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martes, 30 de junio de 2015

Kalhat XIX

- XIX -

Resistimos las acometidas de la Reina Negra durante casi una luna. Al principio, poseídas por el frenesí de las primeras jornadas del asedio, las bestias atacaron a plena luz del sol y entre el cobijo de las sombras. No fueron ataques decididos. Las panteras habían permitido que su ferocidad cediese a los imperativos de la prudencia y, más que un abalanzarse ciego sobre Kalhat, su acometida era un tentar los senderos del páramo, un discernir donde aposentar la huella sin que aguardase una espina envenenada. Nos sonrió la victoria mientras su temeridad favorecía nuestros esfuerzos, porque la acción de unas cuantas máquinas lanzadoras de flechas tornaba el avance de nuestras enemigas en una huida desordenada y presurosa.

Pronto comprendió la Reina Negra que el ataque nocturno era más conveniente para su causa. Amparadas por las tinieblas, sus hijas inspeccionarían el páramo sin que ninguna defensa humana restase meticulosidad a la búsqueda de un camino entre las espinas. Lo descubrimos al alba, cuando la alarma de los vigilantes advirtió del peligro y las panteras se encontraban muy cerca, tanto que uno de aquellos monstruos consiguió llegar hasta la empalizada y seis guerreros sucumbieron antes de que una lanza se hundiese en el corazón de la bestia. Obedeciendo las órdenes de Adsler, un vendaval de flechas restableció la calma. El amanecer nos mostró un páramo salpicado de cadáveres.

Inmediatamente se tomaron medidas para evitar la nocturnidad de las panteras. Adsler embozó una flecha con estopa y brea, y apenas transcurridas las vacilaciones para escoger el arco apropiado, una centella ardiente surcaba los cielos. Pronto fue un punto de luz en la lejanía. Esa misma noche, una lluvia de antorchas rompería las tinieblas. Se reclutaron a cuantos alguna vez se distinguieron por el acierto de sus ojos y se les encomendó que luchasen contra la oscuridad, se prepararon flechas embozadas para renovar las luminarias del páramo y se dispusieron tinajas que contenían en su interior agua y una tinaja menor, sellada herméticamente, que guardaba el peligroso metal blanco. Las catapultas diseñadas por mi maestro lanzarían en múltiples ocasiones aquellos artilugios incendiarios. En la violenta colisión contra el suelo del páramo, las tinajas estallaban en mil fragmentos y el metal blanco ardía al contacto con el agua. Así, entre sobresaltos y peripecias de diversa índole, sobreviviríamos al ataque de las panteras durante casi una semana. Progresivamente se espaciaron las acometidas, como si el hastío se adueñara de nuestras adversarias o la Reina Negra desconfiara de su victoria.

El desaliento cundió entre nuestros guerreros, hasta que un castigo ejemplar ahuyentó el peligro que amenazaba a la tropa. Concluía el resplandor que precede al alba cuando Uk encontró dormido a uno de los vigías. La ejecución, celebrada en el mismo escenario que sirviera a Elm para consumar el crimen de las vírgenes, mostró las consecuencias que ocasionaría la desgana en el cumplimiento de las obligaciones militares. Me sorprendió que Uk no exhibiese la crueldad que siempre lo había caracterizado ante sus mercenarios. Adsler, que presenciaba la ejecución a mi lado, intervino para señalarme la evidencia.

―Considera que el espíritu militar es solidario con sus iguales. Para Uk, antes que el desprecio por el género humano, prevalece el respeto que siente por la guerra. El reo es un soldado y la falta por la que se le condena es una falta grave. Muy grave, según las prioridades de Uk. Pero observa que no ha desprendido al reo de sus insignias. Aún terribles, las vicisitudes de la lucha son honorables ―susurró Adsler.

―Pero la naturaleza de Uk debería haberse manifestado con su brutalidad habitual. Ese hombre ha desobedecido las órdenes de sus superiores y Uk, que no repara en torturar a un inocente, debería haber juzgado la indisciplina como el más abyecto de los delitos.

―Uk conoce la fragilidad de su nombramiento. También presiente la vigilancia de Zhor, aunque no pueda confirmar esa vigilancia ―admitió mi maestro.

―No me parecen causas que justifiquen su misericordia. El asesino no se detiene ante los crímenes ajenos, sino que se embriaga al descubrir su maldad.

―¿Misericordia? ¡Ese infortunado se enfrenta al verdugo! ―exclamó Adsler.

―Uk conoce tormentos peores que la muerte. ¿Qué motivos esgrimirás para justificar su condescendencia?

―El ejemplo de Elm y la vigilancia de Zhor ―concluyó mi maestro.

Mi pensamiento buscó la enloquecida figura de Elm. Distinguí su silueta al fondo de una rambla desecada y recordé que, según algunos testimonios, había conseguido romper parcialmente el casco de su prisión y luchaba por su supervivencia con el desproporcionado vigor de la locura. Una grieta próxima a la boca le permitía ingerir algunos alimentos que empujaba hacia los labios con el auxilio de una cuchara de madera. Al principio se entretuvo en la preparación de papillas de mijo y unos tasajos de carne. Después, ya completamente enloquecido por los exiguos confines de su destierro, lo encontraron mientras devoraba los tuétanos de un cordero sacrificado para la tropa, y mientras se entretenía con un macerado de larvas e insectos de los vegetales. Nadie le prestó socorro ni tuvo para su locura más que un sentimiento de venganza. Yo, por el pudor de no apartarme del comportamiento social o por la vergüenza de que me reconocieran como un alma débil, también me abstuve de liberar al antiguo tirano de su prisión. Ahora, cuando la vejez alumbra mis memorias, me arrepiento de no haber socorrido a un espíritu atormentado.

No me detendré en los escarceos que precedieron a la batalla final. Nuestra espera y nuestra desolación ya no cuentan con la importancia que les atribuimos mientras fueron el presente. Recuerdo que el destino de Kalhat se consumó en la inmensidad de una madrugada y que los cielos de la primavera me habían alarmado desde primeras horas de la noche con un inquietante borboteo de nubes. En mi memoria renace el silencio del bosque lejano, el centellero de un enjambre de luminarias sobre el páramo y las hogueras donde las meretrices habían vuelto a desplegar las tentaciones propias de su oficio. Los instintos de lobo y la ansiedad de mi maestro precedieron a la llegada de la noche definitiva. En el confluir de dos calles, próximos a una empalizada, tres labradores observaban el oscurecerse de los cielos.

De repente, nos sorprendió un viento que llegaba desde los confines septentrionales. Palideció Adsler, se incorporó Zhor con el cuchillo desenvainado y Uk reclamó la alerta de la tropa. Cayó un copo de nieve y nos encontramos inmensos en el furor de la tormenta. Recuerdo ráfagas de viento huracanado, la gélida escarcha de norte y mil sombras blancas que fraguaban en el suelo. Se materializaron mis temores, comprendí la preocupación de mi maestro y supe que el azar escapa al arbitrio humano. Escuché un rugido lejano, un rugido que no era el rugido de una pantera, sino que aunaba en su timbre el rugir de todas las panteras. Muy pronto se cumpliría la profecía, una nieve de primavera sellaba el futuro de Kalhat. Mis ojos encontraron los ojos de Adsler.

―Esta nieve es la respuesta del destino a nuestra osadía. De nada servirán las espinas sembradas en el páramo. ¿Qué utilidad tienen ahora las luminarias? ¿Dónde lanzaremos las tinajas de metal blanco, si la ventisca ciega nuestra iniciativa?

―¿Resistiremos? ―me atreví a susurrar.

Adsler no respondió a mi pregunta, solo apoyó su mano sobre mi hombro. También yo conocía la respuesta y vislumbraba que nos convertiríamos en una ciudad más entre las mil ciudades extinguidas ante las Hijas de la Noche. ¡Mis padres, mis amigos, mi amada Kalhat! Me pregunté cuántos de nosotros sobreviviríamos a la calamidad. Pensé en las meretrices, en los compañeros de la infancia y en quienes sucumbieron al mal de la lluvia roja. Mis pensamientos fueron humo, ya sentía el galope de las panteras. Algunos civiles desertaron hacia el laberinto de picas, otros pretendieron escapar por el páramo. Quizás la tempestad favoreciese su huida. Fue inútil la esperanza. Escuchamos gritos y silencio.

Surgiendo entre el frío y la bruma, la primera pantera alcanzó nuestras defensas. Antes de que se rindiera a las lanzas de los soldados, otra pantera se sumó a la lucha y juntas repartieron la muerte entre sus adversarios. Recuerdo las colosales siluetas de las bestias emergiendo de la nada y saltando las empalizadas, precipitándose sobre los hombres y hundiendo sus colmillos sobre una carne trémula y frágil, buscando una presa entre la opacidad del viento, sorprendiendo con un zarpazo o una dentellada fatal. A mi espalda alguien derribó un barril de metal blanco e instantáneamente nos envolvió un infierno de fuegos que huían del contacto con el agua. Entre su luz fantasmagórica vislumbre la carnicería desatada a nuestro alrededor. Vísceras palpitantes, cadáveres mutilados, labios entreabiertos en la última súplica y el carmesí de la sangre sobre la nieve. Esa sangre que proclamaba la inutilidad de nuestra defensa. Aún hoy escucho rugidos que se acercan y se distancian sin que ninguno de aquellos monstruos me escoja como víctima. Gritos junto a mí, gritos que proceden de la niebla y se pierden en la niebla. La voz de Zhor más allá, y el gemido de una bestia que agoniza. ¿Cómo luchara Zhor entre la ventisca? ¿Aguardará a que se aproxime una pantera para hundir el cuchillo entre su pecho, o correrá entre las sombras, ejecutará a su presa y otra vez desaparecerá entre las sombras Inesperadamente escuché un tintineo familiar.

―¿No temes que te delaten los collares? ―pregunté al vacío.

―Este rumor sirve para que mi víctima conozca la proximidad de su muerte ―me devolvió el vacío. Un instante después, Zhor ya no se encontraba a mi lado.

Entre las nubes brilló el plenilunio y sentí que la fortaleza del lobo se adueñaba de mí con una intensidad desconocida hasta entonces. Quizás el vigor de mis sentidos obedeciese a la violencia de la lucha que me rodeaba o quizás el aroma de la sangre despertase en mi alma las virtudes del licántropo. No tuve miedo, supe que la tormenta cesaría cuando la victoria de las panteras se hubiese consumado sobre Kalhat. Pensé que Adsler también se confortaría con el vigor del licántropo. No sentí ningún temor por la suerte de mi hermano.

La ventisca se prolongó durante el resto de la noche. Mil agonías resonaron entre la confusión, mil lamentos proclamaron la victoria de nuestras enemigas. Apenas conservo algunos recuerdos desordenados y terribles, pero me consta que las picas que habíamos sembrado en las calles de Kalhat se habían convertido en un impedimento para la huida. Algunas panteras, desorientadas por el fragor de la tempestad, encontraron su fin entre aquellas lanzas inmisericordes, pero también sucumbieron muchos de nuestros compañeros. Vi a una mujer que se había arrojado contra dos de aquellas picas, a un niño y a una anciana enhebrados en el mismo acero letal, y a uno de los generales de Uk, que había accionado la misma trampa que dispusiera tiempo atrás para nuestra defensa.

El despuntar de la mañana fue diáfano y sereno. Ni siquiera una nube enturbiaba la transparencia del cielo primaveral. El olor de la sangre se esparcía sobre Kalhat.


Blas Meca, con licencia Creative Commons

lunes, 15 de junio de 2015

Kalhat XVIII

- XVIII -

La piel blanca de la virgen sobre la piedra de granito negro, el fuego de los braseros que flanquean el ara del sacrificio, y el cuchillo de Elm que desciende hacia el corazón de su víctima. Un grito, un silencio, sangre roja sobre granito negro. Otra virgen se resiste a los soldados, otras argollas sujetan manos y pies sobre la piedra del sacrificio, otra túnica blanca arrancada por la codicia del verdugo y otra piel desnuda palidece sobre la piedra negra. La segunda virgen expira en el ara del sacrificio. El silencio es absoluto, como si ninguno de los espectadores creyese la tragedia que se consuma ante nuestros ojos. La ofrenda de las diez vírgenes, un desvarío de la mente de Elm, transcurre sin que la razón se doblegue a la evidencia del terror. Diez padres desesperados, diez familias rotas y diez hijas que esperaron en las mazmorras, que sufrieron las burlas de sus verdugos y que ahora se enfrentaban al cuchillo inmisericorde del tirano.

De repente, una figura alcanza el escenario de sacrificio y reconozco a Zhor, que se rebela contra la locura y protagoniza el inicio de la sublevación. Elm alza su espada de oro y el cuchillo del cazador corta el oro de la espada. El tirano retrocede e implora el auxilio de sus soldados, la tercera virgen se remueve en su lecho de piedra y la armadura de oro cede desmadejada y rota ante un formidable golpe de Zhor. Varios soldados se enfrentan a quien desafía a la autoridad, y el cuchillo del cazador reparte justicia y venganza. La solitaria lucha del héroe se prolonga durante unos instantes. Después se inicia el estallido de la multitud que secunda la revuelta. Retroceden los soldados mientras Elm, enloquecido por el horror de sus propios actos, se confunde entre una marea de sediciosos.

Un rugido en la lejanía pospone el desenlace de la sublevación. Alguien advierte que las hijas de la Reina Negra avanzan hacia Kalhat y todos nos precipitamos hacia los puestos asignados para la defensa. Nos envuelve un revuelo de gentes que se dirigen a sus posiciones, de cabrestantes que rechinan entre las torres de guerra, de gritos que pretenden evitar el desconcierto. Las órdenes de mi maestro vuelan en boca de los defensores y se orientan las máquinas hacia donde se vislumbra la ofensiva del enemigo. A nuestra espalda Kalhat contempla el quehacer de sus hijos, frente a nosotros se extiende el páramo donde corren las hijas de la Reina Negra.

Los hombres enmudecen sobrecogidos por el terror, nuestra suerte se decidirá en unos instantes. A mi lado, Adsler parece indeciso, sombrío por nuestro futuro, abrumado por una terrible responsabilidad. Zhor permanece firme en la batalla, excitado por el ardor de una cacería más. Sin embargo, en su rostro se vislumbra la duda. Solo él conoce la naturaleza exacta de nuestras adversarias y comprende que nos enfrentamos a las servidoras de un poder superior. Me estremezco y mi gesto no escapa a la sagacidad de mi maestro. Esbozo una sonrisa tranquilizadora y en mi mente renace la aventura bajo el glacial, tan imposible como real en mi recuerdo. Los claroscuros entre el hielo, el fulgor de la niebla y un silencio más allá de la insignificancia de los hombres.

Las panteras se encuentran muy cerca de nuestras posiciones. Ante mis ojos renace la visión de sus colmillos como una imagen del pasado. En los instantes que preceden al desorden de la lucha, revivo el asombro que descubrí en el rostro de cuantos contemplaron el trofeo obtenido por Zhor, la gigantesca cabeza de un pantera de Nom, y el escepticismo con que asistí a los preparativos para organizar una caravana que burlase al destino. Aún hoy me asalta un tumulto de viajeros en busca de enseres recordados a última hora, y el omipresente anhelo de la partida inmediata. Sus esfuerzos fueron vanos y pronto asistimos al regreso de unos prófugos diezmados por las hijas de la Reina Negra. Nos lamentamos de su suerte, prevenidos de la fortuna que nos reservaba el destino. Mutilaciones que confirmaban el horror de nuestro futuro, testimonios de que la ferocidad puede merecer el atributo de ilimitada. No existía escapatoria para los habitantes de Kalhat.

A una orden de Adsler, gira una polea, se tensa un resorte y el cielo se oscurece con la primera andanada de flechas. Otra polea, otro resorte y otra andanada. Hasta que el viento se transforma en un huracán envenenado. Se escucha un clamor de agonías y una polvareda felina se agita en el frenesí de la muerte imprevista. Continúan las máquinas esparciendo una lluvia de flechas, el torrente sanguíneo de las panteras recibe los venenos del páramo y en nuestro espíritu florece el espejismo de la victoria. Hasta que resuena una llamada monstruosa, una llamada que marchita nuestras ilusiones y nos devuelve a la realidad. Es la orden de la Reina, es la advertencia a sus hijas, que se retuercen y mueren sobre el páramo. La obediencia brilla en un ejército de pupilas rasgadas y el odio hacia Kalhat alumbra un sigilo de ojos carmesíes. Se aplazará nuestro ocaso porque la Reina así lo desea y su voluntad determina todas las voluntades.

Estalla el júbilo entre los hombres, se repiten las muestras de contento y victoria. Adsler no comparte la alegría del pueblo.

―¡Volverán! ¡No debemos descuidar la defensa! Convendría que un poder sumiso a nuestras disposiciones cubriese el vacío dejado por el tirano. Quizás tú, Zhor. No, eres demasiado valioso. Necesitamos los servicios de alguien respetado por el ejército, alguien que reúna la virtud de un carisma sólido y el defecto de una conveniente ductilidad.

―Conozco a nuestro hombre. Uk sabrá imponer disciplina ―sugirió Zhor.

―¡Pero Uk es ya responsable de numerosos crímenes! Además, intentará desembarazarse de ti en la primera ocasión propicia ―me atreví a responder.

―Uk no será más astuto que mis presas habituales ―respondió Zhor―. Conseguir su obediencia no será más difícil que conseguir la obediencia de un asno.

―Uk será la elección precisa ―añadió mi maestro―. Su temor será nuestro aliado. Recordarás que mantuvimos una disputa sobre el azar y nuestro futuro ―añadió dirigiéndose a mí―. Te aseguré que Elm era un hombre enfermo y sería un obstáculo para nuestra causa.

―En efecto, recuerdo aquel diálogo. Solo alcancé a comprender una parte de vuestros argumentos.

―Sin duda te intrigaba cuál sería el método adoptado para destronar a Elm. Te delató la ansiedad de tu rostro. También creíste que yo había previsto cómo desembarazarnos del tirano. ¿Por qué habría de esforzarme en vislumbrar el futuro? A veces no es imprescindible resolver todos los obstáculos. La buena estrategia se limita a estudiar el modo como un suceso alterará nuestros pronósticos e imaginar las distintas posibilidades antes de escoger la alternativa adecuada. ¿Te parece que deberíamos procurar el fin del Elm?

―No es necesario ―respondió Zhor―. Elm es un hombre acabado. Permitamos que su vida se prolongue hasta los límites que los astros fijaron en su nacimiento. La enfermedad, aunque incurra en el crimen, no merece castigo sino compasión.

―Elm ya es inofensivo. Su figura dorada pronto se convertirá en un elemento del paisaje cotidiano. Ni siquiera será necesario que alentemos el brazo del verdugo, porque una simple frase será el instrumento que facilite nuestros propósitos. Uk no rehusará la ocasión de hacerse con el poder y me consta que sus actos se ajustarán a nuestros deseos. Al menos mientras Zhor sepa eludir sus intrigas ―concluyó mi maestro.

―Deshecha tus preocupaciones. Ningún cazador sucumbiría ante la torpeza de Uk ―aseguró Zhor.

Y tras esta última promesa de Zhor, nos encaminamos hacia el lugar que Uk ocupaba entre la empalizada defensiva. Convencerlo para que tomase el cetro y el anillo que le tendía mi maestro no ofreció ninguna dificultad. Inmediatamente aceptó los emblemas sagrados, requirió la obediencia de sus generales y ordenó que se mantuvieran las consignas establecidas para la defensa de Kalhat. La población civil, si no de tan buen grado como el ejército, también reconoció el nombramiento de Uk. Hubo quien pidió justicia para los crímenes de Elm y hubo quien exigió el castigo de los asesinos, pero la inminencia del peligro y el temor a que un nuevo ataque de las panteras nos sorprendiera desprevenidos, acallaron las demandas de cuantos clamaban venganza por la sangre de las vírgenes.

Atardecía mientras caminaba junto a mi maestro por las calles de Kalhat, donde ya se habían ultimado las defensas por si era necesario abandonar nuestras posiciones actuales. Apenas encontramos unos pocos soldados que se entretenían en revisar la situación exacta de las picas. En las afueras, una incesante actividad delataba el celo que exigiría la vigilancia nocturna. Adsler disipó mis preocupaciones.

―No atacarán durante la noche. Los venenos del páramo velan el sueño de Kalhat, y la Reina Negra no permitirá que sus hijas se encaminen hacia la derrota. Nuestra enemiga jamás incurrirá en el error de la precipitación.

―Sin embargo, a veces me asalta una inquietud. No me refiero a un presentimiento ni una certeza desapercibida. Es como un rumor que pugnara por irrumpir en la realidad o un éter aguardando hasta el momento de mostrar su peligro.

―En la naturaleza existen circunstancias que escapan a la comprensión humana y aún a la comprensión del lobo ―reconoció mi maestro―. Del saber de las bestias y los hombres hemos extraído cuanto sirve para torcer el destino, pero la fortuna jamás se doblegará a nuestra soberbia. ¿Cúanta será la perseverancia de la Reina Negra? ¿Se unirá Kalhat en la desdicha o estallará en frágiles individualidades? Muchos son los interrogantes y las desviaciones posibles del deseo. En nuestra mano queda el afán de la victoria. Al otro lado del equilibrio nos acechan los vientos, las erupciones volcánicas y el estrépito de los mares. El fracaso subyace en la vigilia de los hombres.

Me encandiló un reflejo irregular del sol y supuse que Elm, ya sin de los fulgores de su majestad, habría descubierto que solo conservaba una armadura herida por la cólera del cazador. Una armadura descoyuntada por la fiereza de su única batalla, que había perdido los resortes para el desensamblado de las distintas piezas y se erguía en prisión de su dueño. Reconozco que me entristeció la suerte del tirano. Pese al horror de sus crímenes y los atropellos durante su mandato, la constancia de que nadie se prestaría a liberarlo de la armadura imbuyó en mi ánimo la pesadumbre que despierta el reconocimiento de la impiedad humana. Aunque Elm había sido el azote de Kalhat, sus actos merecían la compasión que merece la locura. Ante la urgencia del presente, el tirano ni siquiera había alentado la venganza de sus víctimas o los hijos de sus víctimas. Su presencia lejana y brillante suscitaba apatía y desinterés. Solo era un loco en la distancia.

También reparé en el galope de la montura de su sucesor, siempre con un propósito en la carrera. ¡Qué diferencia entre el eco que encontraban las órdenes de Uk y el vacío que había acompañado las órdenes de Elm! Uk era temido y respetado. Sus oficiales lo escuchaban con atención y cumplían sus deseos con la presteza que brinda el convencimiento de que ninguna consigna caerá en el olvido y ninguna excusa servirá para justificar el desacato. Me pareció que el penetrante olor de su cuerpo provocaba un sorprendente efecto de sumisión entre los hombres. Muy cerca de allí, Zhor tensaba los resortes de una máquina. Las últimas luces de la tarde se difuminaban en el horizonte.


Blas Meca, con licencia Creative Commons

domingo, 31 de mayo de 2015

Kalhat XVII

- XVII -

Mientras los preparativos para nuestra defensa proseguían al ritmo acostumbrado, Zhor aprovechó para conocer las calamidades que se habían abatido sobre Kalhat y maravillarse con los ingenios construidos según los planos de mi maestro. Nuestro admirado cazador ya no era el héroe recordado con veneración. Aunque los halagos de quienes conocían sus hazañas eran aún más exagerados, y el afecto de sus amigos y vecinos se traducía en un sinfín de manifestaciones de respeto, Zhor había sentido la herida del miedo y se enfrentaba al amargo vacío de la derrota. Una sombra entristecía la nobleza de su rostro y le confería una apariencia dubitativa y melancólica. La misma sombra que turbaba mi ánimo con una lúgubre inquietud.

Naturalmente, Zhor se había sorprendido de que Elm ostentase la máxima dignidad de Kalhat y de que Uk, cuyo secreto le había revelado Adsler, se hubiese convertido en el brazo ejecutor de los caprichos del tirano. También le extrañó que hubiéramos permitido la llegada de los mercenarios que ahora componían el ejército, y que las calles de Kalhat fueran escenario de las voluptuosas danzas de las meretrices. No porque le amedrentase la ferocidad de los sicarios del déspota ni porque se escandalizara ante las vendedoras del placer, sino porque le sorprendía que los hijos de Kalhat hubieran consentido que su existencia se enturbiara con el alboroto de la depravación. Si no hubiese mediado la serenidad de mi maestro, me consta que Zhor hubiera luchado contra la injusticia en cuanto tuvo conocimiento de la locura que regía nuestras vidas.

Un suceso inesperado anunció la fatalidad. Elm revisaba el emplazamiento de unas máquinas cuando se desplomó sorprendido por una apoplejía. Durante varias horas, el delirio y la inconsciencia fueron sus compañeros. Quizás en un hombre sano hubiera bastado la espera hasta que se atemperase la virulencia del mal, pero para un espíritu propenso a la debilidad, aquellas alucinaciones significaron el desmoronamiento de los últimos reparos que la naturaleza opone a la locura. Nunca más se interesó Elm por nuestra defensa. Solo durante el espejismo de un restablecimiento momentáneo, preguntaba por el quehacer de los artesanos, impartía algunas consignas entre sus mercenarios o alertaba a los lanceros contra un ataque de nuestros enemigos. Hasta que le sobrevenía un espasmo y lo dominaba el frenesí de la demencia. Entonces caía de su cabalgadura y durante unos segundos se agitaba entre convulsiones y vómitos. Cuando remitían los síntomas de su enfermedad, ordenaba la presencia de mi maestro y requería de sus generales un sinfín de informes sobre la lealtad del ejército.

Entretanto, bajo la supervisión de Uk se habían iniciado otros preparativos concebidos por la astucia de mi maestro. No era conveniente oponer una defensa única al ataque de las panteras. Si por cualquiera de las vicisitudes de la batalla nuestros hombres cedían ante el asedio enemigo, el sentido común demandaba que contásemos con una segunda oportunidad. La lucha no se limitaría entonces a un defender y atacar, sino que se prolongaría hasta el sacrificio de Kalhat o el fin de la Reina Negra. De poco servirían los ingenios lanzadores de flechas de Adsler y las tinajas de metal blanco catapultadas sobre el páramo. Solo un laberinto de lanzas posibilitaría que nuestros soldados se enfrentaran a las panteras con alguna esperanza de victoria. Un laberinto que se dispondría para que las lanzas dificultasen el paso de las bestias sin entorpecer las evoluciones de los hombres. Si la fortuna nos era adversa y la lucha se trasladaba a las calles de Kalhat, mi maestro confiaba en que el laberinto nos permitiría enfrentarnos a las Hijas de la Noche en un escenario ventajoso para nuestra causa.

También se prepararon algunos ingenios que obedecían a la inventiva de Adsler, ingenios que una vez accionados por el concurso de un dispositivo letal, activaban engranajes sin que cupiese una oportunidad para la supervivencia. Una cuchilla, una lanza o un dardo alcanzarían a la presa en el tiempo requerido para el vuelo de un relámpago. A veces no se disponía un mecanismo único, sino que eran dos, tres o cuatro resortes los que se accionaban simultáneamente, y dos, tres, o cuatro armas las que se abatían sobre la víctima. Todo se dispuso para que ningún hombre pudiese sucumbir bajo uno de estos terribles ingenios. En los sistemas activados por el peso se requería un peso superior al humano, y en los que se activaban por contacto, se había dispuesto el punto de la muerte a una distancia adecuada a la envergadura de una pantera. Solo Elm estuvo muy cerca de perecer en dos de aquellas trampas. Una vez porque interfirió el trabajo de los obreros en un momento crítico de la instalación, y otra porque intentó comprobar personalmente el funcionamiento de los distintos mecanismos. Pronto, las calles de Kalhat quedaron preparadas para el escenario de la lucha. Tras las empalizadas que aseguraban los enclaves más expuestos de la ciudad, lanzas y trampas inclinarían el destino a nuestro favor.

Los esbirros de Elm, lejos de reconocer la locura de su amo, parecieron complacerse mientras el dorado galope del déspota fue una imagen usual en las calles de Kalhat. En la soledad de una alameda o entre el bullicio de un mercado, la figura de oro arremetía contra cuantos enemigos le dictaba su imaginación. Una gigantesca catapulta que pretendió mutilar a espadazos, el brocal de un pozo seco, la penumbra de unos soportales y otros adversarios aún más inverosímiles, sirvieron para que Elm demostrara el temple de su brazo y la osadía de su arrojo. Sus enemigos fueron siempre inanimados, y aquellas excentricidades solo sirvieron para poner una nota de humor entre las gentes de Kalhat.

En alguna ocasión, Adsler consiguió entrevistarse con Elm entre dos de estas hazañas. Tras alabar sus imaginarias victorias, mi maestro se inclinaba hacia la advertencia y el consejo. Elm atendía y obraba en estricto cumplimiento de sus deseos. Desafortunadamente, lo que Elm atribuía a los deseos de mi maestro no siempre concordaba con el sentido de lo que mi maestro había expresado durante la entrevista. Así, Elm interpretó que era preciso ejecutar a los gatos de Kalhat cuando se le sugirió que vigilase los sonidos de la noche, condenó a todos sus soldados al tormento de la sed cuando se le pidió que no desperdiciase el agua, y ordenó el arresto indiscriminado de las meretrices ante la observación de que algunas culpas demandan castigo. Adsler aclaró personalmente estos malentendidos.

Durante aquellos días, Zhor intervino en algunas disputas que demostraron la superioridad de su brazo en la lucha. No fueron enfrentamientos que amenazasen el equilibrio que Adsler requería para sus propósitos, sino discretas manifestaciones de fuerza que pronto se cantaron a la luz de las hogueras. Su fácil victoria sobre tres sicarios que imponían su voluntad a una meretriz, y la derrota que infringió a un gigante que se burlaba de dos ancianos, le valieron el reconocimiento entre los hombres más aguerridos de la tropa y la veneración de cuantos se amedrentaban ante los desmanes de los soldados. Zhor también venció repetidamente las argucias de Uk. La primera vez como réplica a unas acusaciones que pretendían comprometerlo por irregularidades en el juego, y la segunda respondiendo a la cobardía de alguien que ocultaba su identidad entre las sombras de la noche, y que escapó a la respuesta de Zhor solo porque este prefirió responder a la torpeza de la agresión con una escueta advertencia.

Describiré las circunstancias y el desenlace de estos dos enfrentamientos. La noche era espesa, una suave llovizna refrescaba los aires de Kalhat y el frío era más intenso de lo que se hubiera previsto para el ocaso del invierno. Junto a una hoguera alimentada con maderas olorosas, Zhor practicaba un juego de azar que había venido entre las alforjas de alguno de los mercenarios reclutados para el ejército. Junto a él, Uk y dos hombres más compartían los avatares de la suerte. Mi presencia se reducía al espectador que se interesa por el concretarse de los distintos acontecimientos de la madrugada. Inesperadamente, Uk acusó a Zhor de embelesarlos con sortilegios para distraer a los jugadores. Zhor no respondió a la provocación. Insistió Uk, pero sólo obtuvo una sonrisa de advertencia. Entonces Uk desenvainó su cuchillo. Apenas transcurrido un instante, Uk había perdido su cuchillo y era el cuchillo de Zhor el que amenazaba la garganta de Uk. En el rostro del vencido, inmovilizado por la destreza del cazador, se reflejaba todo el miedo de los cobardes cuando se enfrentan a la muerte. Los ojos de Zhor brillaban en calma. Recuerdo el aletear de su cabello sobre la cabeza del vencido y las palabras de disculpa del Uk, que pretendía para sí la misma gracia que había negado a tantos hombres.

―También yo te pido disculpas, no he sabido sobreponerme al acaloramiento del juego.

Y con esta sencilla frase, Zhor indultaba a su enemigo y le proponía una excusa para salvar el honor. Después, ajeno a la expectación que había despertado la agilidad de sus movimientos, regresó a la partida que disputaba junto a la hoguera. Uk se perdió entre los visitantes de las meretrices.

El segundo enfrentamiento de nuestros personajes acontenció apenas transcurrido un breve sosiego. Zhor continuaba embebido en las vicisitudes del juego, se habían apagado la mayoría de las hogueras y solo resonaban las cantinelas de los borrachos. La noche era aún más densa, ni siquiera se escuchaba el rumor de las criaturas del bosque. De repente, un silbido rompe la oscuridad, Zhor abandona su lugar junto al fuego y una saeta hiere el espacio en ese mismo lugar. Sin que la premura descompusiera la suavidad de sus movimientos, Zhor desenvainó su cuchillo y amenazó a las tinieblas.

―¡Dos veces ha visto la luz por ti esta madrugada! ¡La tercera vez no lo envainaré sin tu sangre!

Recogí la flecha y miré a Zhor. Por la expresión de su semblante supe que compartía mis pensamientos. En la flecha, el olor de Uk destacaba entre los aromas de la madera y el metal.

Transcurrieron dos semanas antes de que Zhor demostrase toda su grandeza. Yo dormía plácidamente cuando sentí que mi compañero acariciaba la empuñadura de su cuchillo. Me removí en el lecho y percibí un cambio en el aire. Entre las tinieblas de los bosques, dos criaturas de olor almizclado galopaban entre la espesura. Criaturas de carrera suave, que estudiaban el pueblo al abrigo de la distancia. No comprendí, me encontraba sumido en un duermevela que impedía captar el sentido de aquellos aromas. Escuché la sigilosa salida de Zhor y el ronquido de mi maestro en la alcoba contigua. Después, todo desapareció engullido por la inmensidad de la noche.

Cuanto desperté, entrada la mañana, mi maestro parecía inquieto. Le pregunté por el origen de su preocupación y me conminó a que agudizase mis sentidos. Lejos, muy lejos, se escuchaba el tintineo de los collares de Zhor, y en el aire, más nítido que durante la madrugada, se abocetaba un olor que no me fue difícil reconocer.

―¿Saldremos a su encuentro? ―y mi pregunta demostraba que conocía cuál era la naturaleza de las presas que el cazador llevaba a nuestro pueblo.

―No, se dirige hacia nosotros ―respondió Adsler sin que en sus palabras se percibiera ningún reconocimiento hacia lo que también para él era una deducción evidente.

―¿Qué sucederá ahora? ―añadí sin ánimo.

―Es el principio. Pronto sabremos cómo se enfrentan los habitantes de Kalhat a su destino. Tres o cuatro días bastarán para que nos encontremos sumidos en la batalla ―y la voz de Adsler se tornó ausente.

―Tengo un presentimiento.

―Ya no importan tus presentimientos ―sentenció Adsler.

Comprendí que el desánimo sería nuestro enemigo y que los ecos de la maldición obraban en nuestra contra. Permanecimos en silencio hasta que se escuchó un revuelo de gentes alborotadas y el murmullo de la incredulidad inundó las calles de Kalhat. El viento nos trajo el olor de la sangre. Adsler me invitó a que nos reuniésemos con Zhor.

―Sus trofeos deben exhibirse en un lugar visible. Vayamos a su encuentro.

Encontramos a Zhor en mitad de una plaza, rodeado de un enjambre de espectadores. Se detuvo cuando reparó en que bajábamos por una de las calles adyacentes. El olor de la sangre impregnaba el aire con una dulzura pegajosa. En las manos de Zhor se balanceaba la gigantesca cabeza de una pantera.


Blas Meca, con licencia Creative Commons

viernes, 15 de mayo de 2015

Kalhat XVI

- XVI -

Me despertó la voz de mi maestro, que conversaba con un desconocido. Intenté levantarme del lecho, pero un vértigo desfavorable me devolvió al cobijo de las sábanas. Permanecí atento a las palabras de Adsler, que reconocía ultimados los preparativos para la defensa de Kalhat, hasta que el desconocido formuló una pregunta que no alcancé a comprender. Descubrí resonancias familiares en su voz, pero no acerté a desvelar la identidad del visitante. Tras una pausa, Adsler manifestó su preocupación por mi salud, y me supe vencido por un desvanecimiento que hacía dudar de mi supervivencia.

―Es demasiado joven. La fiebre del lobo arrastraría la mente de un hombre hasta la locura. El caso de un licántropo es distinto. Pero, aún así, una conciencia sin la oportuna formación sucumbiría a la llamada de la Reina de los hielos.

―Sobrevivirá. Es fuerte ―y de nuevo la voz del desconocido me trajo ecos familiares.

―Debí prevenirle contra lo que podía encontrar en su alma, pero me distrajo la luna. El mismo azar de los sueños nos condujo hasta los límites del hielo. No advertí que nos envolvían las tenebrosas fuerzas del silencio.

―Nada puedes hacer para sanar las enfermedades del alma. Ahora debes consagrarte al futuro de Kalhat.

―Lo sé. También su vida es insignificante. Como la tuya o la mía. Aún así, debería haber sido más prudente.

Escuché un tintineo conocido, pero no identifiqué su origen. Después se adueñó de mí un intenso sopor y de nuevo me adentré en la inconsciencia. Comprendí que se había iniciado mi restablecimiento. Lo supe por la naturaleza plácida y sensual de mis sueños, distintos a los sueños de oscuridad que me habían envuelto antes, tan densos que su evocación aún me arrastra al delirio.

Un olor a pan caliente y leche hervida llegó hasta mi alcoba. Junto al fuego, dos hombres convesaban en voz baja. Uno era Adsler, el otro, el desconocido, ya no cabía duda sobre su identidad, era Zhor. Sobreponiéndome a la fatiga, abandoné mi convalecencia y anduve hasta la puerta de la alcoba. Aunque sentía los miembros entumecidos, una leve desazón me anunció que el vigor regresaba a mi cuerpo. Para el restablecimiento se me exigiría la mansedumbre de una vida ordenada y algún paseo por el bosque.

―¡Felicidad para quien se abraza a la vida! ¿Conoces a nuestro visitante? ―Adsler señaló a Zhor, que se inclinaba sobre el hogar del fuego. Le he ofrecido su propia hospitalidad, que tan mansamente hemos usurpado.

―Bienvenido a la compañía de tus amigos. Confío en que te hayas repuesto de las fatigas de la fiebre.

Zhor me pareció cansado. Pero no con un cansancio físico, porque Zhor apenas sufría con la aspereza de los caminos o la vigilia bajo el cielo de la noche, sino con ese cansancio que nace del pesar y la pérdida de esperanzas.

―Tu restablecimiento es una sorpresa anhelada. Nuestro amigo me ha informado de tus progresos ―añadió refiriéndose a Adsler.

―Temo que mis progresos obedezcan más al deseo que a la realidad ―respondí al halago de Zhor.

―Tiempo habrá de felicitaciones y parabienes, para compartir los paisajes lejanos y glosar la destreza del cazador ―interrumpió Adsler―. Añadiré que durante casi una semana he albergado serias preocupaciones por tu vida. La fiebre del lobo, lo sé por tus alucinaciones, te llevó muy lejos, hasta el mismo Bosque de Piedra, donde perdí tu sombra entre las nieblas. Nadie llegó tan lejos en un sueño, demuestra ahora que ya has recobrado la lucidez y colabora en tu mejoría ―y con esta suave reprimenda, mi maestro me instó a que los acompañase en el desayuno.

Estudié el semblante de Zhor. Su barba era de varios días, los surcos de su rostro me parecieron resaltados por la fatiga. Desprendía una impresión extraña, se me antojó una sombra de tristeza. También encontré algunas canas entre su cabello y comprendí que el fracaso se había convertido en vejez. Atemperada y casi imperceptible, como corresponde a un hombre todavía joven, pero vejez al fin, que anunciaba el inexorable avance hacia la decadencia.

Absorto en estos y otros pensamientos, me entretuve hasta bien concluido el desayuno. Después me demoré en tareas domésticas que nada aportarían a la historia de Kalhat, hasta que Zhor, sin duda sorprendido por mi desinterés, inició el relato de sus aventuras.

―Observó que has aprendido de tu maestro las argucias de la prudencia y la mesura ―comentó Zhor―. Pero también supongo, vosotros no sois demasiado diferentes del resto de los hombres, que te consume la impaciencia por conocer los pormenores de mi viaje.

Esbocé una sonrisa que confirmaba las suposiciones de Zhor. Me había esforzado por no parecer demasiado ávido de noticias, y con mi esfuerzo había conseguido que él tomase la iniciativa en sus confidencias.

―El fracaso es la única conclusión posible. De lo contrario habría regresado con la cabeza de nuestra enemiga. Un hombre se debe a sus juramentos, y solo por eso he permitido que mi vida se oscurezca en compañía de la derrota.

―Te consta que era una empresa descabellada ―interrumpió mi maestro―. Yo mismo advertí que ningún hombre podría concluirla con éxito. Si te incité a la aventura fue porque tenía una ilusión de victoria, no para comprometerte en lo imposible. ¡No te avergüences que haber rozado la piel de la Reina Negra y vivir para referirnos tu hazaña!

―No insistiré en mis desdichas. En compañía de tu maestro ―añadió dirigiéndose hacia mí y contando con el asentimiento de Adsler―, y no sin dificultades, remontamos las colinas de Ashengold, cuyo suelo, ignoro hasta que punto conoces aquellos parajes, se oculta en esta época de año bajo un enjambre de hierbas venenosas. Atravesamos después las selvas de Frum y Dalheil, y pernoctamos en asentamientos de pastores cuya localización varía según el albedrío de los animales. Aceptamos la hospitalidad de los pobladores del camino, y en cada aldea nos atuvimos a los modos y costumbres de sus habitantes. Bebimos leche con los Kroll y sangre con los hombres que viven más allá de Is. Después iniciamos un rodeo para eludir el paso por Oa, porque sus lamias nos hubieran demorado más de lo razonable para nuestra causa, y atravesamos un sinfín de aldeas que jalonaron nuestra travesía por aquellos inquietantes parajes. Eran aldeas extrañas, de nieblas y humos que se fundían en el crepúsculo. Algunas engrandecidas por una tradición de gloria y esplendor, otras apenas esbozadas junto a la ribera de un río o de un lago que procuraban la riqueza de sus gentes, y otras muchas que ni siquiera consideré como un albergue temporal de mineros o leñadores. Después nos adentramos en la meseta de Nom.

―Conozco la meseta de Nom por vuestras referencias y ciertos sueños misteriosos ―admití en una pausa de Zhor.

―Esos sueños te distinguen con el estigma de la sabiduría ―reconoció mi maestro―. La saliva de licántropo opera en tu organismo de un modo singular, como si los poderes oscuros se complaciesen en desvelar sus secretos.

― Es la memoria colectiva del lobo ―respondí confirmando el argumento de Adsler―. El saber de la especie, que tú habrás sentido en infinidad de ocasiones, y el saber particular del licántropo que me transformó en lo que soy. Un hombre siempre cuenta con la sabiduría genérica de los hombres y con el saber concreto de sus progenitores.

―Tu presunciones son más fiables que las mías. Quizás porque el accidente te marcó en una época muy temprana o el licántropo que te atacó ya había vivido la mayor parte de su existencia. Lo demuestra la profundidad de tu trance ante la llamada de la Reina. Pero permitamos que Zhor continúe su narración ―concluyó Adsler.

―La meseta de Nom es un desierto que circunda el norte. Millares de bestias habitan en este reino de pesadilla, donde la brutalidad del invierno otorga muy pocas facilidades a la vida. Abundan ciertas plantas que parecen alimentarse de escarcha y nieve, y alimañas tan crueles que sobreviven por el ímpetu de su propia ferocidad. Lamias, hidras, aspergios, licántropos, asmures y numbos son apenas un ejemplo de los horrores que acechan estos parajes. Las Hijas de la Noche, como se conoce a las panteras del hielo, no sobresalen por tamaño, fuerza o astucia, sino por la obediencia que profesan a la Reina Negra. Esa disciplina, esa devoción a la voluntad que rige sus destinos, es la luz que las distingue de otras criaturas que también pueblan la meseta. En cuanto a los hombres, hasta donde alcanzan mis conocimientos, solo yo he vagado entre las nieves de Nom. Porque, reconozcamos que a ti ―añadió dirigiéndose a Adsler― no se te puede considerar un simple hombre.

Tras unas palabras de Adsler, que precisaba aclaraciones sobre una descripción particular o el exacto discurrir de los hechos, insté a Zhor para que prosiguiera su relato.

―Tu maestro me acompañó durante la mayor parte del camino. Sin sus acertadas indicaciones jamás hubiera sabido orientarme en aquella desolación. Las tormentas de nieve son continuas y rara vez se distinguen las estrellas. Reparando en las peculiaridades del terreno es posible desenmarañar el laberinto de las direcciones. ¿Pero cómo, si los elementos del paisaje se someten a una continua mudanza? El promontorio de nieve que señala el norte apuntará muy pronto hacia el noroeste, y después hacia el este o nuevamente hacia el norte. Tampoco existen cerros, ni riachuelos ni árboles que permanezcan en un lugar inmutable. Sólo dunas de nieve trashumante y farallones de escarcha que desaparecerán ante el primer soplo huracanado. Aunque tú no te enfrentarías a esas dificultades, vosotros sois diferentes.

―Supongo que no, pero comprendo los problemas humanos. Apenas han transcurrido unos meses desde que nos encerramos en esta misma cabaña.

―Adsler y yo sorteamos las distintas penalidades de la meseta, hasta que en un lugar envuelto en olores misteriosos, creo que procedían de las profundidades del subsuelo, tu maestro me advirtió que habíamos alcanzado la encrucijada que conduce hasta el Bosque de Piedra.

―Y continuaste en solitario― interrumpí para sosegar la narración, y para que Zhor, que me parecía desfallecido, tomase aliento con una copa de agua.

―Tras las huellas de una pantera me adentre en el Bosque de Piedra, un enjambre de vegetales rescatados de las edades remotas. Allí se encuentran plantas y animales cuya existencia ha desaparecido de las tierras y los mares. Recuerdo que vagué por esta selva durante varias jornadas, que dormía en alguna oquedad entre los troncos y reanudaba el camino antes de que mis sentidos hubiesen recuperado su fortaleza. Allí no existen el día ni la noche, los colores son marchitos y apenas se percibe una tenue luminosidad entre los fósiles del pasado. Varias veces me creí perdido en aquel laberinto y varias veces continué hacia la salida y no hacia la meta que me había impuesto al inicio de la cacería.

Zhor se detuvo como si luchase por recuperar pensamientos del olvido. Por unos instantes, pensé que las palabras se negaban a brotar de sus labios.

―No me extenderé en la descripción de mi fracaso. Después de vagabundear entre el vacío de aquellos parajes, sentí en mi alma aposentado el miedo. Anduve sin rumbo, a merced de la desorientación y el albedrío de las sombras, y en la inmensidad de la noche comprendí que no era el cazador sino la presa. No intenté eludir a mi adversaria, me constaba que ni siquiera podría desenvainar el cuchillo. Permanecí en el cobijo que me había forjado entre unas raíces, aguardando a que se consumara mi destino, hasta que escuché un rumor a mi espalda y la Reina Negra se abrió paso entre la espesura. No intentó amedrentarme con un rugido o cualquier otra manifestación hostil. Era innecesario, ya se había adueñado de mis pensamientos. Se acercó hasta el lugar que yo mismo había escogido para mi derrota y me obligó a incorporarme frente a su poder. Vi el fulgor de sus colmillos y el fuego de sus ojos. Después llevé mis dedos hacia el pelaje de su garganta. El tacto de su piel era suave.


Blas Meca, con licencia Creative Commons

jueves, 30 de abril de 2015

Kalhat XV

- XV -

Una vez más, con la llegada de la luna, la fortaleza del lobo emergió de las profundidades de mi alma. Recuerdo que, apenas brillaron las estrellas, Adsler tomó los instrumentos de la escritura y se sumergió en un sinfín de cuadraturas y diagramas. A veces abandonaba la mirada entre las sombras más allá de la ventana, como si buscase inspiración entre las tinieblas, y luego regresaba a su maraña de círculos y rectas sin sentido.

La luna rompió el perfil de las montañas y Adsler se desprendió de sus ropas hasta quedar completamente desnudo. Próximo al hogar donde ardía el fuego, se distrajo con el chisporroteo de las llamas. Entonces vislumbré el porqué de la sabiduría de mi maestro. Una profunda cicatriz serpenteaba en su costado derecho. Reconocí el signo del licántropo.

―Durante el plenilunio rehusarás la compañía de los hombres y buscarás a tu hermano en la espesura ―murmuró Adsler.

Me reuní con mi hermano bajo la luz de la luna y corrimos hacia donde jamás hubieran dejado su huella los hombres. El silencio era diáfano y majestuoso. Atravesamos los campos de cultivo próximos a Kalhat y el páramo abierto por la deforestación de las hachas, y nos internamos en la frondosidad de los bosques. La vegetación era en algunos momentos casi impenetrable, pero no ofrecía ninguna dificultad para la destreza del lobo. Ascendimos por la ladera de una montaña que me pareció escarpada. Desde su cima, Kalhat era una sombra en la lejanía. Escuché el ulular de un búho y corrimos hacia el cobijo de un valle. Después avanzamos entre la espesura de una cañada. Durante todo este tiempo me comuniqué con Adsler mediante gruñidos que carecen de lógica para el oído humano, pero que para los hijos del licántropo suponen un lenguaje completo. Los murmullos de la noche eran un canto al espíritu.

Se sucedieron los desfiladeros que franqueaban nuestro avance, se multiplicaron las aldeas que dejabamos a nuestra espalda, y florecieron las evidencias de que ningún hombre había profanado la virginidad de aquellos parajes. El rumor de las hojas, la caricia de las hierbas y el olor de mil torrentes convertían la carrera en un deleite para los sentidos. ¿Cómo explicar el universo que registra las pupilas del licántropo? El gris de los hombres es un color mortecino y triste, pero los grises que percibían nuestros ojos se matizaban con una plenitud superior a la paleta del mejor de los pintores. Un sinfín de matices englobados para el ojo humano dentro de la oscuridad, convertían el paisaje en un teselado de radiantes penumbras.

Un sonido brotó de la garganta de mi compañero y supe que giraríamos hacia el noroeste. A lo lejos, tras los valles y las cadenas montañosas, destacaba un fulgor lejano. Escuché el rumor de las gentes, más allá de un río, y sentí su olor en la brisa nocturna. Era un olor insalubre y tuve náuseas. Después descubrí a unos cervatillos y la gineta que acechaba desde las ramas de un árbol. Por unos segundos me asaltó la emoción de la caza, hasta percibir un olor de batracios y lodos descompuestos. Chapotear de castores y de nutrias, valles donde crecían los cereales, rebaños de ciervos, de nuevo el bosque, con sus misterios y sus dudas, el alto de una colina y otro valle y otro mar de cereales. Al fondo, una luz en la montaña. En la inmensidad de la noche, el resplandor que guiaba nuestra carrera se concretó en un glacial montaña arriba. Nacería en cualquier lugar oculto, fruto de mil vertientes, y serpentearía entre laderas y barrancos hasta la falda de la cordillera.

A partir de este punto me resulta imposible dar fe de mis recuerdos. Adsler me explicó que había sucumbido a una suerte de fiebre común en los licántropos jóvenes, que alterados por la luna perdían el sentido de la realidad y se prepicipaban en visiones propias de lobos más maduros, adentrándose en territorios de difícil regreso. Analizando las distancias y los tiempos, se razonaba que era imposible admitirlos como ciertos, pero Adsler me otorgaba el beneficio de la ilusión del licántropo, tan diáfana que puede calificarse de inspirada. Según él, estas visiones eran valiosas por su poder predictivo, y convenía tomarlas en consideración. Nuestra aventura, y mi maestro fue rotundo, terminó cuando buscamos un lugar donde concluir la noche. Ahondando en mi memoria me parece distinguir una oquedad entre las rocas. Presumo que encontramos cobijo al alba y nos entregamos al sueño durante las primeras horas de la mañana. Nada subsiste de cómo regresamos a Kalhat ni qué aconteció en los días siguientes. Sin embargo, sí recuerdo que mi viaje prosiguió en compañía de mi maestro, con tanta nitidez como si obedeciese a la realidad, y que pronto el contacto del hielo me produjo una sensación agradable. Miré hacía mis pies descalzos y me sorprendió que no mostrasen las fatigas de la carrera. Tampoco sentía la herida del frío. Supuse que la fortaleza del licántropo había endurecido mi piel y reparé en que Adsler parecía atento a las indicaciones del viento. Contempló las crestas que se alzaban a nuestro alrededor, estudió varias piedras de forma irregular e inspeccionó unas huellas sobre la nieve. En su semblante se alternaron la perplejidad, el asombro y la certeza.

Nos detuvimos ante una grieta del glacial. Para mí era igual a otras muchas grietas que habíamos dejado atrás, pero para Adsler parecía el umbral a un universo desconocido. Iniciamos el descenso por una gruta que se internaba en las entrañas del hielo. Se sucedieron los desniveles, las curvas, los pozos y los estrechamientos. A cada paso se multiplicaban las dificultades. Nos envolvió una oscuridad tan intensa que apenas se abocetaban siluetas en la nada. Pensé en la distante Kalhat. En sus calles, en sus gentes, en el delirio de Elm y la profecía. Pronto comprobé que la grieta era más angosta, y me pareció que se filtraba una tenue luminosidad, pero me convencí de que era fruto de la ilusión. A veces nuestro camino subía y bajaba como desbocado por los caprichos del subsuelo, se retorcía en mil revueltas sin sentido o se empañaba con una humedad marchita. Percibí olores de mohos insalubres, de polvo estancado, de insectos *descompuestos. Una corriente de aire llegó a mi rostro y me apliqué al camino con la esperanza renovada. Otra vez distinguí una luminosidad entre las tinieblas. Las penumbras se definían a nuestro alrededor.

Desembocamos en el abismo de una caverna que se extendía bajo el glacial. Sobre nosotros, el techo de aquel subterráneo resplandecía con un fulgor que iluminaba la oscuridad. Muy abajo, tras la base de la pared de roca se extendía un desierto helado. Intenté ver algo más, pero no se distinguían otros límites. Ignoro si las restantes paredes se encontraban a una distancia imposible o si por el contrario eran próximas. Me esforzaba en buscar un descenso cuando Adsler saltó hacia un lugar a nuestra izquierda. Pensé que se despeñaría sin remedio, pero alcanzó su objetivo sin más incidencia que un giro en el aire. Me sonrió desde su nueva ubicación, y supe que había mirado con ojos de hombre lo que requería una mirada más valiente. Esos insignificantes asideros, esas aristas feroces o ese hueco apenas esbozado, nunca servirían para mantener la torpeza humana, pero bastaban para satisfacer las necesidades del lobo. Salté sin temor y me encontré sobre una cornisa que antes me había parecido inalcanzable. Distinguí otro saliente más abajo.

El suelo de la caverna era una hojarasca gélida que se resquebrajaba bajo nuestros pies. Ignoro cómo supe que nuestra carrera nos adentraba en el corazón de las brumas septentrionales, pero me constaba que lenta e inexorablemente nos dirigíamos hacia el norte. Miré el rostro de mi maestro y observé que el aliento se despeñaba desde su boca en un vaho blanquecino. Comprendí que el frío era muy intenso y me inquietó no sentir sobre mi piel la desazón del aire helado. Otra vez reparé en el semblante de Adsler. Los párpados oscurecidos por la vigilia, las ojeras aún más hundidas en los pómulos, el respirar sofocado y trémulo, como si la fortaleza del lobo se desvaneciese ante los imperativos de una naturaleza superior. En su mirada no presentí otro cansancio que el de la experiencia ni otro pesar que el de las mentes iluminadas, pero me inquietó una llamarada de desasosiego que no había observado más que en los ojos de los moribundos. Deseché mis preocupaciones. Ningún mal amenazaba la salud de mi compañero.

Me pareció que el vigor regresaba a los pasos de mi maestro cuando nos dirigíamos hacia una neblina de coloración indefinida. Pareció afinarse cada nervio de su sensibilidad y cada fibra de su ser, esperando una respuesta que llegaría desde la distancia. No comprendí por qué tanta expectación ni cómo el valor puede difuminarse ante una amenaza intangible. El desasosiego se había adueñado de un hombre que, ante la crueldad de los infames pobladores de las ciénagas, mostraba una entereza que merecía mi reconocimiento. Después de brillar entre todos los peligros, Adsler cedía ante la inconsistente presencia de la nada.

Nos envolvió la bruma y mis ojos sucumbieron a relámpagos polícromos. Acerté a sobreponerme a la ilusión y me vi envuelto en colores carmesíes, ocres, amarillos, cobrizos, índigos, anaranjados y otro sinfín de tonalidades que no describiré en estas páginas porque considero de escasa o nula relevancia la precisión de aquellos recuerdos, y porque apenas servirían para demorar nuestra aventura bajo los hielos. La proximidad de Adsler se limitaba al roce de unos pasos, el susurro de un aliento y la certeza de que su destino y el mío se encaminaban hacia un fin común. Ignoro cuánto corrimos entre brumas coloreadas. Periódicamente la inconsistencia de aquellos éteres me sorprendía con destellos que aproximaban los fulgores hacia el ámbar o el granate. Un océano de partículas tamizaba los blancos de la niebla y el hielo.

El techo de la caverna había descendido y la uniformidad del paisaje cedía ante algunas irregularidades del terreno. Otra vez nos envolvió la niebla y salimos a una oquedad entre la espesura blanca. Observé que una selva de estalactitas heladas se había concretado a nuestro alrededor. Me pareció descubrir algo siniestro en aquel paisaje, pero mis impresiones tuvieron que esperar a que un nuevo receso de la niebla me mostrará las peculiaridades del entorno. Fosforescencias indeterminadas, un relámpago, más fosforescencias. El tiempo escapaba a sus contenciones naturales. Nunca supe si permanecimos en aquel aire de fuegos y quietudes durante una eternidad o apenas un instante.

Nos detuvimos en el centro de un vacío entre la bruma. Me pareció, y lo que en principio fue una sospecha se convirtió en certidumbre, que las formas del hielo no obedecían al azar de los accidentes geográficos. Presentí una conjunción de esencias indignas, un removerse de la perversidad en su mundo subterráneo. Sí, ahora lo sé con absoluta certeza, las revueltas de las grietas, el arremolinarse de las depresiones y el trazado de las hendiduras del suelo respondían a una plegaria para invocar a criaturas que renunciaron a la vida. Tras los horrores de la muerte se extienden las pesadillas de los muertos.

En lo más profundo de mi conciencia, sentí un horror inabarcable que poseía a mi maestro, un horror envolvente y marchito, que irrumpía en mi soledad para enfrentarme a la locura. A nuestra espalda, se materializó una presencia informe. Me volví y mis ojos se enfrentaron a la nada. Ahora la presencia se situaba de nuevo a mi espalda. Retrocedí unos pasos y avance esos mismos pasos. Había comprendido que la voluntad de nuestro enemigo era más rápida que el viento o misma luz. No importaba hacia dónde nos dirigiésemos ni cuales fuesen las argucias empleadas para disimular la huida. Habíamos profanado la quietud del abismo y el espíritu del abismo había descubierto nuestra presencia. Me envolvió un silencio afín al zumbido que se escucha en las cavernas del mundo, el mismo silencio que envuelve a los marinos engullidos por la mar o el saboreado por los escaladores al hollar una cumbre inexpugnable. Mis sentidos se cerraron a las percepciones y en mi alma ardió un fuego que entretejía al presente y el pasado en una misma esencia.

Comprendí los secretos que se ocultan a los hombres y las bestias, vislumbré la nada tras el último rumor y me sumergí en el tiempo de cuando no existían los mares. Después me envolvió un torbellino de imágenes. La efigie que se alza en el desierto, una virgen que aguarda sobre el ara del sacrificio, Adsler que se separa de mí en una encrucijada y emprende su camino hacia el olvido, mis padres en el templo, la saliva de un licántropo sobre mi rostro. Reconocí a todos los seres y todos los seres me reconocieron a mí. Apartada de todas las criaturas, en un lugar inaccesible a la vida, el palpitar de un horror sin forma acechaba mis movimientos.


Blas Meca, con licencia Creative Commons

martes, 14 de abril de 2015

Kalhat XIV

- XIV -

Sentí el viento del norte en la madrugada, cuando desperté envuelto en una inquietud que atribuí a la desazón de las pesadillas. Me asomé a la ventana y escuché sin que ningún sonido mereciese mi interés. El ulular de los búhos y la vigilia de las comadrejas fue cuanto mi oído entresacó del silencio nocturno. Inspeccioné los olores del viento y percibí un aroma almizclado y turbio. Al instante me venció una embriaguez que me transportó a parajes más allá de la mirada del águila. A través de mis visiones descubrí un ejército de panteras que habían alcanzado los límites de la meseta de Nom y buscaban un paso para descender hacia las tierras bajas. Me anticipé a sus movimientos y reconocí el desfiladero que salvaría la dificultad. Recuerdo las cañadas y los prados que atravesaban hacia su objetivo, y que me interné en los bosques de Kalhat y presentí una multitud de pupilas que acechaban en la oscuridad. Permanecí indeciso unos segundos, dudando entre despertar a mi maestro o permitir que durmiera unas horas más. El peligro no era inmediato, así que decidí entretenerme hasta el amanecer.

Adsler despertó apenas el alba rompía el horizonte. Desayunábamos junto al crepitar de la leña que se deshacía en el hogar, cuando interpretó que mi reserva obedecía a algo más que el entumecimiento del último sueño.

―¿Qué sucede? Temo que tu inquietud responda a razones que apresuran nuestro destino ―se interesó Adsler.

―¿No percibís un olor diferente en el aire? ―pregunté sin ocultar mi sorpresa por haberme anticipado al olfato de mi maestro.

―Puede ser. Tampoco siento la vibración que me anuncias desde hace varios días. Tus sentidos ya son más agudos que los míos. La edad es un enemigo implacable.

―La Reina Negra se dirige hacia nosotros.

―A qué distancia se encuentra de Kalhat.

―No sé cuánto tiempo tardará en llegar hasta aquí. La he encontrado en los límites de la meseta de Nom, mientras sus hijas buscaban un camino entre las rocas.

―Podremos recibirlas adecuadamente, pero debemos apresurarnos. Ni siquiera se han concluido las primeras defensas. Convendría que nos entrevistásemos con Elm.

Atendiendo las sugerencias de mi maestro, Elm se reunió con los mejores artesanos de Kalhat. En su mayoría eran herreros o carpinteros, pero también había curtidores, guarnicioneros, trenzadores y otros muchos representantes de los distintos oficios que requieren el concurso de las manos. Elm les anunció que se iniciarían las obras para la defensa de Kalhat y que su deber como súbditos consistía en acatar las órdenes de mi maestro. Después cedió la palabra a Adsler y se despidió con el pretexto de atender ciertos asuntos de estado que reclamaban su presencia.

No me parece necesario insistir en la elocuencia con que Adsler convenció a unos hombres descontentos. Me limitaré a consignar que aquellos artesanos vislumbraron que su lucha no sería la lucha del déspota, sino una lucha que pretendía asegurar el futuro de sus hijos y devolvernos a la prosperidad. Tras responder a cuantas preguntas se le formularon sobre las materias que sus interrogadores consideraron oportunas, Adsler organizó diversos grupos, según los cometidos que se desempeñarían durante las jornadas siguientes. El funcionamiento de cada uno de estos grupos se encomendó a quien juzgó mejor capacitado para las labores directivas, y asignó a las distintas cuadrillas el lugar que ocuparían durante las horas de trabajo. Después distribuyó los planos de las máquinas de guerra y las instrucciones para obtener el peligroso metal blanco.

La actividad era incesante. Turnos de día, turnos de noche, turnos para cuando descansaban los turnos. Nos envolvía el percutir de los martillos, el ronroneo de las sierras, la perseverancia de las tenazas y los yunques. Se construyeron máquinas para construir máquinas que servirían para la construcción de otras máquinas, que a su vez servirían para la construcción de nuevas máquinas. Florecieron los martinetes, las cabrias, los rodamientos y un sinfín de piezas mecánicas, de diversos modos y tamaños, que posteriormente se ensamblaban para servir a ingenios hasta entonces desconocidos para el hombre. De madera blanca, de madera pétrea, de madera pulida, de madera rugosa, de los hierros conocidos o de otros hierros que se originaban con una amalgama de metales fruto de la tierra o de la inventiva de mi maestro. Hasta que se concretó la primera máquina de guerra. Todos asistimos a las pruebas que demostrarían su efectividad y todos nos maravillamos de la lluvia de flechas que inundó los cielos de Kalhat. Me atreví a concebir una esperanza.

Esa noche, durante la cena, improvisada al aire libre, Elm se acercó hasta nosotros. Deseaba felicitar a Adsler por los ensayos de la mañana.

―Os confesaré que me enorgullece nuestro éxito. Reconozco que tuvimos una magnífica idea ―y su rostro se sobresaltó con un gesto nervioso.

―No merezco vuestro agradecimiento ―consintió mi maestro desatendiendo la incorrección del tirano.

―Pero decidme para qué servirá esta máquina lanzadora de flechas. ¿Mencioné que atacaríamos a nuestros enemigos? ―el rostro del Elm se sobresaltó de nuevo.

―Muy pronto se conocerán vuestros méritos, y esta máquina corroborará vuestra grandeza, señor ―y en el respeto añadido, Adsler permitió que se deslizará una sombra de ironía.

Cuando Elm se alejó de nosotros, pregunté a mi maestro por qué había transigido en que el déspota se atribuyera la paternidad de una empresa ajena, y cómo era posible que un hombre de su rectitud hubiera olvidado el objeto primordial de nuestros desvelos.

―Elm es un pobre enfermo. En justicia no cabe atribuirle ninguna responsabilidad ni juzgarlo con los mismos criterios aplicables a hombre sano. Pronto desatenderá mis indicaciones.

La salud del tirano empeoró en los días siguientes. Varios testigos coinciden en señalarlo con la mirada extraviada sobre su caballo, dirigiéndose a cualquiera de sus generales sin más autoridad que la fortaleza de sus gritos, y galopando bajo el doloroso sol del mediodía sin otro objeto que extenuar a su montura. Preguntaba a los artesanos por el curso de un trabajo, impartía una consigna que nadie tomaba en consideración, y otra vez reanudaba la carrera hacia ninguna parte. Varios caballos encontraron así la muerte. Elm abandonaba a la bestia moribunda, requería otro animal menos débil y, a golpes de fusta, reiniciaba aquel galope desaforado.

Una tarde, Elm se encerró con varios metalúrgicos en el taller de un herrero. El ejército veló para que nadie interfiriese en el deseo del tirano, y un pelotón de carpinteros cegaron puertas y ventanas para que ningún curioso vislumbrara los prodigios que acontecerían en aquella estancia. Escuchamos el resoplido de las muflas, el golpeteo de los martillos y la protesta de quienes trabajaron durante tres días consecutivos. Recuerdo que las órdenes de Elm eran incomprensibles y que a veces las impartía en una jerga que, según confirmó mi maestro, no se ajustaba a ninguna lengua conocida. Hubo quien creyó que Elm estaba poseído por un espíritu perverso y hubo quien atribuyó esta jeringonza a los balbuceos de la locura. Por fin, los soldados abrieron la puerta y el tirano se presentó ante nosotros. Cubría su cuerpo con una armadura de oro.

―¡Coincidiréis conmigo en que ahora soy invencible! ―exclamó dirigiéndose a mi maestro.

―Siempre fuisteis invencible ―reconoció Adsler.

―¿Insinuáis que me he entretenido durante casi un mes en una tarea innecesaria? ―preguntó Elm, estremecido por un temblor de mal augurio y confundiendo el tiempo que se había encerrado con los metalúrgicos―. ¡Si es así, pagaréis muy cara vuestra ofensa! ―exclamó dominado por la ira.

―¡No juzguéis equivocadamente mis palabras! Soy torpe en oratoria. Aunque ya erais invencible, vuestro esfuerzo no ha sido vano.

―¿Cómo es eso? ¿Qué burla esconden vuestras razones?

―Ninguna burla mi señor. Esta prenda no es para acrecentar vuestro poder, pues en nada se acrecienta el poder todopoderoso, sino para que los enemigos os reconozcan en la batalla y huyan antes de enfrentarse a vuestra dignidad. Con esa armadura las victorias serán más resplandecientes ―añadió Adsler.

―¡Cierto! ¡Esa es la razón de mis actos! ¡La victoria será más dorada! ―consintió Elm tras una pausa―. Después pidió una nueva montura y se alejó al galope.

Las victorias de Elm acontecieron en peregrinos escenarios y ante los adversarios más insólitos. Varios perros sucumbieron ante el filo de su espada, también de oro, y no pocas aves de corral huyeron ante la furia de sus acometidas. Se le vió mientras luchaba contra una higuera, perseguía a unos remolinos de viento y destripaba a espadazos los odres de vino que se vendían en la trastienda de un comercio. Sus éxitos fueron siempre indiscutibles. A veces cabalgaba hasta nosotros para vanagloriarse de sus triunfos.

―¡Esta mañana he derrotado a un ejército de nigromantes que descubrí entre unas retamas de los cañaverales!

―¡Vuestra audacia es admirable! ¡Las generaciones venideras conocerán este derroche de valentía! Me pregunto por qué no huyeron al advertir que os preparabais para la batalla.

―Yo también estoy sorprendido ―reconoció Elm.

―Quizás vuestra armadura no brillaba lo suficiente. Si poco antes habíais concluido otra batalla, el polvo de la lucha impediría que refulgieseis bajo el sol. Vuestros enemigos no supieron contra quién cruzarían sus armas ―apuntó Adsler.

―¡Sin duda esa fue la razón! ¡En lo sucesivo, velaré porque ninguna mácula atenúe la luz de mi presencia!

Los soldados no solo respetaban las órdenes del déspota, sino que aplaudían sus excentricidades como si en consagrarse a los entuertos imposibles reconocieran un signo de autoridad. Me abstendré de comentar esta actitud de la tropa. Nunca me ha parecido elegante burlarse de la ignorancia y reconozco que la demencia de Elm se alternaba con una normalidad que confundiría al observador poco atento. Jamás al experto, aunque en su ánimo se alternasen los períodos de enajenación con los de lucidez, pero sí a quien soporta la disciplina del trabajo desde el alba hasta la noche. El cabalgar enloquecido se interpreta entonces como la llama del genio, la lucha contra enemigos invisibles como el ejercicio de las armas, y arremeter contra lo inanimado como el temple que forja el alma del guerrero. Mientras Elm confesaba a Adsler sus temores ante un ejército de tinieblas, a un soldado le refería el mismo incidente como una comprobación de agilidad de la montura, y mientras que para nosotros la batalla contra los odres de vino era un síntoma más de su desvarío, para sus mercenarios respondía a un divertimento para estimular el ánimo. La fidelidad de sus guerreros era inquebrantable.

Entretanto, Adsler se multiplicaba en una actividad desaforada. Dormía muy poco, apenas dos horas diarias, y sus comidas eran de una parquedad insalubre. Día y noche se le encontraba discutiendo el plano de una máquina, la instalación de un resorte o el temple de una amalgama de metales. Y compartía esta actividad con los quehaceres de la medicina. Inmovilizando la pierna de un obrero herido por unos maderos, limpiando la espalda de quien había sufrido la quemadura de brasas candentes, procurando auxilio a un artesano que no había facilitado la salida airosa de una sierra. Heridas que jamás hubieran sanado con los saberes usuales de la ciencia médica.

También solventó Adsler una demora originada por la protesta de quienes trabajaban en la obtención del metal blanco.

―Deseamos saber por qué se nos prohibe que instalemos en el taller unas tinajas de agua, y por qué debemos trasladarnos dos calles más allá del lugar de trabajo para satisfacer nuestras necesidades ―expuso un herrero.

―¡De ninguna forma consentiremos en aceptar estos imperativos absurdos! ―sentenció otro artesano.

―¡Tanto para la limpieza de los utensilios, como para el refresco y el aseo personal, exigimos que se nos procuren las mismas comodidades que se concede a otros trabajadores! ―resumió quien parecía aglutinar todas las exigencias de los metalúrgicos.

Adsler solventó la dificultad con una evidencia indiscutible. Pidió uno de los recipientes donde se guardaba el metal blanco, anduvo unos pasos seguido por los disconformes y arrojó el metal blanco al charco de orina que había dejado una bestia. El charco se transformó en fuego y humo. Enmudecidas las protestas, los hombres regresaron al trabajo.


Blas Meca, con licencia Creative Commons

miércoles, 1 de abril de 2015

Kalhat XIII

- XIII -

Erradicado el mal de la lluvia roja, las gentes de Kalhat se resignaron a un sentimiento triste. Visité a mis padres, y durante la comida reinaron el silencio y la melancolía. Tras el postre, alzamos las copas por quienes compartieron nuestra mesa y ahora reposaban en alguna de las fosas abiertas para apresurar el enterramiento de los cadáveres. Recuerdos de nombres ya desaparecidos para siempre y amigos vencidos por la enfermedad. También nos lamentamos, aunque era un infortunio menor frente a la magnitud de la desgracia, por la desolación de la antes magnífica Kalhat. Poco pudimos añadir a las penurias ya consumadas. Nos limitamos a la reseña de los caserones que se alzaban como mastodontes desfallecidos, los hogares que pocas semanas antes acogían el revuelo de la juventud y los mercados que ahora eran un vertedero de cambalaches y tenderetes vacíos. Pasarían muchos años sin que Kalhat recobrara su esplendor.

Después de este entrañable reencuentro con mis padres, me dirigí hacia las afueras del pueblo y me entretuve en admirar los trabajos que se iniciaban en el bosque. Los soldados habían talado los primeros árboles y en torno a Kalhat se materializaba un páramo que facilitaría nuestra defensa. Me pregunté si el deterioro de las calles y las plazas no respondía al inicio de una decadencia mucho más profunda, quizás a un anticipo del horror que se cernía sobre nosotros. Intenté concentrarme en las actividades del ejército y pensé en dirigirme hacia donde un pelotón de civiles faenaba sembrando las espinas del zarzal de los pantanos, convenientemente impregnadas con una untura fruto del ingenio de mi maestro. Pero los soldados faenaban cerca y no me atreví por temor a convertirme en objeto de sus burlas. La dureza del trabajo a menudo se atenuaba con cualquier novedad que rompiese la rutina. Esa novedad podía ser el malentendido que se solventa con una riña o la pregunta de un espectador que entretiene a los trabajadores.

Se escuchaba el percutir de las hachas y, de cuando en cuando, un grito y el derrumbarse de un árbol. Inmediatamente venía el desbroce del ramaje, la reducción de los gigantescos troncos a un tamaño adecuado y su transporte hasta el pueblo sobre carromatos arrastrados por bueyes. Las empalizadas defensivas precisaban una gran cantidad de madera. Los olores de las resinas flotaban en el aire, también percibí algo que no supe identificar con exactitud. Ni siquiera me consta que respondiera a un olor. Mejor sería definirlo como una dulzura que alterase los aromas de la leña. Agudicé mis sentidos y me concentré en descifrar aquel efluvio extraño. Tras la embriaguez de la madera viva, encontré el sudor de las bestias y los hombres, algunas hogueras que servían para preparar la cena, ciervos que dormían lejos de los leñadores y un oso que deambulaba sobre la hojarasca boscosa. Tampoco entre los sonidos descubrí un indicio que revelase el origen de mi inquietud. El corretear de las ardillas que huían de la deforestación y el aleteo de los murciélagos en una caverna fueron cuanto mi oído entresacó más allá de los rumores habituales de la ciudad y el bosque.

Me entretuve en observar a Uk mientras simulaba que me distraían las incidencias de una partida de naipes. Me constaba que todo se había dispuesto para favorecer la ruina de los incáutos. Tras un tiempo donde se multiplicarían los errores, alguien cedería su lugar a otro alguien ajeno al engaño del juego. Unos envites de confianza, la exactitud que sustituye a la imprecisión, y se obraría el milagro del ingenuo que pierde su fortuna. El reparto y la burla acontecerán a salvo de miradas suspicaces. No me tentaba inmiscuirme en asuntos ajenos, así que me contenté con vigilar el semblante de Uk mientras se ultimaba el engaño de un recién llegado a la partida. Quizás pretendía descubrir cuál era el estigma del criminal. Su risa, que mostraba aquellos dientes puntiagudos, y la engañosa torpeza de sus movimientos, acrecentaron el recelo que sentía por tan siniestro personaje.

Desentendiéndome de Uk, busqué los favores de una joven que había reclamado mi interés. Era de complexión menuda y bien proporcionada. Pronto llegamos a un acuerdo sobre el precio de mi consuelo y nos dirigimos hacia la tienda de lona donde se entregaba a sus clientes. Me gustaría ufanarme de que mi comportamiento fue tan digno que la muchacha olvido la naturaleza contractual de nuestro amor, y de que se entregó a mí sin que el tiempo o la recompensa fueran un obstáculo para nuestro goce. Si hubiera escrito esta historia cuando todavía aleteaba en mis venas el ardor de la juventud, no hubiera dudado en falsear la verdad y atribuirme los máximos galardones de la hombría. Mis hazañas en el lecho hubieran ensombrecido las gestas de los mejores amantes. Pero ahora soy un anciano para quien el deseo se limita a la evocación de un placentero recuerdo, y de poco me serviría alardear de lo que no fui o las habilidades que nunca se contaron entre mis méritos. Entregué el precio de mi placer a un individuo de rostro cetrino y mirada descompuesta, y mi estancia en aquel santuario del amor se prolongó lo imprescindible para que no pudiera declararme insatisfecho. Ni siquiera las habilidades de mi compañera me parecieron extraordinarias. Se limitó a repetir las suertes comunes en estas lides. Su impaciencia fue fingida, sus caricias desapasionadas y, en cuanto a la fogosidad de su vientre, no recuerdo si llegué a sentir el éxtasis de su opresión o si por el contrario mi amor se derramó entre las sábanas o sobre alguna de las alfombras que cubrían el suelo.

Regresé a mi hogar aliviado en el deseo y entristecido en el ánimo. Adsler trabajaba en su laboratorio. Sobre la mesa donde usualmente recopilaba sus experiencias, destacaban varias piladas de libros. Tres títulos reclamaron mi interés. Sobre la esencia de las cosas, El arte de combinar y descombinar los humores y los hierros y Metales que aún no han sido. Nada puedo mencionar de los restantes títulos, ya porque estaban escritos en lenguas para mi desconocidas, ya porque no dejaron en mi alma una impronta significativa.

En cuanto a los tres volúmenes que han sobrevivido en mi memoria, recuerdo que Sobre la esencia de las cosas era un espeso tratado donde se describían los argumentos que asentaban las cualidades de la materia. Preguntas sobre el color, la dureza y la fragilidad se entretejían con otras preguntas reformuladas con una infinidad de particularidades y matices, para, desde lo concreto y singular, expandirse hacia la norma y la ley irrefutable. Un compendio de verdades tan rotundas como que lo tangible tiende a la caída en cuanto se le priva de su soporte, hasta afirmaciones gratuitas como que las sustancias pueden dividirse en porciones minúsculas que son aproximadamente semejantes, y que solo las múltiples distribuciones de estas partes en el todo originan las diferencias entre los seres.

Más instructivo me pareció el segundo de los volúmenes. El arte de combinar y descombinar los humores y los hierros era un recetario para la obtención de diversos productos. Separados en epígrafes, se encontraban los venenos, con las divisiones de venenos de plantas, venenos de animal y venenos de piedra, los carbones, también clasificados en carbones que arden, carbones que no arden, carbones opacos y carbones translúcidos, y las luces, con sus innumerables peculiaridades del brillo y el color, así como otros variopintos epígrafes que profundizaban en los fenómenos del universo y describían los secretos del mundo invisible.

El tercero de los volúmenes, el más consultado por mi maestro, mostraba una relación de metales inexistentes en la naturaleza, que habrían de tener cualidades que nacen del acierto y la perseverancia del alma humana. Para su síntesis habrían de fundirse y amalgamarse distintos metales ya conocidos, lo que propiciaría la existencia de nuevos metales, que a su vez fundidos y amalgamados con antiguos o nuevos metales abrían nuevas posibilidades metalúrgicas, y así sucesivamente, en una génesis inagotable de metales, de los cuales unos mostrarían cualidades sin duda útiles para el progreso del hombre, otros exhibirían interés para los ojos del estudioso y otros muchos deberían relegarse a la mera reseña en los libros.

Igualmente se auspiciaba en este último volumen la existencia de tierras que se consumían entre llamas de inigualable ferocidad o se volatilizaban con un pavoroso desprendimiento de calor. Tierras que se descubrían en el interior de las montañas, que provocaban fenómenos de fuego y humo sobre la tierra desnuda y de las que se conocían referencias por el testimonio de viajeros de valía tan sólida que no eran admisibles la superstición o el desvarío.

Atendiendo a las directrices del texto, Adsler intentó obtener algunas arenas inflamables. Preparamos cientos de muestras. De diferentes luminosidades, de diferentes texturas, de diferentes granulaciones y de diferentes consistencias. A las labores de la búsqueda le sucedieron las fatigas del análisis y el estudio. Solo en uno de sus múltiples ensayos obtuvo mi maestro indicios de éxito. Una tenue llama, un pálido fuego y epílogo de unas volutas de humo grisáceas y acarameladas. Demasiado poco para vencer una maldición.

Mejores resultados obtuvo Adsler en sus combinaciones metalúrgicas. Tras un peregrinaje entre metales más o menos nobles, que hubieran despertado la codicia de cualquier hombre pero no de mi maestro, descubrió que fundiendo el hierro con unas minúsculas proporciones de ceniza se obtenía un metal en todo igual al hierro, pero diferente en cualidades invisibles al ojo humano. Sobresalía por su dureza, mejorada con la adición de insignificantes cantidades de otros metales, hasta el punto que era posible enfrentarlo con otras durezas conocidas sin que en el enfrentamiento sufriese las consecuencias de la fatiga o el desgaste.

También, y fue un descubrimiento azaroso, obtuvo un metal de tan peculiares características que, de no ser por un accidente próximo a la tragedia, hubiera desestimado sin considerarlo más que como otro yerro entre un sinfín de ensayos fallidos. Era una pasta ajena a cualquier metal catalogado, y que por dureza y textura sugería el parentesco con una grasa o un compuesto cerúleo. Tras unas pruebas de ductilidad, mi maestro intentó el temple en agua hirviendo. El cubo, el agua, y aire se convirtieron en un fuego enloquecido y voraz. Dos días después, repuesto de las quemaduras que le ocasionó aquel hallazgo, mi maestro determinó que el producto se estabilizaría por inmersión en aceite. Anotó los procesos necesarios para su elaboración a partir de unas tierras próximas, y las prevenciones que habían en seguirse para atenuar su peligrosidad. También dispuso que se aprovisionaran unos almacenes para la obtención de suficiente metal blanco.

Nada deseo añadir sobre los estudios que precedieron a los preparativos para la batalla final. Yo entonces era un muchacho y difícilmente hubiera comprendido que el arrojo y la superioridad numérica no son las únicas armas que se requieren para el triunfo. Apenas vislumbraba el instante en que Adsler abandonaría el retiro de su laboratorio para asumir las prerrogativas concedidas por el tirano, y tampoco comprendía que Kalhat se hubiera convertido en el paraíso de los placeres vulgares. Ahora sé que los mercenarios eran extranjeros en una tierra ocupada, y que los hombres y las mujeres de Kalhat se resistían a que la vibración del entorno fuese el presagio de algo más que nuevos tiempos de bonanza y prosperidad. Pero para mí no cabía duda, los sentidos me advertían del peligro. Durante una velada con mi maestro, deambulando en compañía de cualquier amigo, tras una cena en el hogar de mis padres, sentía como un zumbido en el interior de mis oídos, y me asaltaba la constancia de que pronto Kalhat despertaría de su letargo para enfrentarse a la más aterradora de las pesadillas.


Blas Meca, con licencia Creative Commons