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jueves, 1 de enero de 2015

Kalhat VII

- VII -

Presentí el regreso de Adsler casi tres horas antes de que entrase en la cabaña donde Zhor me había velado durante las jornadas que siguieron a mi accidente. Por alguna razón que no alcanzo a comprender, acaso por inquietud o anhelo de independencia, me había trasladado a este nuevo domicilio desde el hogar que siempre recordaré como el escenario de mi infancia. Quizás, en la vida de todo hombre llega un momento en que se enfrentan el hábito y la seguridad del techo paterno con la pujanza de un albedrío independiente. Pero no me extenderé en las causas que originaron mi decisión. Bastará con añadir que el deseo de libertad me asaltó de madrugada, que entre las tinieblas de mi alcoba recogí cuanto consideré necesario para mi vida futura, y que salí poco después del mediodía, con el consentimiento y la bendición de mi padre. Debo añadir que mi madre no comprendió ninguno de los argumentos que expuse para justificar aquel abandono, pero respetó mi criterio en todo momento y me ofreció su ayuda para instalarme en el nuevo hogar.

Me entretenía en desempaquetar los últimos enseres e instalarme en la cabaña de Zhor, donde me había acomodado abusando de su hospitalidad, cuando sentí la proximidad de Adsler como una presencia cercana, aunque no inminente. Aceleré mis afanes de pulcritud y aún tuve tiempo para disponer un refrigerio con que honrar a mi amigo. Me había acomodado en una mecedora junto al fuego, cuando se abrió la puerta.

―¡Bienvenidos sean los peregrinos! ―exclamó Adsler―. Disculpa que ni siquiera me haya entretenido en llamar. Sé que me esperabas ―añadió mientras se desprendía de un pesado equipaje.

―¡Bienvenido seas! ―repliqué sin disimular mi contento―. Tu regreso es para mi un motivo de felicidad.

―Observo que el cachorro de lobo ha remodelado su existencia. Era inevitable ―y Adsler se concedió unos instantes de reflexión―. También me aguarda un suculento manjar.

―Celebro que tu olfato reconozca mis progresos en el arte culinario―. Y me apresuré a servirle a mi amigo lo que había preparado para festejar nuestro reencuentro.

Al júbilo inicial le siguió silencio. Mientras aplacaba el hambre, Adsler simuló que le complacían mis quehaceres domésticos, pero su pensamiento vagaba muy lejos de Kalhat. Solo cuando habíamos saboreado el último de los platos se dispuso a satisfacer mi curiosidad.

―Si me preguntas por Zhor, te responderé que ignoro su paradero, que ignoro si triunfará en la misión que absorbe sus energías y que ignoro si aún se encuentra con vida. Lo acompañé más tiempo del que había previsto inicialmente. El camino que conduce al Bosque de Piedra es intrincado incluso para un hombre como Zhor, y mis recuerdos eran demasiado turbios como para perfilar un mapa o describir las irregularidades del terreno. Atravesamos la ciudad de Ashengold, recorrimos las selvas de Frum y los lagos de Darheil, cruzamos el desierto de Is y el reino de las lamias, y por fin accedimos a las llanuras heladas de Nom.

―Nadie puede salvar esa distancia en tan poco tiempo―. Las palabras enmudecieron en mi garganta. Una mirada de Adsler había bastado para que comprendiese que ese alguien hubiera podido ser yo mismo. Zhor no era un hombre normal, Adsler tampoco.

―Corrimos día y noche. Tanto Zhor como yo sabemos relajar los músculos en el esfuerzo. No es difícil, apenas se precisan unos rudimentos técnicos y contar con suficiente práctica. Como muy bien te explicaron tus mayores, Nom es un desierto donde se reúnen los vientos del norte. La nieve y el hielo son los señores de aquellos parajes. La nieve, el hielo y las panteras que obedecen a la Reina Negra.

―¿Encontrasteis a sus hijas? ―me atreví a preguntar.

―Varias veces. Durante la noche y el día, pero eludimos su vigilancia. Las hierbas de la invisibilidad, recordarás que conozco una untura para disimular el olor de Zhor, me sorprendieron con una eficacia superior a la recordada por mi memoria. Nos deslizamos junto a varios grupos de panteras sin que sospechasen nuestra presencia, y me despedí de Zhor en la encrucijada donde nace el camino hasta el bosque de piedra.

―Confiemos en que se cumplan nuestras previsiones. ¿Cómo ves el futuro de Kalhat? ―pregunté sin demasiada confianza.

―No me atrevo a asegurar que perdido, aunque sospecho que existen pocas esperanzas. Zhor y yo escapamos a las hijas de la Reina porque la inminencia del ataque a Kalhat había atenuado el celo que usualmente demuestran en la defensa de su territorio.

―¡Pero ocultabais vuestros olores!

―El olfato no es el único sentido. Jamás hubiésemos escapado a una pantera que escuchara entre la desolación de los páramos.

―Solo podemos confiar en el éxito de Zhor ―comenté apesadumbrado.

―¡Te equivocas, debemos prepararnos para la lucha! No podemos encomendar nuestro destino a un solo hombre.

―¿Alcanzaremos la victoria?

―Aunque Kalhat no derrote a la Reina Negra, su ejemplo servirá a otras ciudades que encontrarán esperanza en su sacrificio. Nuestro fin no será vano.

Ignoro qué pensamientos entretuvieron a mi maestro. Unas veces, por la expresión de su semblante, me pareció que se entretenía en resolver un enigma, otras que se ocupaba en encontrar un resquicio en la trama de la Reina Negra, y en todas que nada saciaba su conocimiento. Tampoco puedo precisar qué imágenes se deslizaron por mi mente. Me esforcé por comprender, pero me constaba que era un esfuerzo inútil. La complejidad de las circunstancias me hubiera exigido, además de una sabiduría que solo se obtiene con el concurso de los años, un conocimiento de la historia más nítido que el alcanzado por mi maestro. ¿Cómo se enfrentaron otras razas a la Muerte Negra? ¿Cuál fue la primera ciudad castigada por la Reina? ¿Cuándo se adueñaron las panteras de la meseta de Nom? Ni siquiera ahora, asistido por una experiencia más dilatada que la de cualquier hombre, sería capaz de remontarme más allá de la certeza que hubiera alcanzado aquel día. La única diferencia entre ayer y hoy obedece al recelo infundido por los años y el conocimiento de que ciertos hechos se repiten cíclicamente.

¡Qué difícil es aunar los privilegios de la juventud y las virtudes que emanan de la prudencia! Recuerdo mi excitación ante las palabras de Adsler, y recuerdo que no comprendí cómo podíamos aguardar mientras Zhor se exponía a la muerte. ¿Acaso no era nuestro amigo? ¿No importaba su fortuna? Después he aprendido a esperar los acontecimientos, pero entonces interrumpí a mi maestro.

―¿Qué será de nosotros si Zhor perece entre las llanuras de Nom?

―¿Quienes somos nosotros? ¿Yo? ¿Tú? ¿Kalhat? ¿Algunos elegidos que solo tú conoces, el común de la humanidad? ―me reprochó Adsler con un desapego que sorprendía por inesperado.

―No lo sé. Imagino que todos nosotros ―respondí confundido.

―Tú y yo somos motas de polvo en el infinito. Kalhat tampoco es nada, apenas una casualidad en el curso del tiempo. ¿Qué importa lo que suceda con nosotros?

―¡Pero Kalhat no puede desaparecer! ―balbuceé sin entusiasmo.

―Si Kalhat desaparece, mañana amanecerá de nuevo. Y si Kalhat no desaparece, también amanecerá mañana ―sentenció Adsler.

No me atreví a insistir, las palabras de mi maestro me parecieron fruto del cansancio del viaje y quizás el hastío. Los fantasmas del tiempo me han enseñado que aquellas palabras encerraban una terrible verdad. Pero no profundizaré en las razones de Adsler, porque temo que jamás alcanzaría la lucidez de su entendimiento y prefiero encomendarme al silencio.

―Infórmame de la situación en Kalhat ―me pidió Adsler―. ¿Quién sustituye al Predicador?

Satisfice la curiosidad de mi maestro con cuantos detalles me parecieron oportunos, respondí a varias cuestiones que pretendían esclarecer algunos pasajes de mis confidencias, y me extendí en los aspectos de la narración que juzgué más significativos. Por supuesto, improvisé un esbozo de las nuevas peculiaridades físicas de Elm, lo que provocó el interés, la sorpresa y el posterior recelo de Adsler. En general me parecieron acertadas sus preguntas, aunque me sorprendió que se interesase por ciertos detalles cuyo significado trascendendía a mi conocimiento. Recuerdo que se interesó por el olor que flotaba sobre Kalhat.

―¿Estas seguro de que es el mismo olor que percibiste en las manos de Elm, quizás proveniente de las vendas?

―Sí, es inconfundible. No comprendo por qué se ha extendido sobre Kalhat ―respondí sin disimular mi extrañeza.

―¿No conoces su origen?

―Supongo que obedece a la floración de alguna planta o al reclamo que anuncia el celo de cualquier especie animal.

―Me temo que tus suposiciones son erróneas. ¡Olfatea el aire! ¿Qué perciben tus sentidos?

―Un millar de olores, entre los cuales se halla el olor que reclama nuestra atención, afrutado y áspero.

―¿No percibes también un cierto olor a podrido? ―y Adsler parecía dudar de mi destreza.

―No, o quizás sí.

―Tu olfato aún no es lo suficientemente sensible. Para mí ese hedor es tan nítido como el que impregna las calles de Kalhat.

―No comprendo qué interés tiene para nuestro futuro ―respondí con cierta aspereza.

―Te lo explicaré en su momento. Antes debo confirmar una sospecha. ¿Eres capaz de distinguir de dónde proceden los olores que llegan hasta Kalhat? No, naturalmente que no ―se respondió Adsler a sí mismo―. Acompáñame, te mostraré el origen de esta pestilencia. Busquemos primero algo que nos sirva para excavar en la tierra.

Pronto habíamos relegado las comodidades junto al fuego y nos internábamos en los bosques cercanos a Kalhat. Otros olores comenzaban a perfilarse entre los árboles. De savias y musgos, de pájaros e insectos, de agua y cieno. Y el olor a podrido señalado por mi maestro. Me avergoncé de la torpeza de mis sentidos.

―¡Es repugnante! ¡Otros olores no me parecen tan fétidos!

―Alguno incluso te parecerá agradable. Pero existen más esencias en el aire.

―Todavía se percibe el olor que impregna Kalhat, aunque más difuso ―me atreví a comentar.

―En efecto, se percibe el mismo olor de Kalhat, pero no es el olor de Kalhat. Espera, nos apartamos del rastro. Hacia la derecha.

Vadeamos un entramado de riachuelos y ascendimos dos o tres pendientes que para mis ojos eran escarpadas, pero para mis piernas apenas suponían esfuerzo. Seguimos un camino abierto entre la hierba y nos internamos en la maraña vegetal. Adsler se detuvo y señaló un promontorio en la espesura.

―Hemos alcanzado nuestro destino. ¡Buscaremos aquí!

Los murmullos de las paletadas de tierra me parecieron el único sonido del bosque. Flotaba un olor tan nauseabundo que pronto me vi obligado a posponer la excavación. Adsler continuó la tarea mientras yo me aliviaba a unos pasos de distancia. Apenas me había repuesto cuando observé que en la fosa yacía el cadáver de un lobo.

―¡Es terrible! ¡Apenas puedo soportar la náusea! ―balbuceé sobrecogido por las arcadas que atenazaban mis entrañas.

―Solo porque la víctima es un lobo. ¿Aprecias unas marcas alrededor del cuello del animal?

―¿Qué significan? ―pregunté aturdido por el hedor que confundía mi pensamiento.

―Significan que este lobo ha sido cautivo. Y si reparas allí, entre los huesos, descubrirás la flecha que sesgó su vida.

―¿Dónde conducen tales suposiciones?

―Te ruego que identifiques los olores ―susurró Adsler.

―El de la podredumbre, el que flota sobre Kalhat y el de mil flores y resinas―. También percibía algo más, un aroma humano.

―¡Efectivamente! ¡El olor de Elm! Y reflexiona sobre una circunstancia singular ―añadió mi maestro―. Kalhat queda a nuestra espalda. Observa la dirección del viento y comprenderás que te confunden dos olores iguales en su esencia.

―Cierto, pero no comprendo vuestro argumento ―y no tuve reparo en admitir mi ignorancia.

―El olor que aún flota sobre Kalhat y el olor de esta tumba responden a idéntico motivo. La rabia del consejero y la rabia de este lobo son la misma rabia. Ahora bien, este lobo fue cautivo y lo tocaron las manos de Elm. Las mismas manos que se aprestaron a restañar la herida que el consejero sufrió al cortarse con una copa que, no lo olvides, se rompió merced a la torpeza del mismo Elm. No es difícil recolectar la saliva de un lobo enfermo si ese lobo sucumbe ante el arquero. Bastaría con impregnar unas vendas con esa saliva y la maldición de la rabia se transmitirá sin más que rozar los labios de una herida.

―¿Entonces? ―pregunté sobrecogido por aquel descubrimiento.

―Kalhat se ha confiado a un asesino.


Blas Meca, con licencia Creative Commons

lunes, 15 de diciembre de 2014

Kalhat VI

- VI -

¿Como puedo transmitir el horror que me inspiraba la figura de Elm? Una descripción física sería insuficiente, y una descripción de las motivaciones que guiaron su espíritu escapa a cuanto supimos sobre los desvaríos que lo apartaron de la razón. Ni siquiera descubrimos si las causas que lo abocaron al crimen obedecían a motivos concretos, o si por el contrario respondieron al desbordarse de un largo proceso obsesivo. Todos conocemos a quien ha exhibido un comportamiento singular. A veces dominado por la anarquía y el delirio del caos, a veces convertido en el excéntrico que reniega de los cánones sociales pero muestra una peculiaridad brillante, una peculiaridad ante cuya originalísima naturaleza se inclinan todas las admiraciones.

¿Qué protagonismo aguardaba a Elm? ¿Qué destino aguardaba a los habitantes de Kalhat? Ambos destinos se entrelazaban en la locura y el terror, como si fuerzas ocultas se hubieran aliado para destruir a nuestro pueblo. Quizás ahora sea comprensible lo que Kalhat significa para mí. Si la infancia es por su fugacidad un tiempo que persiste en el alma de los hombres, más aún persiste la infancia que no se sustenta en referencias que hayan sucumbido al desgaste de los años.

Pero regresemos al nombramiento de Elm. Para nuestro asombro, el Consejo optó por un ritual desaparecido de las ceremonias usadas en los actos solemnes, y se rescataron boatos solo conocidos por las efemérides antiguas, liturgias que apenas persistían en la memoria de los ancianos, y maneras revestidas de rancia presuntuosidad. Se ultimaron los preparativos y, a mediados del invierno, Elm vistió la túnica de la investidura y los consejeros desplegaron una solemnidad inspirada en nuestros antepasados.

Todos esperábamos con expectación. Los actos oficiales, cuando rescatan el sentir popular, despiertan un interés desmesurado. El día de la ceremonia amaneció una mañana aterciopelada y estridente, una de esas mañanas de invierno en las que el sol calienta la tierra y solo los olores de la nieve persisten en la brisa. Sobre el estrado, Elm, con la túnica blanca exigida por la tradición, resaltaba contra un fondo de azules lejanos y hielos eternos. Al instante sorprendía su aspecto, más escuálido por efecto de la vestidura holgada y distinto al habitual. Reclamaba la atención su cabello, o mejor, su ausencia, que ayer mismo era visible, aunque tan exiguo que el cráneo se entreveía como una leve tonalidad rosácea. De cerca se descubría envuelto en una pelusa suave, dando la impresión de que las facciones se enmarcaban en una seda ingrávida y cenicienta. Ahora, una calva reluciente destacaba en el escenario de la ceremonia. Sin duda Elm se había rasurado la cabeza, como si el Elm que conocíamos hubiera dejado paso a una personalidad renacida. Se interpretó que era el modo de asumir el poder sin la rémora del pasado, para abrazar así las prerrogativas excepcionales con novísma pureza y enfrentarse sin mácula a la responsabilidad de guiarnos a través de un destino incierto. También se escuchó un revuelo de murmuraciones, que aseguraban esculpido el contorno de sus ojos con pintura femenina y sus orejas taladradas con aretes dorados. Una apariencia sorprendente, que acaso obedeciese en efecto a una renovación profunda ante la nueva vida. En general, se opinó que constituía un buen augurio y era bueno para la ceremonia. Junto a él, a izquierda y derecha, aguardaban los consejeros que le otorgarían una nueva dignidad, superior y de facultades plenas, acorde con la urgencia de los tiempos. Resonaron las palabras que le otorgaban la confianza de sus iguales y se le entregaron cetro y anillo, símbolos tomados de los reyes lejanos y que representaban el poder terrenal. Más aplausos, y silencio mientras Elm se dirige a su pueblo.

No tengo, ni ahora ni entonces, nada que oponer a las palabras con que Elm inició su mandato. Me parecieron palabras sosegadas y medidas, casi las palabras que brotan de una boca sujeta a la prudencia. Mejoras para todos y en especial para las familias menos solventes, justicia que emanase del pueblo y repercutiera en el pueblo, solidaridad para las desventuras ajenas y el siempre demandado anuncio de que se velaría por el bienestar y la satisfacción de las necesidades primordiales. Sin embargo, quizás por el tono de voz con que Elm anunciaba las mejoras futuras de Kalhat, o acaso por el rechazo que inspiraba su aspecto, me pareció que prometía con una vehemencia fingida, delatora de falsas promesas. También me asaltó la sospecha de que no solo nos enfrentábamos a la miseria de un hombre pequeño y débil, sino que la institución consagrada a velar por nosotros se había enmarañado en un laberinto de palabrería sutil y verdades incompletas.

En el discurso se evitó lo relacionado con la Muerte de los Mil Años y se omitieron las alusiones al fin del Predicador, dando por cierto que una fiera de las montañas había descendido hasta Kalhat para saciarse con el elixir de la sangre humana. Lamias y licántropos eran las criaturas predilectas para el sentir popular, quizás porque las heridas que infringen a sus víctimas concordaban con el aspecto de las desgarraduras que habían acabado con la vida del Predicador. Un licántropo similar al que había perecido bajo el cuchillo de plata, del que yo aún conservo una cicatriz en el hombro, se erigía como la bestia que mejor explicaba las características de aquella muerte. ¿Cómo explicar lo que sentí al comprender que la verdad no se ocultaba por ignorancia, sino obedeciendo a los patrones de la premeditación y el cinismo? Sí, lo supe entonces con la misma nitidez que después me mostraron los acontecimientos. Elm también conocía el nombre del asesino.

Apenas recuerdo los comentarios que animaron la vida social de Kalhat en las jornadas siguientes a la ceremonia de investidura. Hubo quien se mostró partidario de Elm y sus consejeros, y hubo quién solo otorgó a Elm el beneficio de la confianza. Abundaron las especulaciones y los protagonistas de las especulaciones, pero ya no consigo que los rostros de aquellos entrañables difuntos se perfilen en mi memoria. Alguien aseguraba, alguien confirmó y otro alguien se opuso, es cuanto subsiste entre la niebla. Rostros que pertenecen al pasado. No me esforzaré por revivir lo perdido para siempre. A veces se me antoja que estos compañeros son humo que mi añoranza se esfuerza por desenterrar, y que apenas existen como imágenes que brillan con el esplendor de lo efímero. Es la sorpresa al descubrir lo que se creía olvidado para siempre. Un destello, un murmullo y otra vez silencio. También me sorprende que en mi memoria solo se concreten los personajes que requiere el pulso de esta historia. Incluso a veces, ni siquiera prolongan su existencia más allá de lo estrictamente necesario. Me he descubierto en la resurrección de las peculiaridades de Zhor, de Elm o del mismo Adsler y, sorprendido, he comprobado que solo la relectura de unas páginas disipa la apatía de mi memoria.

Aunque temo que mi coherencia no se prolongue más allá de unos párrafos, me esforzaré por retomar el argumento de este relato. ¿Cual fue el primer desvarío que Elm alzó hasta la categoría de ley? Es difícil precisarlo con exactitud, porque coexistieron una pluralidad de indicios igualmente significativos. Recuerdo una de las audiencias en las que se impartía justicia. Nada puedo afirmar de dónde me había situado yo, quién me acompañaba o por qué nos encontrábamos allí, pero todavía distingo a Elm bajo palio y muy delgado, sobre unos escalones que elevaban su mirada sobre las miradas de sus siervos, y a su lado los consejeros que siempre se habían distinguido por el acierto y la prudencia de sus juicios.

El demandante era un hombre viejo, el demandado era un hombre joven, y el objeto del litigio era la caza obtenida con una lanza que el primero aseguraba de su propiedad.

―¿Quién es el beneficiario de los actos de una lanza? ―preguntaba el dueño de la lanza―. No hubo préstamo que justificase su uso, ni relación de familiaridad o camaradería. Sin duda el botín de la caza es mío.

―¡Mi astucia atrajo a la presa, mi certeza la hirió de muerte y mi fuerza la arrastró hasta el pueblo! La lanza jamás hubiera cazado sin mi brazo ―alegaba el demandado.

―Ambos exponéis razones justas y ambos parecéis hombres de fe ―interrumpió Elm―. El veredicto es difícil, pero una sencilla prueba bastará para que vosotros mismos impartáis justicia. ¡Traed un perro y dad la lanza a quien vertió la sangre del ciervo!

A todos nos sorprendió la petición de Elm. Un instante después, un perro vagabundo se entretenía a los pies del trono con unos despojos de carne.

―Declaro que este animal se incluye entre mis propiedades ―anunció el soberano mientras descendía hasta donde se encontraban los querellantes.

―¡Mata al animal! ―ordenó al demandado, y la voz de Elm advertía que ninguna excusa contaba con su aprobación.

El hombre alzó el brazo, miró a Elm, que asintió para confirmar la orden, y con una certera acometida acabó con la vida del perro.

―¿Sois conscientes de la gravedad de este acto? ―preguntó Elm―. Este animal era de mi propiedad. ¿A quién debo castigar ahora? ¿A quien ha derramado la sangre? ¿O a ti, que eres el propietario de la lanza?

―A quien ha derramado la sangre ―se apresuró a contestar el demandante.

―Al dueño de la lanza ―respondió el demandado.

―Me sorprende la arbitrariedad de vuestro juicio ―concluyó Elm―. Era distinto cuando os estimulaba el botín de la caza. ¿Quizás recapacitaríais si compartieseis el látigo que exige esta muerte?

―¡No merecemos vuestra ira, señor! ―exclamaron al unísono.

―Observo que las discrepancias ceden a la adversidad. Sugeridme un veredicto para este pleito ― y los ojos de Elm, oscurecidos en sus bordes por la pintura negra, mostraron un brillo despiadado.

―¡Compartiremos la caza! ―acordaron al instante los litigantes.

―Un veredicto adecuado. Compartid la caza.

La sentencia de Elm fue alabada por sabia y ecuánime. Solo uno de los consejeros reparó en que la muerte del perro había sido inútil.

Poco después, Elm firmaba la destitución de casi la mitad de sus consejeros, precisamente quienes en un momento u otro habían discutido su autoridad. Sin embargo, no relevó de sus funciones a quien había alzado su protesta por la muerte del perro, sino que lo distinguió con privilegios que negaba a otros colaboradores. Me sorprendió aquella actitud, pero lo achaqué a mi desconfianza natural, exacerbada por la saliva del licántropo. También reconozco que mi desafecto por Elm no admitía el calificativo de moderado. Apenas tuve la ocasión de reparar en sus facciones a escasa distancia, me sorprendieron sus ojos, hundidos en exceso bajo la sombra de lápiz negrísimo que perfilaba su contorno. Acostubrado a su pelo, ralo y muy corto, su cabeza afeitada me provocó la sensación de encontrarme ante un desconocido. Poco ayudaban las orejas, que resaltadas por los aretes dorados parecían ser el elemento sobresaliente del cráneo, enorme, desproporcionado sin duda por el efecto óptico de la piel, inflamada y enrojecida por el sol, y por el ineficiente apoyo estético prestado por la nariz, los pómulos y el resto de las facciones, que parecían afilarse en un rostro que siempre juzgué mejor parecido. Era Elm, pero sin la familiaridad conocida de Elm, lo que sin duda alertaba mi esencia de lobo. Identifiqué así mi recelo, y me dije que ciertamente su aspecto era singular y poco afortunado para inspirar confianza, pero que en gustos personales no cabe establecer patrones. Me repetí que no a todos ha de complacer lo mismo y cada cual es libre de elegir sus preferencias, hasta convencerme de que ninguna doblez se ocultaba en Elm.

Pronto se reavivó mi suspicacia. Elm cenaba con sus consejeros mientras se discutían las peculiaridades de ciertas remodelaciones que afectaban al bienestar público. Naturalmente, yo no había recibido ninguna invitación. Si conozco los pormenores de aquella velada es porque la curiosidad me empujó hasta una grieta del muro exterior, desde donde asistí a cuanto aconteció en la estancia donde se reunieron nuestros dirigentes. Tras una amigable polémica, y por el concurso de un movimiento desafortunado de la mano, Elm rompió una copa y las esquirlas del barro hirieron al consejero que se sentaba a su derecha. El mismo consejero que se distinguía con su confianza y destacaba en ocasiones por la virulencia de sus críticas. Elm sujetó la mano del consejero y pronto acudieron unos sirvientes con los útiles necesarios para restañar la hemorragia y cicatrizar la herida. Recuerdo que percibí un olor entre afrutado y áspero. Instantáneamente supe que provenía de las manos de Elm, quizás de unas vendas. Nadie había reparado en aquella fragancia sutil, pero las virtudes del lobo se aliaban con mis sentidos. Después, las fragancias de tinturas y bálsamos eclipsaron el olor que yo había percibido durante unos segundos.

Pasaron unos días. Dos, tres semanas, el tiempo carece de importancia. El aroma que yo había descubierto en las manos de Elm se adueñó del aire. Nadie parecía reparar en aquel olor, así que supuse que se trataba de la flora invernal o quizás alguna esencia originada por el letargo del musgos en los arroyos cercanos. Mientras tanto, exceptuando las insignificancias cotidianas, la vida se deslizaba con la somnolienta placidez de la rutina. Hasta que una mañana escuché la noticia que se había adueñado de calles y plazas. El consejero que disfrutaba de todas las prerrogativas había contraído una enfermedad cuya sola mención provoca el espanto de las gentes. Los síntomas eran tan nítidos que los especialistas coincidieron en el diagnóstico. Los ojos encendidos, la saliva desbordada en los labios, el horror ante la mera presencia del agua. Sí, el consejero había contraído la rabia. Cómo, dónde y cuándo eran preguntas sin respuesta. Se prescribió un tratamiento tan elaborado como inefectivo, se administraron diferentes pócimas que mitigaban el dolor, y se prolongó la agonía del paciente hasta donde lo permitieron los adelantos de la ciencia. Las exequias se celebraron con el boato demandado por las virtudes del difunto. Elm parecía compungido durante el sepelio.


Blas Meca, con licencia Creative Commons

domingo, 30 de noviembre de 2014

Kalhat V

- V -

El Consejo estudió las dudas que empañaban nuestro futuro, sopesó la valía de los distintos aspirantes al vacío dejado por el Predicador, y confirmó que se otorgarían al elegido poderes excepcionales, al menos mientras la Maldición de los Mil Años amenazase el futuro de Kalhat. Elm asumiría la responsabilidad de velar por nosotros. Una responsabilidad que pronto lo arrojó a los abismos de la locura.

Adsler hubiera sabido impedir aquella desafortunada elección, y Zhor habría alegado que Elm era culpable de irregularidades que lo incapacitaban para el cargo que se le había otorgado sin que nadie alzara una protesta. Pero ni Zhor ni Adsler se encontraban en Kalhat. Zhor había emprendido la más peligrosa de las cacerías, y Adsler lo acompañaba para recolectar ciertas hierbas silvestres que, convenientemente maceradas, servirían para preparar una untura que ocultase el olor del cazador.

Partieron de madrugada, apenas se atenuaba el fulgor de las primeras estrellas. La luna, próxima a nueva, aún se perfilaba como una hebra de plata en la vastedad de los cielos. Zhor reunía sus necesidades en un zurrón que colgaba de su hombro, Adsler, que lo acompañaría una parte del viaje, precisaba los servicios porteadores de una mula de carga. Los instrumentos que requería para macerar, diluir, filtrar, exprimir y alambicar la amalgama de savias que ocultarían el olor de Zhor, eran demasiado pesados para transportarlos durante las jornadas de marcha sin el concurso de un animal.

La brisa era suave, y aunque las nieves blanqueaban los tejados de Kalhat, se presentía el aroma de las siemprevivas como un adelanto a la primavera. Adsler lo habría sentido también, no en vano su olfato poseía una exquisita habilidad para diferenciar los matices de olor. Recuerdo las fragancias que se ocultaban en el viento. Mandrágora, hierbabuena, espliego y albahaca son aromas familiares para el común de los hombres, pero la dulzura de un panal que se oculta bajo la floresta de un soto o la estela de los caracoles en la inmensidad de un campo de amapolas, son efluvios que sobrepasan con mucho la capacidad sensitiva que puede considerarse normal para el género humano. Sin embargo, no me sorprendían aquellas cualidades, quizás porque disfrutaba de ellas y la costumbre reducía mi asombro. Sin sospechar que mi olfato desafiaba las normas de la razón, me complacía en el desenfreno de unos sentidos embriagados por el veneno del lobo. Reconozco que aún hoy me subyuga la fiereza de algunos colores o la estridencia de esos murmullos tan lejanos que escapan a la sensibilidad de la mayoría de las criaturas del bosque.

Mientras Adsler y Zhor se adentran en las selvas, distraeré el hilo de la narración hacia singularidades que poco o nada contribuyen al ocaso de Kalhat. No cabe alegar soberbia, porque mi vida ya se encuentra en las postrimerías del otoño y esas faltas no encuentran cobijo en el alma de un anciano. Mas cierto sería reconocer que entre mis próximas palabras subyace el anhelo de expiar una culpa. Reconozco que pesar o inquietud se me revelan como calificativos más apropiados, pero el desprecio que merecen los placeres morbosos me obliga a describir mis inclinaciones con la máxima dureza.

Confieso que descubrí aquella desviación de mi comportamiento pocos días después de que Zhor y Adsler hubieran emprendido su viaje, cuando me disponía a satisfacer las formalidades de una comida que mereció el calificativo de acontecimiento familiar. Mis padres y unos vecinos entrañables se habían sentado a la mesa. Celebrábamos una buenaventura que ahora me es imposible recordar. ¿La conmemoración de unos esponsales?, ¿el nacimiento de un primogénito?, ¿la bondad de una cosecha? Ante mí depositaron una bandeja de carne. Las mejores especias, los mejores condimentos, las mejores guarniciones. Y sin embargo, para mi paladar fue un manjar insípido. Observé a los comensales y no pude comprender por qué alababan las labores culinarias de mi madre. Tampoco las frutas o los dulces posteriores contaron con mi aprobación. Asistí a los parabienes de la sobremesa antes de retirarme hacia mi cuarto, y todo se hubiera perdido en lo cotidiano si no me hubiese asaltado la incontenible necesidad de adentrarme en los bosques próximos a Kalhat.

La tarde declinaba lentamente, el sol caía hacia el ocaso y un viento helado anunciaba la inminencia de la noche. Con el nacimiento del plenilunio, mi visión se alumbró con una luz que nacía en las profundidades del espiritu, y mi olfato alcanzó la majestad que caracteriza al olfato del lobo. A mi espalda quedaron el hogar paterno y las luminarias de Kalhat, que apenas eran un jalonado de resplandores en el horizonte. Se espesaron las tinieblas alrededor de mi cuerpo pero, lejos de entumecerme con el frío, sentí un fuego que ascendía desde el interior de mis entrañas. Era como la tortura de la sed o el dolor de una herida. Un fuego que se adhería a la garganta y al pecho, un fuego que enarbolaba mi hombría y me incitaba a deleitarme en cuantos placeres ofrecía la naturaleza.

Me desnudé junto a unos arbustos que eran iguales a otros arbustos, e instintivamente comprendí que sabría volver junto a mis ropas. Me pareció que un viento de libertad silbaba junto a mí y, como si pretendiese sumarme al flujo de ese viento, inicié una carrera tan vertiginosa como imprevisible. Desaparecieron los recuerdos de Kalhat. Zhor, Elm, mis padres, Uk y muchos otros se difuminaron en el olvido. Solo Adsler persistió en mi conciencia. De una forma abstracta e incorpórea, su memoria fue lo único que me uniría a la civilización en las siguientes horas. Lo sentí mi hermano.

Durante un tiempo que no acertaría a precisar, porque también el tiempo parecía enturbiado, corrí sin atender a ninguna derrota establecida por mi voluntad. Giré hacia unos árboles que se agrupaban en diversas geometrías, me dirigí hacia un arroyo, regresé hacia el punto de partida y otra vez emprendí la misma trayectoria. Me pregunté la razón de aquel incesante ir y venir, pero no supe encontrar una respuesta.

Me detuve un instante, avancé unos pasos y nuevamente me detuve. En el aire flotaba un aroma que sugería olores conocidos, no todos gratos para el olfato, pero que al unísono componían un aroma distinto y extraño. Sin comprender la procedencia de aquella señal que indicaba el camino, avancé hacia donde mis sentidos marcaban como origen de un perfume afrodisíaco.

No he utilizado el adjetivo afrodisíaco casualmente. Entre las evidencias que el embrujo del aire había despertado en mi naturaleza, me entretendré en reseñar el desentumecimiento de mi virilidad. Yo entonces era muy joven, y por tanto no debería haberme sorprendido ninguna manifestación del deseo, pero la fortaleza de aquella excitación era sobrecogedora. No tanto por el volumen desproporcionado de mi hombría, muy superior a lo que yo consideraba razonable, sino por la voluptuosidad que me había infundido algo tan ingenuo como el hálito que transporta el soplo de una brisa.

Recuerdo que corría entre un laberinto de zarzales y me sorprendió no sentir que mi carne se desgarraba al contacto de unas espinas temibles. Algunas retorcidas en una cabriola maligna, otras afiladas para atravesar a su presa y unas pocas deformes, con un garfio para retener la agonía de sus víctimas. Observé que ninguna herida rasgaba la piel de mis brazos. Después miré mis pies sin distinguir ninguna anormalidad. Ni siquiera me inquietaba el escozor de una erosión superficial. También reparé en mis piernas. Blancas bajo la luz de la luna y quizás demasiado musculosas, pero tampoco encontré nada que admitiera el calificativo de insólito. Entonces fue cuando descubrí la criatura que se balanceaba al compás de mi carrera. No me alarmó su forma, que era la que yo siempre había conocido, sino la enormidad de su tamaño. Me pareció equiparable a la exuberancia que portaban los garañones o los bueyes. Confieso que sentí miedo. Reconocer sobre mí aquel rasgo animal me provocaba una sensación que no admite semejanza con ninguna de las sensaciones que había experimentado anteriormente. No quise detenerme en la aterradora envergadura de mi masculinidad, y elevé la mirada hacia los resplandores que presidían mi aventura.

¿Se sienten los hombres fascinados por el resplandor de la luna? No lo sé, la incertidumbre ha presidido los días de mi vida. Desde el accidente que me apartó de lo que se considera común a la existencia humana, me he preguntado por qué el destino me escogió para sobrevivir al exterminio. Sí, yo conozco lo que palpita tras los ojos de la Reina Negra y he visto lo que subyace más allá de todas las visiones. Pero no me adelantaré a la narración. Ahora es difícil reconstruir los pensamientos que surgieron aquella noche. Me consta que intenté negar la verdad y que sentía la desazón de una sangre inflamada por el deseo. También me extrañó el ritmo de mi carrera, porque habitualmente no practicaba ejercicio físico. Sin embargo, una elasticidad desconocida bullía por mis piernas y el compás de mi aliento era acelerado pero constante, como si mis músculos demandasen una ventilación muy inferior a la suministrada por mi pecho. ¿Cuánto tiempo había mantenido aquel esfuerzo? ¿Dos, tres horas? Un tiempo excesivo para lo que mis pulmones hubieran soportado antes de la mordedura del licántropo. Recordé que en las competiciones atléticas había observado el desfallecimiento de quienes sobrepasan los límites de la vitalidad, y me sorprendió que yo, poco vigoroso, casi débil, resistiese la más exigente de las pruebas sin que la fatiga atenuase mi entusiasmo. Siempre me ha admirado la eficacia del tiempo para aclarar las dudas. Reconozco en mis venas la fortaleza del lobo.

El bosque era denso, casi impenetrable. Jamás había visitado aquel paraje y no previne ninguna medida que señalizara mi posición respecto a Kalhat, pero supe que dentro de mí se ocultaba el camino de regreso. Confieso que mi voluntad obedecía a lo que ni siquiera hoy acierto a precisar con exactitud, y confieso que mis anhelos se eclipsaron ante el afán que sentía por descubrir la procedencia de aquel olor. ¿Cómo era? No existe una respuesta que pueda ajustarse a las sensaciones usuales, y menos que admita la rigidez de la escritura. Solo encuentro calificativos aproximados. Un olor dulce, un olor entre opaco y luminoso, un olor cálido. Palabras que ni siquiera son un reflejo de la realidad. Sí, el deseo era el impulso que había dirigido la búsqueda, y mi hombría se alzaba como la más firme de las evidencias, pero no era el único ingrediente de aquel éxtasis que embriagaba mis sentidos.

Se abrió la espesura para revelarme los secretos del bosque. El aroma era penetrante, enloquecedor. Recuerdo un tronco podrido, los restos de dos animales devorados y tierra escarbada aquí y allá. Me encontraba en la meta donde habían conducido mis vacilaciones, pero allí solo se alzaban el silencio y las sombras. Susurraron los arbustos y una loba abandonó la espesura.


Blas Meca, con licencia Creative Commons

sábado, 15 de noviembre de 2014

Kalhat IV

- IV -

Las exequias fueron solemnes. Según dictaba la tradición, entregamos el cadáver del Predicador a la esencia del fuego. El asesino, simulando que compartía nuestro pesar, aplicó la antorcha sobre los haces de leña que se apilaban bajo el cuerpo del difunto. Los olores de las resinas flotaron en el aire. Después nos envolvieron los perfumes que ocultaban el hedor de la muerte. Llamaradas que rompían la noche, humos que se alzaban sobre la tierra y el crepitar de la leña como un augurio del horror que se cernía sobre Kalhat. Nos retiramos en silencio, sobrecogidos por una tragedia que se concretaba en nuestro pensamiento como el primer eco de un futuro terrible.

El silencio de Zhor, las palabras de Elm, que glosaban las virtudes del difunto, y la figura encorvada de Uk se superponen en mi recuerdo a la gravedad de los acontecimientos que presentía en el entorno. A mi lado, Adsler aguardaba silencioso y discreto, como el testigo que asiste a la tragedia para después plasmarla en una crónica secreta. Aún recuerdo sus manos entrelazadas con una desazón que contradecía la serenidad de aquellos instantes. No me sorprendió su inquietud. Nadie mejor que él conocía el nombre del asesino, quizás las peculiaridades del crimen y, sin duda, los pormenores de ese mañana tantas veces anunciado para nuestro pueblo. Y yo, ahora sé por qué, experimentaba una simpatía irresistible por aquel hombre. Su voz encerraba todas las respuestas y su presencia vencía los fantasmas de mis pesadillas. No buscaba la proximidad que se pretende de un amigo ni la enseñanza que se requiere de un maestro, aunque pronto me dirigí a él con este título. Tampoco me atraía la elocuencia de su discurso ni el aura de solemnidad de acompañaba sus apariciones. Es difícil explicar aquel magnetismo. En mi mente se superponían las ideas más peregrinas. El color entrecano de su barba, la suavidad de sus ademanes y el carácter afable de su voz son apenas una muestra de lo que imaginé el secreto de su simpatía. También recuerdo que la blancura de su sonrisa despertó mi admiración. Aunque no era un anciano, Adsler había superado el umbral de la madurez sin que en sus dientes se apreciaran los defectos que constituyen el primer síntoma de la podredumbre de los huesos. Ya por la contingencia de un golpe desafortunado, ya por una morbosidad pertinaz de las encías o el desgaste que supone el rozamiento a través de los años, en cuanto un hombre abandona la juventud se aprecían síntomas de envejecimiento en la regularidad de sus dientes. Si el propio Zhor mostraba una muela partida cuando reía al recordar algunos pasajes de sus viajes, y si Elm había perdido dos dientes como consecuencia de un accidente infantil, ¿cómo podría comprenderse que quien los duplicaba e incluso triplicaba en edad, no mostrase en su dentadura ni siquiera las grietas que se producen durante el proceso diario de la masticación? Ahora, la causa de este misterio se envuelve con los matices de la evidencia, pero entonces la inmadurez de mi pensamiento no comprendía por qué me inclinaba hacia aquel desconocido. No puedo sino concederme indulgencia al evocar las argucias que imaginé para encontrarme con Adsler.

El frío de la noche evaporaba el calor de las últimas luces, cuando observé que Zhor se dirigía hacia su cabaña, ahora compartida, donde Adsler desempaquetaba lo que son capaces de transportar dos animales de carga. Desde una capa de piel que soportaría los inviernos más enérgicos, hasta lo imprescindible para preparar una infusión de hierbas curativas, además de un sinfín de artilugios de los que apenas recuerdo su forma, y que servían, así me lo explicó Adsler, para desenmascarar algunos enigmas que la naturaleza velaba a los ojos del hombre.

Me aproximé a Zhor con el pretexto de agradecerle su vigilia durante mi convalecencia. Antes de que pudiera expresarle mi agradecimiento me descubrí aceptando una invitación para acompañarlo durante la entrevista que mantendría con Adsler.

―Quizás no sea conveniente mi presencia ―me atreví a sugerir.

―No solo es conveniente, sino necesaria. De lo contrario no te invitaría a que me acompañases ―me respondió con cierta aspereza.

―Pensé que te sentías obligado conmigo porque me salvaste la vida.

―Zhor no se siente obligado.

Caminamos en silencio hasta la cabaña de Zhor, donde Adsler se acomodaba para su estancia en Kalhat. Advertimos nuestra llegada con una voz desde la puerta, y aceptamos la hospitalidad que se nos brindaba con una alentadora respuesta. Zhor entró primero.

―¡Bienvenidos! ¡Bienvenidos el gran Zhor y su joven acompañante!

―Buenas noches, no quisiera molestar ―comencé a justificarme.

―Ahórrate las explicaciones ―interrumpió Zhor―, sabe a lo que has venido mejor que tú.

―Cada cosa a su tiempo. Disculpa la juventud de nuestro acompañante Zhor. Y tú ―añadió dirigiéndose a mí―, no te sientas avergonzado. Esta es una reunión entre hombres y tú ya eres un hombre ―intervino Adsler.

―Evitemos distraernos con las formas sociales ―sugirió Zhor―. ¿Cuál es el objeto de tu visita? Me informaron que deseabas encontrarte conmigo. Aquí estoy.

―¿Cómo os enfrentaréis a la Muerte de los Mil Años?

―¿La Muerte de los Mil Años? Ni siquiera podemos asegurar que este sea el año elegido para Kalhat.

―El Predicador lo había anunciado en el templo ―me atreví a intervenir―. Nos advirtió que muy pronto nos enfrentaríamos a nuestro destino y que los habitantes de Kalhat seríamos exterminados. No sospechaba que él sería la primera víctima ―argumenté con el propósito de mantener el secreto que compartía con Adsler.

―No podemos concluir que el Predicador sucumbiera por voluntad de la Reina Negra ―replicó Zhor.

―Pero lo predijo en el templo, durante el sermón ―balbuceé sin atender a las reticencias del cazador.

―Estamos perdidos si este es el año ―añadió Zhor.

Me sorprendí de que el comentario de Zhor no me hubiera sumido en el espanto. El más hábil de los guerreros consideraba perdida una batalla que ni siquiera había comenzado, y yo, un hombre solo porque lo afirmaba Adsler, había escuchado los temores de Zhor sin que una inquietud alterase la serenidad de mi ánimo. Y lo que era aún más inquietante, Zhor sentía el entumecimiento del miedo. Los perfiles de su rostro no habían experimentado ninguna alteración, pero el olor de su cuerpo era distinto. Más húmedo, quizás más denso. Confieso que si me sorprendía el miedo de Zhor, aún más me sorprendían las características de aquel miedo. Como el que aflige a los labradores cuando el granizo amenaza la cosecha o como el del pastor que descubre en el aprisco los desmanes del lobo. Un miedo sosegado y tranquilo, diferente de ese otro miedo que enturbia el pensamiento de las gentes.

―¿Tenemos la seguridad de que Kalhat sea la ciudad escogida?

―No lo dudes ―confirmó Adsler―. La Reina Negra ya ha impartido sus consignas. Muy pronto, las panteras emprenderán el camino hacia Kalhat.

―¿Cómo puedes saberlo? ¡Los augurios de las estrellas pueden ser confusos! ¡Quizás no sea Kalhat la elegida, quizás este no sea el año de la profecía o la maldición solo responda a la creencia popular! ―exclamó Zhor.

―El Predicador anunció nuestra destrucción ―me atreví a interrumpir de nuevo.

―¡El Predicador podía estar equivocado! ¡Las fechas podrían ser erróneas! ¡Incluso las mismas crónicas podrían ser falsas! ―exclamó Zhor.

―El cálculo de las fechas es correcto y las crónicas recogen fielmente el testimonio de nuestros antepasados ―me sorprendí al escuchar mis palabras y titubeé ante la extrañeza con que Zhor acogía su rotundidad―. Ignoro por qué nuestro visitante asegura que la Reina ha decidido nuestro mal, pero yo puedo corroborar cada una de sus afirmaciones ―añadí refiriéndome a Adsler.

―¿Tú? ―preguntó Zhor.

―¡Yo! No preguntes por mi certeza. ¡Fenómenos de naturaleza desconocida! ¡Sueños más fiables que el mejor de los auspicios!

―No olvides Zhor ―intervino Adsler―, que nuestro amigo sufrió la mordedura del licántropo.

―Estás en lo cierto. Como siempre, estás en lo cierto. ¿Nos enfrentaremos al destino?, ¿cómo conjurar lo inevitable? ―preguntó Zhor, sin pretender ninguna respuesta―. El Predicador ya ha muerto. ¿Fue la primera víctima de un explorador de la Reina Negra? En la explanada del templo no encontré ningún indicio revelador, aunque investigué lejos de la multitud.

―Había nevado ―me atreví a interrumpir―. La nieve borra las señales.

―No había nevado lo suficiente para cegar los ojos de Zhor.

―Llegaste tarde al escenario de la muerte. ¿No es cierto? ―preguntó Adsler―. Tampoco inspeccionaste el cadáver.

―Llegué muy tarde, los curiosos habían borrado casi todas las huellas. No las de tu presencia ―puntualizó dirigiéndose a Adsler―, que persistió entre el musgo que crece sobre las piedras de los soportales. Del Predicador quedaba una mancha de sangre. Sus restos, creo que mutilados, esperaban para la ceremonia fúnebre. Excepto en unos pocos lugares, la explanada del templo y sus alrededores mostraban una maraña de pisadas.

―Quizás obedezca al ataque de una fiera ―y Adsler me interrumpió antes de que añadiese algo más para preservar nuestro secreto.

―La muerte del Predicador obedeció a una mano humana, pero, por el momento, el castigo del asesino quedará en suspenso. Conviene que dirijamos nuestra atención hacia la Reina Negra.

―¿Cuál es la naturaleza de nuestros enemigos? Apenas conozco sus ojos ―confesé avergonzado por mi afán de ocultar a Zhor lo que Adsler le había revelado abiertamente.

―¿Conoces las panteras negras de Track? ―y Adsler continuó sin aguardar mi respuesta―. Me consta que sí. Zhor trajo un ejemplar que había cazado en sus montañas. Imagina una de esas panteras cinco veces su tamaño, imagínala cubierta con un pelaje espeso y azabache, e imagina que toda la maldad de los infiernos se concentra en el corazón de ese monstruo. Un ejército de esas bestias emprenderá muy pronto el camino hacia Kalhat.

―Pero..., ¿por qué...?

―Nadie lo sabe. Durante más de mil años, las ciudades han sucumbido a las garras de las panteras. Cuando han transcurrido aproximadamente cien años, atacan una ciudad para sembrar de nuevo la muerte y la agonía. Así durante más de mil años. Las fechas exactas, recogidas en las crónicas, son imposibles de predecir, aunque algunos sabios sostienen que se encuentran escritas en las estrellas.

―¿Desaparecen las ciudades tras el ataque de las panteras? ¿Cuántas ciudades han perecido así? ¿Por qué se llama la Maldición de los Mil Años si las fechas son impredecibles?.

―¡Tres preguntas, tu curiosidad es insaciable! ―me amonestó Adsler―. En primer lugar, las ciudades no necesariamente desaparecen tras el ataque de las panteras. La Reina Negra permite que algunos supervivientes escapen para aventar el terror tras la victoria. Permanece así su presencia viva, hasta que las gentes se sobreponen a la desgracia y regresan a una ciudad abandonada. Cuando el olvido se consuma, la Reina Negra repara de nuevo en los hombres y las panteras abandonan la meseta de Nom hacia una nueva ciudad con que saciar su ferocidad. Por supuesto existe constancia que certifica la validez de las flechas y predicciones fiables en el estudio de los astros del cielo. En cuanto al nombre, la Maldición de los Mil Años, supongo que hace referencia a leyendas tan lejanas que se pierden en el tiempo, aunque a eso no puedo responder sin dudas.

―¿Cómo sabemos que atacarán este año y Kalhat será la ciudad elegida? ―pregunté interrumpiendo a Adsler.

―Lo sé, y tú lo sabrás muy pronto ―sentenció mi maestro. Existen pocos testimonios orales, pero sí numerosos escritos de las edades antiguas. Ya he mencionado que suelen indultar a unos pocos habitantes, para que perpetúen la leyenda de su ataque, se reproduzcan y engendren hijos con que alimentar la maldición. Algunos redactaron sus memorias para liberarse de recuerdos terribles. Por su testimonio conocemos la irrelevancia de que las ciudades sean grandes o pequeñas, y lo inútil de que desaparezcan de la faz de la tierra. Si los supervivientes se distribuyen entre diez, quince o veinte ciudades, la Reina Negra considera que cualquiera de ellas equivale a la ciudad extinguida y dirige hacia allí su ataque, para castigar a quienes acogieron a los pobladores de la antigua ciudad. Aquí mismo, rechazáis la pernocta de ciertos viajeros. Peregrinos de Acbet, Frum y Prim, afortunadamente extraños en las proximidades de Kalhat, porque cada ciudad atacada se encuentra a muchas jornadas de cualquier otra y porque también ellos desconfían de tentar al destino ―concluyó Adsler.

―¡Podríamos preparar defensas! ¡Todos los animales temen al fuego!

―Durante más de mil años, las ciudades han empleado sus recursos para detener a las panteras. No inventaremos una defensa nueva.

―Sin embargo, tú sabes cómo evitar la tragedia ―intervino Zhor―. De lo contrario no estaríamos aquí.

―Únicamente sobreviviremos con el fin de la voluntad que obedecen todas las bestias. Si muere la Reina Negra, las panteras se dispersarán para siempre. Solo su poder las mantiene unidas en el mal.

―¿Quién podría hundir el puñal en el pecho de la Reina? ¿Dónde se inicia el sendero que conduce hasta ella? ―preguntó Zhor.

―Es imposible. Solo existe un hombre que pueda llegar hasta la Reina.

―¿Quién es ese hombre? ¿Un escogido de los dioses?

―Tú eres ese hombre ―respondió Adsler dirigiéndose a Zhor.

―El mejor de los cazadores, el más hábil para confundirse en la espesura, el de brazo más firme. Solo tú has sobrevivido al ataque de las lamias, y solo tú te enfrentas al licántropo sin una vacilación que merme tu fuerza. Tú, Zhor, eres el elegido.

―¿Cómo encontraré a la Reina?

―Yo te mostraré el camino.

―¡Quizás sea mi última aventura! ―y me sorprendió descubrir en el presagio de Zhor la excitación de una caza imposible.

―¿Cuándo debo partir?

―Cuatro días serán suficientes para disponer lo necesario.

―Traeré el corazón de la Reina Negra o será mi última cacería ―prometió Zhor.

―¡No! ¡Es imprescindible que regreses! Si fracasas, necesitaremos que luches a nuestro lado.

―¿Prepararéis alguna defensa? ―preguntó Zhor.

―La semana próxima el Consejo se reunirá para tomar medidas extraordinarias. Se dice que escogerán a un nuevo consejero, en sustitución de Predicador, y que le otorgarán poderes excepcionales. Si nos dirige un hombre sensato, quizás acepte mis sugerencias y construyamos algunas máquinas.

―¿Y yo? ¿Cuál será mi cometido? ―pregunté.

―Permanecerás en Kalhat. Me ayudarás en ciertas investigaciones y colaborarás en los preparativos de la defensa.

Me sentí desilusionado. En mi excitación, me había supuesto acompañante de Zhor y elegido para protagonizar una empresa heroica. Me aguardaba la rutina de Kalhat.


Blas Meca, con licencia Creative Commons

viernes, 31 de octubre de 2014

Kalhat III

- III -

Adsler Krockner, el maestro, el genio, el hermano que escapa a las normas de los hombres. Su silueta encapuchada aún aletea en mi memoria con la intensidad de la primera vez que mis ojos descubrieron su presencia, y el eco de sus palabras resuena en mis oídos con la elegancia de cuando descubrió mi secreto.

―Es inútil. Ha borrado sus huellas. No tenemos pruebas que corroboren nuestras acusaciones. Solo tú y yo conocemos la identidad del asesino. Debemos esperar. Antes o después nos respaldará la evidencia.

Nuevamente me he adelantado a los acontecimientos. La premura por descubrir a los personajes de esta historia, el caos que renace del recuerdo y la infinita torpeza de mi elocución, lejos de excusarme ante los testigos que juzgarán el interés de mis revelaciones, acrecientan la gravedad de mi falta y me sumergen en las aguas del egoísmo y la intransigencia. Si fuese un hombre joven, si aún no hubiese descubierto la traición del tiempo, no dudaría en regresar al instante en que se ocultó la última luna llena y supe que el bálsamo de las nieves había triunfado sobre el veneno del licántropo. ¡Qué júbilo exultante! ¡Qué plenitud porque mi destino se arropaba con la vulgaridad de todos los destinos! Pero la felicidad del reencuentro con mis padres y el orgullo con que mostraba las cicatrices de mi hombro deberán permanecer entre los secretos del pasado.

Tampoco exigiré de mi pulso la continuidad del relato. ¿Qué importan una semana, un mes o un año ante la inminencia del ocaso? Los hechos que entonces fueron relevantes se difuminan y alteran para conformar nuevos hechos que, aún desapercibidos en su momento, ahora se perfilan en mi memoria como el verdadero inicio de lo anunciado por los profetas. El abrazo de mi padre y las lágrimas de mi madre se desvanecen ante las congratulaciones del Predicador.

―¡Muchacho, has escapado a la peor de las muertes! ¡Todos hemos suplicado por tu restablecimiento!

¿Por qué habrían de impresionarme estas frases anodinas? Durante aquella semana las había escuchado de los prohombres que destacaban en la vida social, de los campesinos, los alfareros y los maestros en el arte de curtir las pieles de los animales. Felicitaciones a las que yo apenas replicaba con un tenue agradecimiento antes de que se deslizaran al olvido, felicitaciones que ahora encendían mi conciencia y proclamaban que el Predicador se enfrentaría pronto a la muerte. ¿Cómo vislumbré el futuro con una certidumbre inquebrantable? ¿Qué presagio me reveló la verdad? No encuentro en las palabras del Predicador presagios que alertaran mis sentidos. Sus ademanes fueron tan parcos como se espera de un iluminado por la fe. Ningún sobresalto distorsionó la quietud de su rostro, y tras la dureza de su mirada solo se vislumbraban la benevolencia y la cordialidad. Pero muy pronto arderían las velas funerarias en su honor y lo enterraríamos a las afueras de Kalhat, convirtiéndose así en la primera víctima de la maldición que pesaba sobre nosotros.

Esperé a que se confirmaran mis sospechas. Durante dos semanas elevé los ojos hacia la cima de la colina y aguardé a que la silueta del templo aliviase mis temores al amanecer, cuando las sombras clareaban en el horizonte. Los torreones de piedra recortados contra el cielo, cuya visión bajo aquella luz me hubiera sumido en el espanto poco antes, ni siquiera suscitaban en mi ánimo una sombra de inquietud. El tejado de pizarra, las penumbras que envolvían el atrio y el perfil de los campanarios, apenas eran elementos del paisaje donde se concretaría la tragedia. Mi vigilia terminaba cuando el Predicador abría las puertas del templo y un soplo de aire invernal se elevaba por el interior de las bóvedas y los torreones, como si el renovarse de los aires estancados fuese la señal de que ningún peligro amenazaba nuestra convivencia. Después, la mañana descendía sobre las tierras de Kalhat y, ya envuelto en la caricia de las sábanas, escuchaba el removerse de mis padres en el lecho, el fluir de las aguas distantes y el arrullo de los trinos que rompían el silencio de los bosques. Y cuando los primeros rayos de sol calentaban la tierra, me envolvían los efluvios de todas las esencias. Olores de resina y madera, olores de flores exuberantes, de almizcle y espliego, de peñas agrestes y manantiales de agua templada, olores tan distintos a los olores que se presentían entre las fragancias nocturnas, que despertaban en mí el asombro y la admiración ante las maravillas del viento. No acierto a explicar cómo entre un millar de fragancias puede distinguirse el inequívoco perfume del sol, ni como el mismo torbellino de fragancias puede envolverse con los efluvios de la luna. El olor del sol es áspero, el olor de la luna es dulce.

Una noche, poco antes del crepúsculo, el desasosiego del licántropo me envolvió como un fuego que incitaba a cobijarse entre el ramaje de los árboles. Perdido en una inquieta duermevela, alcancé la madrugada en la certeza de que se confirmarían mis temores. El mismo sueño se repitió con insistencia. Un desfiladero donde la lujuria de las plantas ocultaba las aristas de las rocas, el torrente que serpentea sobre una cortina de hiedra, la laguna de aguas cristalinas y yo, oculto entre la floresta de una pared alzada hacia las alturas del desfiladero. Ningún murmullo, ningún rumor, solo el alboroto lejano de los pájaros y el zumbido de los insectos. La hojarasca anuncia la proximidad de una presa. Contengo la respiración, se prolonga la espera durante unos segundos. Hasta que un cervatillo abandona la espesura y avanza hasta situarse a mi alcance. Un salto y la presa será mía.

Desperté sobresaltado en mitad de la madrugada. Me precipité hacia la ventana y contemplé la silueta del templo. Instantáneamente supe que se había consumado la tragedia. Abandoné mi cuarto, crucé junto a la habitación de mis padres, abrí la puerta sin que ningún sonido delatase mi vigilia y me encontré bajo el aliento de las estrellas. Una brisa suave traía el aroma de la muerte. También, mucho más intenso, percibí un olor entre salado y agrio. Mientras ascendía hacia la colina me preguntaba cómo había presentido con tanto acierto la fatalidad. Recuerdo la imagen de unas retamas, un grupo de piedras que se amontonaban para configurar una forma fantástica, y las huellas de un animal entre la maleza. Por fin, alcancé el escenario del crimen.

Me dirigí hacia el centro de la explanada que se extendía ante las puertas del templo y me detuve ante el cadáver que aguardaba mi llegada. El rostro del Predicador, aún desfigurado por el pánico, mostraba una solemnidad que difícilmente se ajustaría a mi descripción. En sus facciones, la inequívoca faz de miedo se fundía con la templanza, como si la violencia de la muerte no hubiese podido arrebatarle la paz que había cultivado durante tantos años, o como si el ejercicio de una existencia consagrada a la virtud sirviera para adecentar el absurdo de un fin incomprensible. Solo los canallas mueren a la intemperie, pero allí yacía el cuerpo desmadejado y roto del Predicador, sobre un cristal de escarcha, sin otro destino que alimentar a los carroñeros y exhibir sus entrañas hasta que un alma bondadosa ocultase la crueldad de su muerte.

Una herida había bastado para descubrir la intimidad de las vísceras. No experimenté ninguna repugnancia ante el desorden de sus intestinos, ni ante la imagen de unos órganos que aún se agitaban en sus convulsiones postreras. Me ruboricé al sentir que un delicioso placer surgía desde las profundidades de mi conciencia. Un placer que mi mente negaba con la fuerza de la razón, pero mi instinto acogía con el deleite del paladar que se inclina ante el más apetecible de los vinos. Intenté que la piedad se impusiera a todas las consideraciones, pero no acerté a reproducir el vértigo que un mes antes me hubiera asaltado en aquellas circunstancias. Ni un atisbo de misericordia, ni el consuelo de una tristeza redentora. Los sentimientos humanos habían desaparecido de mi alma. Y lo que aún era más aterrador, aquella convicción ni siquiera suponía para mí la molestia de una incomodidad. Sentí una presencia cercana y dirigí mi mirada hacia las sombras del atrio. Una figura me observaba atentamente.

―¿Por qué lo has hecho? ¿Quién eres tú para arrebatarle la vida? ―grité mientras me dirigía a su encuentro.

―¡Tu ingenuidad es conmovedora! ―me respondió―. Al instante, por la cadencia de sus palabras, supe que no era culpable de aquella muerte.

―¿Quién entonces? ¿Y por qué?

―Ante todo, mi nombre es Adsler Krockner y nací en las tierras de Ashengold. Soy un peregrino en busca de respuestas.

―Poco me importan tu nombre o tu cuna. ¿Viste cómo escapaba el responsable de esta carnicería? ¡El Predicador era un hombre bueno! ¿Reconocerías el rostro del asesino entre los rostros de la multitud?

―No he visto al asesino. Ni tampoco he presenciado el crimen. He llegado tarde.

―¿Has llegado tarde? ¿Cómo lo sabías?

―El destino de este infortunado estaba escrito en el aire. Tú mismo lo descubriste hace ya algún tiempo.

―No creo tus palabras. ¿Qué ocultas tras esa capucha que me impide contemplar tu rostro?

―¡Nada! ¡La capucha me protege del frío! ―el extranjero se desprendió de la capucha.

Su rostro correspondía a un varón de mediana edad. Aunque la juventud ya había cedido definitivamente ante la madurez, en sus facciones se adivinaba el chisporroteo de la inocencia. Una barba discreta y grisácea otorgaba a su semblante la misma firmeza que se desprendía del timbre de su voz.

―¿Y bien? ¿He superado tu examen?

―¡No! ¿Quién sino tú pudo cometer este atroz homicidio? ¡Nadie que conociese al Predicador habría cometido un crimen tan vil!

―Todos podemos cometer un crimen. Yo no soy especialmente fuerte. ¿Crees que habría podido infringirle esas heridas? ―alegó mientras señalaba el cuerpo del Predicador.

―Supongo que no. Parecen las heridas de un animal.

―Sabes que ningún animal ha rondado por las inmediaciones de Kalhat.

Adsler Krockner esbozó una sonrisa y pensé que un aura extraña envolvía la figura de aquel desconocido. Cuando agitaba las manos o arqueaba las cejas para expresar la perplejidad que le producían mis afirmaciones, yo apreciaba en cada uno de sus gestos el beneplácito o la repulsa que mis palabras infundían en su ánimo. Instintivamente supe que mi interlocutor ya había desentrañado los pormenores de un crimen que para mí aún se envolvía con el misterio de lo inesperado.

―¿Inesperado? ―y Adsler Krockner había seguido el flujo de mis pensamientos.

―¿Cómo?

―¡No importa el cómo! ¿Inesperado? ¡Sabías que a este hombre le aguardaba la muerte! ¿Por qué llegaste aquí antes que tus vecinos? ¿Por qué acechabas en la quietud de la madrugada?

―¿Soy el culpable? ¿Me venció el espíritu del licántropo? ¿De nada sirvió el bálsamo de las nieves?

―No insistas en tu ignorancia ―interrumpió Adsler. ―Conocías el destino de este infortunado porque habías olido el hálito de la muerte en su persona.

―¿El hálito de la muerte?

―Un olor que ni siquiera sabrías identificar, pero que te advirtió de esta tragedia.

―Pero si yo no soy el asesino y tú tampoco, ¿quién entonces?

―Agudiza tus sentidos, la respuesta a tus preguntas aún flota en el aire.

Durante unos instantes contuve la respiración. Apenas desapareció el sopor que embriagaba mi olfato, permití que se me revelase la identidad del asesino.

―¡Despertemos al pueblo! ¡Su crimen no puede quedar impune!

―Es inútil, ha borrado sus huellas. No tenemos ninguna prueba que corrobore nuestras acusaciones. Solo nosotros conocemos su identidad. Debemos esperar, antes o después nos asistirá la evidencia.

―¡Algo debemos hacer! ―balbuceé sumido en el desconcierto.

―Vámonos ahora. Regresaremos más tarde, cuando Kalhat descubra el horror de esta muerte.

En el horizonte se presentían las primeras luces del alba, un millar de olores flotaban en el aire. Olores confusos, olores entremezclados, olores difíciles. Y entre todos los olores, el olor agrio y salado del asesino.


Blas Meca, con licencia Creative Commons

miércoles, 15 de octubre de 2014

Kalhat II

- II -

Hoy he recobrado la inspiración. Después de casi un año, he sentido que una fuerza me impulsaba a reemprender la escritura. No me ha inquietado este arrebato de energía creadora. A mi edad, un hombre apenas repara en las paradojas cotidianas. Solo me sorprendería descubrir en mí las exaltaciones y euforias propias de la juventud. Los anhelos de mis primeros años se difuminan en la antesala de la muerte y me infunden la serenidad de un triste presagio.

¿Por qué escribo sin apenas permitirme un respiro? Me encuentro en el ocaso de mi vida y mis palabras no tendrán una segunda oportunidad. La propia inconsistencia del pasado me obliga a considerar al tiempo como el más tenaz de mis enemigos. Si yo no cuento con la gracia de una prórroga, tampoco mis actos se someterán a los dictados de la perfección ¿Por qué habrían de importarme las críticas de generaciones venideras? ¿Pretendo que mis hazañas con la pluma enturbien la figura de Zhor, de Elm o del mismo Adsler? Nada más ajeno a mis propósitos que distraer a los lectores que vuelvan sus ojos hacia las edades remotas. Subrayo, no sin cierto escepticismo, la palabra posibles, porque me consta que el ser que se encamina a mi encuentro no se detendrá hasta que se apague el recuerdo de mi existencia. Sí, la Reina Negra ha emprendido el camino y de poco servirán mis precauciones. Ignoro si me opondré a su ataque con las argucias de una sabiduría confundida por la decrepitud, o si me rendiré a lo inevitable sin que una súplica enturbie el último instante de mi vida. Dos argumentos señalan a esta segunda alternativa. Soy demasiado viejo para oponerme a un desenlace fatal, y me sorprendería que mi perseguidora abandonase lo que se ha erguido como la más sagrada de sus prioridades.

Apenas habrá transcurrido una hora desde que terminé de comer. Una comida larga y frugal, aunque parezca un contrasentido, una comida como corresponde a un hombre que sobrepasa el centenario. En el interior de mi boca siento el mismo fuego que sentí en la lejanía de la adolescencia, cuando Zhor introdujo entre mis labios el bálsamo de las nieves, el único remedio que la ciencia médica prescribe contra la mordedura del licántropo. Me pareció que un millar de escorpiones envenenaban mi lengua. Ahora no son las virtudes curativas de un medicamento las que promueven el ardor en mi boca, sino la rebeldía que experimenta una carne próxima al sepulcro ante el frescor de las frutas y las aguas. De nuevo la desazón que tortura mis labios me translada a las fiebres que siguieron al instante en que los colmillos del licántropo se hundieron en mi cuerpo. El horror de una duermevela dónde se amalgamaban las más espantosas alucinaciones, el infierno que diluía mis humores, la consciencia de que una metamorfosis se fraguaba en el lecho de mi espíritu. Durante una semana, mis únicos compañeros fueron la nada y el olvido. Después, los períodos de lucidez se impusieron a los delirios que el veneno del licántropo despertaba en las profundidades de mi alma. Junto a mí, Zhor se distraía con un juego de trebejos dorados. Nos encontrábamos en una espaciosa cabaña que él mismo había rescatado de la ruina en las inmediaciones de Kalhat, y cuyo mobiliario se reducía a un lecho de lana, tres sillas, una mesa y algunas velas de sebo que iluminaban las vigilias nocturnas. En uno de los extremos de la estancia esperaba una jaula de gruesos barrotes de hierro. No pregunté cuál sería su utilidad. Me constaba que durante la próxima luna serviría para encerrar a un licántropo.

―¿Qué sucederá si el bálsamo de las nieves no surte el efecto deseado?

―Te mataré ―respondió Zhor sin que una emoción distorsionase su rostro―. Con el cuchillo de plata.

―Permíteme que escape hacia las selvas.

―Serías un licántropo. Dentro de un año o de muchos, no importa cuántos, regresarías a Kalhat para esparcir el horror de tu especie. La muerte con el cuchillo de plata nos librará del contagio.

―¿Mis padres?

―Aguardando, como todos los habitantes de Kalhat. Dentro de unos días te abrazarán de nuevo. Vivo o muerto, habrás vencido a la maldición.

―Me sorprende que me alcanzase en el hombro. ¿Por qué no buscó mi garganta?

―No deseaba la muerte de tu cuerpo, sino de tu espíritu.

―¿Ha conseguido su objetivo?

―Ignoro en qué medida. Completamente, en el supuesto de que el bálsamo de las nieves no pueda contrarrestar la eficacia del veneno, o parcialmente si tu organismo responde al medicamento.

―¿Parcialmente?

―La mordedura de un licántropo siempre induce cambios en la conciencia.

―¿Me habré salvado si el bálsamo cumple su cometido? ¿Habré vencido a mi enemigo?

―Tu cuerpo no sufrirá ninguna metamorfosis, pero tus sentidos captarán lo que nunca podrían percibir los sentidos humanos. Algunas noches, cuando la luna ilumine los cielos, serán tus compañeras pesadillas y alucinaciones. Tu alma se alejará de las almas humanas y una lucidez desconocida inundará tus pensamientos. Tus reacciones serán rápidas, tu valor ilimitado. Son las secuelas del lobo. Pero conservarás la apariencia de hombre y respetarás el dolor de los hombres. Quizás, no puedo asegurarlo con certeza, sientas el impulso de la caza y te arrojes a los bosques en busca de una víctima con que saciar tu instinto. Esa víctima pertenecerá siempre al reino animal, porque la sangre de la especie humana suscitará en ti una repulsión que te obligará al rechazo. A veces he encontrado ermitaños que escapaban a mi presencia, ermitaños cuya senectud debía impedir la agilidad de sus movimientos y que, sin embargo, demostraban una energía impropia de la edad reflejada en sus facciones.

Se distorsionaron las palabras de mi acompañante y comprendí que me había vencido el sopor. Durante un tiempo indeterminado, vi luces y sombras que flotaban en el espacio, hasta que un viento me transportó hacia parajes donde las voces de los animales rompían el silencio de la naturaleza. Muchas veces después he contemplado en sueños lugares como los que visité en aquellos días, pero en la realidad jamás he encontrado un bosque donde se fundieran las tonalidades y los aromas que llegaban hasta mí desde la inconsciencia. A veces se fragmentaba mi sueño y veía a Zhor sentado a la mesa. Siempre atento, expectante, como si mi naturaleza homicida pudiera despertar antes del plenilunio. Inmediatamente se desdibujaba la imagen de mi guardián y otra vez me envolvían las brumas. ¿Cuánto tiempo permanecí en aquel estado de postración? ¿Diez días? ¿Quince? Recuerdo que Zhor me despertaba para obligarme a ingerir algunos alimentos. Mi memoria conserva algunas imágenes. Zhor preparando unas flechas, Zhor entretenido en la talla de una figura de madera mientras saboreaba unas ciruelas que me parecieron inmaduras, Zhor enhebrando la aguja para coser unas pieles. También recuerdo una breve conversación. Yo había escapado a una de mis pesadillas y Zhor me observaba fijamente.

―¿Me matarás? ―me atreví a preguntarle.

―Aún es demasiado pronto para saberlo ―me respondió sin ninguna duda en sus palabras.

―He contraído la enfermedad y padezco un tormento de visiones extrañas. Sin embargo, en mis pesadillas descubro un vigor extraordinario. Me asaltan pensamientos de sangre y muerte, pensamientos atribuibles a la progresión del mal.

―No estás equivocado. El mal se incuba en tu interior. Es como una larva que taladra la madera. El verdadero peligro no reside en la larva, sino en la posibilidad de que la oruga se transforme en mariposa y multiplique su descendencia en las mil direcciones del viento.

―¿Cuándo conoceré mi destino?

―Nunca. Si triunfan los poderes del mal no serás consciente de tu transformación, y si triunfan las virtudes del bálsamo, la fatalidad de tu destino será la fatalidad de los habitantes de Kalhat.

―¿Cómo me matarás?

―Ya lo sabes. Te hundiré el cuchillo de plata en el corazón. No sufrirás ningún dolor.

―Mis padres estarán apenados ―murmuré perdido en la tristeza―. Zhor no respondió a mis palabras. Desde el lecho, observé el resplandor de la luna. Cuarto creciente. Un frío glacial atenazaba mi alma.

Ahora mi narración debería circunscribirse al firmamento de los sueños. A las maravillas interiores que afloraban como consecuencia del efecto del veneno, a los colores y sonidos que me descubría el bálsamo de las nieves, a las visiones suscitadas por el aliento del lobo. Jamás he conocido una droga más poderosa que la saliva del licántropo. Una droga que, aún hoy, a una vida de distancia, enturbia mis sentidos con percepciones que escapan a la realidad. No, me disculpo por mi falta de rigor. Mis percepciones nunca han sido equivocadas. Extrañas y misteriosas para el saber humano, pero tan ciertas como el agua que fluye en los manantiales o la pureza de los vientos del norte. Transcurren en el interior de selvas donde la floresta no se ajusta a ningún color familiar para el hombre, pero responde a tonalidades percibidas por el ojo del licántropo. ¿Quién aprecia el aura tornasolada que perfila el contorno de una flor, quién ha contemplado el carmesí de las hojas del castaño o quién distingue dos mimosas por la intensidad de sus pigmentos amarillos? Y si el veneno del licántropo dotaba a mi visión de características extraordinarias, ¿qué decir de las alteraciones provocadas en sentidos menos desarrollados del hombre? ¿Cómo separar el olor de dos sauces idénticos, oír el murmullo de la lombriz oculta bajo la tierra o determinar la situación de una presa que se remueve al otro lado del río? Ante mí se abría un universo desconocido.

Zhor me despertó al anochecer. Por la gravedad de su rostro supe que había llegado el momento.

―Entra en la jaula.

No opuse resistencia. Sentí que algo extraordinario borboteaba en mi interior y que podría haberme enfrentado a Zhor. Sí, yo, el muchacho que apenas un mes antes soportaba las humillaciones de otros muchachos más adentrados en la pubertad, ahora, poco después del accidente, contaba con el vigor y la fiereza necesarios para enfrentarme al más hábil de los cazadores. Zhor no me inspiraba ningún temor, pero entré en la jaula. Sumiso y dócil, entré en la jaula y esperé a que la luna me revelase la verdad. Zhor se sentó cerca de mí, al otro lado de los barrotes. Tomó una vara de avellano y desenvainó el cuchillo de plata. Lentamente, como si obedeciera a un ritual establecido, sujetó el cuchillo al extremo de la vara con cinta de cuero mojado, que anudó bien tenso y prieto, antes de ponerlo a secar junto al fuego. Pronto, una lanza de plata esperaba para hundirse en mi pecho. Sentado sobre la alfombra, Zhor estudiaría mis reacciones hasta el amanecer. En sus manos descansaba el instrumento de mi muerte.

La luna alzaba un vuelo majestuoso y suave. Me olvidé de la presencia de Zhor y alcé los ojos hacia el cielo. En los bosques, el aullido de mis hermanos era un canto a la vida, en la espesura, mil pupilas rasgaban las penumbras. Algo se rompió muy profundo y me asaltó un frenesí desconocido. Sentí que rechinaban mis huesos, que se descoyuntaban mis articulaciones, que el volcán de una metamorfosis estallaba en mi ser. Y vi lo que jamás ha visto el hombre. Mi espíritu se alzó más allá de los labrantíos, más allá de los cañaverales, más allá de las montañas. Atravesé las ciudades de Frum, Prim y Darheil, el curso del río Am, el reino de las lamias y la planicie helada de Nom. Hasta que me adentré en el Bosque de Piedra. Entonces vi los ojos carmesíes de la Reina Negra. Ojos de locura, ojos de agonía, ojos de muerte. Y tras los ojos, un pensamiento abominable, un pensamiento que revelaba la intención de nuestro enemigo. Kalhat.


Blas Meca, con licencia Creative Commons

miércoles, 1 de octubre de 2014

Kalhat I

- I -

El frío era intenso. Sentía los pies entumecidos por la humedad que atravesaba la piel de las botas, y una leve rigidez en la espalda me anunciaba que había permanecido demasiado tiempo en la misma posición. Miré a mi padre y supuse que él no tenía frío. Después miré a mi madre. Ahora sé, cuando sus rostros solo existen en mi memoria, que también ellos sufrían con aquel helor que se filtraba a través de las tablas del suelo. Pero entonces yo era demasiado joven para comprender que el sufrimiento es ajeno a las prerrogativas de la edad. El mundo de los mayores me parecía mágico y misterioso, como me parece ahora el mundo de la infancia. Muchas veces, después de superar la madurez, cuando mi cuerpo se rebela contra la disciplina que el espíritu pretende imponer a la carne, he reflexionado sobre los acontecimientos que viví en el despuntar de unos días presididos por la muerte. Aquellos tiempos de indecisiones y temores ya no me parecen más ingratos que los inviernos del hambre, cuando perdí la juventud entre las trochas y los juncales que se extienden más allá de las selvas de Frum. Jornadas que pertenecen al pasado, como mi estancia en la renacida ciudad de Ashengold, donde se prohibía yacer con una única mujer porque así lo demandaba la supervivencia de una raza maldita, o como mi llegada a estas lejanas montañas de Exeter, donde vivo en una cueva situada más allá de la frontera con los hielos.

Intento determinar el momento exacto por donde debería iniciar mi narración. ¿Por el silencio y la quietud de mis padres, que solo obedecían a las formas sociales requeridas para la estancia en un templo? ¿Por el frenesí de Elm, el Loco? ¿O quizás por la entrada en el templo de Zhor, que regresaba de una de sus expediciones? Recuerdo que el tintinear de sus collares evocaba el rugir de las alimañas doblegadas ante su cuchillo. Lobos negros, serpientes de los pantanos, asmures de las cavernas y otro sinfín de alimañas que Zhor había cazado por el mero placer de la caza o porque así lo exigieron los requisitos del valor o el comercio. Zhor y sus expediciones, Zhor y sus aventuras, Zhor y cuanto ennoblecía la vida. Sin comodidades que atemperasen la rigidez de la naturaleza y sin una descendencia que garantizara la continuidad de su estirpe, pero ungido con la libertad de los espacios abiertos, perpetuado en el honor de los guerreros y presente en el deseo de las doncellas. Zhor, la leyenda que saboreaba su gloria entre el silencio de los cañaverales y el fragor de las batallas, se distinguía también con las virtudes de la prudencia y la humildad. Jamás alardeaba de sus victorias ni presumía de hazañas que hubieran despertado cualquier otro orgullo. Incluso cuando le preguntaban sobre su lucha contra un tigre blanco sin más arma que su cuchillo de monte, Zhor inclinaba la mirada y sustituía las palabras por un silencio que no podía sino despertar el respeto de sus interlocutores.

También recuerdo la figura encorvada y deforme de Uk. Se había situado delante de nosotros, a la derecha. Mi madre lo contempló por un instante y me pareció vislumbrar en su rostro una expresión de piedad. Después sus facciones se suavizaron y se concentró en las palabras del Predicador, que nos exhortaba al arrepentimiento ante la proximidad de la Muerte de los Mil Años. Mis ojos permanecieron sobre Uk. Se detuvieron en el pelo hirsuto que sobresalía a las vestiduras, en la curvatura anormal de su espalda, que lo obligaba a caminar con las manos próximas a las rodillas, y en esos labios descarnados que permitían la visión de unos dientes extraños y puntiagudos. Y su olor, indefinible, era un olor entre salado y agrio, solo comparable al olor de las hidras o los centauros. Imposible describirlo, después no lo he vuelto a encontrar. Ni en el seno de las civilizaciones ni en la quietud de los bosques.

La silueta de Uk, arropada por la trémula inseguridad de las velas, emerge del ayer junto a las palabras que entonces resonaban en el templo. Ignoro si el Predicador había previsto el efecto de un escenario de penumbras en los asistentes. Quizás la iluminación pretendía acrecentar el dramatismo de la voz que nos anunciaba el fin.

―¡Arrepentíos, habitantes de Kalhat, porque este es el año de la Muerte Negra! ¡El año en que nuestras vísceras contemplarán el sol! ¡Los pecadores y los célibes morirán, las concubinas y las vírgenes morirán, los justos y los desalmados morirán! ¡Todos moriremos! ¡El rico y el miserable, quien tiene dos hijos y quien es estéril! ¡Tú que confías en el porvenir y tú que aguardas al destino!

―Se escuchó un aullido sobrecogedor, un aullido que provenía del viento. Observé a mis padres y comprendí que también ellos habían escuchado aquella abominación que se perdía en la distancia. El Predicador se detuvo un instante y luego prosiguió con sus exhortaciones.

―Todos lo habéis escuchado. ¿Lo habéis escuchado? ¿Acaso no es un anuncio de lo que se abatirá sobre Kalhat? Os digo que allá en las montañas, nuestros verdugos se han puesto en camino para cumplir la profecía. ¡Acbet, Frum, Hingart, Prim, Darheil! ¿Reconocéis estos nombres? Ciudades que también dudaron de la verdad, ciudades que se resistieron a lo inevitable y se unirán a Kalhat en el olvido. Nadie sobrevivirá a la Muerte Negra, nadie recordará las maravillas de Kalhat.

Los asistentes a la ceremonia se removieron en sus asientos y comprendí que el miedo les impedía regresar a sus hogares. Otra vez se escuchó el aullido. Más cerca, más horrible. El viento se había desatado con una violencia inusual en aquella época del año, y en el techo del templo resonó un percutir continuo. El granizo y la nieve corroboraban las advertencias del Predicador. También se percibían los pasos de algo que acechaba en el exterior de uno de los muros de la bóveda.

Uk parecía atento al sonido de la tormenta. Alzó la cabeza y olfateó un aroma del aire. Un aroma que solo él distinguía entre los aromas de las velas y los aceites que humeaban en algunos rincones. Abandonó el lugar que había ocupado desde el principio de la ceremonia y se aproximó al muro tras el que intuíamos algo más allá de la razón. Olfateó nuevamente el aire, avanzó unos pasos, como si hubiera descubierto un rastro, retrocedió sobre sí mismo y se detuvo durante un tiempo indefinido.

―¿Lamias? No, el olor de las lamias es más urticante. Reconozco en ese olor a un licántropo. ¿Transmitirá el horror de su estirpe o busca una presa con que saciar el hambre? Nadie puede saberlo, solo la luna nos mostrará la verdad.

El monólogo de Uk, apenas un murmullo, sobrecogió a los presentes. Incluso el Predicador parecía atemorizado. Mi padre apretaba los puños con fuerza, lo interpreté como un signo de inquietud. En cuanto a la reacción de mi madre, me pareció que nuestro miedo le inspiraba indiferencia. Los años me han enseñado que la fortaleza de una mujer supera a la temeridad del más valeroso de los hombres.

Uk seguía los pasos del licántropo. El Predicador inició una frase que pretendía reprendernos por nuestras culpas, pero las palabras de Uk le impusieron silencio.

―Busca una presa. Entre todos los olores, distinguirá el olor de la víctima más fácil. ¿Por quién se decidirá? ¿Un anciano? ¿Quizás un niño?

―¡No temáis, hijos de Kalhat! ¡Los muros del templo son resistentes! ¡Yo mismo fijé los guardaventanas que nos protegen de la ventisca! ¡Estáis a salvo! ―balbuceó el Predicador.

―Nadie está a salvo en compañía de un licántropo ―contestó Uk―. Por muy gruesos que sean los maderos de las ventanas, el destino ha señalado a un habitante de Kalhat para morir esta noche.

Lentamente, siempre avanzando junto al muro, Uk se aproximó al lugar que yo ocupaba junto a mis padres. La luz de las antorchas parecía descolorida, el humo de las velas se condensaba en espirales que enrarecían el aire. Uk se detuvo junto a mí.

―¿Por qué? Ya ha escogido a su víctima... ¡Espera! ¡Alguien se acerca, avanza en contra del viento! ―Uk escucha más allá de la piedra―. ¡Cuidado! ¡Se prepara para el ataque! ¡Es un licántropo! Su víctima no será la criatura más débil, sino el espíritu más noble. Aquí hay gentes vulnerables, gentes enfermas o próximas al sepulcro... El mal siente una irresistible inclinación hacia la pureza.

Sentía un percutir desbocado en mis sienes, el sudor empapaba mis vestiduras y una sequedad desconocida se había adueñado de mi garganta. Hubiera gritado, hubiera reído, hubiera implorado misericordia o hubiera permitido que las lágrimas rodasen por mis mejillas. El terror me impedía articular cualquier sonido.

―El visitante se dirige hacia la puerta del templo... Crece la ansiedad del licántropo... Su víctima no tiene escapatoria. Ya se precipitan los acontecimientos... ―y mientras se apartaba del muro, Uk pronunció el veredicto que señalaba a la víctima― ¡Muchacho, viene a por ti!

No acierto a expresar lo que sentí en aquellos instantes. La certeza de mi muerte no me produjo ninguna impresión especial. Quizás experimenté una leve pesadumbre, y remordimientos por el dolor que muy pronto afligiría a mis padres. ¿Cómo puedo describir mis temores? ¿Qué mortal comprenderá a quién se ha enfrentado a la inmortalidad? Para el consuelo de quienes han reparado en la fatiga de mi escritura, me abstendré de incidir en este pasaje de mi relato. Permítaseme la excusa de que, cuando intento consignar los pensamientos que borbotearon en mi mente, un tropel de divagaciones se suman a los recuerdos que guardo desde la advertencia de Uk hasta que las sombras se adueñaron de mi espíritu.

De repente, se abrieron las puertas del templo y bajo el dintel de la entrada se perfiló la silueta de Zhor. El tintineo de los collares sobre su pecho, las botas que protegían sus pies de la congelación y el cabello que acariciaba sus hombros persisten en mi memoria. Los ojos de Zhor se posaron sobre mis ojos, su mirada se encendía con el brillo del fuego.

―¡Escapa! ¡Yo lo detendré!

Zhor saltó hacia mí, con el cuchillo ya desenvainado para la lucha. Simultáneamente, un guardaventanas se convirtió en astillas y la forma de un animal irrumpió en el templo.

La noche era oscura. Solo el fulgor de la luna rompía la oscuridad de la tormenta. Envuelto en la ventisca y el granizo, supuse que Zhor me había salvado de la primera acometida de la bestia. ¿Qué había sucedido? Me detuve durante unos segundos. Escuché, ya lejanos, los gritos de quienes me advertían del peligro. Entre todas las voces sin rostro, me pareció distinguir el lamento de mi padre. Me consta que es una impresión equivocada, porque el fragor de la tormenta y el aullido del viento jamás hubieran permitido que el oído humano reconociera una voz entre los gritos que llegaban del templo. Sospecho que el aliento del miedo avivó mis percepciones. Vagamente renacen las idas y venidas de Uk, que pretendía de su olfato el conocimiento exacto de lo que acechaba en el exterior, y apenas persisten en mi memoria las palabras que nuestro director espiritual había pronunciado sobre la fatalidad del destino, pero todavía recuerdo el viento helado que se filtraba a través de mis ropas, los gruñidos de mi enemigo en la distancia y los collares de Zhor más allá, rompiendo un silencio que impregnaba el aire con el hedor de la muerte.

Poco más añadiré sobre el ataque de la criatura. Se difuminaron los relámpagos que fragmentaban el cielo, los aromas de las hierbas silvestres y el brillo de una luna despiadada y terrible. Zhor se detuvo. Ante mí se agitaron unos arbustos y después un seto a mi derecha. También Zhor sintió el movimiento. Escuché el tintinear de sus collares en la inmensidad de la noche. Reemprendí la carrera y supe que el licántropo se situaba mi espalda. Pronto mi sangre atesoraría el horror de su estirpe.

Una sombra surgió de entre las sombras y me encontré bajo el peso del monstruo. Su pelo era espeso, su piel, áspera. Abrió las mandíbulas y aspiré el aliento de sus fauces. Una saliva pestilente cayó sobre mi rostro. Las nubes se abrieron para permitir que los resplandores de la luna iluminasen el instante de mi muerte. Los colmillos del licántropo se hundieron en mi carne y sentí que la maldición del lobo inundaba mis venas.


Blas Meca, con licencia Creative Commons