, con licencia Creative Commons