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viernes, 12 de julio de 2013

La rubia en el acuario

A Julio, que me ha inspirado este cuento


El tiburón se mueve envuelto en un torbellino de peces amarillos que nadan a su alrededor. La rubia sabe que el gran pez la verá muy pronto, en cuanto describa un círculo casi perfecto y se aparten las rémoras que distraen sus sentidos. El tiburón gira despacio, como siempre lo había imaginado. Suena la última alarma, han señalado la salida tres veces. Contempla su reflejo rubio en el cristal del acuario, con la sala vacía y la iluminación muy tenue. Ve su imagen y ve su vida, rápida, difusa, apenas imágenes que se desvanecen entre otras imágenes. Las últimas más lentas, recogiendo a los mellizos y escuchando a la directora del colegio. También recordó a su esposo, siempre cansado y con el pensamiento en otro sitio, quizás en ese campo que le arrancaba la vida lentamente, y a los abuelos, con su revuelto de medicamentos para enfermedades sin remedio. Todo en esa pesadilla que se repetía desde que alcanzaban sus recuerdos; la pesadilla de un ser que la buscaba desde el abismo, que gritaba su nombre, que miraba su mirada. Después despertó con los gallos del pueblo y los preparativos del viaje a la ciudad, con su atasco de tráfico y su locura de gentes. El viaje en tren fue corto, rodeada de estudiantes y obreros anónimos, apretada en la hora punta. Suerte que el tren era rápido y llegaba pronto. Por fin el plató de televisión, con sus presentadores, sus risas enlatadas y su recoger el premio tan justamente ganado. Aplausos, hasta que concluye la grabación del programa y queda libre unas horas, aguardando el regreso del tren al pueblo. Decide entonces visitar el acuario, porque sobra algo de tiempo y sucumbe a la curiosidad. El tiburón abisal, enredado entre los aparejos de unos pescadores, ha sobrevivido milagrosamente a la descompresión y a los peligros de las aguas someras. Se encuentra expuesto en el acuario de la ciudad, entre rocas falsas que simulan un atolón de coral. Ella conoce su nombre, un nombre siempre soñado. Fue la primera en responder la pregunta del concurso.

Su pesadilla aumentó con aquella respuesta premiada en el concurso televisivo. Una respuesta sencilla: el nombre del inexplicable pez que se había encontrado recientemente entre los despojos de las aguas profundas; tan extraño que había sobrevivido a los abismos y se aclimataba a las condiciones del agua tropical. Una bestia arrancada de su mundo, que no obstante había encontrado espacio en el acuario, por sobrevivir a la rápida descompresión y por aclimatarse a sus nuevas condiciones con tanta rapidez y eficiencia que había despertado el interés del mundo científico. Todo un misterio para los investigadores, que ahora estudiaban su comportamiento en la vida cautiva, pero no para ella, que sentía aquella bestia desde que alcanzaba su razón y se concretaban sus recuerdos. Ganó el concurso y ganó una estancia en la ciudad, con los gastos pagados y todas las comodidades. Pensó en visitar el acuario, en reconocimiento a la suerte del concurso y a que quería ver al pez protagonista de esa pesadilla que se repetía desde niña. Antes sólo recordaba un unicornio. Después, hasta el confín de su memoria era siempre el mismo sueño repetido. Nunca igual, porque siempre añadía detalles. Primero una masa que se concretaba en una forma definida, un ser recuperado de las fosas abisales, sin color, sin una silueta nítida que confirmase su apariencia. Lentamente llegaban los matices, arrastrados por esa pesadilla que la perseguía desde siempre, hasta que la foto del tiburón apareció en todos los periódicos, incluso en las noticias del televisor. Su esposo, concluido su bregar en el campo, con el tractor, las semillas y los abonos que pretendían revivir una tierra heredada y casi yerma, cenaba con los mellizos antes de acostarse y dormir extenuado hasta el alba. Apenas reparó en su interés por aquel concurso donde preguntaban el nombre del pez. Regresó al salón cuando todos dormían y el presentador incrementaba la recompensa a su pregunta. Una respuesta sencilla para ella, que había soñado con ese mismo pez toda su vida. Descolgó el teléfono y respondió. Entonces ganó el concurso y un viaje con todos los gastos pagados, para recoger su premio y el aplauso del público.

La luz marchita de la sala y su presencia única ante el cristal sirven para alertar al monstruo. Por un instante contempla de nuevo su reflejo rubio ante el espejo y sabe que el tiburón la ha detectado con sentidos primitivos y secretos, sentidos de un mundo antiguo que toma forma a través de sus sueños y se concreta en ese alzarse en presa cazada que aguarda al fondo del acuario. Un ver ciego repara en su huella entre las sombras y ella se enfrenta a un depredador primigenio, a una criatura tan antigua que existe desde el inicio de la eternidad, que selecciona su presa en la penumbra de las horas tardísimas, en el reflejo de la mujer rubia que ha ganado un viaje y que pronto desaparecerá para siempre. Con su concurso ganado y su billete de vuelta al pueblo, siente que la atrapa la verdad terrible y un demonio se adueña de su mente. El tiburón encuentra su mirada, ya se apartan las rémoras y los peces amarillos del coral. La rubia siente que se precipita hacia un abismo vacío mientras el ser primigenio se aproximaba hasta el otro lado del cristal. Ojos inexpresivos y opacos encuentran su pensamiento y las profundidades reclaman su alma. Sabe que en los periódicos aparecerá muerta y en el pueblo ya se olvida su nombre. Pero ella quedará allí, atrapada en la mente de aquel demonio del mundo antiguo y condenada a vivir para siempre en busca de nuevas presas.


Blas Meca, con licencia Creative Commons

4 comentarios:

  1. Atrapante y alucinante relato. Me gusto mucho. Un gran saludo.

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  2. bellisima historia, no queria que se terminara, felicidades !!

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  3. ¡Excelente relato! Me gustó mucho.
    Gracias por compartir...

    Saludos,
    Maribe

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Que la nobleza sea contigo, amable lector, ten paciencia con este triste anciano, disculpa su ignorancia y trátalo con misericordia. (Cuida tu ortografía, te vigilan ... los otros).